Marina Yuszczuk: “Vivimos una época sin imágenes para la muerte”

Entrevista

Para la autora de ‘La sed’, nuestra sociedad tiene que reconsiderar con urgencia la eutanasia y preguntarse qué es cruel, que formas nuevas de tortura inventamos sin querer, qué es la piedad

La escritora, editora y periodista argentina Marina Yuszczuk, autora de ‘La sed’. (Imágenes: Archivo MY, Blatt & Ríos)
Adriana Cortés Koloffon
Ciudad de México /
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Nació humana, fue infectada por su Hacedor y se volvió vampira. En La sed (Blatt & Ríos) de Marina Yusczuk (Quilmes, Argentina, 1978) aparece en Buenos Aires, en el siglo XIX —lejos de los brumosos parajes de la Carmilla de Sheridan Le Fanu— durante la epidemia de fiebre amarilla, anclaje histórico en la ficción. Ganadora del Primer Premio Nacional de Novela Sara Gallardo 2021, con La sed, otros títulos suyos son La inocencia, Para que sepan que vinimos, Madre soltera y otros poemas e Historia natural (Almadía, 2026), que sucede en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Es también fundadora y directora de la editorial Rosa Iceborg.

Dos epígrafes son la antesala de La sed, uno alusivo a la Condesa Sangrienta, Erzsébet Báthory, el otro es de la autora húngara Agota Kristof. ¿Por qué?

Del libro de Valentine Penrose sobre Erzsébet Báthory, que también inspiró a Alejandra Pizarnik, me quedo con la desesperación, y con esta idea de que las mujeres desplegamos nuestra monstruosidad en las sombras, en secreto. Algo de eso hay en mi vampira. Kristof es una autora que estaba leyendo por la época en que escribí La sed y que trabaja de una manera muy particular con un registro que a mí me remite al cuento de hadas, al menos el comienzo de Claus y Lucas, los dos niños que quedan al cuidado de esa abuela un poco monstruosa. Es un género que me interesa mucho y de hecho creo que toda mi escritura tiende hacia ahí, en el sentido de escribir un tipo de ficción que por momentos parezca simple pero que se base en el encantamiento de la narración, que por momentos no se comprenda mucho, que haya lugar para el misterio, que esté ambientada en un tiempo y lugar pero también con una leve sensación de estar fuera del tiempo. Por supuesto que hay algo de La bella durmiente en la estructura de La sed.

¿Cuál es la genealogía de la vampira sin nombre en La sed? ¿Proviene de Drácula y de Carmilla de Le Fanu?

Por supuesto, mis personajes podrían ser las protagonistas de Carmilla en la actualidad y también podrían ser esos personajes femeninos que aparecen en los primeros capítulos de Drácula rondando el castillo y que remiten a tantos tríos femeninos, como las Parcas en la literatura griega. Por eso la protagonista de La sed y sus dos hermanas también conforman un trío, que también es la versión oscura de cualquier tríada de dioses o diosas. Hay algo de ménades y de brujas también en estos grupos de mujeres más bien salvajes, en su desenfreno, su peligrosidad.

El libro se divide en dos partes. En la primera, la vampira aparece en Buenos Aires y narra en primera persona.

La primera persona es un recurso muy contemporáneo, y yo la usé en el pasado para escribir algunos relatos muy distintos del gótico. Para esta novela quise darme un gusto de escritora, digamos, que es poner a hablar a un personaje que habita en otro siglo, o siglos, y tomarme la libertad de construir para eso un registro que remite a las lecturas de mi adolescencia. Del gótico, sí, pero también de las hermanas Brontë, de las novelas de aventuras con galeones y caballos y persecuciones, de un registro dramático y hasta operístico por momentos para expresar y declamar las propias emociones, que en la actualidad se considera totalmente artificioso y hasta insoportable.

Se volvió vampira al contagiarla su Hacedor tras el abandono de su madre a causa del hambre. ¿La madre terrible opuesta a la madre abnegada, “buena”?

Es que las madres terribles siempre estuvieron ahí, como Medea. Madres espantosas, violentas, enloquecidas. Eso no me preocupa tanto; creo que el valor está en que sean protagonistas. Que sean malas o buenas no es algo que yo me ponga a pensar mucho, no me interesa. Pero Alma, la otra protagonista de La sed, también es una madre, y ése es uno de los motivos por los cuales la vampira se siente atraída por ella. Está ese poder suave que emana de las madres, y no olvidemos que el vampiro, con su necesidad de alimentarse del cuerpo de los otros, es una forma muy sofisticada del bebé.

El erotismo sin cortapisas de la vampira. ¿Intención feminista?

Hay algo inherentemente sensual en la mordida del vampiro porque apunta al mismo lugar del beso, y de un tipo de beso particular: el de los amantes. Nadie te besa el cuello salvo que sea de manera sexual. Y también hay algo fundamentalmente queer, porque los vampiros se alimentan indistintamente de cualquier género y eso es algo que los cineastas que adaptaron Drácula entendieron a la perfección: el amor eterno de Drácula podrá ser Mina (al menos en las versiones cinematográficas), pero cuando se alimenta de Jonathan Harker también hay en juego un componente erótico. El vampirismo es erótico a más no poder, metaforiza entre otras cosas ese alimentarse de otros que es el sexo. Entonces me parece que no hace falta llamarlo feminista; simplemente se trata de desplegar las fantasías y el erotismo a partir de la figura del vampiro. Si por feminismo te referís a representar a las mujeres en posición deseante y no solo como objetos de deseo, entonces sí, hay un gesto feminista, por qué no.

¿Por qué la marcó Siempre hemos vivido en el castillo de Shirley Jackson?

Shirley Jackson fue una mujer que tuvo cuatro hijos, un marido, una casa, un trabajo, y además se las arregló para escribir varios libros impresionantes en una vida demasiado corta (tenía la edad que yo tengo ahora cuando murió). Me cuesta imaginar cómo lo hizo. Escribió relatos de terror y también artículos sobre crianza que son encantadores. En principio parece contradictorio, pero no lo es, porque las madres sabemos un secreto: que hay una línea oculta que une la maternidad con el horror, como también lo sabe el cine mejor que nadie. Y los cuentos de hadas. Esa novela de Shirley Jackson en particular construye un mundo idílico de infancia extendida, muy poético, donde dos hermanas están encerradas en una casa con lo doméstico y las tacitas decoradas y las comidas ricas pero claro, hay un detalle: falta la familia que murió envenenada. Y además está el mundo exterior, que en un momento irrumpe de manera violenta. Creo que hay mucho de la experiencia de crecer como mujer en este mundo que Jackson condensó ahí y en el resto de sus novelas, y también de la ambivalencia del mundo doméstico en general y de las casas como refugio y como prisión, como paraíso y como infierno.

En el cementerio, durante una epidemia que realmente ocurrió, se desarrolla buena parte de La sed. ¿Qué lo define?

El cementerio de la Recoleta es el primero que se fundó oficialmente en la ciudad de Buenos Aires, en 1822, en una época en que a duras penas podía llamarse a Argentina un país. Fue un paso importante hacia la modernización de la ciudad, porque hasta entonces los muertos se habían enterrado en las iglesias o en los alrededores de las iglesias, una práctica que venía de la Edad Media. En un comienzo era muy precario; las tumbas más antiguas, como la de Remedios de Escalada, esposa de San Martín, son muy sencillas, apenas una placa de mármol con una inscripción. Pero a lo largo del siglo XIX y a medida que Argentina se desarrollaba económicamente, hubo una clase pudiente que enterró a sus muertos en la Recoleta en panteones familiares ostentosos, con esculturas muy variadas que muchas veces se mandaban a traer desde Europa. En ese sentido, el cementerio refleja la historia de la ciudad, y eso es interesante porque si bien en la ciudad hay mucho que se demolió o se modificó, en el cementerio se preservan todas esas capas temporales comprimidas en el espacio de un par de manzanas, y eso es algo que me atrae de ese tipo de espacios, ese elemento de viaje en el tiempo que tienen. No solo porque muchas de sus tumbas son efectivamente de otro tiempo sino porque nos trae, de ese tiempo, otra manera de pensar y experimentar la muerte, la posteridad, la fama, la pérdida.

Una misteriosa herencia es el eslabón que une a la historia de la vampira con la de Alma, cuya madre, enferma terminal la vampiriza. ¿Ambas se miran en el mismo espejo?

Tal cual, ambas pierden a la madre en circunstancias bien distintas y tienen una relación diferente con el cuidado. El secreto más vergonzoso del vampiro es que, condenado a alimentarse perpetuamente de otros, nunca se llena y en realidad carece de demasiadas cosas. Por más que haya abundancia de sangre, no hace más que carecer: de una mirada, de compañía, de amor, de sentido. Porque, ¿qué es, después de todo, alimentarse? Tiene que ver con quedarse en el plano de la supervivencia, es bastante triste si uno lo piensa. La madre que es Alma, por el contrario, está constreñida en una vida en la que son otros los que necesitan de ella (hijos, padres mayores), pero ella misma… no sabemos bien qué necesita. Ella tampoco sabe. Creo que cada una encuentra en la otra lo que no sabía que quería.

En el siglo XIX la muerte se pensaba con más naturalidad, a diferencia del XXI donde se mantiene con vida a los enfermos incluso en un estado de extrema gravedad. ¿Es evidente el contraste en La sed?

Claro, estoy convencida de que vivimos una época sin lenguaje, sin representaciones, sin imágenes para la muerte. No solo por motivos religiosos (o de desplazamiento de lo religioso en la vida de las personas) sino por la profesionalización de tantos aspectos relacionados con la vejez, el final de la vida y la muerte. Hay un deseo casi rabioso de borramiento, que es lo que representa la cremación: que no haya cuerpo, que no haya descomposición, que no haya tumba. Que nadie tenga que ocuparse del asunto nunca más. Y, por otro lado, es muy importante extender la vida de las personas lo más posible, incluso cuando ya ha dejado de merecer ese nombre o, lo que es peor, incluso en contra de las personas mismas. El enfermo no tiene voluntad ahí, se convierte en un caso médico. Me parece que nuestra sociedad tiene que reconsiderar con urgencia la eutanasia y preguntarse qué es cruel, qué formas nuevas de tortura inventamos sin quererlo, qué es la piedad.

AQ / MCB

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