Mínima antología del llanto de los hombres

Toscanadas

Reyes, conquistadores, filósofos, dictadores y presidentes han llorado en momentos decisivos. Las lágrimas recorren la historia con mucha más frecuencia de la que admiten los estereotipos.

Alejandro Magno en un fragmento de un mosaico romano de Pompeya. (Wikimedia Commons)
David Toscana
Ciudad de México /

Luis del Mármol y Carvajal murió en 1600. Ese mismo año se publicó su Historia del rebelión y castigo de los moriscos del Reyno de Granada. Cuenta que tras la caída de Granada, el sultán conocido como Boabdil se marchó al destierro y “en llegando á un viso que está cerca del lugar del Padul, que es de donde últimamente se descubre la ciudad, volvió á mirarla, y poniendo los ojos en aquellos ricos alcázares que dejaba perdidos, comenzó á sospirar reciamente”. Entonces viene una frase que ha pasado a la historia, pues “viéndole su madre sospirar y llorar”, le dijo: “Bien haces, hijo, en llorar como mujer lo que no fuiste para defender como hombre”.

Ciertamente la historia es pródiga en anécdotas de hombres que lloran… ¿como hombres?

Durante una ebria discusión con su amigo Clito, Alejandro Magno tomó una lanza y “lo atravesó de parte a parte” y de inmediato se le bajó la ira y la borrachera. Escribe Plutarco que “pasó la noche llorando desconsoladamente”. Luego se confortó, pensando en que todo había sido obra del destino, pero no se libró de las críticas. Anaxarco le reprochó que estuviera “llorando como un esclavo, temeroso de la ley y del reproche de los hombres, él que tendría que ser para ellos la ley y la norma de lo justo, puesto que ha vencido para ordenar y mandar, no para ser dominado y esclavizado por la vana opinión”.

El mismo Plutarco relata que Alejandro fue motivo de que Julio César llorara tres siglos después. Leía el romano una biografía sobre el macedonio y “rompió a llorar”. Cuando le preguntaron por qué, respondió: “¿No les parece motivo de aflicción pensar que, a la edad que tengo, Alejandro reinaba ya sobre tan gran imperio, mientras que yo todavía no he llevado a cabo ninguna acción brillante?”

Cerca de la muerte de Sócrates, sus amigos se ponen a llorar, y él los reprende: “¿Qué es eso? ¿Es ahora cuando se ponen a llorar? ¿Acaso no saben que desde que nací estaba condenado a muerte por la naturaleza?”

Cuando cantó el gallo, Pedro “lloró amargamente”. Hernán Cortés lloró ya sabemos dónde y cuándo. Antonio López de Santa Anna lloró en el entierro de su pierna. Nietzsche abrazó un caballo y lloró. Dicen que Porfirio Díaz lloró en Icamole. El verdugo Lavrenti Beria se puso a chillar ignominiosamente cuando lo iban a ejecutar. Bonitas lágrimas fueron las del Tibio Muñoz con su medalla, ante la bandera y el himno nacional. López Portillo lloró cuando despertó de su fantasía de administrar la abundancia; y todos los mexicanos sentimos ganas de llorar por el brete en que nos metió, pero aguantamos vara. Obama lloró por los 26 muertos en Newton, pero no por los miles que mató en sus guerras.

Llegan noticias de que los ricos lloran más que los pobres, y los jóvenes de hoy más que los de antes.

AQ / MCB

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