En 1978, Mónica Mayer presentó por primera vez la pieza El tendedero, en la exposición Salón 77-78. Nuevas tendencias: pintura, escultura, video, audiovisual, fotografía, conceptualismo, en el Museo de Arte Moderno (MAM) de la Ciudad de México. En aquel momento, nadie —ni ella misma— imaginaba que esta obra se convertiría en una referencia artística del siglo XXI y que acompañaría a distintas generaciones de mujeres. Se trata de reflexionar sobre los miedos que hemos normalizado y de los cuales, poco a poco, hemos aprendido a hablar. Esta pieza nos ha regalado la oportunidad de sacar “los trapitos al sol” a partir de las preguntas. Falta mucho por hacer y parte de esa labor consiste en acudir a las fuentes. Mónica Mayer, autora de esta pieza “mayor edad” —como ella misma la describe—, es una fuente primaria clave en las revoluciones feministas recientes. Sobre esto y más conversamos con ella y con la curadora Karen Cordero, quien la sonsacó para desempolvar esta obra.
¿Cómo surge la idea de El tendedero?
Mónica Mayer: Sucedió. Por un lado, había asistido a un curso de quince días en Estados Unidos y, por otro, había visto una exposición de arte conceptual que formalmente me impactó mucho. Había piezas que incorporaban textos, papelitos y cositas. Luego, me invitaron al Salón 77-78, muestra que organizaba Sebastián, que había sido maestro nuestro en la Escuela Nacional de Artes Plásticas (ENAP). La exposición partía de la pregunta: ¿qué es lo que más detestas de la ciudad? Yo lo que más detestaba era andar en transporte público. Por otra parte, desde el primer año, en la clase de Luis Pérez Flores hicimos un performance y salimos a pegar cosas en la calle, con la intención de invitar a otro público. Estudié con Juan Acha y me quedaba muy claro la producción, distribución y consumo. También estaban Armando Torres Michúa; Juana Gutiérrez, de historia del arte; Patricia Torres, que nos daba comunicación; y Kati Horna, quien pensaba que los artistas no somos una élite, sino trabajadores de la cultura. Además, una prima me enviaba revistas feministas desde Inglaterra y todo se amalgamó.
¿Te centraste en moverte como mujer en la ciudad?
Lo hablábamos mucho. Una amiga traía un alfiler de sombreros, otras salían con las gubias que usábamos en el taller de grabado. Nos protegíamos. Recuerdo que una vez me sorprendió una gringa que me contó que un tipo la había tocado en la calle y ella lo persiguió por tres cuadras gritándole “¿Por qué me tocas las nalgas?” Me hizo pensar que en México nos quedábamos calladas. Entonces, se me hizo lógica la idea de presentar un tendedero. Resultaba muy performativo, sencillo y casero.
¿Qué pasó al concluir la exposición? ¿Lo guardaste?
Víctor Lerma y yo nos fuimos a Los Ángeles. Allá participé en el Feminist Studio Workshop en el Woman’s Building, donde conocí a Suzanne Lacy, mi directora de tesis, y me pidió El tendedero para el proyecto Makingit Safe. Lo instalamos en la playa, en Ocean Park. Resultó sorprendente, porque en ese entonces presentabas las piezas una vez y nunca más. Por otra parte, la exposición The Great American Lesbian Art Show me llamó mucho la atención, porque las curadoras documentaron la muestra y repartieron diapositivas en cuanta biblioteca pudieron, bajo la idea de conservar la memoria. De esa experiencia aprendí a procesar la información.
¿Hacías algo con las respuestas?
La primera vez que se hizo algo con las respuestas fue en la exposición del Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM (MUAC). La investigadora Mónica Benítez las tomó y analizó, lo que me hizo reflexionar sobre sus posibilidades. Me di cuenta que hay muchas opciones, como luchar por la comunidad. En Estados Unidos, se modificó una ley usando las papeletas de una activación de El tendedero.
Antes del MUAC, ¿lo habías presentado?
En 2007 me lo pidieron para WACK! Art and the Feminist Revolution, la primera muestra sobre el impacto del feminismo de posguerra, de 1965 a 1980. Les dije que ya no lo tenía y me respondieron: “Pues hazlo de nuevo”. Opté por enviar la documentación. Luego, en 2009, me lo solicitó Karen Cordero para una exposición en la Universidad Iberoamericana.
Karen, ¿qué te hizo desempolvarla?
Karen Cordero: Fue parte de la exposición Sin centenario ni bicentenario, revoluciones alternas, que organizamos en un seminario de alumnxs de posgrado, con motivo del centenario de la Revolución y el bicentenario de la Independencia. El objetivo era revisar las palabras y los conceptos “revolución” e “independencia” desde una perspectiva de género. Cada alumnx realizó un “museo virtual” relacionado con el tema a partir de su investigación, y luego pusimos estos trabajos en diálogo para formular el guion de la muestra. La última sección incluía, entre otras obras, documentación fotográfica del primer Tendedero, el expuesto en el MAM en 1978, además de una reactivación de la pieza y el video Madre por un día de Polvo de Gallina Negra. Además, Mónica Mayer y Víctor Lerma inauguraron la exposición con un performance. No me acuerdo exactamente cómo surgió la idea de reactivarlo, imagino que fue en una conversación con Mónica cuando hablamos de incluir la documentación fotográfica expuesta en WACK! Se decidió que para el Tendedero Ibero se completaría la frase: “Las ventajas de ser mujer son…” y “Las ventajas de ser hombre son…”, con la idea de involucrar al público masculino. Como Mónica misma ha comentado, no resultó muy fructífero el prompt; muchas de las respuestas resultaron lúdicas más que reflexivas. Ahora pienso que tal vez fue porque no se planteó de una manera que remitiera a la experiencia personal, sino que se quedaba en términos genéricos.
Mónica Mayer: Tras esa experiencia, cuando me invitaron al Encuentro Internacional de Artes de Medellín Historias Locales/ Prácticas Globales, en 2015, di por primera vez un taller dirigido a artistas y activistas, quienes decidieron qué y dónde preguntar. Fue maravilloso.
¿Cambió tu manera de entenderlo?
Ahí entendí cómo tenía que hacerlo. Desde entonces, lo que hago es a partir de un taller con una comunidad. Ha habido unos entrañables, como el que hice en Bonn con las Borregas Moradas, en la plaza Munsterpltaz, o los del MUAC. La gente se lo apropia y a mí no me molesta. Una vez, los diputados y senadores instalaron un tendedero para denunciar a los traidores a la patria. Cada ocasión es una oportunidad de aprender, de ver cómo funciona de otra manera. No quedé satisfecha con la experiencia de la Ibero, aunque aprendí lo que no se tenía que hacer. Karen me ha empujado, es muy buena para eso, y yo he aprendido a plantearlo de otras maneras, a fluir con la pieza.
Karen, ¿imaginaste el impacto posterior?
La exposición del MUAC coincidió con el movimiento #MeToo y el proceso de mayor concientización y visibilización a nivel universitario y general sobre el abuso, el surgimiento de iniciativas de grupos activistas y protocolos institucionales al respecto, y el inicio de la masificación del movimiento feminista en América Latina. Este proceso afectó el contenido y la configuración del proceso de reactivación de El tendedero en 2015 en Medellín y en 2016 en el MUAC. En esas dos reactivaciones Mónica empezó a trabajar la generación de las preguntas a partir de un taller con miembros de la comunidad comprometidos con el activismo. Y aunque no imaginamos la cantidad de respuestas que arrojaría el tendedero del MUAC —más de ocho mil—, sí se percibía desde que empezamos a salir a la calle, antes de la inauguración, que era un tema sensible que estaba en el aire. Durante la exposición se evidenció la potencia de El tendedero como obra de arte y vehículo de activismo. De allí en adelante, se ha vuelto “viral” a nivel internacional.
Mónica Mayer: Mis obras se van por donde les da la gana, como Yo no celebro ni conmemoro guerras o Soy tan vieja, pero tan vieja. De repente, me mandan fotos de Finlandia, de Panamá... Una maestra lo empezó a ocupar en sus clases. Después de la Trienal El Tendedero de Aichi, en 2019, una de las participantes lo ha reactivado. En esa bienal clausuraron una pieza sobre las comfort women (mujeres coreanas que durante la Segunda Guerra Mundial fueron abusadas por el ejército japonés). Un grupo de artistas se apropió de El tendedero para hablar de libertad de expresión. En 2018, me invitaron a la IV Bienal Kochi-Muziris en la India, y en el ínter hubo una serie de inundaciones catastróficas en Kerala, el estado indio en el que se encuentra Kochi, y decidí que la pregunta estuviera relacionada con el acto, tal como lo había hecho en México tras el terremoto de 2017, cuando pregunté: “¿Qué nos había dado y qué nos había quitado el terremoto?” Se sumó un performance que empezamos a hacer Víctor y yo en 2008 cuando participamos en el primer Festival de Performance México-Transilvania, el cual consistió en pedirle a nuestros amigos de FB compartir con nosotros la historia de un abrazo que hubiera sido significativo. Fuimos a dar esos abrazos a otro contexto como un primer puente de comunicación. Te cuento que recientemente, y por primera vez, se presentó un tendedero en una comunidad indígena durante un encuentro de cuidados. Incluso me topé con uno en una telenovela. Cada activación es importante por diferentes razones.
Karen, como curadora e historiadora, ¿por qué crees que esta pieza ha logrado evolucionar con el tiempo?
Creo que la intuición y la inquietud que abrazaron la pieza de 1978 se han vuelto centrales en el discurso y en la reflexión pública sobre violencia de género en el contexto actual. Además, hay dos aspectos de El tendedero que lo han vuelto particularmente potente: generar colectivamente las preguntas, bajo la guía de la experiencia de Mónica, en talleres con las diferentes comunidades donde se ha realizado; y enfocar las preguntas en la reflexión y en el testimonio personal y anónimo permite la inclusión en igualdad de circunstancias de diversas experiencias y perspectivas, que se comparten como dispositivo de reflexión pública. Es una manera de encontrarse con otrxs en su diversidad y complejidad en términos horizontales y pacíficos, invitando a la empatía. A la vez, la cantidad de respuestas que se presentan, manifiesta la abrumadora e innegable magnitud de la violencia de género.
Mónica, ¿alguna vez te han cuestionado sobre lo que desata?
Hay preocupación porque a veces les va muy mal a las chavas. Ya lo han prohibido en universidades. No dudo que haya casos de denuncias falsas en los tendederos, pero sigue siendo un porcentaje mínimo en comparación con lo que sí pasa. Lo que se tendría que hacer con estos tendederos de denuncia es analizarlos y observar lo que está sucediendo y tratar de corregir los problemas. A mí me preocupa que si no se solucionan en las mismas universidades, ¿qué esperanza tenemos de que se resuelvan afuera? Yo tengo fe en que la mayoría de los hombres pudiera entender el problema, porque tienen hermanas, mamás, amigas. Ante todas las opresiones, el feminismo nos da una mejor oportunidad de colarnos por ahí porque hay afectos entre enemigo, opresor y oprimido. Esto no sucede necesariamente en cuestiones de clases y de raza. Yo tengo fe en que los hombres se integren más a las tareas de los cuidados, ha faltado un reconocimiento social de su importancia. Valorarlos contribuye a exaltar su importancia para que sean más compartidos y se generen vínculos más profundos, porque son los que nos tejen como comunidad.
AQ / MCB