• “Me siento diferente, viviendo en un mundo aparte”: Nahum B. Zenil y sus identidades transgresoras en el Museo del Chopo

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El Museo del Chopo exhibe una retrospectiva de Nahum B. Zenil, quien aquí revalora más de sesenta años de una carrera artística empeñada en transgredir las normas.

Miriam Mabel Martínez
Ciudad de México /
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La voz de Nahum B. Zenil hipnotiza no solo por su cadencia. Al escucharlo, sus obras cobran volumen, como si las palabras fueran dibujando las búsquedas plásticas y humanas, entretejiéndose con las políticas y sociales. Están en su creación, bitácora de vida de un artista y de un hombre que siempre ha deseado ser partícipe “de la comunidad humana”. Es el deseo que hierve cuando contemplamos El límpido espejo de mis ojos (1968-2025), que se presenta en el Museo Universitario del Chopo. Esta exposición retrospectiva nos invita a trazar el origen de sus intereses y a entender, como señalan los curadores Sol Henaro y Miguel A. López, “cómo el autorretrato se convierte en el centro de su práctica, la influencia de su madre, el diálogo en clave travesti que entabla con la obra de Frida Kahlo, o la manera en la que elabora su fe y devoción católica desde su experiencia como homosexual”.

Entre las piezas exhibidas, destacan las que nos muestran el coqueteo de Nahum con el arte textil al coser elementos y siluetas humanas con hilo rojo en sus collages y dibujos, el homenaje a Enrique Guzmán, obras recientes que abordan la vejez y la fragilidad, hasta la recreación de una sala que evoca su casa para que el visitante comprenda que, como afirman los curadores: “Para Nahum la pintura es una extensión de su vida y su vida, una extensión de la pintura”. Por otra parte, la muestra también lo rememora como uno de los impulsores de la Jornada Cultural Gay que el Chopo alberga desde 1986. Honrar su lugar en la historia del museo abre la posibilidad de reflexionar, en palabras de los curadores, sobre “cómo las luchas sociales, culturales y artísticas en torno a la diversidad sexual se han transformado a lo largo de las últimas décadas, así como el rol de las instituciones públicas en acompañar esos procesos”. Si bien se ha exaltado su forma de hacer política a través de la autorrepresentación, una de sus aportaciones más contundentes ha sido, como apuntan Sol y Miguel, “el deseo de colocar su propio cuerpo para invitarnos a imaginar la identidad y la vida de formas más transgresoras y menos rígidas”. Nahum Zenil habló sobre esos sentires.

¿Siempre has dibujado?

Sí, pero no sabía si tenía aptitudes, tampoco conocía los museos. En la Escuela Nacional de Maestros había llevado algunas actividades artísticas. Luego entré a La Esmeralda, pero no fue sino hasta el tercer año que me definí. Ese año fue decisivo para mí. Tuve un maestro muy importante, Cristóbal Torres, quien sustituyó en parte a los médicos de la clínica de especialidades mentales del ISSSTE, donde me estaban tratando. Me atendí ahí tres años. Cuando dejé de ir a la clínica, el maestro hizo las veces de terapeuta. Con él caminaba y platicaba. Estudié en el turno vespertino. Al salir de noche, nos íbamos charlando por las calles, por Reforma. Yo le contaba mis problemas personales.

¿Ahí te encontraste con el autorretrato?

No. Mi primera exposición individual fue de pintura abstracta. Algunas de aquellas obras se exhiben en el Chopo. Con esas fue que Elena Olachea, quien era muy gentil, me aceptó en la Galería José María Velasco. Raquel Tibol me dijo que mi pintura se parecía a la de Pedro Coronel. Yo no lo conocía, pero tenía ciertas semejanzas. Después de la exposición entendí que el arte abstracto no me servía para contar la historia o mi propia historia, así que empecé con la figuración. Después, me tomé como figura central de mi obra. Fue resultado de la misma necesidad de expresar, de decir lo que venía sintiendo, un trabajo que ya había iniciado verbalmente con el psicoanálisis.

Nahum B. Zenil, Sin título (detalle), 1978. (Cortesía: Museo Universitario del Chopo)

¿Ha cambiado tu relación con el autorretrato a lo largo del tiempo?

Sigo con la misma idea de contar mi paso por este tiempo y lo uno a la escritura. Escribo casi todos los días, desde la secundaria; es un complemento para decirme mis pensamientos, mis sentimientos, mi vida. La pintura ha sido como un diario. La primera beca que tuve fue para ilustrar textos de secundaria. Hice un libro que se llama Páginas sueltas.

Como artista, has roto estereotipos, transgredes, retas de una manera sutil.

Todo ha sido un desarrollo natural. En mi tierra, en el rancho donde nací, mi papá era el maestro del municipio de Chiconte, Perico de la Cruz. Las clases llegaban hasta tercer grado y mi padre agregó el cuarto para que yo siguiera estudiando. En los pueblos, los maestros son agentes de cambio. Recuerdo que las fiestas cívicas eran bonitas, hacíamos banderitas con papel de china para el desfile. Mi papá era muy trabajador y responsable. También era músico, tocaba la guitarra, el violín, cantaba, dibujaba, hacía su propio material didáctico. Yo le aprendí. Participaba en actos cívicos, recitaba, actuaba. Eso se me quedó. Fue una etapa muy bonita pero también dolorosa, porque me sentía distinto a los demás. Mi papá nos dejó en casa de mi abuela cuando yo tenía cinco años. Lo veía como maestro y como padre al mismo tiempo. No me ponía a razonar. Lo que sí es que me sentía diferente.

Esa naturalidad con la que veías de niño es la que persiste en tu obra.

Quizá. Todo el desarrollo de mi pintura se ha dado de manera natural, espontánea, y muy sincera. Es una de las características esenciales de mi obra. Sin mayores pretensiones, crear es otra forma de contar, de presentarme. Siempre he querido sentirme integrado a la comunidad humana. Y no lo he conseguido. Hasta la fecha, me siento diferente, viviendo en un mundo aparte.

¿Tu obra es este deseo de conectar?

De comunión. Aunque, insisto, me sigo sintiendo no integrado, a pesar de que participo en muchas cosas. En Tenango del Aire, donde vivo, he sido parte del Consejo Pastoral Parroquial, tengo además un taller de creación literaria y otro de pintura. Me siento muy a gusto compartiendo mi experiencia. En el taller literario hay más concurrencia que en el de pintura. Observo que a muchas personas les cuesta trabajo imaginar, crear, los propósitos más importantes en ambos talleres.

Nahum B. Zenil, ‘Yo y yo’, 1981. (Cortesía)

¿Cuánto tiempo llevas con estos talleres?

Desde que llegamos a Tenango hace 39 años. Ha sido toda una labor con la comunidad. Desde siempre me ha interesado trabajar con el municipio, no con la región, aunque muchos de los asistentes no son del municipio.

¿Tus talleres son una forma de lucha?

Son una forma de participar en la comunidad. He querido que el pueblo de Tenango del Aire se interese en el arte, en las manifestaciones populares, que integre el arte a sus vidas, pero este no es tan socorrido ni aceptado.

¿Qué es lo más significativo de tus luchas?

No he participado de manera activa en la política, pero sí me ha interesado. Asistí algunas veces a manifestaciones, recuerdo la del silencio en el 68. Iba a acudir a Tlatelolco pero por alguna razón no fui. Al día siguiente, dos compañeros fueron a buscarme a casa porque pensaron que había ido a Tlatelolco. Mi papá luchaba por la igualdad de derechos de los indígenas, sobre todo en Tecomate, nuestro pueblo en Veracruz. Creo que he manifestado esa lucha por la igualdad en mi trabajo como artista y como ciudadano, por eso mi interés en participar en la Semana Cultural Gay desde el inicio, desde antes de que el Museo del Chopo fuera sede. En Tenango del Aire, mi pareja, Gerardo, y yo hemos servido de ejemplo para la aceptación de la comunidad LGBTIQ+.

¿El diálogo con tus temas ha cambiado con la edad?

Creo que sigue igual. El cambio social es tan lento como el artístico. Aunque la tecnología y la ciencia han evolucionado muy rápido, la poesía, por ejemplo, ha evolucionado poco. No soy especialista ni estudié letras, pero lo veo en los poemas y en las pláticas de las generaciones jóvenes. Debemos aceptar que las transiciones son más lentas de lo que quisiéramos. En este sentido, mi obra tampoco ha cambiado mucho. Sigo trabajando, aunque con un ritmo más lento. Tengo 79 años.

¿Qué estás aprendiendo de la vejez?

Me sorprenden los cambios físicos que debemos aceptar. No imaginaba cómo sería cuando llegara a esta edad, aunque me daba curiosidad. Me doy cuenta de que no hay tantos cambios en cuanto a pensamientos e ideas. Pero sí hay cambios físicos que no me permiten trabajar con la misma rapidez, hacer cosas que antes no me costaban demasiado trabajo. Ahora tengo que recurrir a alguien para colgar y descolgar obras. Pero sigo caminando, pintando, escribiendo. Antes dividíamos nuestro tiempo entre la Ciudad de México y Tenango del Aire. Media semana aquí, media semana allá. Ahora estamos casi todo el tiempo en Tenango. No podemos dejar solos a los animales ni a las plantas.

¿Tu compromiso social está en Tenango?

Tenemos una especie de centro cultural. Hay talleres, exposiciones de libros de artistas, vamos en la vigésima sexta edición. El taller de grabado Caracol Púrpura de Bárbara Huerta y Luis Garzón dona tres grabados al año; son parte de los premios. Para mí, es muy importante seguir organizando las exposiciones de Libro Arte Objeto. Hemos llegado a ser más de cien exponentes. Estas actividades permiten a algunos de los compañeros tocar temas que tal vez no se les ocurriría en su trabajo cotidiano. Además, les da mucho gusto ver sus obras exhibiéndose; es un estímulo. Me satisface nuestra programación. Si bien cada vez nos cuesta más trabajo lo seguimos haciendo. Los compañeros del taller de creación literaria nos ayudan, hacen de todo: acomodar sillas, la escenografía, hacer performance. Son muy participativos y entusiastas.

Dices que te sientes aparte, pero perteneces a una comunidad a la que también cuidas.

El esfuerzo que hemos hecho para contribuir al desarrollo cultural de la comunidad es visible en los resultados. Las actuales autoridades municipales se interesan más en la cuestión artística. Ahora estamos gestionando tres donaciones para el municipio. Tenemos el archivo del entrenador de boxeadores Ignacio Beristaín. También tenemos pintura, grabado y escultura de Froylán Ruiz; además, 35 pinturas de un compañero muy querido de la Esmeralda, Ramón Martínez Villar. Buscamos espacios adecuados para albergarlos.

¿Qué sientes al ser una referencia del arte y de la diversidad sexual en el arte?

Lo que vive hoy la comunidad LGBTIQ+ es, en gran parte, consecuencia del trabajo que José María Covarrubias, antes Antonio Salazar y otros compañeros han hecho. Pareciera que estos nombres son desconocidos, pero los especialistas en arte conocen su relevancia. Es importante reconocer sus logros. Me emociona regresar a un museo donde tantas veces participé en la Semana Cultural Gay.

¿Has sido censurado?

Mi obra ha sido bien recibida desde mis inicios. Muy al principio, Teresa del Conde me dijo que era muy valiente. No entendía por qué. Yo simplemente estaba haciendo las cosas de manera natural y no entendía eso de la valentía. Hasta mucho después, reflexioné que tenía razón. Soy como soy. Nunca me he ocultado. Quizá la única vez que hubo un intento de censura fue precisamente en el Chopo, cuando Lourdes López lo dirigió. Durante la semana cultural exhibí la obra Homenaje a Enrique Guzmán o Santa Bandera, que le molestó a algunas personas, pero no pasó nada más allá de la amenaza. Mi intención nunca ha sido ofender. Respeto la bandera, los símbolos patrios y religiosos, tanto como a mis semejantes.

¿Qué sigue?

Sigo trabajando. Es lo que aún quiero hacer.

AQ / MCB

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