• “Netanyahu es un matón típico”: John Irving, autor de ‘La reina Esther’

  • Entrevista

John Irving habla sobre su novela ‘La reina Esther’, una narración que respalda el derecho de Israel a existir y protegerse.

Justo Barranco
Toronto /

John Irving (Exeter, New Hampshire, 1942) escribe en una pequeña pantalla de su despacho en Toronto, la ciudad a la que fue a vivir por su mujer. Fuera nieva levemente. En la pared, hay decenas de retratos, toda una vida, en los que es el gran protagonista. Acaba de cumplir 84 años y en el despacho hay una gran cinta para correr. Sigue fuerte. Ahora publica La reina Esther (Tusquets), una novela en la que el autor de El mundo según Garp y El hotel New Hampshire regresa con su particular humor —no falta ni una historia de la circuncisión ni perros con diarrea— al orfanato de Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra, novela que convirtió en la película Las normas de la casa de la sidra, por cuyo guion recibió el Oscar.

Allí la familia Winslow adopta a inicios del siglo XX a Esther, que ha sufrido en sus carnes el antisemitismo y que con el tiempo participará en la creación del Estado de Israel y con la cual se recorre la evolución del país. Mientras, su hijo Jimmy es criado en Estados Unidos por los propios Winslow, otra de las poco convencionales familias del autor. Y estudiará en la Viena en la que él mismo estudió de joven. Y en la que nació Esther. Un escritor, Irving, que no piensa dejar de serlo: “Escribo todos los días. No tengo planes de jubilarme. Preferiría morir con la cabeza sobre mi escritorio. Es una buena manera”, sentencia.

En La reina Esther recorre en cierto modo la historia de Israel en el siglo XX hasta los años ochenta. ¿Es una declaración política o una coincidencia?

De mis dieciséis novelas, más de la mitad son políticas o polémicas, se posicionan a favor de un tema. La reina Esther es una novela pro-judía, pro-israelí. Cree en el derecho de Israel a existir y protegerse. Siempre fue mi intención crear una trayectoria para una sionista empática, para una niña cuya vida ha sido moldeada por el antisemitismo. Que el lector tuviera su experiencia, cómo le arrebatan la infancia. Y era mi intención crear luego una adolescente enojada, el deseo de ser la mejor judía que pueda ser, de compensar la infancia que le robaron. No es raro que en mi trabajo ponga el dedo índice de la fatalidad sobre un personaje y diga, en este caso, que está de alguna manera condenado a convertirse en el sionista que será, uno de esos judíos ashkenazis de Europa que formará parte de la fundación de Israel. Con el paso del tiempo y los cambios de los primeros ministros en Israel, entiendo por qué el sionismo ha recibido mala fama, pero me pareció apropiado recordar de dónde y por qué surgió el Estado de Israel.

Portada de ‘La reina Esther’, de John Irving. (Tusquets)

¿Qué opina de Netanyahu?

La mayoría de mis amigos israelíes dirían que solo está tratando de mantenerse fuera de la cárcel y que cuanto más grande sea la guerra, más tiempo podrá retrasar un juicio. Son personas que conocen la situación más de cerca que yo y mi perspectiva de un ciudadano con doble nacionalidad, pero residente canadiense a tiempo completo. Estos días estoy muy feliz de serlo. Sigo siendo ciudadano de Estados Unidos, aunque el presidente esté conspirando para quitarme mi voto. Hay un fascista en la Casa Blanca y cobardes en el Partido Republicano que carecen de la moralidad y el coraje para desautorizarlo. No es el sistema de controles y equilibrios en Estados Unidos lo que está roto. Es la moralidad y el coraje de los legisladores. A esos republicanos les llamo las camisas pardas del führer Trump. La guerra en Oriente Medio ahora es la guerra de Netanyahu. Trump es un tonto torpe que no sabe lo que hace. Pero es difícil derramar lágrimas de cocodrilo por los ayatolas o Hezbolá. Líbano siempre ha tenido que hacer un ajuste de cuentas serio consigo mismo sobre por qué tiene un hogar para Hezbolá. A nadie le puede gustar lo que está pasando en Oriente Medio, nadie se siente cómodo dándole rienda suelta a Netanyahu. Pero Hezbolá, Hamás y la OLP nunca se han preocupado por las bajas inocentes. Tampoco a Netanyahu le han importado mucho. Una situación terrible que Trump ha empeorado. Y ahora se queja de que sus aliados no lo apoyan cuando ha abusado de todos. Es un matón típico. Se mete con gobiernos más débiles pero es un cobarde con Putin.

¿Ve justo que acusen a Netanyahu de genocidio?

La palabra genocidio me recuerda demasiado a la confiable rectitud de la ONU, que nunca ha podido incluir a Hamás y Hezbolá como terroristas. Demasiada gente usa la palabra genocidio generosamente. Deberían estar igual de ansiosos por usarla con los grupos terroristas que han iniciado el conflicto. Puedes jugar la carta de la historia también, pero los judíos ya estaban allí en el siglo XII a. C., el conflicto no comenzó en 1933. Hoy crece la violencia antisemita en Canadá, en Estados Unidos, en Europa. Hay una razón por la que se fundó Israel. Para muchos de sus fundadores parecía el único lugar al que ir, no para estar a salvo, sino para defenderse. Nunca hubo ninguna ilusión de que los judíos estarían alguna vez a salvo. Es imposible justificar nada de lo que sucede en Oriente Medio. El daño a la gente inocente debería parar. Pero existe el derecho a defenderse. Me parece muy legítimo.

Ha hablado de Trump. ¿Le sorprendió su retorno?

Me sorprendió en 2016. Pensé: ¿cómo es posible que mi amado país sea tan estúpido como para elegir a un hombre estúpido en vez de a una mujer inteligente? Cuando la candidata era otra mujer inteligente, pensé: ¡Ay, Dios mío! A los estúpidos, no les gustan las mujeres inteligentes. Se sienten amenazados. Hay un problema de educación. Mire cuántos inmigrantes votaron por Trump la segunda vez. Mi padrastro era historiador, y cada vez que me sentía frustrado con la política, me recordaba: “Johnny, Estados Unidos nunca ha estado unido”. Antes de la segunda elección de Trump la inmigración impulsaba la política en Europa y Estados Unidos. La demonización, persecución y culpabilización de los inmigrantes era una enfermedad colectiva. Prepárense, apenas hemos visto el inicio de los refugiados climáticos.

Sus personajes reivindican la ficción. Son como son porque han leído, conocido las vidas de otros. ¿Cree en el poder de la ficción?

No, la ficción literaria tiene una audiencia decreciente. No me refiero a thrillers, misterios, romances. No me refiero a la basura que compone las listas de best sellers. A finales de los años setenta, entre los primeros 25 libros más vendidos había hasta ocho autores literarios, ahora cuesta encontrar tres. O dos. Y no creo que nadie haya leído Las normas de la casa de la sidra y haya cambiado de opinión sobre el aborto. Si tienes 17 años, una novela podría abrirte los ojos a algo. Cuando la gente me dice: “este libro me cambió la vida”, miro a la persona y pienso: tenías 16 años. Luego, la gente recuerda las novelas que ha leído en momentos terribles, como sus divorcios, y tu novela se ha convertido en una amiga. No es lo mismo que tener influencia. Que un escritor de ficción se atribuya el mérito de cambiar la opinión de alguien es lo último que puedes esperar.

AQ / MCB​

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