Pablo Aldaco (Hermosillo, 1989) es cantautor y poeta. Diplomado en Comunicación Política por la Universidad de Buenos Aires, entre sus discos se encuentran Primeros vuelos, Nube de verano y Crepuscular. Es autor de los libros de poesía Las aguas del regreso, La noche que se expande, Corazón, punto cero y recientemente Palabras en caída libre (Laberinto Ediciones, 2026), sobre el que trata la siguiente conversación.
¿Qué importancia tiene la lectura en su vocación como escritor?
La lectura es el motor indispensable para que exista la escritura, sin ella quedaría hueca, desprovista de vocabulario, de palabras curiosas, de verbos traviesos, de nuevas búsquedas, de nuevos intentos de abordar el lenguaje.
Usted se declara lector de Novalis y Cavafis, ¿qué definió su admiración por ellos? Por otra parte, ¿puede decirme por qué afirma que ellos supieron convertir sus vivencias en una alquimia poética?
En el caso de Cavafis, su apuesta por el rescate de la belleza masculina de la Grecia antigua, con un registro entre la filosofía y lo erótico. Lo que más me impacta es su capacidad de revivir toda una época —el poema como caja de resonancia.
Con Novalis, lo que me atrae es similar a Cavafis, pero solo por el lado de la filosofía: sus poemas son una fórmula rica entre filosofía y romanticismo alemán. Pero también me llama mucho su lado biográfico —fue un autor precoz intelectualmente, capaz de una densidad de pensamiento que no corresponde a su edad ni a su tiempo.
Cuando hablo de alquimia poética parto del poema de Rimbaud, “Alquimia del verbo”: el poeta, como el alquimista que refina el metal, puede transformar las palabras, porque las palabras son perfectibles.
Entre los y las poetas actuales, ¿a quién lee y por qué?
Leo a Benjamín Prado, por su melancolía; a Patti Smith —con sus décadas, pero más que vigente— por su aguerrida feminidad e icónica rebeldía, y a Marco Antonio Campos por su capacidad de síntesis.
¿Qué busca en su escritura, qué anima o incita su deseo de escribir?
Cuando escribo tal vez busco la calma que me quita el deseo mismo de escribir. No tengo más ambiciones que escribir desde cierto registro auténtico, genuino, con las herramientas que me da la naturaleza exterior y mi propia naturaleza, que a pesar de todos los embates, sigue siendo por esencia bella.
Lo que anima mi deseo de escribir es, por un lado, el sentimiento de belleza que me causa el mundo y las experiencias de la vida; y por otro, lo que es injusto e inaceptable a nivel social. El lenguaje tiene bastantes herramientas como para no acabar en una fórmula desgastada —no necesito volverme panfletario.
¿Por qué esta reunión de “frases y aforismos”? ¿Qué diferencias entre ellos?
En principio, porque conviven en su brevedad. La frase puede ser una reunión de palabras de corta duración —bella, sugerente, pero no necesariamente contundente. El aforismo exige más: es una sentencia, aborda una temática específica, y si no golpea, no es aforismo. Es el género que menos perdona la ocurrencia. La prosa poética, que también aparece en el libro, es otra cosa —ahí el lenguaje se permite respirar, expandirse. Por eso el hincapié en la diferencia: no son lo mismo aunque convivan en el mismo libro.
¿Qué tanto trabaja sus textos? ¿Son solo producto de la “inspiración” o requiere pulirlos, acabarlos de tal manera que no resulten meras ocurrencias?
Soy un perfeccionista de tiempo completo. Soy mi mayor superyó y mi peor juez, así que ese asunto está solucionado. Desde adolescente, cuando publiqué mi primer librito de poemas, Las aguas del regreso, supe que un libro primero hay que tallerearlo, pulirlo.
Pero también aprendí algo sobre el otro lado: muchas veces, cuando un libro no nos gusta, no es que sea bueno o malo —es que no nos gusta, y confundimos una cosa con la otra.
Luis Ernesto González, en el prólogo, escribe que Palabras en caída libre es una “bitácora de vuelo”, atisbos de su universo creativo. ¿Está de acuerdo? Podría ampliar esta idea.
Sí, de alguna manera el libro, por su brevedad, lo es. Y son atisbos, precisamente por esa brevedad. El libro es un testimonio pausado pero al mismo tiempo fugaz —un vuelo en el que se pasa por estaciones, emociones, humores, ciclos, conceptos, perspectivas críticas, sentimientos fugaces, filosofía, interrogaciones, incógnitas…
En su libro, usted lo dice, están sus obsesiones. Hábleme de ellas, ¿cómo determinaron el rumbo de este libro?
Se crea desde los sueños, desde los deseos y también desde las obsesiones, entre otras cosas. Un escritor o creador sin obsesiones no tiene la materia prima para expandirse. En primera están las obsesiones naturales que te obligan a escribir, que vienen a ser las pulsiones creativas, como la ansiedad por el pasado, la nostalgia de lo que se ha perdido, la alegría de lo que aún no se ha construido, pero que se desea construir, pese a los obstáculos; el deseo de una alegría que no sea superflua, el deseo, también, de una paz genuina, de una serenidad sabia, la añoranza de una civilización que viva más en armonía, cuando siempre se han tenido en el fondo las herramientas para hacerlo; la noche como sustancia misma; el aire como fuerza de la naturaleza; el paisaje nocturno de las grandes metrópolis y la fuerza del amor humano como símbolo universal.
Por último, ¿de qué manera combina su “respeto sagrado” por la palabra y los sonidos de su música, dado que usted también es compositor?
La mayor parte de las veces la combinación surge de manera natural, puesto que la palabra en esencia también es sonido.
AQ / MCB