Llegué a Córdoba, España, con el cambio de siglo, para estudiar el doctorado. Tenía 26 años y no conocía más que la poesía de la generación del 27 (Alberti y Lorca, principalmente) y algunos poetas de la línea social de los cincuenta, en plena época franquista. Mi llegada a España me hizo consciente de dos limitaciones: el desconocimiento que tenía de la poesía española contemporánea y la distancia que literariamente nos separaba de España pese a compartir el mismo idioma. Aun cuando el internet empezaba a generar sus primeros dividendos, la poesía española de la segunda mitad del siglo XX era un mundo desconocido para mí, y para muchos de mis compañeros de generación. Me impuse leer en serio toda la producción de ese periodo (estuve a punto de publicar una antología, que finalmente se malogró) y en esa revisión encontré tres momentos y un libro que me pareció crucial: primero los poetas novísimos, aglutinados en la famosa antología de José María Castellet (Nueve novísimos poetas españoles), con autores como Pere Gimferrer, Guillermo Carnero o Leopoldo María Panero, que se caracterizaban por hacer una poesía llena de referencias culturales, en claro contraste con la poesía social de los cincuenta. Ninguno de estos poetas, francamente, me deslumbró, salvo Gamoneda, que por ser un poco mayor no fue incluido en la canónica antología pero que cohabitó con ellos el mismo espacio con una poesía existencial y visionaria, muy musical y ligada al dolor y a la memoria. En clara respuesta a la vertiente novísima irrumpió en Andalucía, particularmente en Granada, lo que se conoció como La nueva sentimentalidad, cuyo autor más emblemático es Luis García Montero, también acompañado de Álvaro Salvador y Javier Egea. Leí, por supuesto, a García Montero y de inmediato me hizo pensar en Jaime Sabines y en el Rubén Bonifaz Nuño de El manto y la corona y Fuego de pobres. La nueva sentimentalidad (o poesía de la experiencia) había aterrizado por fin en tierra y hablaba de cosas cotidianas, era narrativa y poseía un tono agridulce, para tratar el amor y las penas del hombre común y corriente. Me sentía más cómodo leyéndola, debo confesarlo. Me abrazaba con calidez y no me dejaba frío, como mucha de la poesía novísima. Pero de pronto, estando ahí mismo en Córdoba, llegó a mis manos un pequeño volumen de poemas titulado Las afueras, del cordobés Pablo García Casado, Premio de la Crítica 2026 por su libro Cada uno es mucha gente (Visor, 2025). Y entonces todo cambió. La crítica coincide en que Las afueras (DVD Ediciones, 1997) es un libro ruptural tanto de la poesía de la experiencia como de la poesía culturalista. Toda la poesía española que yo había leído hasta entonces, con Las afueras conseguía dar una definitiva vuelta de tuerca y renovar las prosodias gastadas del momento, incorporando una innovadora dicción poética: muy visual, urbanísima, con un yo a un tiempo fragmentado y plural, un lenguaje cortante y áspero. En suma: otro lenguaje. Las afueras proponía una nueva forma de mirar, miraba desde los márgenes, y convertía las afueras en centro, lo no poético (centros comerciales, televisiones, gasolineras) en algo lírico. Ecos de Pessoa (por la multiplicidad de yoes o de un yo colectivo), Bukowski (por su realismo sucio) y del mismo Pere Gimferrer (en especial el de La muerte en Beverly Hills, por las referencias a la cultura pop y el cine), son solo algunos de sus elementos más visibles, aunque su magia está siempre en otra parte:
por más que se extiendan las ciudades hasta juntarse
unas con otras por más desengaños que el sexo la muerte
o las oposiciones nos deparen quedarán siempre las afueras
la oscuridad de los polígonos industriales la ineficacia
el ministerio de obras públicas por más que se empeñen
colectivos ciudadanos asociaciones de vecinos seguirán
amaneciendo los restos del amor en las afueras
Releí hace unos días Las afueras, que el próximo año cumple su treinta aniversario, y me di cuenta de que su lenguaje permanece intacto. Lejos de envejecer, como mucha de la poesía nueva actual, sigue siendo un libro joven, juvenil, vital, y con una fuerza expresiva tal que sin él no podría entenderse la realidad de la poesía española de las últimas tres décadas.
AQ / MCB