Reconocemos el momento en el que el alma se rompe al escuchar una canción. No importa quién eres, qué hagas, el alma se rompe sin previo aviso. “Dale palabras al dolor; la pena que no habla susurra al corazón abrumado y le ordena romperse”, escribió Shakespeare en Hamlet, una idea que parece aterrizar en la más reciente película de Pedro Almodóvar, Amarga Navidad, que se estrena el próximo 28 de agosto en Irlanda y el Reino Unido, y se presentará en septiembre durante el Festival de Cine de Nueva York (NYFF). Su estreno en cines comerciales de EEUU está programado para este otoño. En México, las pocas semanas que estuvo en cartelera sucedieron a su debut en el Festival de Cannes.
Después de ver Amarga Navidad días antes de su estreno, en el Curzon Mayfair Cinema, un cine mediano del centro de Londres, apareció Pedro Almodóvar con sus lentes de sol. La cita fue en un barrio elegante y tradicional, relacionado con la aristocracia, el lujo y el establishment cultural británico. Pero aquella noche, a pesar del sofisticado código postal, había una realidad bastante menos glamurosa: el cine no tenía aire acondicionado, o no el suficiente, y unas doscientas personas, padeciendo un calor intenso, esperaban al director de cine. Durante unos minutos, Almodóvar nos regaló una reflexión sobre su filme, su forma de hacer cine, y dejó un mensaje especial para los lectores de Laberinto sobre México y Chavela Vargas.
¿Es este un homenaje a México o, específicamente, al mundo mexicano de Chavela Vargas?, le pregunto al cineasta. En la cinta, en uno de los momentos centrales de la historia, hay una televisión encendida donde se proyecta Frida —filme protagonizado por Salma Hayek—, ahí vemos y escuchamos a Chavela Vargas interpretando “La Llorona” y después, la escuchamos interpretando “Amarga Navidad”, de José Alfredo Jiménez.
—No puede haber un sitio en el mundo más agradable que México —dice el director— Y, Chavela, es una vida…. Ella para mí es muy importante, igual que muchas de sus canciones. Su voz, su interpretación es tan poderosa que empuja a uno de los personajes a abandonar a su pareja. Por eso, dramáticamente, es muy importante. Cuando se habla de alguien que ha sido abandonado, como ese personaje, resulta muy conmovedor. Chavela era una especie de “sacerdotisa” y hablaba de esa situación de ser abandonado de una manera muy ligera, porque todos hemos pasado por una situación así. Pero también te decía que tienes que marcharte, que tienes que romper con la gente y que debes estar preparado para un segundo amor, que también es muy importante. No debes arrepentirte de nada. Las canciones de Chavela fueron muy importantes para esta parte de la película, y me hizo muy feliz poder estar con ella durante los últimos dieciocho años de su vida.
El filme presenta dos historias principales. La primera es la de Elsa, publicista, que en 2004 pierde a su madre en diciembre y huye del duelo trabajando sin parar; la segunda ocurre en 2025, la protagoniza Raúl, un guionista y director que está escribiendo un guion sobre Elsa, su novio y dos amigas, ambas con ausencias y duelos. Raúl —una especie de alter ego de Almodóvar— entrelaza su historia con su ayudante y su compañero.
Pedro Almodóvar dice que en el filme explora una crisis creativa e intentó reflejar que su personaje principal, su alter ego, vive una especie de agonía profesional. De pronto, una persona del público le pregunta que si el filme le ha salvado la vida a alguien.
—Cuando Aitana Sánchez-Gijón (quien interpreta el personaje de Mónica, su asistente) hace esa pregunta, yo pensé en ese momento en la cantidad de guerras que hay en el mundo ahora mismo y la cantidad de problemas a los que nos enfrentamos en cualquier parte del mundo. Entonces, la respuesta era lo que decía Aitana: la ficción no tiene la capacidad de solucionar las tragedias de la vida real. Pero una película puede, por lo menos, salvar la vida de la persona que la escribe y que hace la película: la vida del director. Por lo menos, mi modo de entender mis películas es totalmente apasionado; no concibo mi vida sino haciendo películas. Pero, además de la persona que las hace, una película puede ser de enorme ayuda para el espectador. Puede revelarle secretos o aspectos de sí mismo a los que no se había enfrentado. Y, en cualquier caso, puede establecer un vínculo con el espectador, y esa reciprocidad, que es lo contrario de sentirse solo, es muy importante para encontrar razones para vivir. Creo que una película no puede cambiar el rumbo del problema climático que estamos teniendo, por ejemplo, o de la guerra de Ucrania. Entendemos que una película no va a arreglar esa guerra, pero puede ser muy útil para muchas otras personas, tanto para los espectadores como para quienes hacemos las películas. Cuando yo era pequeño y adolescente, en los años sesenta, para mí el cine era lo más importante de mi vida; era más real que mi propia vida. Era como tener una vida paralela: mi vida paralela era el cine.
Amarga Navidad no es solamente su película número 24, es, sobre todo, una historia acerca del duelo, el amor y la creación. Almodóvar construye personajes que crean personajes y termina preguntándose hasta qué punto un artista tiene derecho a apropiarse de las vidas y del dolor de quienes lo rodean.
—Mónica, la asistente del director, no siente la menor empatía por ese dolor creativo. De hecho, siente que ha sido víctima de un vampiro. No está contenta de ser la fuente de inspiración. Cuando va a encontrarse con él en el parque, lo hace con la plena intención de destruirlo o, en realidad, de castigarlo por haberse apropiado de algunos de los elementos más dolorosos de su vida. Esas escenas fueron muy interesantes para mí porque es un momento en que uno de los personajes cuestiona mi trabajo, el trabajo del director, que al fin y al cabo es mi alter ego. Hay mucho de autocrítica y, lejos de tratar de evitarlos, para mí fue un ejercicio muy refrescante e incluso divertido.
En este momento, Almodóvar está hablando al público sin importar si han visto una u dos o todas sus películas. Recuerda su infancia —retratada en Dolor y gloria (2019), donde Penélope Cruz interpreta a Jacinta, la madre del director en su juventud, y hay una memorable escena en el río con las mujeres lavando ropa.
—Fui criado y educado por mi madre y por todas las vecinas de la calle. Estaba rodeado de mujeres todo el tiempo. En La Mancha de los años cincuenta apenas veía hombres; solo veía mujeres. Para mí, las mujeres eran la vida. En aquellos patios grandes de La Mancha hacían labores artesanales y hablaban muchísimo sobre la vida del pueblo: a veces de cosas terribles, a veces trágicas y, otras veces, muy divertidas. Para mí era un verdadero espectáculo. Por supuesto, a los cuatro, cinco o seis años no sabía qué era la ficción, pero para mí aquel fue el origen de la ficción. Mi madre, en particular, era muy activa en la calle. Como muchas de las mujeres con las que vivíamos eran analfabetas, puso en marcha un pequeño negocio para escribirles y leerles las cartas. Ella solía leer las cartas y yo solía escribirlas. Algunas veces, cuando leía una carta, inventaba cosas: cosas hermosas que no estaban allí. Yo me sorprendía y le preguntaba: “¿Cómo puedes leer algo que no está ahí?”. Ella me decía: “Pero ¿has visto lo felices que estaban simplemente escuchándome?”. Y era verdad, se ponían muy contentas con aquellas noticias que no aparecían en la carta. Veinte años después pensé que aquello había sido una gran lección sobre la ficción y la realidad: a veces la realidad necesita de la ficción para mejorar la vida.
Durante estos breves 20 minutos, Almodóvar nos comparte una reflexión de su forma de vivir la escritura en el cine: “En esta película, por ejemplo, cuando la empecé a escribir, pensaba que el final debía ser diferente. Pero cuando llevaba aproximadamente una hora de guion se me ocurrió que uno de los personajes cuestionara al director de la película. Eso era completamente nuevo para mí, y seguí esa línea. Es algo muy habitual porque, una vez que empiezas a escribir, quien manda es la historia. Aunque hayas pensado algo diferente, la historia te indica el camino. A veces la historia te pide que escribas (o que introduzcas en el guion) cosas que te resultan dolorosas, cosas que quizá pertenecen a tu vida privada. La escritura es algo muy vivo, muy, muy vivo. Necesitas tener muchas ideas, pero también debes mantenerte abierto porque, cuando estás escribiendo, tienes una especie de sensibilidad que hace que todo parezca significar algo distinto. Todo lo que oigo, escucho, leo o escribo lo hago con la sensibilidad de la historia que estoy escribiendo. A veces escuchas una canción —una canción antigua con cientos de versiones— y, en una versión concreta, descubres la canción por completo, como si fuera nueva. Hay que permanecer abierto porque la vida y todo lo que lees adquieren a veces otro significado, y puedes descubrir algo completamente diferente”.
Almodóvar agradece, recibe los aplausos, y deja el cine por la puerta de emergencia.
AQ / MCB