Pierre Lemaitre: “Por clase social, nunca habría sido escritor”

Entrevista

Con ‘Grandes promesas’, Pierre Lemaitre, el Alejandro Dumas de nuestros días, continúa su propósito de novelar el siglo XX

Pierre Lemaitre, autor de la tetralogía ‘Los años gloriosos’. (Fotografía: Benet Román)
Xavi Ayén
Périgueux /

Al entrar en la finca que el novelista Pierre Lemaitre tiene en la Dordoña francesa, uno recuerda que Montaigne tenía su castillo no muy lejos de aquí. Pero los dominios del autor más vendido de Francia en la actualidad son muy distintos: Lemaitre, ecologista convencido, está reforestando su extenso bosque con una docena de especies de árboles “para ver cuál de ellas resiste mejor al cambio climático” y se ha construido un huerto en el espacio donde los propietarios anteriores tenían una piscina. El que algunos llaman el Dumas del siglo XXI sale a saludar con sus perros, dos juguetones labradores. Lemaitre vive aquí hace unos años, junto a su hija y su esposa, Pascaline, quien le convenció, tras décadas de ser un escritor inédito, de que enviara sus libros a alguna editorial.

Su mujer tenía razón. Ha ganado el Goncourt, es número uno en ventas...

Vengo de una familia obrera en la que algunas cosas eran posibles y otras no. Eso nos lo ha enseñado Bourdieu: en cada clase social hay cosas que son posibles y otras que no. Por ejemplo, yo habría podido ser actor o músico. Pero escritor, nunca, eso era lo más alto de la jerarquía cultural y para un obrero era un horizonte inalcanzable.

¿Y cómo rompió esa barrera mental?

Escribía novelas desde los 25 años y mi primer libro publicado es del 2006, cuando tenía 55. Pascaline me animó a enviarlo a editoriales, hice 22 montones de fotocopias, las envié... y tuve 22 cartas de rechazo. Ella, muy tranquila, me dijo: “Se equivocan”. Al poco, uno de los 22 cambió de opinión. Así que me casé con ella inmediatamente, a una mujer así no se la deja escapar.

Publica Grandes promesas (Salamandra, 2026), culminación de su tetralogía sobre la familia Pelletier. Junto a su trilogía anterior compone un fresco de buena parte del siglo XX.

Voy a retratarlo todo. Empecé con la Primera Guerra Mundial y acabaré en la siguiente trilogía con la caída del Muro de Berlín. Es sabido que el siglo XX empieza en 1914 y acaba en 1989.

Aquí habla de la corrupción inmobiliaria.

El dinero, el engaño, el poder, la corrupción... son grandes temas. Vengo de la novela policiaca. No diría que el corruptor trabaja para el bien de la literatura, pero en muchas historias son los corruptos quienes insuflan vida a los otros personajes. La corrupción se consume como la pasión o el sexo, es irresistible. Hay una segunda razón: soy un feroz anticapitalista y creo que todas las malversaciones financieras están indisolublemente ligadas al código genético del capitalismo.

Pero si las cosas iban bien en la época de su novela...

En Francia, esos años se llaman los Treinta Gloriosos. Del final de la Segunda Guerra Mundial a 1975 se vivió el periodo álgido del capitalismo, bastante increíble, todo parecía funcionar: subía el nivel de estudios, los trabajadores compraban pisos, electrodomésticos, coches, no había desempleo, funcionaba el ascensor social y la meritocracia. La familia Pelletier, mis protagonistas, simbolizan todo eso pero, junto a ellos, incluyo a los excluidos, los expropiados, los desgraciados, los inmigrantes, los pequeños campesinos.

Refleja el gran cambio del urbanismo del París que hoy conocemos.

Me centro en la construcción de algo similar a una obra de arte: la gran circunvalación, la ronda, porque el gran símbolo de esa época es el coche, sinónimo de independencia, éxito, huida, marcador de clase.

¿Tantas familias fueron expulsadas de sus pisos?

Sí. Cuando se construye una obra de ingeniería importante, se despeja el terreno. Es fácil echar a los pobres a la calle, los ricos se resisten a los abusos del poder, pero los pobres no tienen los medios para ello.

Descubrimos al fin qué va a ser de Jean, el Gordito, uno de sus personajes más emblemáticos.

Jean Pelletier es un fracaso absoluto. Ha fracasado en su infancia, sus estudios, su profesión, su matrimonio... Tiene zonas oscuras, es cruel y ambivalente, raro y peligroso.

En Grandes promesas consigue sus mejores escenas de sexo, si nos permite decirlo.

Lo más difícil en la literatura es escribir escenas de sexo. Nunca me atrevía, pero con un varón adolescente tenía que abordar el estallido hormonal. Necesitaba un objeto de su deseo y buscaba en mi memoria una mujer que conociera y pudiera servir de modelo para mi personaje, alguien de quien se enamorara fervorosamente... y la encontré.

¿Dónde?

En una foto en blanco y negro de 1952, tomada por el fotógrafo Art Shay, amigo de Simone de Beauvoir. Ella se duchó un día en su casa: entró en la sala de baño, se desnudó, se duchó y luego, con la puerta entreabierta, terminaba de asearse mientras Shay, que estaba fuera, se acercó con una cámara y fotografió a Beauvoir desnuda de espaldas. La historia cuenta que ella se dio la vuelta y le dijo: “Chico malo”. Mire, la tengo aquí. ¿Ve?

La historia de la niña con la monja me ha recordado a la película española Los domingos.

Ella ha sufrido una violación. Intento mostrar el poder de la palabra, que está prohibida. Ella no se atreve a decir lo que le pasó y vive con culpa. Es una figura recurrente de la violación hacer creer a la víctima que es cómplice. Y ella conoce a una religiosa que le enseña latín de la que se va a hacer amiga, aunque ni siquiera cree en Dios. Las mujeres que han sufrido violencia sexual intentan decir algo que no pertenece a nuestro lenguaje habitual. Y ellas se comunican en una lengua en teoría muerta, pero que les permite compartir algo que no les sale en francés.

¿El periodismo que refleja es el equivalente a las redes sociales?

En aquella época nace la prensa sensacionalista, los periódicos exhiben la vida privada de las personas, surgen los paparazzi. La competencia entre tabloides lleva a inventar historias. Empieza a surgir la idea de que la verdad es solo una opción entre otras, que una información falsa también es información. Y sobre este modelo se erigirán no solo el sistema de las redes sociales, sino también cierta política, como la de Donald Trump, quien considera que la verdad lo es en función de quién la pronuncia y quién la cree. Ya en los años cincuenta, surge esta idea en los periódicos amarillos de que la verdad es ante todo relativa y que, en el fondo, no es más que una opción entre muchas otras, y a veces no la mejor.

¿Y ahora?

Para terminar esta serie sobre el siglo XX voy a abordar el periodo que va de la primera crisis del petróleo, en 1973, hasta un poco después de la caída del Muro de Berlín. La tercera generación de la familia Pelletier. Serán dos, tres o cuatro novelas más. Luego ya podré morirme tranquilo.

AQ / MCB

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite