Ramón López Velarde y la revista 'El Maestro'

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Con este ensayo, celebramos 100 años de la aparición de uno de los grandes proyectos culturales de José Vasconcelos.

El poeta zacatecano Ramón López Velarde. (Ilustración: Boligán)

Ernesto Lumbreras

Concluía el maléfico y cruel año de 1920, y tragándose el orgullo del vencido, a regañadientes, el autor de Zozobra aceptó reunirse con José Vasconcelos, rector de la Universidad Nacional de México, gracias a los buenos oficios de sus amigos, Pedro de Alba y Jesús B. Gonzáles, flamantes diputados federales por Aguascalientes y Zacatecas. Con la muerte de Carranza y el cierre del bufete jurídico de la calle Madero, las fuentes de sus ingresos económicos se habían cortado (1).  En una carta dirigida a Margarita González, fechada el primero de septiembre de 1920, ya exponía su penosa situación: “Yo he estado muy trastornado en mis asuntos, y muy pobre, como le decía en mi anterior”. ¿A qué asuntos se refería? En principio, la familia del poeta tuvo que pagar los gastos de repatriación de Jesús López Velarde, varado en Europa tras la suspensión de su nombramiento en el servicio exterior; por obra de los movimientos y los reacomodos políticos en el gobierno, también removieron al autor de La sangre devota de su cargo de concejal del Ayuntamiento de la Ciudad de México, puesto que desempeñaba desde enero de 1919 (2).

Con el autor de Ulises criollo, próximo a convertirse en Secretario de Educación Pública del gabinete obregonista, se arregló para colaborar en dos frentes: en la Escuela de Altos Estudios dirigida por Antonio Caso y en el proyecto de la revista El Maestro que confeccionaban Enrique Monteverde y Agustín Loera y Chávez, este último del círculo cordial de sus afectos. En el recuento de la noche vieja, la noche de San Silvestre, su existencia había arrojado un saldo de sombras y pesimismo: huérfano de tutores políticos, roto el corazón por partida doble —las rupturas de Margarita Quijano y Fe Hermosillo—, el apremio de pedir prestado para solventar el gasto corriente de su familia, la crítica escéptica y adversa a su libro Zozobra… En cierto modo, este vocablo azaroso y atroz que delataba su proeza lírica en tierras incógnitas de la lengua, derrumbes, extravíos y naufragios de un decir a varias bandas, también definía su estado de ánimo. En tales coordenadas, el año nuevo amanecía para el poeta con un cielo borrascoso, en los tonos de la paleta de El Greco, con esa luz avara, glacial y pesarosa. Pasado el feriado, acudió a la oficina de la revista, en la calle de Gante número 5, en el corazón mismo de la ciudad —rumbo de sus querencias y su bohemia—, lo que finalmente sumaba una pizca de contento a su pesadumbre.

Los meses de enero y febrero, el equipo editorial de El Maestro, redactores, diseñadores y formadores, viñetistas y correctores trabajaron a marchas forzadas, cumpliendo la expectativa de contar con el primer número en los comienzos de abril. Así sucedería para satisfacción, especialmente de Vasconcelos, quien daría de qué hablar a propios y extraños con uno de sus proyectos estelares en su cruzada cultural y educativa. En su otro trabajo, como no se presentaron alumnos a sus clases de Literatura Mexicana e Hispanoamericana en la Escuela de Altos Estudios, con fecha del 1 de marzo de 1921, el ateneísta en su calidad de rector giró un oficio para que el jerezano se presentara a la Escuela Nacional Preparatoria y se hiciera cargo de la cátedra de Lengua y Literatura Castellana (3). La papelería burocrática del alta y de la baja administrativa, de las respuestas de Ezequiel A Chávez, director de la preparatoria y del maestro Caso, impidieron a Ramón López Velarde cumplir un viaje que toda su vida se aplazó por azares inexpugnables: conocer Guadalajara. El motivo de la expedición a tierras tapatías tuvo, como pretexto, la toma de posesión a la gubernatura del estado de Jalisco del profesor Basilio Vadillo, ex alumno de la Escuela Nacional de Maestros de Rafael López, compañero de legislatura de Jesús B. González y Pedro de Alba. La ceremonia política se llevó a cabo el miércoles primero de marzo en el Teatro Degollado. El poeta, a tope de trabajo, cedió su lugar en el convite a su hermano Jesús. Además, no estaba su ánimo para escuchar discursos y arengas a granel. Los invitados del gobernador fueron agasajados con paseos y comilonas, serenatas y verbenas en los Colomos, en San Pedro Tlaquepaque y en Chapala. De esa visita, Rafael López regresó a la Ciudad de México con tres borradores de poemas de tema jalisciense: el soneto “Perla Tapatía” y las odas, “Guadalajara” compuesta por 89 alejandrinos y “Chapala” formada por 90 endecasílabos.

Para estos inicios del tercer mes del año, López Velarde ya había escrito y entregado a las páginas de El Maestro su ensayo, “Novedad de la Patria”, el negativo teórico o ideario criollo de su poema más popular, “La suave Patria”, que posiblemente germinaba en su cabeza: ideas y cadencias al vuelo, tanteos de color y de atmósferas. La amistad fraterna entre Rafael López, de 48 años, y el zacatecano, de 32 años, no tuvo dobleces, intermitencias o puntos ciegos. En tales condiciones de complicidad, es creíble que el escritor guanajuatense haya compartido y comentado sus esbozos líricos con su amigo. Sobre la reconocible influencia de los poemas mencionados en los versos de “La suave Patria”, escribí unos párrafos en mi libro Un acueducto infinitesimal. RLV en la Ciudad de México 1912-1921. Retorno al tema con coordenadas y datos nuevos. La poesía cívica y la de corte histórico fueron de interés en la obra de Rafael López; con altas y bajas de calidad, abundan ejemplos en su obra lírica. El anecdotario velardeano insiste que la escritura de “su poema mexicano” fue un milagro de inspiración, pieza prodigiosa nacida de un torrente verbal. Personalmente descreo de tal escenario. Un poema como “La suave Patria”, para comenzar la faena, necesitaría de un plan de escritura y de un croquis donde se visualizaran las partes y el todo del proyecto. En su obra lírica será la pieza más meditada desde el punto de vista de la composición. Tal vez, mientras escribía el citado ensayo, surgieron los primeros versos, pececillos de plata fundidos en el crisol de sus reflexiones en torno de un país que se redescubría a sí mismo. Esa posibilidad pesa también para que Rafael López, antes de su viaje a Guadalajara, tuviera un impulso anímico e intelectual para bosquejar su tríptico tapatío (4). Me quedo, por ahora, con el muy atractivo pendiente de emprender un careo propiciatorio entre los poemas de los dos amigos, obras marcadas por afanes de inventario y loas a la patria —en el filón criollo, pueblerino y colonial—, en un tono de luces populares y destellos barrocos y culteranos.

A la posible confluencia entre los dos poetas amigos, sumo un afluente más. A partir del primero de marzo de 1921 apareció, en varios periódicos del país, una convocatoria literaria animada por el Casino Cordobés, invitando a la comunidad de escritores para participar en los Juegos Florales con motivo del Centenario de los Tratados de Córdoba (5). El certamen contemplaba siete rubros, uno de composición lírica de tema libre, cinco de ensayo con temática definida y uno de cuento “histórico de carácter patriótico”. Uno de los temas ensayísticos recaía en la figura de Agustín de Iturbide, “en su verdadero valor histórico”. Las bases de la convocatoria anotaban al final los nombres del jurado, “señores Profesores de la Universidad Nacional de México, Licenciados Ramón López Velarde, Antonio Caso y Joaquín Méndez Rivas”. Este dato desconocido en la biografía del poeta, seguramente alentó y atemperó la curiosidad intelectual del poeta para la escritura de “Novedad de la Patria” y “La suave Patria”, tocando una fibra de empatía respecto del enfoque histórico de los géneros, y en particular, la voluntad de los organizadores del certamen para abordar sin prejuicios la figura de Agustín Iturbide, uno de los villanos de la historia oficial en 1921 y, sin cambio alguno, todavía en este 2021. Sobre todo en el poema, López Velarde hará referencias y sutiles guiños al militar criollo, autor intelectual indiscutible de la consumación de la Independencia de México. Por ejemplo, “la trigarante faja” y el “trono a la intemperie”, alude a dos momentos de las maniobras políticas de Iturbide, meritorio el primero, errático el segundo según el dictamen categórico del bando liberal. Un tema digno de revisión sin maniqueísmos y tabúes. En esta trama de ideas, “La suave Patria” está más cerca de la tradición conservadora —sí, la de “la tristeza reaccionaria”— que del nacionalismo triunfante de la Revolución Mexicana, la bandera que finalmente lo popularizó de manera equívoca y superficial.

(1) La investigación de la muerte de Venustiano Carranza en la sierra norte de Puebla ordenó congelar las cuentas de Manuel Aguirre Berlanga, ministro de Gobernación y socio del bufete de abogados junto con el poeta y el diputado Francisco Martín del Campo, los tres egresados y condiscípulos del Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí. El encargado de la comisión de las indagatorias del magnicidio sería Aquiles Elorduy, el mismo político zacatecano que “le ganó” la curul a López Velarde en 1912.


(2) Este dato no lo había visto consignado en los diversos apuntes biográficos del poeta. Con fecha del 11 de diciembre de 1918, la Junta Computadora hizo oficial el nombramiento de los 12 concejales titulares, con sus respectivos suplentes, regidores del cabildo que acompañaría la gestión de José María de la Garza, presidente municipal de la Ciudad de México. A mediados de enero de 1919, Carranza hizo cambios en el gobierno dela capital, retiró a de la Garza y en su lugar nombró al general doctor Rafael Cepeda, senador por San Luis Potosí, rival político de Pedro Antonio de los Santos y personaje que satirizó López Velarde en las páginas de La Nación, el famoso “Cepedita” tan presente en el periodismo político del poeta. ¿Renunciaría a su cargo de concejal o civilizadamente olvidarían sus diferencias?

(3) De esta época data el recuerdo de Xavier Villaurrutia quien, con Salvador Novo, procuró la amistad y el consejo de López Velarde: “Lo esperábamos a la salida del aula y cambiábamos con él breves y entrecortadas frases. Aún tengo la sensación de que los diálogos se acaban demasiado pronto. Y también de que, a veces, como cuando sin esperar el final de la clase entrábamos en el aula, y López Velarde suspendía rápidamente la lección, despidiendo, aturdido, a los alumnos, una curiosa turbación y un pudor infantil e inexplicable locolocaba delante de nosotros en la situación de minoridad e inferioridad que lógicamente nos correspondía a Salvador y a mí.” Villaurrutia, Xavier, Obras, FCE, 1996, p. 642.

(4) Con fecha de 23 de mayo de 1921 daría a conocer su poema “Guadalajara” en las páginas de El Universal. Seis diez después, en el mismo periódico, publicaría “Chapala”. En las páginas de El Informador se registra un segundo viaje de Rafael López a Guadalajara, de nueva cuenta invitado por el gobernador Vadillo. El autor de Con los ojos abiertos arribó a la Perla Tapatía el domingo 15 de mayo y tornó a la capital el viernes 20 del mismo mes. Tal vez para actualizar sus impresiones de marzo, recorrió Guadalajara de arriba abajo y emprendió la visita a Chapala. Al poco de regresar a la Ciudad de México, por lo visto, puso punto final a sus composiciones.

(5) El certamen cerraba el 30 de junio y anunciaba la entrega de los premios, en la ciudad de Córdoba, Veracruz, el 24 de agosto de 1921. El fallecimiento del poeta, ocurrido el 19 de junio, obligó a los organizadores a buscar un jurado sustituto.

AQ

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