El travestismo como artificio literario | Por Carmen Villoro

Ensayo

En esta lectura de ‘Reimaginar la piel: voces y corporalidades travestidas en la literatura iberoamericana contemporánea’, de Assia Mohssine y Daniel Rodrigues, la autora combina magistralmente prosa y poesía.

Portada de ‘Reimaginar la Piel: voces y Corporalidades Travestidas en la Literatura Iberoamericana Contemporánea’. (Ed. Peter Lang)
Carmen Villoro
Ciudad de México /
Únete al canal de Milenio

Toco el vestido de este libro con pudor. El título me invita a ir descorriendo velos y descubrir los diferentes abordajes a la palabra travestismo, a conocer la piel de que están hechas historias y poemas de los autores visitados por otros y a sentipensar la pulsación emotiva y política que alimentan sus pasajes de una identidad a otra.

El cuerpo del libro está compuesto por tres partes orgánicas. En “Escribir para perder el rostro. El escritor como travestista”, los autores, a decir de Assia Mohssine y Daniel Rodrigues, “replantean cuestiones teóricas, éticas y estéticas en relación con el travestismo como artificio literario”. Si la psiquiatría, por su parte, apoya su concepción de la salud mental en que el individuo sea consciente de su tiempo, espacio y persona, la literatura transgrede las fronteras de estas tres orientaciones y diluye propositivamente su identidad para vestirse de otras y vivirlas como experiencias alternas. “Érase que se era” sigue siendo, en dramaturgos, narradores y poetas, la llave de acceso a una dimensión distinta donde es posible ser otros. El concepto de “identidad nómade” de Judith Butler inicia aquí su andar por este libro, su ir y regresar a los diversos escenarios que lo convocan. El capítulo de Carmen Boullosa “Desnudo, sastre y travestita” es un umbral propicio a la temática que trata el libro en su totalidad. Su reflexión comienza desde la “iluminada incordura” donde la piel, la ropa y la escritura son observados y resignificados por el discurso humano.

El escritor muda de género literario, va de la poesía a la prosa, se detiene a existir de otra manera en el teatro, enloquece y delira en la novela, grita lo que el alma calla en la poesía. El travestismo es acto indispensable. La novela es “la apócope del travestismo”, dice Boullosa, pero toda obra lo es en alguna medida al acceder a un escenario performático, incluso cuando el yo poético coincide con la experiencia autobiográfica. ¿Soy yo, de veras, la que palpita y se desnuda en la página escrita? Hay siempre una invención, del tipo de los sueños, que nos convierte en voz que parla un parlamento.

Parla palabra ponte en mi postura
parla mi propia piedra, hazte presagio
de la próxima pretendida personalidad que no poseo,
Protesta por la partitura
y hazme plural con este pasatiempo.
Pasajero en pasión, en tránsito. Dame el pálpito
para ser pantalla de un pánico profundo.
Parla palabra tu par, tu parlamento.
No lamentes partir mi propia parte en partes,
perjudicar mi pequeñez,
permanecer en mí como penosa perversión.
Parla ponzoña pía por mi palabra
póstrate en pórticos pretéritos para pujar lo primordial,
el primitivo puño de mi peso y de mi paso
y por si fuera poco de mi pozo.
Pasa y permanece.
Parla en la pauta y en la pausa.
Hazme proceso, pronto
pronuncia tu protesta en mi provecho.
Parla palabra pulpa de mi puntual parodia,
de mi profunda pena.

O bien, como bien lo explica Andrea Ostrov, los personajes de Pedro Lemebel, Mario Bellatin, Javier Ponce Gambirazio y Mariano García son “posibilidad dinámica de transformación y autoconstrucción”, como lo es también la poesía de Clarice Lispector y otros poetas (vista por Sara Novaes Rodrigues) y la compleja construcción de personas que el ortónimo de Fernando Pessoa se permite dando un completo sentido del “self” a sus heterónimos, en la aproximación de Dionísio Vila Maior. En este mismo tema existencialista se inscribe la dramaturgia de Silvia Peláez que reconstruye en cuerpo y alma las tristes Memorias de Adélaide Herculine Barbin, forzada al travestismo por su condición intersexual. Este caso nos permite contrastar la libertad del travestismo autoral que rompe el corset de la imposición cultural, con el sometimiento forzoso al autoritarismo ideológico que empuja a la persona hasta el suicidio.

La segunda parte de este organismo “Travestismos de la voz lírica y narrativa” nos permite asomarnos al estudio de diversas piezas de la literatura donde encontramos el fenómeno del travestismo, sus facetas y vicisitudes. Los autores de estos ensayos (Paulo César Gardas, María Fontes, María Luiza Berwanger da Silva, Cristina Jiménez Gómez, Yolanda Melgar Pernías y Samuel Rodríguez, nos hacen ver en el desnudamiento de poetas, narradores y personajes, la amplia gama de la subjetividad humana y con ella la denuncia de la rigidez de las categorías y las representaciones hegemónicas en el binomio hombre/mujer. Con la movilidad, la polisemia y la dinámica de la transformación de la intimidad, poetas como Alex Simões, Ricardo Domeneck, Manuel Bandeira, Mario de Andrade, Clarice Lispector, Delmira Agustini, narradores como Teresa Porzencanski y José Luis Sampedro se permiten textos poéticos y narrativos que deconstruyen el canon patriarcal en el “hacerse otro” a través de la apropiación de modos y lenguajes alternos, juego liberador no exento de angustia metafísica.

“Porque una gota de amarillo bastaría para sanar mi azul y sería entonces verde por unas horas, el turquesa del mar que se diluye en bosque. Cuánto vértigo el blanco si no fuera por la hospitalidad del gris que anuncia la vibración del negro. Roja es la luz que se dispersa en el naranja tenue de la tarde y rosa apenas la orilla de la nube que también se deshace en el ocaso como en la boca el algodón de azúcar”.

Tercera parte del cuerpo del libro “Identidades transitivas/ Identidades queer”: Queer que te quiero queer. La deconstrucción del sujeto binario hombre/ mujer toma ahora la dimensión performática. Lo teatral, lo carnavalesco, el juego de la imaginación que reinventa seres mitológicos está presente en Cuerpo náufrago, de Ana Clavel, estudiada por Mariola Pietrak; en La cresta de Ilión, de Cristina Rivera Garza, analizada por Pauline Doucet; en los cuentos “Réquiem” y “El origen de las especies”, de Rosa Beltrán, pensados por David Loría Araujo; en la novela autoficcional de César Aira Cómo me hice monja, que aborda Mariano García, y en Poesía para niñas bien de Txus García, en la lectura crítica de Lucie Lavergne.

El uso del maquillaje, los vestuarios llamativos, la exageración de los rasgos y gestos en personajes y voces narrativas y poéticas, así como la conversión surrealista nos depositan, como lectores, en los territorios del juego y el sueño. “Lo contrario al juego no es la gravedad sino la realidad” dice Sigmund Freud en su ensayo “El poeta y los sueños diurnos”. El juego es una actividad que los niños se toman muy en serio, propone el psicoanálisis. Los escritores también juegan en grave. Los textos aquí analizados tienen la cualidad de interpelar el asombro, el terror, la sorpresa y el humor de los lectores, por ejemplo, cuando Ana Clavel escribe a su personaje Antonia mudarse en Antón recurriendo a los manuales de la masculinidad (como tuvo que hacer Herculine-Adélaïde Barbin, recreada por la dramaturga Silvia Peláez). Mariola Pietrak nos hace ver el tono paródico, caricaturesco del personaje en este trance, como la escena en donde Antonia se arma con un paraguas para combatir al enemigo.

Cristina Rivera Garza nos hunde en el tema de lo siniestro (lo ajeno conocido) en donde la identidad masculina del narrador se disipa progresivamente hacia el develamiento de una narradora. La desfiguración del yo y su angustia existencial nos remiten a la locura presente en todo psiquismo. El temor del hombre a la femineidad incide en la falla de su imagen viril y su integridad corporal se altera bajo la mirada vigilante de las mujeres. Pauline Doucet nos recuerda, en palabras de Beaulieu, que esta novela nos invita a “vivir la normalidad como un delirio”.

En el cuento “Requiem” de Rosa Beltrán, una mujer muere pero sigue creciendo, se infla progresivamente hasta abarcar la habitación dejando a sus hijas incapaces de cualquier movimiento. En el otro cuento analizado por David Loría Araujo, “El origen de las especies”, madre e hija discuten en el baño sobre el maquillaje, la edad y las dependencias. La madre adquiere la identidad de un avestruz y la hija se transforma en sirena.

Los textos que muestran estas identidades queer no pretenden solo hacer reír, aterrorizar o sorprender al lector sino que ofrecen formas lúdicas de transgredir la configuración binaria y fija de la subjetividad proporcionando otras móviles y transitivas. La exageración devela la estructuración performática de todo género. Revelan, también, ese lado irracional que nos habita donde, según Pauline Doucet “la locura nos aparece como un poderoso recurso crítico y poético”.

Lo inusual de los personajes llevado al lenguaje en el caso de la poesía nos permite identificarnos como los seres diversos y complejos que somos y salir, aunque sea por un rato, de la normopatía.

Haz de mí lo que quieras, delirio vano.
Pon al otro en mi boca, ese siniestro
impostor de mi calva y de mis manos.
Dame otra voz que ya no reconozca.
Háblame en otro idioma al interior de mí.
Cierra mis ojos para que no vean lo que ya vieron,
abre mis puños que quieren conservar lo familiar,
desvanece mi esencia y su linaje tibio
para encender el frío de otros huesos.
Dame pezuñas, cola, cuernos,
no venga Dios a devolverme el alma,
quiero actuar.

‘Reimaginar la Piel: voces y Corporalidades Travestidas en la Literatura Iberoamericana Contemporánea’ (Ed. Peter Lang, colección Argumentos y Debates, 2024, 310 p.). Los fragmentos poéticos que aparecen en este texto son de la autoría de Carmen Villoro.

AQ / MCB

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite