¿Será acaso que la tragedia acontecida en el bar de Crans-Montana realmente tiene que ver con lavado de dinero y la mafia? Durante los días posteriores al incendio, esta fue la interrogante que reventó en las redes sociales. Una controversia legítima, que hoy sigue sin una respuesta judicial definitiva, pero que amerita tomarse en serio.
Mientras la investigación se centraba en la responsabilidad directa de los gerentes del bar Le Constellation, dicha suspicacia comenzó a circular fuera de las actas judiciales y antes de que llegara el caso a los tribunales. No circuló en los comunicados oficiales, sino en los artículos de opinión, en las crónicas de contexto, en las investigaciones que intentaban reconstruir los hechos. Y, sobre todo, en las redes sociales, donde la información se entremezcla con las sospechas y estas se convierten en historias.
Algunos periódicos franceses y suizos —sobre todo la prensa regional y aquellos espacios de profundo análisis judicial— comenzaron a plantear, con cierta circunspección, pero de manera recurrente, la posibilidad de que el ascenso económico de los esposos Jacques y Jessica Moretti pudiese situarse en un contexto más amplio de economías turbias, vinculadas al entorno mafioso corso.
Jacques y Jessica Moretti no están formalmente implicados en ningún proceso por crimen organizado en Córcega. Y actualmente no existe acusación formal por asociación mafiosa, ni ninguna hipótesis de investigación que identifique a Jacques Moretti como un integrante de la mafia corsa. Sin embargo, esta observación no surgió de la nada.
Se inserta en un contexto histórico bien conocido: la criminalidad corsa es una de las pocas organizaciones europeas que ha desarrollado un modelo mafioso comparable, en estructura y capacidad de infiltración económica, al italiano. Un modelo basado en la continuidad familiar, el arraigo territorial y la capacidad de invertir en la economía legal, especialmente en el sector comercial dedicado a la alimentación, el juego y el ocio. Moretti es originario del sur de Córcega. Pero no es su lugar de origen, en sí mismo, lo que ha levantado las sospechas.
No se hace alusión a la mafia corsa solo por folklore o sugestión. Se menciona por convergencia de elementos, por analogía estructural, por la manera en la que ciertas trayectorias económicas y relacionales ya fueron observadas, documentadas y estudiadas en otros lugares.
Es en esta línea divisoria —entre lo penalmente evidenciado y lo que es política, económica y socialmente significativo— donde se sitúa la historia de Crans-Montana. Porque la tragedia, de hecho, no comienza la noche de Año Nuevo. Comienza mucho antes. Inicia en el silencio que acompaña los éxitos tan repentinos. En el dinero que llega sin dejar rastro. En la sensación de impunidad que crece cuando la gente teme criticar tus acciones.
El incendio en el bar Le Constellation —40 jóvenes muertos y más de cien heridos— no es más que el epílogo visible de una historia que va más allá de las medidas de seguridad para reducir el riesgo de incendios. Tiene que ver con la manera en la que se ejerce el poder económico e interpersonal en las zonas grises de Europa. Zonas donde la violencia flagrante no funciona. Es suficiente con no hacer preguntas. O dar a entender que hacerlas puede acarrear graves consecuencias. Los gerentes del local están siendo investigados por violaciones a los reglamentos de seguridad y por homicidio involuntario.
Pero la cuestión no es solamente lo que no hicieron esa noche, sino los que se les permitió hacer durante los años anteriores. Y, sobre todo, de dónde viene ese poder. Le Constellation no era solamente un bar. Era un nodo. Un lugar céntrico en una de las ciudades más ricas y emblemáticas de Suiza. Un lugar de encuentro, de flujo de dinero, de visibilidad social. Alrededor de ese local, en pocos años, se cimentó un auge económico anómalo: restaurantes, bares, inmuebles comprados sin hipotecas y sin necesidad de recurrir al crédito bancario.
¿Cómo puede alguien como Moretti, con antecedentes penales por prostitución, fraude y secuestro, gestionar dos locales nocturnos en uno de los destinos turísticos más importantes de Europa? Como siempre, la respuesta categórica es legal, no moral. En Francia, por condenas de este tipo, un juez puede ordenar la prohibición para operar un negocio. Es plausible que Moretti se enfrentara a restricciones para abrir locales públicos en Francia, pero no lo sabemos, ya que la ley francesa castiga la infracción individual, no el “perfil”.
En Suiza, no existe una prohibición automática que le impida a alguien abrir un negocio si cuenta con antecedentes penales en el extranjero: en ausencia de una prohibición judicial formal o una orden internacional, se pueden conceder licencias. Para acabar pronto, en Suiza, si tienes el dinero, puedes abrir el negocio que quieras. Es así que operaciones formalmente legales terminan esquivando revisiones que son importantes.
Esta anomalía económica viene acompañada de otro elemento: el ejercicio cotidiano de un poder informal, compuesto por relaciones, intimidaciones simbólicas y riesgo reputacional. De las redes sociales —depuradas pocos días antes de su arresto (la demora con la que se realizó la detención le permitió a Moretti modificar muchas de sus situaciones), emergen episodios reveladores. Cuando algunos clientes del local Le Senso, también propiedad de Moretti, dejaron reseñas negativas en internet, denunciando comportamiento agresivo, un ambiente intimidante, selección arbitraria para ingresar al local y trato desigual. Describieron un local que se percibía hostil para estudiantes y jóvenes, reservado para una “clientela selecta”, es decir, únicamente para señores adinerados en busca de compañía y para empresarios dispuestos a dilapidar mil euros por una botella. Jacques Moretti no solo se limitó a responder con palabras agresivas. Amenazó públicamente con tomar represalias, declarando que contactaría con la dirección del instituto Les Roches, una de las escuelas de hostelería más prestigiosas del mundo, cuya sede se ubica precisamente en Crans-Montana, para perjudicar la carrera de los estudiantes proporcionando información sobre ellos y denigrándolos ante la institución. El mensaje era claro: puedo denunciarlos, puedo perjudicarlos, tengo acceso a las altas esferas. Que esas conexiones fueran reales o falsas resulta irrelevante. La cuestión es que funcionaron. Funcionaron como mecanismo disuasorio. Como una amenaza indirecta. Como un lenguaje de poder.
Es el léxico mafioso de las zonas grises: no te golpeo, pero te doy a entender que podría hacerlo. Este episodio también revela mucho sobre la ausencia de revisiones. La última inspección en el local para verificar si cumplía con la normativa en seguridad contra incendios data del 2019. Del 2020 al 2025 no se realizaron inspecciones periódicas obligatorias, a pesar de que las exige la normativa municipal.
Pero, ¿cómo es posible, se preguntarán, en Suiza? En un país que basa su reputación en la eficiencia administrativa y en una cultura de la prevención. Esta ausencia no es un simple descuido. Es una señal. Las inspecciones nunca son neutrales: se producen cuando hay conflicto, no donde hay consenso. Y el consenso tiende a transformarse en tolerancia cuando una empresa genera ingresos, empleo, turismo y visibilidad. Por lo tanto, la respuesta es: sí, precisamente porque estamos en Suiza, no hay inspecciones.
En los destinos turísticos de élite, los controladores y los controlados conviven en el mismo espacio social. Se conocen y frecuentan los mismos lugares. Cuando quienes controlan saben que esa actividad “aporta valor” y temen fricciones políticas o económicas, el control tiende a postergarse, a volverse más escaso y formal. No se trata de corrupción, sino, peor aún, de algo más invisible. Es el pacto tácito de la conveniencia.
Mientras tanto, a la vuelta de unos años, Jacques y Jessica Moretti adquirieron locales e inmuebles sin hipotecas, sin exposición bancaria visible. En Suiza, esto no es un delito, pero sí es una anomalía. En los destinos turísticos de alta gama, el crédito es la norma: el crédito significa trazabilidad. Cuando un negocio crece únicamente mediante liquidez, sin transferencias bancarias ni comprobaciones de crédito, la opacidad es evidente. La gestión familiar refuerza este mecanismo: concentración de decisiones, responsabilidades y activos en un único ámbito. Todo se mantiene dentro del mismo perímetro, todo parece coherente y todo se vuelve difícil de separar.
Esta estructura económica anómala prospera donde las inspecciones son escasas y el éxito se confunde con la fiabilidad. Así es como la liquidez se convierte en poder. Y el poder, cuando no es controlado, se convierte en inmunidad. Entonces, ¿no queda claro el esquema? ¿Acaso no existen suficientes pistas? En este esquema, la actividad comercial no es necesariamente el fin, únicamente es el vehículo.
El local sirve para justificar los flujos de caja como ingresos, para transformar el capital turbio en ingresos, para hacer ordinario lo que, en otros contextos, parecería atípico. Bares, restaurantes y locales nocturnos no solo son lugares de consumo, sino también dispositivos económicos para una alta circulación de efectivo, capaces de absorber liquidez sin generar preguntas. Cuando la inversión no está orientada a la rentabilidad industrial, sino a la función financiera, el éxito del local no solamente se mide en clientes o beneficios, sino en su capacidad de mover dinero. En este sentido, la actividad no es el fin, sino el instrumento: un mecanismo que permite que el capital se mueva, se mimetice y se estabilice dentro de la economía legal. Y todo esto es típico de la praxis mafiosa.
La mafia corsa es el único grupo del crimen organizado europeo fuera de Italia que ha desarrollado un modelo completamente mafioso, aunque no está legalmente regulado como el Artículo 416-bis. Históricamente ha invertido en bares, restaurantes, discotecas, locales nocturnos y casinos. El clan criminal La Brise de Mer, fundado en Bastia en la década de los setenta, tomó su nombre de un café. Le Petit Bar, en Ajaccio, fue su clan rival y sucesor. Los nombres de los establecimientos se convirtieron en los nombres de las organizaciones. Hoy, cuando los periódicos aluden a la mafia corsa en relación con bares, discotecas, negocios familiares y dinero turbio, no formulan acusaciones directas. Manifiestan un precedente estructural histórico europeo. Así es como funciona la zona gris: no protege abiertamente, normaliza la excepción.
Preguntarse si “la mafia” se encuentra detrás de Le Constellation es, acaso, la pregunta menos útil. La pregunta correcta es otra: ¿Cuántas empresas en Europa crecen hoy en día sin que nadie se pregunte de dónde proviene realmente el dinero ni qué poder ejercen? El poder judicial determinará la responsabilidad penal; pero la responsabilidad política, económica y cultural queda fuera de los tribunales. Crans-Montana no es solo el escenario de una tragedia, es el símbolo de una Europa donde el dinero corre más rápido que los cuestionamientos, donde el poder se ejerce antes que el crimen, donde las inspecciones se realizan solamente después de los muertos. Las víctimas no exigen venganza. Exigen algo más difícil: que se ilumine la zona gris antes del próximo incendio.
Traducción de María Teresa Meneses
Texto tomado de Il Corriere della Sera, lunes 12 de enero de 2026.
AQ / MCB