Rumbo al Mundial 2026: el futbol como una patria de emociones

Fragmento

Con autorización de Alfaguara, publicamos el prólogo del libro ‘Peloti y el mundial’, una visión crítica de este evento deportivo y su mercantilización, a la vez que destaca su lenguaje universal y las expresiones culturales que lo atraviesan.

“El balón sigue siendo el mejor juguete, y el futbol, el mejor juego”. (Freepik)
Jorge Valdano
Ciudad de México /
Título de la Redacción

Un mundial es una excusa inmejorable para saber más del país que representa cada selección (que es donde anida la identidad) y de los escalones sociales que va ocupando el futbol en el mundo. Pues este no es el mismo en Inglaterra que en Curazao, ni en Argentina que en Suecia, ni en México que en Estados Unidos. Además, el Mundial es un fenómeno histórico antes que deportivo. Tiene el poder de organizar nuestros recuerdos. Es un archivo emocional que secuencia los latidos de los países cada cuatro años gracias a los potentes hilos de la pertenencia cultural.

A pesar de lo anterior, durante mucho tiempo, el mundo académico redujo el futbol a su mínima expresión. Campo siempre subestimado, cuando no despreciado. Sin embargo, el del futbol es un ámbito placentero y el placer tiene el poder incomparable de convertir en interesante lo que parece arduo. Cuarenta y ocho selecciones en un Mundial son 48 posibilidades de conocer diferentes estilos de juego, pero también 48 puertas de entrada a la geografía, la historia, la política y la cultura. El futbol es uno de los pocos lenguajes universales no mediados por la traducción. No necesita subtítulos ni alfabetización previa. Una vez que el placer agranda el recinto mental, sería torpe no aprovecharlo para expandir el interés.

Este libro nace con esa intención: explorar los países para buscarle al futbol sus raíces y utilizar el humor como la más útil de las herramientas, porque con una sonrisa se aprende mejor. Si es cierto que se juega como se vive, esta exploración nos ayudará a mirar el Mundial con un interés didáctico que va más allá de las ambiciones de dirigentes y magnates. ¿Qué mejor trinchera para la resistencia que la inteligencia crítica derivada del conocimiento? El futbol, como lenguaje popular, no es cualquier cosa: hablamos de un notable simulador de la vida, que expresa ilusiones, miedos y emociones colectivas. Un patrimonio popular, en algunos países apenas emergente, en otros, núcleo duro del acervo cultural.

Ahí donde se disputa un partido, los jugadores nos están contando cosas de la sociedad a la que pertenecen.

En un tiempo de grandes transformaciones tecnológicas que generaron profundos cambios sociales, el futbol decidió ponerse a tono y abandonar su condición de juego primitivo, hijo del tiempo que lo vio nacer. Quieren empujarlo hacia la modernidad. Y debo confesar que, para mi gusto, no le sienta nada bien.

Primero fue arrollado por la globalización: tránsito constante de jugadores, uniformización de estilos y un mapa cada vez más desigual, donde continentes, países y clubes grandes vampirizan a los pequeños. El Mundial muestra las asimetrías globales mejor que cualquier informe económico, porque enfrenta a países en igualdad formal, pero desigualdad real.

Con la globalización llegó el mercantilismo, que transformó a los clubes en empresas, a los futbolistas en referentes sociales con Ferraris y a los aficionados en clientes. No me parece mal que los jugadores amasen fortunas. Eso se llama justicia capitalista: ganan en justa proporción a lo que producen. Pero en el camino hacia ese nuevo estatus, este deporte se fue llenando de intrusos que le chupan la sangre al juego, le buscan la raíz cuadrada al balón y confunden el futbol con una filial de la política, incluyendo delirantes premios por la paz.

La tecnología, siempre invasiva, también entró en la cancha. De momento, vía VAR*, nos interrumpió el grito sagrado del gol. Pecado que jamás perdonaré y que, para colmo, estamos normalizando. El VAR es la prueba de una obsesión por eliminar la ambigüedad, cuando el futbol fue siempre un territorio de interpretación, error y relato.

Y, sin embargo, lo seguimos queriendo. Amamos el futbol incluso en sus desvaríos. Porque el balón sigue siendo el mejor juguete, y el futbol, el mejor juego. Porque es un espectáculo dramático en el que sufrimos por placer. Porque permite expresar la pasión sin disfraces culturales ni culpas. La trastienda animal que nos habita pide liberarse en los estadios. Además, el futbol sigue albergando un misterio hecho de certezas y azares desconcertantes: en su ámbito aún puede ocurrir lo que parece imposible que ocurra. Las estadísticas, que pretenden desentrañar el enigma, no alcanzan a ver un mal bote ni que el lateral izquierdo discutió con la novia antes del partido.

Y porque un escudo crea comunidad. Mucho más en un Mundial, donde nos representan tipos envueltos en una bandera, en nuestra bandera. Y cantan nuestro himno para que el futbol se convierta en una sucursal de la infancia, de la patria, de la inocencia que parecía perdida. Todos jugamos el Mundial, desde la cancha o desde casa, con la esperanza de que el futbol consiga sacar al país entero a la calle de gratuita y pura felicidad. Sin polarización, por fin una causa redonda como un balón, sin grieta divisoria. Mientras esperamos saber qué país levantará los brazos para siempre (las grandes emociones duran toda la vida), llega este libro como otra manera de jugar el Mundial: divertida, inteligente, instructiva, irreverente y apasionada. Porque si el futbol y sus posibilidades académicas siguen sin entrar en los colegios, habrá que buscar una manera clandestina de convertir esa pasión en conocimiento. Aquí la tienen: sano contrabando cultural. El secreto de este libro es que podrá entrar en las escuelas por la puerta de atrás, disfrazado de placer. Lo hace tomado de la mano de Mariana Anzorena (periodista), Sebastián Kohan (documentalista), Rafael Igartúa (historiador), Daniel González (periodista) y Gina Jaramillo (historiadora de arte), personas talentosas, ideológicamente apátridas y futbolísticamente fanáticas, como tiene que ser. A ellos les debemos este aterrizaje de las emociones del futbol al suelo de la razón, para que el Mundial entusiasme también a la inteligencia.

Jorge Valdano, 2026


* VAR: video assistant referee (árbitro asistente de video).

** Peloti y el mundial incluye un epílogo de la periodista Marion Reimers y dibujos de Alejandro Magallares.

AQ / MCB

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