Una visita a los intrincados infinitos de Ruth Asawa en Nueva York

Arte

Alrededor de 300 obras forman parte de la retrospectiva dedicada a la artista, educadora y activista californiana en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, que muestran sus exploraciones y hallazgos.

Ruth Asawa, artista estadunidense de origen japonés. (ruthasawa.com)
Irma Gallo
Nueva York /

Antecedentes de una visita

Quise ver la retrospectiva de Ruth Asawa (1926-2013) en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), organizada por esta institución y el Museo de Arte Moderno de San Francisco (SFMOMA), cuando me topé con un anuncio en el metro, que aquí llaman tren. Algo en la sutileza de sus esculturas de alambre me conmovió hasta lo más hondo. Pero antes de ir, investigué quién era ella, la persona cuyas manos habían tejido esas estructuras absolutamente perfectas.

Me enteré que la vida de Asawa se transformó para siempre cuando ella, su madre y sus hermanos fueron encarcelados en un campo de internamiento transitorio en Santa Anita. Más allá de la obviedad de que la cárcel, como quiera que se le llame, cambia radicalmente a las personas que la sufren, en el caso de la joven japonesa nacida en California hacie cien años, en el seno de una familia campesina, le hizo descubrir el arte.

Cuando Japón bombardeó Pearl Harbor en diciembre de 1941, el FBI se llevó al padre de Ruth. Un par de meses después, el resto de la familia fue conducida al Centro de embalaje de Santa Anita, convertido en cárcel por el gobierno estadunidense.

A los 15 años, la adolescente, acostumbrada al trabajo del campo y a ir a la escuela, se vio de pronto sin nada qué hacer, como ella misma lo reconoce en el documental San Francisco’s Ruth Asawa, producido por el MoMA de esa ciudad. Sin embargo, para su fortuna y la del resto del mundo que conocería su arte en las décadas venideras, su destino se cruzó con tres artistas de los estudios de Disney que también estaban encarcelados en Santa Anita. Fue con ellos que aprendió la disciplina de trabajar en el arte “de cuatro a cinco horas diarias”, según sus palabras. Después de un periodo de encarcelamiento en otro centro de detención en Arkansas, y el fin de la Segunda Guerra Mundial, Ruth se mudó a Carolina del Norte para estudiar formalmente arte en una de las escuelas experimentales más reconocidas de la época, Black Mountain College.

Casi ochenta años más tarde, el MoMA de Nueva York presenta la primera retrospectiva de su trabajo de seis décadas, que incluye dibujos, litografías, pinturas, moldes de yeso y sus famosas esculturas flotantes tejidas en alambre.

Ruth Asawa, Sin título, c. 1955. Escultura de alambre. (Foto: Irma Gallo)

En el MoMA, un sábado nevado

Más de una hora después de que tomé el tren en Williamsbridge, el barrio del Bronx donde vivo, llegué al museo, que está ubicado en la calle 53 casi esquina con la 5ª Avenida, en Midtown Manhattan. Aunque a veces las filas dan vuelta a la manzana, tuve mucha suerte porque solo había cinco personas delante mío. No sé si fue la hora o la nevada lo que espantó al público, pero cerca de las 2 de la tarde yo ya estaba ahí, emocionada con la perspectiva de tratar de desentrañar el misterio de esas canastas-telarañas que había visto en no uno, sino ya varios anuncios en el tren.

Subí casi corriendo las escaleras eléctricas hasta el sexto piso, que es en donde se aloja la muestra de Ruth Asawa. A pesar de la poca gente que había encontrado a la entrada del museo, las salas en donde se exhibe la retrospectiva sí que estaban llenas.

Intrincados infinitos tejidos con absoluta perfección, las esculturas reunían a la mayoría de los visitantes a la muestra. Colgadas del techo, elevadas, sin peso, como si volaran, las obras para cuya realización la artista se inspiró en el trabajo de las artesanas canasteras de Toluca, eran también la confirmación de la grandeza del legado de quien fuera perseguida y encerrada por sus características raciales en Estados Unidos. Un testamento de la fuerza del espíritu, hoy más necesario que nunca.

Ruth Asawa, ‘Canasta’, 1948-1949. Escultura de alambre. (Foto: Irma Gallo)

Alrededor de los espacios que ocupan estas esculturas, la curaduría de Janet Bishop y Cara Manes desplegó las obras en papel, lienzo y masonita. Los universos vegetales y geométricos que Ruth Asawa exploró con la misma delicadeza y perfección que sus infinitos de alambre. Trabajos en papel en tercera dimensión cuyo germen aprendió de Josef Albers en Black Mountain, pero que a los que ella imprimió su herencia ancestral, ya que recuerdan a los origami japoneses. Óleos, dibujos a lápiz y acrílicos de flores delicadas y complejas, cosmos efímeros a los que sus manos de campesina y artista dotaron de inmortalidad.

Hay también en la retrospectiva del MoMA esculturas de alambre que más que canastas sugieren ecosistemas vegetales. Ramas enmarañadas con formas circulares en un bosque fantástico. Como salidas de un sueño. Están hechas de alambre más grueso y de colores oscuros: grises y negro. Ocupan otra sala y también atrapan la mirada y el lente de los celulares de los visitantes.

Ruth Asawa, Sin título, c. 1960. Escultura de alambre. (Foto: Irma Gallo)

Al final de la exhibición, como es costumbre en los museos, el público es conducido a la tienda como última parada antes de la salida. Una serie de objetos inspirados en la vida y obra de Ruth Asawa lo esperan: playeras con el estampado de las figuras florales que constituyen su serie The Tamarind Prints, las litografías que produjo en el taller Tamarind Lithography en Los Ángeles a mediados de los sesenta; un libro que contiene imágenes de las 54 obras, una tote bag con la frase: “Aprende algo. Aplícalo. Pásalo para que no se olvide”; impresiones en tamaño postal y carta de las esculturas de alambre, un cuaderno de notas con la cita: “Por encima de todo sé curiosa, aprende todo lo que puedas y ocupa toda la vida en ponerlo en práctica”, entre otras. Se vende la ilusión de llevarse un pedacito de la muestra y de la artista.

Salí emocionada del MoMA. Ya no nevaba, aunque las aceras estaban mojadas, había que caminar con cuidado. Me imaginé a Ruth Asawa caminando por estas mismas calles, ella, la artista que nació en una familia inmigrante campesina, que sufrió la cárcel por su raza. Me pregunté si en estos tiempos que corren tendría miedo otra vez, pero me consolé, quizás ingenuamente, pensando que en esta ciudad a lo mejor se sentiría segura.

AQ / MCB

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