Sabina Urraca (San Sebastián, España, 1984) escribe diarios desde que era pequeña. Desde siempre, dice. Así que no sería raro que hubiera decidido publicar un diario para acompañar el proceso de escritura de su novela El celo (Alfaguara, 2024). Pero, aunque muchos se hayan ido con la finta, Escribir antes (Ediciones Antílope, 2026) es, en realidad, un falso diario que suele ocasionar confusión entre voz narrativa y autor.
Por medio de mensajes de WhatsApp, Sabina Urraca responde esta entrevista desde Madrid. Dice que su libro es “una construcción de fragmentos que casi construían una mini novelita”. Insiste en que Escribir antes “es un poco ficción, aunque dé la ilusión de que es un diario”.
Por supuesto que da esa ilusión. Y es que el libro está estructurado como si toda la primera parte hubiera sido escrita durante una estancia de la autora en casa Saniá, donde la Fundació Finestres ha erigido su residencia literaria para escritores de todo el mundo. Se trata de esa misma casona en donde Truman Capote escribió A sangre fría en 1962.
“Toda esta cuestión de empezar a escribir justo en ese momento de la residencia me pareció interesante”, continúa Sabina, “pero podía haber empezado en cualquier otro momento porque tengo otras reflexiones sobre la escritura”.
Este falso diario es justamente una colección de consideraciones sobre el ejercicio de la escritura, no exento del sentido del humor que caracteriza a su autora. “Fíjate qué cosa más mentirosa es la literatura”, se escucha su voz amable, algo gruesa, desde la bocina del iPhone. En la ficción, el escusado de la elegante y blanca habitación que le han asignado en la famosa residencia se tapa y esto interfiere constantemente con su proceso. “Me centré en una imagen de la imposibilidad de la escritura, que siempre es como si hubiera un atasco que hay que desatascar casi cada día”.
Aún no del todo conforme con la idea de que este diario es ficción, hay algo que me inquieta: ¿es verdad que la escritura cuesta más que las satisfacciones que da? Porque la autora describe en un momento que la acción necesaria para que la novela avance es “un fardo insufrible”. Es más, afirma que le gustaría “quedarse detenida en el detalle, en una descripción, en una escena pequeñísima que no tenga nada que ver con el avance de la trama de ese fardo. Escribir un libro sobre nada, como Silvina Ocampo”.
Sabina Urraca se apresura a aclarar que en un momento de su vida, hace algunos años, “la escritura sí que era más un sufrimiento”. Cuenta que en ese entonces, trabajaba en la televisión y pasaba todo el día en el transporte público o en la oficina. “Escribir era como una pequeña salvación, pero al mismo tiempo un sufrimiento porque era algo que no tenía tiempo para hacer, aunque lo hacía, y que no sabía a dónde iba, no había nadie que me leyese”.
Han pasado más de 15 años y las circunstancias de Sabina han cambiado radicalmente. Ahora vive de la escritura, aunque confiesa que la sigue sufriendo porque es su oficio, el que tiene que hacer todos los días. Dice que cuando se enfrenta a sus textos siempre hay un momento en que mira el precipicio y piensa: “Pero si yo esto no lo sé hacer. Pero, ¿cómo se hacía esto?”. Admite que no puede decir que sea sufrimiento, que le estresa, pero al final tiene una gran sensación de fortuna, de suerte, por poder dedicarse a escribir.
Por encima de todo, para Sabina Urraca, la escritura, ese ejercicio radicalmente solitario, “es como lo más parecido a la escritura de juego de la infancia”, cuando escribía un poema y se lo regalaba a su abuelo, que lo tomaba en sus manos, lo leía y la felicitaba con cariño. Y la niña que era se ponía a brincotear de gusto, pero de inmediato se olvidaba de lo que había escrito y se iba a jugar.
“Sobre todo que últimamente he estado haciendo muchos guiones con otras personas. Eso es lo más parecido al juego de la infancia, a jugar con una amiga, a levantar un universo completo con unos muñequitos, inventarte unas tramas y pasar todo el día jugando”.
Pero, ¿de verdad es posible escribir como antes?, insisto. Al fin y al cabo, este es el centro del ensayo-falso diario y a lo que aspiramos quienes intentamos, muchas veces con una dosis significativa de ingenuidad, vivir de la escritura.
“No, no es posible escribir como antes”, responde, reflexiva. “Pero sí es posible poner el foco en escribir como antes, en escribir divirtiéndote, jugando, siendo libre. No es un lugar a donde se pueda llegar pero sí una dirección en la que se pueda mirar. Yo intento escribir sin pensar en el mercado, en el público, en lo que esperan de mí incluso mis editores. Escribir lo que de verdad quiero escribir. Y tomarse esa libertad ya es un poco escribir como se escribía antes, cuando nadie iba a leer lo que lo que escribíamos”.
Contra la idolatría
En Escribir antes, la narradora cuenta un episodio en el que una tal Leila (evidentemente la periodista y escritora argentina Leila Guerriero) rompe el hielo entre los residentes de casa Saniá cuando, de la nada, les pregunta que si ven la serie Succession. La voz narrativa ya había manifestado sus “nervios” ante la perspectiva de compartir residencia con ese figurón, por eso le pregunto a Sabina: ¿Qué tanto daño crees que le ha hecho daño a la escritura el que muchos escritores se asuman como figurones? Aunque también habrá otros que ni siquiera se asumen como tales, pero los lectores los hemos puesto en un pedestal.
“Estoy muy en contra de la idolatría”, responde Sabina con convicción. “Me parece que es muy peligrosa y hace mucho daño”. Y se apresura a aclarar: “No hablo de Leila, yo a Leila la… la adoro, iba a decir”, ríe un poco después de que descubre su resbalón. Corrige: “Adoro su escritura. Y luego Leila, la persona humana con la que he convivido un mes, para mí es otra cosa, es una persona que tuve la oportunidad de conocer y sé que es alguien real. Y yo lo que idolatro son algunos textos suyos y no a ella como figura”.
Insiste en el peligro de la idolatría: “Cuando se idolatra a alguien me parece que se olvida que es una persona, entonces se puede caer muy fácilmente en un abismo de decepción. Se espera muchísimo de esa persona, se le construye casi una personalidad, un lugar en nuestro corazón y eso es falso si esa persona no existe de forma cercana en nuestras vidas. De repente, esta cuestión de la idolatría es una actitud un poco infantil y absurda, como que seguimos buscando dioses de forma desesperada. Tenemos esta necesidad de una religión”.
Con la mente colocada en la tragicomedia
Cuenta Sabina Urraca en uno de sus mensajes de WhatsApp que un día, paseando con su perra en el parque, una señora se les acercó y les dijo: “Os he leído”, como si también hubiera leído a la perra. Dice que este tipo de situaciones le dan mucha felicidad. Lo mismo sucede con los comentarios que dejan los lectores a sus libros en Goodreads, o a sus columnas en El País, sean positivos o negativos:
“Me he reído mucho viendo comentarios que muchas veces no eran necesariamente halagüeños, pero a mí me divertían y me daban claves de mi escritura. Yo vivo con la mente colocada en el escalón de la tragicomedia, en general todo me hace mucha gracia, incluso lo que podría enfadar a otra persona”. Dice también que ha visto escritores, incluso amigos suyos, “hundirse” por los comentarios negativos en Goodreads, pasarla de verdad mal. Pero ella solo la pasa mal cuando critican libros que ha editado. “Libros en concreto como Leche condensada, de Aída González Rossi, o Seismil, de Laura C. Vela, que creo que llega a México dentro de poco de la mano de Almadía. Me ofende y me enfada cuando se meten con las autoras que yo he editado porque me parece que han puesto cuestiones personales muy delicadas y muchas veces los lectores hacen una crítica despiadada que me parece innecesariamente cruel”.
Con sus libros, es otra cosa, recalca. “Siento que ya escribiéndolos yo ya me he protegido. A mí la ficción me protege de todo”.
La literatura como una búsqueda de identificación
En esta reflexión sobre la escritura, Sabina Urraca no deja de lado el ejercicio de la lectura. Advierte también que ha tenido sus desencuentros con los lectores.
“Para mí es una frustración la lectura de la literatura como una búsqueda desesperada de identificación. Estas lecturas un poco simplistas que se están haciendo tanto en los últimos años y que van en aumento. Me pone nerviosa esa urgencia de encontrarse a sí mismos en los libros, de encontrar su vida. Como este comentario que hicieron sobre un libro de una amiga mía: “No es mi adolescencia, pero me gustó”. ¿En qué punto este libro tenía que ser tu adolescencia? ¿Por qué te iba a gustar más algo que fuese tu adolescencia que algo que fuese menos? Si quieres leer tu vida, ¿por qué no la escribes tú y de paso compruebas que no es tan sencillo?”.
Para la autora, esta actitud tiene que ver con el ensimismamiento individualista en el que vivimos como sociedad. “Lo que la gente desea ver en un libro es un retrato de sí mismo con un filtro embellecedor, además. Ni siquiera van a soportar que les señales sus faltas o sus debilidades”.
Enfrentarse a la escritura como a la persona amada
Ojalá que el libro me importase menos pero me importa muchísimo. Es como alguien de quien me he enamorado: cuando hablo con ese alguien me atenaza la timidez, me siento fea y hago gestos raros, forzados, imposto una voz que no es la mía. Así es como escribo este libro.
Sabina confiesa que esto es real, que así le sucede cuando está en medio de un proceso de escritura. Puede estar “escribiendo” un guion con una amiga en una fiesta, soltando ideas, feliz de que ocurra así. Pero cuando la cosa se pone seria y hay que entregar el trabajo a los productores, se enfrenta a la dificultad. Sin embargo, ha encontrado un remedio para paliar esta situación: “Que no te tomes demasiado en serio. Porque si no, en efecto empiezas a impostar la voz, a hacer gestos raros, a ponerte en posturas complicadas, como cuando ves a alguien que te gusta y empiezas a actuar raro.”
La felicidad de escribir
Para Sabina, “Escribir sola, encerrada, escondida para nadie, es lo más parecido a escribir antes”. Así que la pregunta final me parece urgente: ¿Eres feliz con cómo escribes ahora?
No hay duda en su voz cuando contesta. “Soy muy muy feliz con cómo escribo ahora. Obviamente hay días terribles, desesperantes. Me sigue pasando que cada vez que me enfrento a un texto, a una columna, un guion, un prólogo, un texto para un artista, siempre, siempre, hay un punto de salto al vacío. Pero creo que si estuviese absolutamente segura de lo que hago, una cierta magia se rompería”.
No se refiere al síndrome de la impostora, aclara. Sino que “al escribir siempre haya un abismo”. Le sigue emocionando escribir, y todavía más, “ver el mundo con los ojos de la escritura. Observar todo, escuchar las conversaciones que me cuenta la gente y sentirlo con la emoción de que todo eso también es, o sobre todo, diría, es literatura”.
Con una ilustración de Catalina Bu como portada, la edición de Escribir antes de Ediciones Antílope es una delicia para quien quiera disfrutar de las reflexiones y el humor de Sabina Urraca, recipiente de la beca de la Universidad de Iowa en 2020, en donde estudió la Maestría en escritura creativa en español, así como de la beca de escritura Montserrat Roig en 2025.
AQ / MCB