“El nacionalismo era una vía de horrores magnificados”: Salvador Gallardo Cabrera

Entrevista

A cien años de ‘El pentagrama eléctrico’, el nieto de Salvador Gallardo revisa la vigencia de este libro clave del estridentismo.

El filósofo, poeta y ensayista Salvador Gallardo Cabrera. (Foto: Jesús Quintanar)
Marcos Daniel Aguilar
Ciudad de México /

El estridentismo como movimiento de vanguardia conjuntó poetas, pintores, escultores, fotógrafas, músicos. Entre los escritores se hallaban Manuel Maples Arce, fundador del movimiento en 1921, Germán List Arzubide, Salvador Gallardo y Arqueles Vela. Se acaba de cumplir el centenario de El pentagrama eléctrico, de Salvador Gallardo, uno de los libros más importantes del estridentismo, cuya primera edición salió de imprenta en Puebla a finales de 1925, bajo el sello de Ediciones del Movimiento Estridentista. Es por ello que la Universidad de Guanajuato acaba de publicar una edición facsimilar conmemorativa, acompañada de estudios críticos a cargo de Anuar Jalife, Alberto Rodríguez, Ilse Díaz Márquez, Florence Malfato y Salvador Gallardo Cabrera, filósofo y nieto del estridentista, con quien charlamos acerca de la trascendencia de este poemario.

El pentagrama eléctrico es uno de los dos únicos tomos que List Arzubide editó en la colección Ediciones del Movimiento Estridentista. ¿Cuál era el estatus de los estridentistas en ese 1925?

A inicios de 1925 los estridentistas están disgregados. Hay que recordar que es una época difícil; hay todavía levantamientos armados y las cosas no están resueltas, institucionalmente hablando. Maples Arce está por incorporarse al gobierno del general Heriberto Jara, en Veracruz; List Arzubide está en Puebla y Salvador Gallardo anda en campaña militar en Zacatecas, desde donde lanza ese año el tercer manifiesto estridentista. Gallardo es el único de los estridentistas que luchó en la Revolución. Acompañó a Madero en San Luis Potosí, y luego luchó en las campañas militares de Tamaulipas, bajo el mando del general Carrera Torres. Como médico militar salvó vidas, pero también echó balas. Para llegar a este momento hay que entender que, en 1921, Maples Arce lanzó el primer manifiesto del grupo, Actual no. 1. Se trata de uno de los manifiestos de vanguardia más bellos, contundentes y disruptivos. Yo he tratado de mostrar que, a su lado, el manifiesto surrealista de André Breton, de 1924, es apenas una coquetería. Desde el inicio, el estridentismo tensionó la política cultural de la Revolución mexicana.

Entre 1921 y 1925, el estridentismo ya era un movimiento de trascendencia local y regional que dotó al arte y a la literatura de un sentido orientado hacia el tratamiento de la modernidad, la velocidad y el maquinismo. ¿Cómo entender esto?

No es el mismo maquinismo que el de Marinetti o de los surrealistas. En un sentido fuerte, Estridentópolis es sensorial, no técnica. El maquinismo estridentista es una cuestión emocional y de fuerzas cambiantes; los objetos técnicos están interdigitados en nuestras vidas, no son exteriores, como las máquinas futuristas. Y, en tanto fuerzas, atraviesan la poesía, la música y las artes plásticas. Por eso, los estridentistas proponen un descentramiento de las prácticas artísticas y una nueva sintaxis artística donde el “Yo ya no es el centro del universo”, como dice Gallardo en La Venus trunca, su obra de teatro de 1925. Un ejemplo de ello son las piezas estridentistas de Silvestre Revueltas, quien toma ese nuevo ritmo sintáctico descentrado para alejarse del romanticismo de Manuel M. Ponce, y crear una nueva orientación musical. Esta novedad en la sintaxis está presente también en las obras pictóricas de Fermín Revueltas, Ramón Alva de la Canal y Germán Cueto, donde hay planos e imágenes yuxtapuestos. Los estridentistas ya no buscan crear una forma, sino que exploran cómo captar fuerzas e intensidades. Esto es evidente en los versos de El pentagrama eléctrico, en los que sientes una ciudad sensorial, es decir, elementos técnicos mezclados en la voz poética, como los trolebuses agarrándose de los cables, las calles enrollándose, el jazz tejiendo una maraña de deseos.

Los poemas de El pentagrama eléctrico se titulan “pentagrama”, “jardín”, “cámara oscura”, “carroussell”, “cabaret”, “naufragio”, “alarma!!”, “escalamiento”, “film”, “corto circuito” y “puerto”. En sus versos están presentes las tensiones y emociones de la modernidad, pero también del desánimo social y la violencia revolucionaria. ¿Qué piensas al respecto?

En los poemas hay toda una serie de pistas que evidencian que su joven autor está en campaña militar. Hay tres corrientes principales que recorren los poemas: una erótica, que proviene de su libro anterior, El huerto de las tentaciones (1917); otra que es la corriente que crea una nueva orientación emocional del lenguaje, y la tercera está ligada a la ambivalencia revolucionaria. Eso es lo que hace único a este libro en el espectro estridentista: tiene un sentido cercano y carnal ante ambas caras de la modernidad mexicana.

El poemario habla de esa fuerza social y violenta de la Revolución. Salvador Gallardo y los estridentistas están planteando un discurso paralelo al cultural e identitario que planteó el nuevo Estado posrevolucionario. ¿Qué piensas al respecto?

Esa postura se hace evidente en los manifiestos estridentistas 1 y 3 cuando repudian el nacionalismo revolucionario. Para ellos la vía nacionalista e identitaria era una vía reductiva de horrores magnificados. Hay que recordar que la Gran Guerra de 1914 corrió al parejo de la Revolución mexicana y mostró las monstruosidades del nacionalismo. Así que hay un rechazo a la modernidad porfiriana y también un desmarque de los humanismos del Ateneo, católico (Ureña) o clásico (Reyes), pero sobre todo una crítica a la vía nacionalista-identitaria de Vasconcelos. Gallardo y los estridentistas se dan cuenta de que la Revolución puede caer en ese nacionalismo “rastacuero” o de “Muralla china”; de ahí su cosmopolitismo y su lucha contra el folclorismo étnico-religioso. Como sabemos, el nacionalismo alcanzó su institucionalización parasitaria con los gobiernos posrevolucionarios, y tuvo su apogeo en los años cuarenta y cincuenta con el despliegue cultural y filosófico de una ficción regulativa estatal y partidista: la cuestión de lo mexicano. Samuel Ramos, los miembros del grupo Hiperión, Paz, Monsiváis, le hicieron el caldo gordo ideológico al régimen priista con sus definiciones de “lo mexicano”.

¿Qué hace único a El pentagrama eléctrico, en relación con otros libros del movimiento estridentista, como Andamios interiores y Urbe, de Maples Arce, Esquina y Plebe de List Arzubide, o incluso La señorita etcétera, de Arqueles Vela?

El pentagrama eléctrico es diferente por su orientación emocional, por sus imágenes múltiples que surgen en un mismo plano, yuxtapuestas, por la organicidad entre sus poemas, que son trabajados desde sus títulos como meros señalamientos espaciales, como si fueran avisos que indican direcciones de sitios de una ciudad, lo cual hace que no tengan una intencionalidad subjetiva. El advenimiento de la imagen en Lugones, en Herrera y Reissig y en López Velarde, seguía aún un movimiento que iba de la observación o de un pensamiento a la manifestación de un sentimiento-forma. En El pentagrama eléctrico, el poema, como la ciudad, ya no es una forma; ahora es un cúmulo de fuerzas, el rasgo propio de las obras de vanguardia.

La dislocación y el descentramiento son elementos visuales que logra Ramón Alva de la Canal cuando hace el grabado para la portada de El pentagrama eléctrico. ¿Qué nos puedes decir sobre esta pieza y sobre Alva de la Canal?

En esta edición, presentamos un facsímil de El pentagrama eléctrico. Como portada del tomo de ensayos, Anuar Jalife seleccionó el boceto del grabado de Alva de la Canal que mi padre encontró entre los papeles de mi abuelo. Creo que esta imagen es una de las más bellas portadas de los libros estridentistas. Ahí se concentran los postulados de los planos yuxtapuestos, la dislocación, la velocidad, el maquinismo y la fuerza de la ciudad.

¿Cuál es la importancia literaria de El pentagrama eléctrico a cien años de su publicación?

Como el estridentismo estuvo perdido hasta el rescate que hizo Luis Mario Schneider, al inicio de los años setenta, han ido apareciendo estratos. El más impresionante es el que nos permitió conocer las obras de Germán Cueto, gracias a Serge Faucherau. Ahí te das cuenta de lo bien que funcionó la política del ninguneo al estridentismo: el primer y mejor escultor abstracto de las Américas estaba sepultado. En esos años, se llegó incluso a decir que todos los estridentistas escribían como Maples Arce. Al estridentismo se le encasilló como “hijo pobre” de las vanguardias europeas, se le denostó como un barbarismo que venía a interrumpir la continuidad modélica, monocroma e impostada, de la poesía mexicana. Por fortuna, la torsión estridentista no ha sido absorbida por las políticas educativas y culturales del Estado mexicano. Hoy, los jóvenes conectan con las obras estridentistas con mucha naturalidad, y están creando resonancias valiosas.

Retrato de Salvador Gallardo. Obra de Leopoldo Méndez, c. 1950. (Cortesía: Salvador Gallardo Cabrera)

Para ilustrar esta entrevista, Salvador Gallardo Cabrera permitió la publicación, por vez primera, de este retrato de Salvador Gallardo realizado por otro de los artistas estridentistas, Leopoldo Méndez, hacia la década de 1950. Se trata de un cuadro trabajado en encáustica, de los tiempos en que Méndez ilustraba la revista ‘Paralelo’, que Salvador Gallardo, Salvador Gallardo Topete y Víctor Sandoval editaban en Aguascalientes y desde donde dieron la primera batalla organizada contra el centralismo cultural en México.

AQ / MCB

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