San Pantaleón y la visitadora: el desgaste del sistema de salud

Lejos de Ítaca

La vocación de cuidar persiste, pero la precariedad y la burocracia amenazan la salud de quienes salvan vidas.

San Pantaleón, médico y mártir cristiano. (Archidiócesis de Madrid)
María José Solano
Ciudad de México /
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@mjsolanofranco

Atravesé aquella plaza barroca de Madrid bajo el sol de septiembre. Dentro del Real Monasterio de la Encarnación, el guía me condujo hasta ella: la diminuta ampolla de sangre de San Pantaleón, donde apenas se distingue una gota seca, terrosa, suspendida en el vidrio como un astro extinto. Dicen que cada 27 de julio despierta y se licúa. Con esa verdad o sin ella, su misterio me arrastró, como una magdalena de Proust, a otro tiempo: la Nicomedia del siglo III cuando aún era Roma y Pantaleón era un joven médico en la corte del emperador Galerio Maximiano, admirado por su destreza, hijo de padre pagano y de una madre cristiana que sembró en él la semilla de otra fe. Lo vi, en mi imaginación, inclinarse sobre los enfermos, aplicar ungüentos mientras murmuraba el nombre de Cristo. Eso, que para él era compasión, para el Imperio era amenaza: un médico que curaba en nombre de un dios proscrito. La fe de Pantaleón empezó a crecer como una grieta en el mármol del orden romano. Y Diocleciano, decidido a extirpar la herejía naciente, ordenó su martirio en el año 305. San Jenaro cayó el mismo año en la vecina Campania. Dos jóvenes mártires, dos sangres que aún hoy se licúan ante multitudes asombradas. A Pantaleón lo llevaron después a Bizancio y siglos más tarde a Ravello, en la costa de Amalfi. Y en el siglo XVII, cuando España dominaba Nápoles, un virrey llamado Juan de Zúñiga trajo hasta este monasterio madrileño una parte de su sangre y un fragmento de hueso. Pobre Pantaleón sacrificado por curar. Pero no nos engañemos.

Hoy los que curan, de alguna manera, también se apagan sin morir del todo. En España, sin ir más lejos, los datos asustan: 4.5 médicos por cada mil habitantes; el 42 por ciento del personal con contratos temporales, el 30 por ciento de los médicos residentes con síndrome de Burnout. No son cifras; son cuerpos agotados, ojos que ya no enfocan bien a la tercera guardia seguida, manos que atienden a enfermos mientras tiemblan.

Caminaba por los claustros pensando que, si Pantaleón resucitara, reconocería esa mirada: la de quienes curan no por deber sino porque no saben no hacerlo. En Europa ya no hay emperadores que los teman, pero sí gobiernos que los sentencia a una asfixiante burocracia, turnos interminables, pasillos abarrotados y aplausos lejanos de una pandemia que también los dejó heridos. Y pensé entonces que el mundo está lleno de Pantaleones anónimos que sostienen el sistema sanitario con su propia sangre. Gente que entrega la vida (su tiempo, su salud, sus noches y su pulso) para salvar la de los demás. Y salí de nuevo a la plaza, cegada por la luz, con la certeza de que esa gota de Pantaleón no está tan dormida como parece. Late cada día en ellos.

AQ / MCB

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