Sin pretensión alguna, o de la fortuna de la obsidiana | Por Mercedes Luna Fuentes

Desde el desierto

Con el ‘Capricho No. 24 en La menor, Op.1’, de Paganini, recordarás los caminos ásperos que has dejado atrás. Mas en este momento, con tu cuerpo sumergido en la música, sentirás placer: el placer de ser tú, de sobrevivir

‘A través del lente oscuro’. (Fotografía: Paulina Peña Luna)
Mercedes Luna Fuentes
Ciudad de México /
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A Julieta Haidar, por su amor a las artes de las ciencias

o a las ciencias de las artes

Recuéstate en la cama, colócate de lado y descansa tu cabeza sobre la palma abierta de tu mano, como sosteniéndola. Acomoda tus piernas semiflexionadas, hasta sentir descanso. La otra de tus manos podría descansar en el muslo, o reposar en la cama. Hay una música de fondo: Capricho No. 24 en La menor, Op.1, de Niccolò Paganini, interpretado por Alexander Markov, programada en un bucle interminable. Escucha. Siente.

Así, con los ojos cerrados, recordarás las cosas violentas que te han alcanzado, una tras otra, y luego aparecerán, sucesivamente, los recuerdos parecidos a tu piel —la que está detrás de tu lóbulo—. La realidad del pasado trajo a Markov para ti, así como Markov trajo a Paganini a nuestro presente. En cambio, tú, dentro de la música, creas un ensueño. A él lo rodean —siempre es así— esas bocas que han creado una figura falsa de ti, bocas que te han destruido en su imaginación. Recordarás los caminos ásperos que has dejado atrás. Mas en este momento, con tu cuerpo sumergido en la música, sentirás placer: el placer de ser tú, de sobrevivir.

La melodía hará que percibas la suavidad que hay en tus ojos cerrados; sentirás cómo se acomoda poco a poco en el interior de tu cuerpo, sentirás esos errores tuyos, esos que has mirado de frente, con los que has hecho las paces. Y vendrá lo que tenga que venir en este yacer: seres malformados del alma que no desean tu bien. Luego aparecerá la lluvia, y aquella águila herida, que ayudaste a sanar, en vuelo. Aparecerá todo lo que es poesía.

El violín habitado por Paganini, que ha poseído las manos, la barbilla y el hombro de Markov, libera notas agudas que te sujetarán como solo lo hacen los cuervos blancos, te suspenderán en el aire. Ellos procurarán tu dolor. Llegarán los otros cuervos, los oscuros. Se asirán a tu cuerpo, picarán la belleza de cada recuerdo y sacarán diminutas partes de ti. Cuervos hechos de obsidiana revolotean a tu alrededor y te permiten ver con claridad a través de ellos. A través de su cuerpo podrás contemplar el sol del amanecer, el sol del atardecer. Y la luna.

Porque la belleza también tiene prisa, la luna te urgirá a alimentar a las aves. A vivir y a escribir y a crear como un capricho diario que no expira. Y en esa tensión que te habita, surge en este yacer incómodo, una especie de trance en la respiración, lo identificas: hay un gran gozo: el de ser tú. Hay un cosquilleo dentro de cada músculo por saber que no todo ha sido fácil, hay una tensión que da el placer de amar tu cuerpo. Tensión que cede con la suavidad repentina que la música te regala. Música que te permite respirar con calma, tomar aliento.

No pretendías nada y, a través de la obsidiana, puedes ver el sol más intenso del desierto; puedes ver a la luna como una perla a punto de desaparecer. Esa piedra traslúcida de obsidiana que te fue dada y sostienes es, en realidad, una lágrima; otras aves le han dado forma pétrea, circular, perfecta.

Paganini, a través de su Markov, no dejará que duermas, mantendrá encendido tu goce por el aliento y su anverso. Entonces recordarás lo que escribió Doris Lessing en su novela De nuevo el amor: “Con una sensación de inquietud, no obstante. Parece existir una regla según la cual lo que condenamos aparecerá antes o después en nuestras vidas. En algún momento del pasado ella había escrito una nota: Ojo con condenar a los otros, o cuidado contigo misma”.

Hay otro yacer, resultado de la escucha de Paganini, donde el compás de dos tiempos se convierte en trance. Gracias al violín en tensión lees múltiplos de cuatro y evocas los cuatro pasos en la danza hipnótica N’dee. Extrañarás a quien está contigo, extrañarás a quien no está contigo; extrañarás su pasado y su futuro, que en ese momento se deshacen en ti. De este trance por la música surge una pieza nueva. Esa es para otro momento. Su nombre, su forma, su ritmo, no lo compartirás.

AQ / MCB

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