Siobhan Guerrero: “Nombrarme como mujer trans es un acto político”

Entrevista

Con autorización de la editorial Siglo XXI, con esta entrevista con una de las más reconocidas defensoras de la identidad de género en menores, comenzamos una serie basada en el libro ‘Las filósofas tienen la palabra 2’.

La filósofa mexicana Siobhan Guerrero. (Cortesía: Siobhan Guerrero Mc Manus)
Fanny del Río
Ciudad de México /

Mis papás se separaron cuando yo tenía tres años, estaba muy chiquita, y si bien mi papá siempre nos ayudó, el dinero que nos daba no alcanzaba. Yo aportaba a mi casa desde los dieciocho años, porque, justamente por haber ganado la Olimpiada Internacional de Biología, la Academia Mexicana de Ciencias me dio una beca, que era muy poco dinero, pero algo era. Se lo daba a mi mamá para los gastos de la casa; lo hice toda la carrera. Y luego entré a la maestría y ayudaba un poco más; en el doctorado un poco más; y ya cuando estaba en el posdoctorado le dije a mi mamá: “Ahora sí, creo que puedo hacerme cargo financieramente de los gastos de la casa”. Mi mamá optó en ese momento por jubilarse. Esto lo cuento porque había una serie de dificultades económicas, pero no eran las únicas.

Cuando yo tenía veinte años, mi mamá acabó internada en el psiquiátrico, y fue por una mezcla de cosas. Mi abuela se murió en el año 2000; para mi mamá fue increíblemente doloroso. Perdió el trabajo, y la dueña del departamento donde vivíamos nos pidió que nos mudáramos porque iba a vender la propiedad. Todo eso le desencadenó a mi madre una crisis de ansiedad tremenda. Acabó internada y al salir le mandaron medicamentos fuertes. Y yo no me podía dar el lujo de que quedáramos en la banqueta, precarizadas. Así que, desde los dieciocho años hasta los treinta y pico, mi prioridad fue conservar un ingreso y acompañar a mi madre para que saliéramos adelante. En el momento en que parecía que finalmente tenía un trabajo estable y que podía dar el paso, fue cuando empecé a explorar mi transición.

Al principio no estaba segura, un poco por haber leído a Joan Roughgarden, porque su libro Evolution’s Rainbow me resonaba, y pensaba que ella, cuando transicionó, estaba consolidada, porque lo hizo a los cincuenta y tantos años, y, aun así, ella cuenta que, si bien no la corrieron, le quitaron todos los puestos de dirección que tenía, la sacaron de todos los comités de toma de decisiones y solamente le dejaron su puesto de investigadora. Luego vivió una persecución muy fuerte por sus críticas a los biologicismos, al punto de que optó por jubilarse poco después. Con eso en mente, la verdad es que sí dudé. Finalmente empecé una transición muy ligera. A pesar de estar en un centro que tenía un programa de investigación feminista, no me quedaba claro cómo iban a reaccionar en la Universidad. Incluso con mis propios padres, fue un proceso de muchos meses. No podía permitir que mi mamá y yo acabáramos en la calle. Eso lo puedo decir: todos esos años, lo demás quedó en segundo plano.

Portada de ‘Las filósofas tienen la palabra 2’, de Fanny del Río. (Siglo XXI)

Justamente antes de la transición, con la noción de que estaba pasando el tiempo, alguien me dijo: “Esta sensación la vas a tener siempre, si no das el paso”. Paradójicamente, algo que me ayudó en ese entonces fue ver a personas que ya estaban haciendo sus transiciones y que, pese a todo, tenían las vidas que querían: gente como Lía García o Jessica Marjane, que son mujeres trans, más jóvenes que yo, que habían transicionado y que estaban estudiando, que estaban haciendo cosas, que sus familias las acompañaban. Verlas a ellas y a otras personas fue algo que me terminó de decidir. También Leah Muñoz jugó un papel: ella había sido mi alumna en la Facultad de Ciencias, en el año 2015, y ya había terminado los cursos cuando en 2016 me buscó porque necesitaba hablar con alguien. Me dijo: “Yo creo que tú me puedes entender. Mira, yo tengo sentimientos, inquietudes, y no sé qué hacer con esto”. Lo que ella sentía se parecía mucho a lo que yo sentía, y nos pusimos a hablar, y en algún momento nos quedó muy claro que, en efecto, compartíamos una experiencia. Fue un poco de vértigo, más para mí que para ella, porque ella estaba muy chiquita. Cuando Leah decidió transitar, yo pensé: “Dios santo, y ahora qué… Porque yo ya tengo tres grados universitarios, una serie de responsabilidades. ¿Qué va a pasar?”.

El riesgo era perder mi identidad. Lo pensaba hasta por los artículos publicados. Al principio me pregunté si se podría hacer esto en privado, pero pronto me quedó muy claro que no quería eso. Miro en retrospectiva y lo que siempre me detenía era el miedo, porque la inmensa mayoría de referentes de la historia de vida de las mujeres trans es durísima, durísima. Por ejemplo, se ve en Quebranto, película de 2013 que dirigió Roberto Fiesco sobre la vida de una mujer trans que acaba en una miseria absoluta. Entonces, ese paso puede costar todo, y no solo a mí, sino a mi madre, a mi familia. Entonces, atreverse a darlo, fue… Hoy digo, “Qué vértigo”.

Ahora bien: la academia es machista, pero afortunadamente había avances y tuve a Ángeles Eraña con esa manera de hacer una filosofía que podía ser muy técnica, pero que tenía un horizonte muy claro. No sólo su ejemplo, sino su acompañamiento, fue importantísimo. Carlos López Beltrán se integra a mi comité de doctorado tiempo después, y también fue muy valioso para mí ver lo que estaba haciendo porque, pensaba, “Si acá se puede hacer con la raza y si en Estados Unidos lo han hecho con el género ¿por qué no podemos hacerlo con el tema de las minorías sexo genéricas?”.

Entonces, primero Ángeles, después Carlos, pero también Edna Suárez, que dijo que esto “a los filósofos en México les da miedo, pero sí se puede hacer”. Ellos me arroparon para que yo pudiera llevar a cabo el doctorado; luego me arroparon en otros espacios, como Edna y Gisela Mateos González en el posdoc, diciendo: “Es necesario que empecemos a hacer estas preguntas en la academia de este país”. Y, eventualmente, el CEIICH. Cuando entré, la directora era Norma Blázquez, que ha trabajado temas de ciencia y género; después estaba Guadalupe Valencia, que fue luego Coordinadora de Humanidades, ellas dos también fueron muy solidarias. Patty Castañeda, Tere Ordorica… Afortunadamente, era un montón de mujeres que habían abierto espacios. Y aunque algunas no han sido mis maestras, he aprendido muchísimo de todas.

También sé que hay cosas que comparto con el resto de las mujeres y que hay otras que no. De todas maneras, reconozco la posibilidad de que podemos militar en luchas que no necesariamente nos atraviesan a todas, porque ahí sí creo que entran principios de empatía y justicia que no se reducen a qué cuerpo habitas, y para mí sí es importante que no se borre esa especificidad, porque no solo nos tocan las violencias por la misoginia, o, en algunos casos, porque son mujeres u hombres racializados, o migrantes, o precarizados, sino que hay una violencia específica por ser una persona trans y enunciar que esto es lo que nos permite convertirnos en un sujeto político que dice: “Mi vida es más compleja, no que las otras vidas, sino que el presente en el que de repente se ve una cosa sola, porque tuve una biografía, de preguntas, de cuestionamientos, tuve que lidiar con la sensación, el señalamiento de que esto era una enfermedad, de que yo estaba mal, constante y durante años”.

Siempre se nos arroja una demanda de explicación a las diversidades sexo genéricas. En ese sentido, creo que sí se nota en mi trabajo esta historia biográfica, de haber lidiado con la demanda de explicación, que es muy perversa, porque condiciona tu reconocimiento como ser humano a que puedas dar una explicación satisfactoria. En ese sentido, para mí también enunciar lo trans es una manera de decir: “Este tipo de preguntas nos acompaña en la vida y necesitamos hablar de ellas desde la filosofía, de cómo se produce un sujeto al que todo el tiempo se le está interrogando y se le está cuestionando y tiene que habitar con eso”. Y, bueno, ahí es donde creo que la filosofía es un buen espacio.

Nombrarme como mujer trans es un acto político, todo el tiempo. Me queda claro que hay gente que lo quiere dejar atrás, porque lo único que desea es vivir en paz, y lo entiendo perfecto, es muy cansado que todo el tiempo te violenten, y hay gente que opta por decir: “Si ya no me pueden reconocer, pues yo no me nombro, porque para qué, si eso se va a traducir en perder el trabajo, vivir violencia en la calle y en todos lados”. Entonces ven la transición como algo que se acaba, y una vez que se acaba, no vuelves a hablar de eso.

Algo importante que se ha logrado en la Ciudad de México es que haya clínicas de acompañamiento que son gratuitas. Es casi un privilegio geográfico, que ha generado una inmensa migración. Una amiga de Costa Rica me decía que nunca había estado en una ciudad con tantas personas trans como Ciudad de México, y eso que ella vivió en París un tiempo. Ojo, hay personas trans que no llevan a cabo transiciones. Son las transiciones no hegemónicas, como les dicen.

***

Cuando oigo hablar de “filosofía mexicana”, inmediatamente pienso en alguien como Guillermo Hurtado, porque además acabo de terminar de leer su libro El pensamiento del segundo Vasconcelos y entonces no sé si lo que yo hago es filosofía mexicana. Hay un sentido en el que sí y hay un sentido en el que no. No, porque de los grandes filósofos de México a los únicos que he leído a medias es a Samuel Ramos y a José Vasconcelos, y lo hice justamente por la importancia que tienen para una historia del pensamiento racial en México. También he leído a Graciela Hierro: a ella la pondría como una instancia de un pensamiento feminista mexicano, pero no la reivindicaría, porque creo que está hablando de las mujeres en un sentido muy vinculado a las identidades en el espacio de la cisgeneridad y de la heterosexualidad. Esto no lo digo como una crítica, sino como un reconocimiento de los años que nos separan. Me sería difícil decir que heredo reflexiones de gente como, por ejemplo, Emilio Uranga, porque en realidad muchas de mis herramientas de análisis vienen de la filosofía analítica y otras de los estudios de género. Pero hay una parte donde sí es una reflexión filosófica total y absolutamente anclada en México y que tiene que ver con mi decisión de escribir en español. Y hay gente que me dijo: “¿Por qué haces eso, si la academia más pesada, la que te da más puntos, es la anglosajona?”. Sí, pero yo estoy hablando de problemas que pasan en México, y los lectores, las lectoras que quiero que me lean están en México. Por ejemplo, somos el segundo país en el mundo con más transfeminicidios. De nada me sirve que me lean en Canadá o en Australia o en Estados Unidos, porque allí no están los lectores y los problemas en los que estoy pensando y en los que quiero incidir. Ni siquiera me interesa tanto que me lean en las academias, sino otras personas trans, otros activismos, gente en los feminismos, en las instituciones. Mi reflexión filosófica está muy anclada a las realidades y no sólo de las mujeres trans: los ejes en los que suelo pensar tienen que ver con feminismo, diversidad sexual y desde luego activismos trans en la realidad mexicana.

Me gusta pensar que las mejores cosas que voy a escribir aún no las he escrito, pero un texto muy personal, que a la vez es autobiográfico y más sincero, pero también trata de ser una reflexión filosófica, es el capítulo que se llama “El pánico y tus ojos que me sueñan”, que está en este libro que hice con Alba Pons, Afecto, cuerpo e identidad. Reflexiones encarnadas en la investigación feminista. Varias de las cosas de las que he hablado creo que están allí. Algo que en estos años se ha vuelto muy importante es todo lo que es el giro afectivo en estudios de género, y cómo los afectos son un mecanismo de constitución de lo social y de la subjetividad, y eso está en ese ensayo, que además es una suerte de autoetnografía filosófica. En ese sentido, diría que ese texto es el que más me gusta. Ahora, quisiera que la gente se acordara en el futuro de que también hacía otras cosas, por ejemplo, en filosofía de la biología.

AQ / MCB

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