Socorro Venegas: “La escritura da la posibilidad de comprender y reparar”

Entrevista

El nuevo libro de Socorro Venegas, ‘Leche de silencio’, es un viaje doloroso hacia el momento en que una lengua deja de ser nuestra.

La escritora y editora Socorro Venegas. (Foto: Araceli López)
Verónica Maza Bustamante
Ciudad de México /
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Leche de silencio (Páginas de Espuma, 2026) es la obra más más íntima de Socorro Venegas; inclasificable y descarnada, construida meticulosamente con las palabras que a sus ancestras les fueron negadas.Ahí están las mujeres de su linaje: su madre, su abuela, su tía sordomuda.Venegas no nos entregaúnicamente un testimonio literario sobre la pérdida del náhuatl en su familia materna, producto de un México donde el racismo estructural obliga a esconder las raíces indígenas para sobrevivir. Va más allá. Invita a palpar el misterio de la maternidad, el lenguaje del cuidado, la orfandad de las lenguas, la violencia hacia las mujeres y la redención de la memoria.

Leche de silencio es un libro donde el cuerpo, la memoria y el linaje femenino se entrelazan. ¿Qué vamos a encontrar al sumergirnos en sus páginas?

Es un libro que a veces pienso que no lo escribí yo, sino que el libro me escribió a mí. Es un trabajo con el que fui ahondando en mis orígenes, en profundidades que no había explorado como ahora. Hablo de mi linaje materno, de mi madre, de mi abuela, de mi tía. Son mujeres que nos configuran, que en gran medida nos dan un mundo interior, una lengua, un imaginario. Quise comprender de dónde vengo, volver a esa cadencia con la que mi madre me contaba historias sin que yo supiera que me las contaba en una lengua que le era ajena, porque su lengua materna era el náhuatl. En un país racista como México, esa era una lengua indígena que ella entendió desde niña, y que tenía que ocultar. En ese vivir en los márgenes, ocurre prácticamente lo que en todo el país: surgen generaciones que ya no tienen contacto con las lenguas originarias, que desconocen una herencia cultural inmensa. Y creo que eso significa también desconocer a la madre; significa negar esos orígenes, esos ríos profundos que, con este libro, quise hacer emerger.

Hay un cruce fascinante entre la forma y el fondo de tu obra. En las primeras páginas comentas que ves el texto como un lhíbrido, una narrativa mestiza que encierra múltiples posibilidades.

Cuando empecé a escribir quería indagar en mi historia familiar; tenía ahí un registro autobiográfico, pero también estaba indagando en la memoria de otras y otros autores. Ha sido muy importante contrastar la experiencia de mi madre, esa vida minúscula que no ocupa las portadas de los libros, pero que puede tener una interlocución perfecta con autores mayores, autores que pudieron elegir en qué lengua escribir.

Mi primer impulso fue pensar este libro como un ensayo, pero me di cuenta de que una vertiente narrativa, vinculada a la técnica novelística,iba cobrando cada vez más fuerza. Un día alguien me preguntó qué estaba escribiendo, quise unir dos palabras, me equivoqué y mi respuesta fue: “Estoy escribiendo un lhíbrido”. Me gustó la idea. Ahora me gusta pensar que es un libro mestizo, como yo misma, que tiene distintos afluentes y registros.

Me importaba muy poco ceñirme a un determinado género porque pienso que los libros que más me gustan y admiro son los que corren riesgos, los que van rompiendo los límites genéricos. En ese sentido, Leche de silencio es una contranarrativa. Quiero narrar de otra manera una historia que nos han contado desde la antropología y la lingüística sobre por qué desaparecen las lenguas. Quería contarlo desde el corazón de esa historia. Y al hacerlo así, se vuelve el corazón de todos. Aunque nuestros ancestros no hablaran una lengua indígena, en el fondo hablamos el idioma único e intransferible que compartimos con nuestros padres, fuente de muchas incomprensiones, pero donde siempre hay un misterio.

¿En qué momento sentiste que debías escribir de esto, dejando atrás la novela de autoficción o la poesía en las que te habías refugiado antes?

Me he dado cuenta de que este es un libro que se ha estado escribiendo desde hace mucho tiempo. Quizá fue lo primero que quise escribir cuando decidí ser escritora y me descubrí como lectora, pero no tenía las herramientas ni la voz, ni la mirada, ni la madurez para afrontar esta historia. En mi primer libro de cuentos, La risa de las azucenas, ya recuperaba ciertos espacios emocionales y geográficos. El cuento que da título al libro está dedicado a mi tía Sara, una niña sorda e indígena que abre los ojos muy temprano para cumplir con tareas domésticas. Narro cómo en sus ojos se refleja el Popocatépetl y qué significa cada paso que ella no puede escuchar. Hice pequeños acercamientos, pero siempre desde la ficción.

Lo mismo ocurrió con la muerte de mi hermano, que recojo en mi novela La noche será negra y blanca. No quería ni necesitaba trabajar de otra manera con estas historias que eran para mí como trabajar con lava. Siento que mi madre ha sido como una especie de zarza ardiente cuya lengua no siempre he podido comprender; una lengua que me convoca, que ha crecido dentro de mí. Maduré mis palabras hasta llegar a esta visión decantada. Hice siete manuscritos distintos porque necesitaba encontrar su forma única. Partí de una reflexión importante: la historia de la extinción de las lenguas parece solo material etnográfico. Yo me pregunté: ¿por qué no podemos hacer literatura desde esa ausencia y desde el inmenso dolor de ese borramiento cultural?

Esa búsqueda te llevó a un método de trabajo muy particular, horizontal y respetuoso con tu madre. ¿Cómo fue ese proceso?

Mi materia prima era yo misma, pero también la historia de mi madre, de mis ancestras. Mi método fue muy simple: sentarme con mi madre a conversar. Le propuse contarnos de nuevo la vida y descubrí que, en muchos momentos, por primera vez nos contábamos episodios que creíamos conocer de la otra. Fueron dos años de conversar, de grabar con su autorización y de hacer un pacto fundamental: yo escribiría todo, pero, al final, cuando tuviera la versión acabada, la leeríamos juntas. Ella me diría si había algo suyo que la incomodara y que no quisiera que se quedara. Ese pacto fue una muestra de respeto esencial.Sin ella, yo no hubiera podido avanzar. No quería escribir esta historia a como diera lugar, pasando por encima de sus emociones vivas, como cuando habla de la muerte de mi hermano o de cuando abandonó su pueblo a los nueve años.

Al final hicimos esa revisión y me di cuenta de que había un dolor vivo, pero también una enorme inteligencia emocional en ella para decir: “Es que estas cosas se tienen que contar”. Cuando hablas de racismo, hay que decirlo como es; cuando hablas de la vergüenza, del dolor o del duelo, también. Ha sido una lección inmensa entender que mi madre conserva la alegría de vivir a pesar de todo lo que afrontó. Esa es la sabiduría de los que sobreviven, de los que se quedan a mirar el día siguiente. Puedes perder a alguien muy amado, y el misterio no está en la muerte, está en cómo seguimos aquí y qué palabras le damos a ese duelo para afrontar la vida.

¿Qué emociones atravesaste en el proceso?

Sentí que me jugaba todo como escritora, como mujer, como editora y lectora. Tenía que volcarme íntegramente. Había enojo e indignación, sí, pero también me entraba una especie de añoranza de lo imposible. Qué curioso: mi anhelo era intercambiar papeles con mis padres. Cuando escucho sus historias de infancia, que pueden ser tremendas, quisiera haber sido una adulta en ese momento para protegerlos. Uno espera que los padres te protejan, y yo, al escuchar a mi mamá, anhelaba estar ahí para que esa niña de nueve años no tuviera que abandonar a su familia. Lo mismo me ocurre al pensar en la historia de mi hermano pequeño. Estuvo enfermo casi cinco años; murió cuando yo tenía once. Pasé buena parte de mi infancia, de los seis a los once años, mirando cómo la enfermedad le iba arrebatando el cuerpo. Era un niño con mucho dolor. Yo estaba avasallada, era una niña que descubría la lectura y se aferraba a los libros como salvavidas, pero que no dejaba de ver el dolor.

Lo que me ha dado la literatura es la posibilidad de volver a esos episodios para repararlos. Cualquiera diría: “¿Para qué abres esa herida?” Yo misma me lo pregunto. Pero la escritura da la posibilidad de comprender y de reparar, en cierta manera, lo que la vida descompone; de darle un orden, de narrar para hacer compartible la experiencia. Con Leche de silencio me pasa algo hermoso: los lectores no me hacen preguntas, me cuentan testimonios. Me hablan de abuelos que escondieron su lengua y vivieron el racismo. Generaciones que heredaron el dolor de esa ausencia. El libro propone un duelo colectivo por lo que hemos perdido, y gracias al lenguaje podemos articularnos, compartirlo y reconocer la belleza del mundo a pesar del daño. Quizá para eso escribo.

¿Cómo vislumbras lo que viene en tu camino como escritora? ¿Qué pasa después de llegar a un puerto como el de Leche de silencio?

Veo Leche de silencio como un libro que estaba pendiente, que era vital escribir. Pensando en las palabras de mi editor, Juan Casamayor, es un libro que fluye como un río que acompaña. Me gustaría que los lectores se sumerjan en él para pensar en sus propias historias y en el idioma que comparten con sus padres, haya o no una lengua perdida en su familia. Es una reflexión sobre cómo nos hablamos. Tuve la fortuna de escribirlo mientras mi madre está viva, de preguntarle y que ella me devolviera las preguntas, con la curiosidad de saber quién es esta hija suya. Aquí hay biografía, ensayo, novela de no ficción, pero sobre todo es una historia que abre caminos.

¿Qué sigue para mí? Tengo otros proyectos en los que sigo siendo leal a mis obsesiones: trabajo en un libro de cuentos, y tal vez uno de ellos se ha alargado tanto que termine siendo una novela breve. Lo que sigue es continuar con una escritura honesta, que quiere indagar en la experiencia de estar en este mundo de una manera franca y desnuda, sin preguntarme si es ficción o no. Quizá lo más importante no sea adscribir la escritura a un género literario, sino a una visión poética de lo que queremos contar. Me interesa mucho más la dimensión poética de la experiencia humana que cualquier frontera genérica.

​AQ / MCB

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