Todo irá bien | Un cuento de Carlos Martín Briceño

Narrativa

Una pareja de ancianos, ella inconsciente en el hospital; él angustiado y dócil antes las promesas del médico que solicita su autorización para una operación, que en fondo no desea.

“En los últimos meses él se había percatado del rápido declive en las funciones motoras de su mujer”. (Freepik)
Carlos Martín Briceño
Ciudad de México /
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—Ya no quiero que le hagan nada.

Contundente, el viejo interrumpió el alegato del médico. El sonido discontinuo de la máquina de oxígeno que ayudaba a respirar a la enferma pareció bajar de intensidad en aquella pulcra habitación. El galeno miró a su interlocutor con incredulidad. Entendía que estuviera indeciso, pero no estaba dispuesto a aceptar tan fácilmente una negativa. Era cosa de tener paciencia, de insistir con mucho tacto. Miró al viejo directo a los ojos y tomó otra vez la palabra:

—Piénselo bien, don Ernesto. Si no autoriza esta nueva operación, no le garantizo que su mujer sobreviva. Permítame hacer mi trabajo.

¡Permítame hacer mi trabajo!, repitió el viejo en su cabeza. ¡Como si en este hospital no hubieran hecho y deshecho con su esposa lo que se les pegó la gana!

Y es que, aprovechando que su mujer contaba con un seguro de gastos médicos ilimitado, nada más llegar a la sala de emergencias, con la promesa de que se recuperaría, la metieron de inmediato al quirófano para abrirle el cerebro. Al día siguiente, para impedir que se asfixiara, la intubaron. Tres días después la habían sometido a una dolorosa y complicada traqueotomía. Cada vez que las enfermeras venían al cuarto a succionarle a su esposa las secreciones a través de aquel orificio que le habían abierto en la garganta o a curarle las escaras que estaban horadándole las nalgas, el viejo se preguntaba en qué momento autorizó que la “reconstruyeran” de esta manera. Pero lo que más le disgustaba era que este doctor chaparro, de cabello escaso y ojos saltones, siempre oloroso a perfume cítrico, en lugar de hablarle con la verdad y llamar a las cosas por su nombre, insistiera en darle evasivas.

¿Por qué nunca fue honesto para explicarle lo que sobrevendría?

A sus setenta y nueve años, Isabel se encontraba casi en estado vegetativo por culpa de estas operaciones y ahora mismo, como si el tipo estuviera hablando de componer un automóvil, le proponía meterla otra vez al quirófano para continuar con “el trabajo”. Chingada madre. ¡Dos meses y catorce días viviendo en esta clínica y las cosas se habían vuelto cada vez más complicadas! Primero tuvieron a su mujer largo tiempo en terapia intensiva y solo le estaba permitido visitarla dos veces al día. Un par de semanas después la trasladaron a este cuarto, pero hubo que devolverla a terapia intensiva porque una neumonía estuvo a punto de acabar con su vida. Cuando finalmente cedió la infección, Isabel regresó muy delicada. Ahora ni siquiera abría los ojos, se la pasaba dormida la mayor parte del tiempo. Solo reaccionaba cuando venían a bañarla o a sacarle sangre. Además, por causa del líquido retenido, a la pobre se le habían hinchado tanto el rostro, los brazos y las piernas que parecía estar a punto de reventar. De encima, los medicamentos le habían provocado una diarrea que no cedía. El cuadro clínico no era alentador. Entonces, ¿cuál era el caso de colocarle una sonda de alimentación estomacal? ¿Existía alguna seguridad de que su esposa volviera a ser la misma? ¿Había, en verdad, alguna esperanza?

Recordó la mañana en que todo comenzó cuando, sentados frente a la mesa, ella soltó de repente la taza de café con leche que iba a llevarse a los labios y se fue de bruces sobre el plato de avena. Asustado, trató de reanimarla, pero solo consiguió que emitiera algunos balbuceos que lo alteraron aún más. Al cabo de un rato, luego de llamar inútilmente por teléfono a su hijo, fuera de sí, decidió ir a la casa vecina para que lo ayudasen a pedir una ambulancia.

Pensándolo bien, fue lógico que esto sucediera. En los últimos meses él se había percatado del rápido declive en las funciones motoras de su mujer. Los lapsus eventuales, la confusión que la asaltaba de repente, la lentitud en sus movimientos, en especial la dificultad para caminar, eran cada vez más evidentes. Ya ni siquiera podía vestirse por sí sola. Lo malo es que ambos se resistían a aceptarlo y, con tal de que nada cambiara, temiendo que el geriatra dictase órdenes que modificaran radicalmente su manera de convivir, dejaron de acudir a sus citas mensuales. Se tenían el uno al otro y no necesitaban de nadie más. Vivían holgadamente con su pensión de la universidad y tres veces por semana venía un mozo para apoyarlos en las tareas domésticas. Y así hubieran seguido de no haber sido por el derrame cerebral. Sabía que su esposa, tarde o temprano, caería enferma, pero nunca esperó que fuera de esta manera. En su romántica concepción de la muerte, el certero arponazo de un fallo cardiaco durante el sueño iba a llevarse a Isabel al otro mundo.

Mientras escuchaba al médico, el viejo fijó la vista en la figura inerte de su mujer conectada a un sinfín de tubos y lo invadió una opresiva sensación de tristeza. Tuvo, por un momento, el deseo de retroceder el tiempo. Si yo no hubiera…, se recriminó, pero enseguida se recompuso. ¿Cómo iba él a saber que estas intervenciones quirúrgicas no funcionarían? ¿Acaso era un experto? ¿Y si hubiera sido al revés? ¿Si quien estuviera en cama fuera él? ¿Habría autorizado su esposa que lo operase el neurólogo? ¿Qué hubiera dicho ante la presión del médico? Ella siempre fue mucho más estricta que él. La educación del hijo, por ejemplo, recayó en Isabel. Él llegaba tan agotado de la universidad que lo último que deseaba era lidiar con Roberto. Isabel, de seguro, hubiera sondeado incisivamente al cirujano: ¿Es indispensable la operación? ¿Garantiza usted que se recuperará? ¿Servirá para algo o solo acarreará más dolor? En cambio, él no había podido negarse a las propuestas de los especialistas. El deseo de que su mujer se recuperase había sido tan grande que firmó sin chistar. Y ahora, cuando veía el resultado final, al observar el despojo en que se había convertido su esposa, lo embargaba un sentimiento de culpa que no le permitía estar en paz consigo mismo. Sabía que Dios era el único dueño de la vida y que solo él podía detenerla, y que toda acción dirigida a interrumpir la alimentación constituía un acto de eutanasia, pero, carajo, lo que hicieron aquí con su mujer era otra cosa. Había llegado moribunda y, sin advertirle las consecuencias, decidieron operarla tres veces. Cierto que nadie le había puesto una pistola en la sien para que diera su autorización, pero ¿de qué otra forma podía reaccionar estando tan aturdido? ¿Por qué nadie le habló claro? Se sentía agotado, harto de dormir en este pequeño sofá y despertar inquieto durante la madrugada cuando venían las enfermeras a tomarle temperatura y presión a Isabel, cansado de desilusiones tras esperar buenas noticias por parte de estos facultativos que parecían estar más interesados en los procesos administrativos que en la recuperación de sus pacientes. Finalmente sacó fuerzas de flaqueza y habló:

—Le voy a decir la verdad, doctor. Yo lo que deseo es que ella no sufra más. Si usted me garantiza que esto la va a ayudar y volverá a ser la misma de antes, acepto.

El médico apretó sus delgados labios:

—Le prometo hacer todo lo que esté en mis manos, pero tome en cuenta que cualquier operación trae secuelas, sobre todo en el estado en que se encuentra doña Isabel.

—¿Sabe? —respondió retador el viejo, levantando la voz por primera vez en mucho tiempo—. Si usted desde un principio se hubiera tomado el tiempo suficiente para explicarme los riesgos, probablemente me la hubiera llevado de aquí tal como llegó y no estaríamos discutiendo ahora.

El doctor trató de no alterarse. ¿Había entendido bien? ¿Le estaba reclamando abiertamente el viejo? ¿Deseaba cancelar la operación? Rara vez se encontraba en esta clínica para ricos con alguien que, teniendo los gastos cubiertos, no quisiera agotar las posibilidades. Pero este hombre era uno de ellos. Tendría que echar mano de sus mejores argumentos. Era necesario convencerlo.

—Don Ernesto, es mi deber insistir. Los médicos estamos para prolongar la vida, no para detenerla. Nadie sabe cuál va a ser la reacción del enfermo, cada organismo es diferente. He visto muchos casos que podrían considerarse milagrosos. ¿Por qué el de su mujer no podría ser uno de ellos?

El viejo quedó en silencio, dubitativo. Antes de que pudiera contestar, el especialista prosiguió:

—Me voy a atrever a decirle algo que a lo mejor no le va a gustar. Impedir que esta operación se lleve a cabo sería como dictarle a doña Isabel una sentencia de muerte.

Esa frase final golpeó una y otra vez el cansado cerebro del viejo. Se llevó la mano a los ojos e inclinó la cabeza hacia adelante. Hizo un esfuerzo para no llorar. Miró de nuevo a su mujer que yacía en aquella cama ajena y se llenó de angustia. ¿Y si de verdad reaccionaba y volvía a ser la misma? ¿Quién podía saberlo? Isabel era una persona sana, no padecía de diabetes ni del corazón como la mayoría de las personas de su edad. Lo único que tomaba a diario era una pastilla para la presión que le recetaron cuando se desvaneció en la iglesia una calurosa mañana de domingo. Había leído en el periódico el caso de un hombre mayor que luego de un derrame logró volver a hablar y, poco después, a caminar. Aunque, siendo honesto, él no aspiraba a tanto, se conformaba con que su esposa pudiera sentarse en una silla de ruedas y compartir con él la cena mientras oían boleros o miraban una película en la televisión. ¿Era mucho pedir? ¿Existía esa posibilidad? ¿Por qué nadie lo ayudaba a decidir? Su hijo, que al principio llegaba todos los días a averiguar por su madre, había comenzado a espaciar cada vez más sus visitas. Lo mismo sucedió con las amistades. Ahora pocos preguntaban por la salud de la enferma. La vida debía continuar con o sin ella. Estaba solo y le tocaba decidir. Respiró con fuerza y, dándole la espalda al médico, mientras observaba cómo se iban formando unos gránulos de saliva verdosa en la cánula que surgía de aquel horrible orificio en la garganta de su esposa, soltó:

—Haga lo que tenga que hacer.

—Gracias, respondió el otro. Todo irá bien, ya lo verá.

Se dieron la mano, y el médico salió de la habitación. Más tarde, cuando vinieron a recoger a su mujer para llevarla al quirófano, en el momento en que los enfermeros la subían a la camilla y la oyó quejarse, deseó con vehemencia que fuera esta la última ocasión en que la viera con vida.

Este cuento forma parte del libro ‘Los secretos vivos’, publicado por Lectorum.

AQ / MCB

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