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Todos los caminos son tu camino: (con Alejandro Jodorowsky en una esquina del pasado)

Crónica

En el centro de este recuerdo, el escritor y cineasta sigue proyectando una luz precisa con su Ojo de Oro.

Guillermo Arreola
Ciudad de México /

“¿Si tuvieras que matar a alguien a quién matarías?”, me preguntó Alejandro Jodorowsky durante el encuentro que tuvimos hace ya veinte años en el lobby del entonces Gran Meliá Reforma, en la Ciudad de México. La reunión se había suscitado de manera no solicitada de mi parte sino como un acto concertado por mi amiga Raquel Peguero en solidaria atención al tiempo crítico de mala salud mental por el que yo había estado atravesando desde meses previos. Tras narrarle los estragos que en mí había dejado aquella experiencia, Alejandro me formuló la pregunta. Sonrió al hacerlo. Las manos empezaron a sudarme. Entonces me dijo: “vamos a imaginar que entre tú y yo no hay ni moral. No lo pienses”, y repitió la pregunta, “¿si tuvieras que matar a alguien a quien matarías?”.

Respondí sin pensar: “A un lugar de carne. Me mataría a yo”. Esta vez, la sonrisa de Alejandro se tornó risa iluminada, la risa de alguien que ha dado en el blanco. Entonces me llevé las manos a la boca, sorprendido de lo que yo mismo acababa de decir: “Un lugar de carne. Me mataría a yo”.

Meses antes de mi encuentro con Jodorowsky había tenido yo un accidente en el que me había golpeado la cabeza con una señalización metálica en el cruce de la calle Miguel Ángel de Quevedo y avenida Universidad en la Ciudad de México. Con el golpe se me abrió el cuero cabelludo y me empezó a brotar sangre, pero curiosamente yo no advertía nada, no “sentía” la sangre que empezó a escurrirme por la frente. “¡Qué calor!”, fue lo único que pensé. Pero, ¿pensaba? Iba yo por la calle y la gente con la que me cruzaba se me quedaba viendo, hasta que una persona se me acercó y me ofreció ayuda. Me dijo “¿qué, no ve que está sangrando?”. Le respondí: “no es sangre, es sudor.” Como la herida me pareció superficial y cicatrizó pronto, no consulté a ningún médico. Al poco tiempo empecé a tener vértigos, incapacidad para dormir y ataques de pánico, así como problemas de lenguaje, como que se me extraviaban las palabras o las confundía con algunas del idioma inglés y también con el árabe que yo había estudiado durante ocho meses de manera intensa: pérdida parcial de la memoria. Luego, empezó lo de las voces. Voces adentro de mí, que a veces en murmullo decían: “mata, má-ta-te”. O a gritos ordenaban: “¡quema ya todo!” Por recomendación de un amigo que acudió en mi ayuda durante un ataque de pánico, consulté a un psiquiatra, que aquí llamaré Tiziano Mendieta. Mendieta me recibió, le conté lo que me pasaba a raíz del golpe que me había dado en la cabeza. Me preguntó entre otras cosas si alguien me había dado algo de beber contra mi voluntad o si había yo olido la planta del floripondio. Después me dijo que lo que había sucedido es que se me había revuelto el lenguaje, que se me habían movido los sustratos psíquicos. Y empezó un largo tratamiento siquiátrico, con prescripción incluida de antisicóticos, antidepresivos, y sobre todo, con el propósito de restaurar el orden de mi memoria. Mendieta me sugirió ocuparme en alguna actividad recreativa en la que hubiera incursionado antes del accidente o que hubiera dejado pospuesta. “Yo antes pintaba y escribía”, pero solo como distracción, le dije. “Pues haga eso”, me respondió, “entréguese, como si fuera la última moneda del mundo”.

Así que me dediqué por completo a pintar y a escribir. De repente recordé eso en la bruma mental y emocional que me gobernaba: que había que pintar, escribir. Continué con las terapias de Mendieta hasta que poco a poco todo aparentemente se fue solucionando. Digo aparentemente porque en el momento en que el médico consideró que era tiempo de concluir tratamiento y retirar medicación, el abismo de la desmemoria, la ausencia de sueño y el pánico volvieron a activarse.

Recuerdo en particular una situación de ese periodo: una mañana me despierto ya tarde y tras levantarme de la cama advierto que al empezar a caminar tengo punzadas en diferentes partes de la pierna derecha, a tal grado de que se me dificulta el movimiento. Con gran esfuerzo alcanzo a llegar a un diván de la sala. Me siento, las punzadas se han convertido en dolor hecho de aguijones. Bajo la vista hacia la pierna y veo cómo se va abriendo la piel y surgen entre la carne algo parecido a pequeñas ramas. El dolor es insoportable. Extiendo un brazo hacia la mesita donde está el teléfono y marco el número de Mendieta. Mendieta atiende mi llamada, y a gritos le hago saber lo que sucede. Me dice: “¡Eso no existe!” Le respondo: “¡doctor, se me está quemando la cabeza, por dentro!”. Me pide que haga un ejercicio para tranquilizarme. Me pide que busque un cuaderno en blanco y escriba mi nombre. “Llene planas con su nombre”, me dice. Lo hago.

Entre la angustia y el pánico y algunos días de frágil estabilidad, el tiempo transcurrió. Yo no había dejado de pintar y escribir, a veces de manera frenética, lo uno o lo otro, contra mí mismo. En dos semanas escribí un texto, que titulé La venganza de los pájaros que se publicaría como novela dos años después en la editorial Fondo de Cultura Económica. Contaba la historia de una familia en un pueblo de Durango desde la mirada de un niño.

Tras el incidente de percepción sobre el nacimiento de ramitas en mi pierna derecha había yo retomado con mayor frecuencia las consultas con Mendieta, que él llamaba “sesiones”. Ahora el médico vacilaba en sus diagnósticos y no terminaba por definirme psiquiátricamente: protagonizaba yo un episodio prolongado de psicosis severa o padecía de trastorno bipolar, quizá, quizá, sugería Mendieta.

A veces le llevaba yo algún dibujo o una pequeña pintura como presentes, que él, después de recibirla, arrojaba al piso a un lado de su silla. En una ocasión, que se convertiría en la última consulta formal con él, le pregunté: “¿Me respondería a una pregunta y lo podríamos considerar fuera del tiempo de consulta?”. Me respondió: “sí”. Le dije: “dígame la verdad: ¿la psiquiatría o el psicoanálisis realmente pueden curar la percepción de la vida como sufrimiento permanente?”.

Me respondió con un tajante “no”. Y agregó: “ni el lenguaje ni los psicofármacos pueden curar abismos. El alma se cura sola”. Repliqué: “¿entonces para qué he estado en estas consultas con usted, en donde la mayor parte del tiempo lo único que ocurre es que usted me provoca hablar y me atiborra de psicofármacos?”. “Lo guío para que consiga olvidar”, me dijo. “¡Pero si todo lo que ha hecho conmigo es forzarme a recordar!”, le contesté. “Porque para olvidar solo cuenta usted con su memoria”, me respondió. Nos despedimos cordialmente, casi con amor. Me dijo cuando estrechó mi mano: “Su abismo encontrará su fondo”. Salí de su consultorio en aquel último encuentro. Al entrar en la calle un pájaro pasó muy raudo cerca de mí. Cuando llegué a mi casa rompí en llanto y una nueva nube negra apareció dentro de mí.

El tiempo no se detiene y aunque con periodos de sobriedad anímica, siguió imperando la negrura, la debilidad orgánica con que nos obsequia la depresión, el desequilibrio o la locura consciente. Consideré la posibilidad de eliminarme. Entonces un día, suena el teléfono. Es mi amiga Raquel Pequero, me pregunta: “¿qué harás el próximo martes?”. Le respondo: “nada, no sé”. Me responde: “pues ya tienes algo que hacer: una cita ese día con Alejandro Jodorowsky, a las 2 de la tarde, en el lobby del hotel Gran Meliá”. Balbuceo: “¿por qué?, ¿para qué?”. Me responde: “tú ve, es un regalo”.

Es una tarde soleada de principios de diciembre del año 2004, llego al lobby del gran Meliá, está vacío. Me siento en un sillón. Pasados unos minutos, veo entrar a Jodorowsky; va acompañado de una mujer (luego supe que se trataba de Marianne Costa). No hay nadie más, pareciera que el lugar se hubiera vaciado para este encuentro. Jodorowsky se acerca a mí, me dice: “¿tú eres Guillermo?”. Le respondo que sí. Me dice: “tenemos una cita”. A unos metros se escucha la voz de Marienne que le grita: “¡Alejandro, vamos a comer!”. Él contesta: “¡ve tú, ¿qué no ves que estoy atendiendo a una persona?!”. Alejandro se sienta en el sillón junto al mío. Me dice: “cuéntame, ¿por qué estamos aquí?”. “No sé realmente por qué estamos aquí”, le digo. Él responde: “entonces solo cuéntame”.

Cuando le platiqué a Jodorowsky lo que me había ocurrido, me explicó cosas que en un principio yo no entendía, por ejemplo: “hay que intentar hacer las paces con el jefe de la casa: el ego”. Tras escucharme atentamente, me miró de frente y me dijo: Un recorrido estelar, una algarabía plástica, un río que se desborda, una mano que oye su propio aplauso, el rechinar de un lienzo que se rompe, un llanto que llora, esculturas fragmentadas, un secreto que ladra, piedras, todos los caminos son tu camino. ¡El Loco! Luego me pidió que siguiera sus instrucciones, que realizara yo un acto terapéutico creado por él —alimentar a una gallina durante una semana, posteriormente matarla y luego cocinarla e invitar a diez personas a comerla; alimentar una planta con las vísceras del animal: volver a la tierra de mi memoria—, y que posteriormente acudiera a Bucareli 128, interior 19 y preguntara por una persona de nombre Carlos Said. Lo hice: compré una gallina, la mantuve adentro de una caja en mi casa, la alimenté durante 7 días; era un sábado cuando tomé carretera, y llevando conmigo al animal, busqué un lugar desolado y allí le suspendí el aliento. Volví con el emplumado cuerpo a mi casa y procedí a prepararla como alimento. La instrucción de Jodorowsky era extraer los dentros de la gallina sin recurrir a ningún utensilio punzocortante. Lo hice con las manos, luego los deposité en una maceta y sembré una planta. Al día siguiente llegaron a mi casa al punto de las 2 de la tarde las diez personas que yo había invitado a comer, a ninguno de ellos les comuniqué del procedimiento que había seguido para culminar en el platillo que, sorprendentemente, alcanzó para todos e incluso hubo quienes pidieron más. En la noche de aquel domingo dormí una eternidad de ocho horas, como hacía meses no me ocurría. Aún faltaba completar las instrucciones de Jodorowsky: ir a ver a Carlos Said. Lo hice tres días después.

Llegué a Bucareli 128 y toqué el timbre. “¿A dónde va?”, me preguntó el guardia de seguridad del edificio. “Al departamento 19”, le respondí. “Ah, con el brujo”, me contestó y me dio entrada.

Un departamento adaptado como un templo. A la entrada cuelga de una pared una pintura de gran formato con la figura de un Cristo que ha bajado de la cruz. Hay un grupo de personas sentadas frente a una barra; encima de la barra, con cuchillo en mano, pican plantas y verduras. En los pasillos y en la sala (una especie de capilla) hay gente en el suelo, envuelta en sábanas. “Son los enfermos que se encuentran en recuperación”, me informa una mujer vestida completamente de blanco una vez que, adentrado en el recinto, no puedo evitar preguntar por qué están acostados en el piso.

“Vine a ver a Carlos Said”, le digo. Me responde: “tengo que anotarte en la lista para ver si te puede consultar dentro de un mes”. En ese momento se aproxima un hombre, moreno y calvo, y como la mujer: vestido de blanco. Es Carlos Said. Apenas me mira de reojo. Le pregunta a la mujer cómo han reaccionado los “pacientes” en las últimas horas. Ella le responde: “todo en orden”. Entonces le digo a él: “vine a consultarte”. Said voltea a verme y me pregunta que cómo supe de este lugar. “Vine a verte porque así me lo recomendó Alejandro Jodorowsky”. En el momento en que pronuncio el nombre Alejandro Jodorowsky me mira fijo y se acerca unos pasos a mí. “¡Ah, Alejandro!”, dice y me saluda de mano. “¿Sigue en México o ya se fue?”, me pregunta. “Quizás”, respondo. Y me pide que lo acompañe al frente de la sala, en donde hay una especie de escenario. La mujer desaparece. Le digo que necesito contarle por qué quiero consultarlo. Me dice que no es necesario. Y enseguida me pide que me coloque en el centro del proscenio. De uno de los costados de ese casi “teatro”, salen dos mujeres muy jóvenes a las que él les dice que lo auxiliarán a “limpiar" mi presencia; que hay que ayudar al “hermanito”, refiriéndose a mí. Me quedo quieto. La mujeres se retiran y reaparecen no más de cinco minutos después. En ese breve lapso, Said me ha pedido que vea las palmas de sus manos que ha puesto levantadas y abiertas frente a mi vista. Una de las mujeres trae consigo una cuerda muy gruesa; la otra, una sábana y una botella transparente llena de lo que al principio creí que era agua.

“Tú tranquilo, hermanito”, me dice Said y le pide a las mujeres que procedan. Una de ellas saca de entre la sábana que lleva en la mano una bolsa de plástico cuyo contenido vacía trazando un círculo a mi alrededor, a distancia de un metro aproximadamente. Veo que es sal. Encima de la sal empieza a esparcir el líquido de la botella. Huele a alcohol. Said agarra la cuerda que trae la otra mujer y me la pone alrededor del cuello y empieza a anudarla en las puntas y al terminar, la mujer de la sábana extrae del bolso delantero de su vestido unos cerillos y le prende fuego al círculo de sal. Estoy entre llamas, pero sin temor de quemarme. Cierro los ojos, siento que en mi interior algo retumba, como si se me quebrara un hueso de una pierna. Un dolor agudo me recorre todo el cuerpo, me electrifica. Pensamientos en desbandada, imágenes y palabras: las piedras en el agua, un puente colgante, ¿cómo podría alguien amar a un ser tan diminuto como lo es un pájaro?, un río, cuéntame de mí, sueña con la tierra de Durango, no te quedes en el río, un letrero en luz neón con el nombre de un hotel: Tayoltita. Abro los ojos, me tambaleo. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido?, pienso. “No pasa nada, hermanito”, me dice Said. El fuego se ha extinguido. Las dos mujeres, serias junto a él. Said procede a desanudar los nudos que hizo a la cuerda y la retira de mi cuello. Una de las mujeres me pasa la sábana por el cuerpo como si me estuviera secando con una toalla. Cuando da por terminada su labor Carlos Said dice: “ya está”. “Ya te puedes ir, hermanito”. Veo hacia adelante de mí, los “pacientes” siguen acostados en el piso y hay un grupo de personas que han estado observando lo que ha ocurrido conmigo.

Pregunto a Said: “¿qué pasó?”. “No fue nada”, dice, “pero no nos dijiste que tu mente andaba suelta por Durango, hermanito; que se ocultó tu memoria durante muchos años y cuando te pidió que le abrieras la puerta del presente no entendiste la señal”. Caigo en el desciframiento de los enigmas. “Ya está, ya está”, dice y me golpetea la espalda.

Al salir del edificio y entrar en la calle, un pájaro muy raudo pasó rozándome un hombro.

     —¿Matarías entonces a un lugar de carne? —dijo Alejandro Jodorowsky tras preguntarme “¿si tuvieras que matar a alguien a quién matarías”.

     —Me mataría a yo, a la carne que no comprendo —respondí.

Enseguida sacó una carta del mazo del tarot que traía en el bolsillo de su camisa. Me la mostró. Era la carta El loco.

     —Todos los caminos son tu camino —dijo—. Ahora saca tú una —me pidió acercándome el mazo del tarot. Lo hice.

     —La Fuerza —dijo—. Acabas de abrir las compuertas del arte.

     —¿Así se cura el dolor de la existencia, Alejandro? —le pregunté.

     —Todos los caminos son tu camino —respondió—. Ya es tiempo de que recuerdes.

     —¿Recordar qué?

     —Recordar el olvido y olvidar lo que tengas que olvidar.

No dije nada pues nada había que decir.

Le extendí un rollo de papel que había llevado conmigo, un obsequio para él que había llevado conmigo previendo un agradecimiento anticipado: era un dibujo. Lo extendió, lo miró. “Qué bien”, dijo. Y agregó: “lo que te ha ocurrido, tu dolor, tu enfermedad de niño furioso, se ha despertado. Todos los caminos son tu camino”. Nos miramos a los ojos. Le di las gracias.

El dibujo que le obsequié lo había yo realizado con los ojos cerrados.

Con el tiempo, he vuelto a ver las páginas sueltas de mi inconsciente que Alejandro pudo mostrarme para que yo mismo las leyera, he podido ver imagen y voz, el fuego y la tierra, el aire y el agua ocultos en los nudos de la madera de mi memoria.

Pude mirar de frente al Loco y lo estreché entre mis brazos como si abrazara a un hijo extraviado.

Nunca volví a ver a Alejandro Jodorowsky ni a Carlos Said. Seguí teniendo comunicación con Tiziano Mendieta y fue mi invitado especial en mi primera exposición de pintura, en el año 2005; falleció al año siguiente en su consultorio a causa de un ataque cardíaco.

Situado a la ribera del río Piaxtla el pueblo, barrancoso y delimitado por un cerco selvático-montañoso, se llama Tayoltita y forma parte de la frontera entre el estado de Durango y el de Sinaloa. Es ahí donde él nació. Un pueblo minero explotado durante décadas por la San Luis Mine Company. Todos sus habitantes dependen laboralmente de ella, entre ellos su padre, un obrero que día tras día sale de casa (casa en comodato por la empresa misma) a introducirse por túneles y abismos a raer el interior de las grietas rocosas en busca de oro, que jamás será de su posesión. Son las madres las que en mayor medida asumen la crianza de los hijos y su plena formación para afrontar la vida cotidiana en un contorno donde prima la naturaleza: aprender a andar descalzo tanto en los terrenos ligeros como en los pedregosos; calcular la intensidad de la temporada de lluvias mediante la observación del vuelo de las aves; hacer ofrenda a los muertos en los caminos que se transitan a diario; cómo evitar el posible ataque de una onza o la picadura de un coralillo. Ahora él tiene seis años de edad. Sigue a su madre a todos lados en sus labores: lavar ropa desde temprano, desyerbar posteriormente con un machete las matas que han crecido a un costado de la casa, reunir guijarros para crear un nuevo pedrario sobre el que se hayan fotografías de los muertos de la familia a las que se acompañan con una veladora encendida. Luego seguirá la preparación de alimentos. "Todo lo que aprenderás hoy", le dice su madre. Él la mira obediente. "Espera aquí, voy al gallinero", dice ella, indicándole que se quede junto a una mesa de concreto que hay en la cocina. Regresa agarrando de las patas a una gallina, que cacaraquea aterrorizada. Se coloca de frente al niño y estira el brazo ofreciéndosela. "Tómala por las patas", le dice. Él se niega a hacerlo. ¡No quiero!, grita. Niega con la cabeza y empieza a lloriquear. "Entonces sólo mira", dice la madre, "tienes que aprender a hacerlo, pero fíjate bien". Coloca la gallina sobre la mesa y desplaza, apretando, una de sus manos por el emplumado cuerpo hasta detenerse en el cuello; con la otra, retiene el movimiento convulso del animal por la parte del vientre. "Solo tienes que hacer esto", dice. La mano que tiene en el pescuezo del animal se mueve como si lo estuviera atornillando. Él ve a su madre como si ella estuviera realizando un acto de magia. Escucha un leve tronido de hueso. Ve la cabeza de la gallina y advierte que uno de sus ojos se ha quedado entreabierto. "Pero ahora sí me vas a ayudar", le dice la madre; "pon tus manos encima y apriétala fuerte, ahorita vengo". Él pone las manos sobre el montón de carne y plumas y siente una vibrante oleada de tibieza. A los minutos regresa la madre con un machete en las manos. "Quítate", le dice. Él se retira y es ella la que con una mano retiene por el vientre a la gallina; con la otra, levanta el machete y le asesta un corte en el pescuezo. La cabeza de la gallina salta por los aires y del pescuezo brotan chisquetes de sangre, el resto del cuerpo se convulsiona contra la otra mano de la madre como si aún viviera.

Enseguida, de una alacena saca ella una gran olla y hace los preparativos para hervir y desplumar el cuerpo del animal. "Ahora solo te falta aprender a cocinarla", le dice al niño.

Por la noche, con padre en casa, la madre le cuenta lo que el niño ha aprendido el día de hoy. El padre, con gesto de satisfacción, se encamina hasta el cuarto que comparte con ella. Minutos después regresa y le dice al niño: "abre la mano". Lo hace. Y le coloca en la palma una moneda. "Es un regalo", le dice, "es muy antigua". El niño la mira por sus dos lados con fascinación. De un lado, solo distingue una corona en el relieve; del otro, letras. Le pide al padre que le diga qué significan. "Aquí dice", escucha al padre: "De la provincia de Nueva Vizcaya, 1822". El niño le dice: "gracias, apá". El padre dice: "tómala, como si fuera la última moneda del mundo, hijo".

A veces vuelvo a rememorarlo todo, con naturalidad, en sosiego. Con agradecimiento los evoco a todos. Pero en el centro de mis recuerdos, solo Alejandro continúa proyectando luz precisa con su Ojo de Oro.

Todos los caminos son el camino.

AQ

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