• Treinta y tres: sobre la Casa del Poeta Ramón López Velarde

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La transformación de la Casa del Poeta Ramón López Velarde desata críticas por poner en riesgo su identidad, legado literario y misión cultural.

Ernesto Lumbreras
Ciudad de México /

Treinta y tres, como el título de uno de sus últimos poemas, como los años de vida del jerezano, fueron también los ciclos solares de la Casa del Poeta Ramón López Velarde que hoy intentan borrar y transformar las autoridades de cultura de la Ciudad de México. ¿Irónica y fatal coincidencia? Una urbe, por cierto, amada por el vate, recorrida en todos sus horarios, marcada aquí y allá con su alta poesía. En el plan original de conversión —surgido de una cabeza o de dos, sin interlocución ni consenso— se contemplaba quitar el nombre del autor de La sangre devota. ¿No les decía nada? ¿O les decía mucho que se sintieron mortificados por intentar tamaño desatino? La presión de la comunidad artística los disuadió de semejante desliz y aceptaron dejar el nombre del zacatecano. ¿Una victoria pírrica o el comienzo de algo más ominoso? Ambas cosas a mi parecer. Si se cierra el asunto así, la poesía será “la arrimada” de su propia casa, un fantasma más del edificio porfiriano o, peor aún, la comparsa de las mil y una ocurrencias de los enterradores del único recinto de la capital dedicado a la poesía, esa música verbal que nos vuelve más intenso y pleno el mundo.

El significado histórico, literario y simbólico de ese espacio no se puede cambiar por el interés artístico, muy particular y rentable, de la Secretaria de Cultura capitalina. Parecería sugerirnos: por mi encargo público hablarán mis negocios. Su ejemplo puede causar estragos en otras latitudes. ¿Qué tal si a un bribón se le ocurre expropiar Isla Negra, una de las casas de Neruda en Chile y montar un club de yates o de surfistas? ¿Qué tal si a una bribona se le antoja convertir la casa de Emily Dickinson en Amherst en un centro espiritual del tipo de NXIVM tan del gusto de nuestra clase política? Detengo aquí este menú de tentaciones para personalidades de gran o pequeño poder en la esfera gubernamental y privada.

Regreso mejor a nuestro asunto. ¿Cómo y para qué retornar a la vocación original de la Casa del Poeta? “Habla, memoria”, diré con Nabokov: hace muchos años, el entonces D.F. compraría en 1988 un edificio en ruinas donde vivió sus últimos siete años el autor de “La suave Patria”. El poeta que no pudo comprar una casa para su madre y sus hermanos, de pronto, en su centenario contaba con una casona a la que acudirían —en las próximas décadas— cientos de escritores de todo el país como de otras latitudes con la consigna eliotiana de “seguir perturbando el Universo”. ¿Poca cosa dirán los administradores de la riqueza? En este punto de definiciones, se necesitará un relanzamiento del proyecto a partir de sus principios fundacionales. Desde luego, fortaleciendo su estructura administrativa, mejorando sustancialmente su presupuesto, ampliando su radio de acción y buscando alianzas de cooperación con instituciones públicas y privadas, nacionales y extranjeras. Salvo el teatro-cabaret como actividad extrañamente sustantiva en un lugar dedicado a la poesía, todo lo dicho por Ana Francis Mor en “la inauguración” ha estado presente en la programación del recinto lópezvelardeano, llevada a cabo invariablemente con muy contados pesos. Allí han participado—en el Café Bar Las Hormigas o en el Salón David Huerta de usos múltiples— poetas de todos los perfiles y de todos los orígenes. ¿Conoce la funcionaria a un poeta afro descendiente, contracultural o de la comunidad LGBTIQ+ al que se le haya excluido para leer, presentar un libro o tomar un curso? Me temo que solamente se trata del bla-bla-bla de la corrección política que aspira al aplauso de sus incondicionales. La autoridad cultural tiene las estadísticas pormenorizadas de las actividades y de los públicos asistentes, mes por mes, año por año. Y por supuesto el teatro-cabaret puede ser un invitado de la casa de la poesía, pero nunca al revés.

El proyecto de la Casa y Museo RLV es susceptible de mejoras y actualizaciones sin desconocer su fundamento sustentado por las ideas de José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid, Víctor Sandoval, entre otros muchos más. Por ejemplo, le vendría bien el diseño de una página web funcional y dinámica con información valiosa para el gremio; la presencia más constante de otras formas de hacer y entender la poesía; una mejor capacidad financiera y logística para organizar festivales de poesía nacionales e internacionales; la vinculación de las bibliotecas a su resguardo con otras bibliotecas vía un catálogo digital; la creación de una fonoteca que conserve recitales y conferencias de valor histórico; la edición de una revista electrónica y de corto tiraje en papel que divulgue y dé seguimiento a noticias sobre el legado de López Velarde y de la poesía mexicana; un programa de residencias de poetas; la creación de un consejo consultivo —honorario y en rotación cada dos años— integrado por escritores de varias generaciones que apoye y aconseje temas para su posible programación; el fortalecimiento de servicios educativos con guías profesionales conocedores de la historia de la casa y de López Velarde; el intercambio con centros culturales afines al espíritu lópezvelardeano en Zacatecas, San Luis Potosí y Aguascalientes; la gestión de un espacio en radio o en televisión cuyo tema y variación sea la poesía, en el aire de los programas que condujeron Juan José Arreola y Alejandro Aura…

Pero antes de escuchar estas modestas sugerencias y, seguramente, otras más atractivas y audaces de otros miembros de la comunidad literaria, la SC capitalina dijo: “este bocadillo es de mi boca y va pa’ dentro”. ¿Cómo detener esta vergüenza histórica en la vida cultural del país y retomar el rumbo con más brío? La sensatez y el sentido común nos alumbran: la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, debe invitar a la comunidad de escritores a una reunión de carácter resolutivo que dé lugar a una serie de compromisos donde se ratifiquen el nombre original de la casa así como su vocación sustantiva y original, la poesía, garantizando financieramente su funcionamiento así como también la participación de un consejo honorario integrado por representantes de la comunidad literaria, desistiendo, asimismo, de las actividades protagónicas de teatro-cabaret que pueden realizarse en otros de los muchos espacios con los que cuenta la Ciudad de México. ¿Estamos pidiendo las joyas de la virreina, Sor Juana? Escribió Eugenio Montale que la poesía nos puede ser de gran ayuda para expresar lo que no somos y no queremos ser. Por lo que ha dicho una parte significativa de nuestra “inmensa minoría”, molesta como decepcionada, la poesía no debe estar en la sombra, oculta y timorata, o servir de comparsa a intereses nada legítimos, incluso turbios, mucho menos en su morada, en el lugar de su cotidiano deslumbramiento.

AQ / MCB​

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