En “Historia de Rosendo Juárez”, de Borges, el protagonista dice: “Un hombre que piensa cinco minutos seguidos en una mujer no es un hombre sino un marica”. En lógica estricta, me extraña que la frase no sea más breve, pues encierra la falacia o contradicción de que “un hombre… no es un hombre”, salvo que argumentemos que se usa “hombre” en dos acepciones. Pero en estricta literatura, no acaba de sonar bien si se recorta: “Un hombre que piensa cinco minutos seguidos en una mujer es un marica”. No me ocuparé de la supuesta verdad o falsedad de la frase, y la tomaré como una mera bravuconada, pues somos tantísimos los hombres que hemos pensado minutos, horas y media vida en una mujer.
Digresión: esto me recuerda una carta de Plinio, en la que escribe “hombres que son hombres y libres”. Ahí basta decir “hombres libres”, pero quizá sea un defecto de traducción.
Estamos en esos ambientes borgianos de cuchillo, en los que la hombría manda sobre el temor o el sentido común. “Juan Muraña fue un hombre que pisó mis calles familiares, que supo lo que saben los hombres, que conoció el sabor de la muerte y que fue después un cuchillo y ahora la memoria de un cuchillo y mañana el olvido, el común olvido”.
O, entre otros, en cuentos como “El fin”: “Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano”.
Me agradan estos tipos de lo que la ley llama “arma blanca” y no los que andan con pistolas o metralletas. El término viene de la caballería andante. Podemos leerlo en Don Quijote. “Había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase”.
El Diccionario de Autoridades habla de que estas armas son las hechas de acero, e incluye no solo la espada, sino el peto, morrión, espaldar. O sea, la armadura. Leemos el término en latín, que resulta más bello: splendentia arma. Término que emplea el buen don Quijote de la Mancha cuando dice: “Bien parece un caballero armado de resplandecientes armas”. Me dio curiosidad cómo se traduce esto en la versión al inglés de Edith Grossman: shining armor. Creo que adecuado, pero en inglés eso ya es un lugar común. Mejor haber escrito gleaming.
Regreso a la digresión. Me puse a buscar la versión inglesa de las cartas de Plinio. Ahí no dice “hombres que son hombres y libres”, sino “hombres que respiran el espíritu de la verdadera humanidad y de la libertad”.
Basta una frase para distraerse. Mi intención original era hablar de los hombres de cuchillo en mano. Iba a mencionar el cuento “El desafío”, de Mario Vargas Llosa. Y el excelente relato “Navajas”, de Eduardo Antonio Parra.
Lo bueno de los textos desordenados es que se nota que los escribió un ser humano y no la sandez artificial.
AQ / MCB