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Viaje sentimental: Haworth

Tras las huellas de las hermanas Brontë. Entre calles, páramos y objetos que sobrevivieron al tiempo, el autor explora el vínculo entre el paisaje y la vida de las escritoras.

Alfredo Núñez Lanz
Ciudad de México /

El tren de las 8:45 estaba por salir sin mí. Aún no me adaptaba a la puntualidad inglesa ni a su imbricado Metro, así que tuve que correr con mis maletas por toda la estación de King's Cross. Un oficial pálido, casi albino, notó mi angustia y justo cuando llegué al vagón correspondiente me ayudó a subir el equipaje segundos antes de que el tren cerrara sus puertas. Partimos hacia York, alejándonos de Londres y su bullicio a gran velocidad. Con las pounds tan caras, hacer turismo era un lujo luego de un mes en Chichester investigando para mi próxima novela. No visité el turístico Globe donde Shakespeare representó sus obras; tampoco las famosas bibliotecas de Cambridge y Oxford; en cambio, decidí emprender un viaje sentimental.

Llegué a Keighley cuando el sol arrojaba sus mejores rayos, siempre filtrados por densos nubarrones. Era la ciudad, a seis kilómetros de Haworth, a donde Charlotte Brontë iba a pie para hacer sus compras. Imaginé su delicada figura camino a la casa de la modista que quizás confeccionó su vestido de novia, ilusionada por casarse con Arthur Bell Nicholls, coadjutor de su padre, y el cuarto hombre que le había propuesto matrimonio. Tenía 38 años cuando al fin se decidió a casarse, como quien presiente la fatalidad: nueve meses después de la boda, estando embarazada, murió a causa de unas violentas náuseas matinales que hoy se tratan fácilmente. Su final fue terrible y prolongado; se podría decir que en parte murió de hambre. El aire de los últimos días de abril se sentía muy frío y casi podía verla envuelta en su capa, andando a pasos firmes para volver a casa a la hora del té.

Renté una habitación en una posada sólo por una noche. Tenía menos de un día para disfrutar del Brontë Parsonage Museum, recorrer el pueblo y adentrarme un poco en los páramos de Emily; ahí solía perderse durante horas con su taburete portátil de roble donde guardaba celosamente sus poemas. Subí la empinada calle principal; a cada lado había casas construidas en piedra de un marrón muy peculiar, amarillento y ennegrecido, que habían adaptado su planta baja para boutiques, restaurantes e incluso una panadería bautizada con el nombre de la última novela que escribió Charlotte: Villette (1853). Ahora la mayoría del pueblo vive de la famosa familia, cosa paradójica, pues en su tiempo eran considerados excéntricos, hoscos. Conforme subía por la calle, aparecieron los letreros que informaban curiosidades históricas, como la casa Barraclough, donde vivía el relojero del pueblo, cuyo apellido Emily usó en Cumbres Borrascosas (1847). A cada paso mi curiosidad y mis ganas de observarlo todo a detalle me hicieron ver que debí dedicar por lo menos dos noches para conocer Haworth.

Conforme seguí, la calle principal se fue estrechando; tomé un callejón que conserva el mismo resbaloso adoquín por el que Branwell se escabullía para ir a beber al Black Bull —o comprar láudano en la botica—, un pequeño pub situado a unos pasos de la iglesia donde su padre, el reverendo Patrick Brontë ofició misa toda su vida, incluso años después de la trágica muerte de sus seis hijos. A un costado se alzaba la oficina de correos; ahí Branwell mandó sus textos a las revistas locales y Charlotte envió el famoso primer manuscrito de poemas firmado bajo los pseudónimos Currer, Ellis y Acton Bell que escondían la inicial de los nombres reales de las hermanas. Los periódicos que los niños Brontë devoraban y la suscripción a la Blackwood's Edinburgh Magazine quizás llegaban a esa oficina o a la tienda de John Greenwood, donde compraban el papel para escribir y aún ofrece una selección de libros y curiosidades. En la cima, el interés para cualquier amante de los Brontë se transforma en devoción: la iglesia, la antigua rectoría, el colegio donde los cuatro hermanos impartieron clases. Todos estos pequeños edificios hechos de la misma piedra ennegrecida por el hollín que da un efecto tenebroso junto al graznido de los cuervos.

La aparición gótica se completó al contemplar el antiguo cementerio pegado a las caras sur y este de la casa parroquial: lápidas pesadamente erguidas que los hermanos veían desde el cuarto de juegos, algunas ya sin fechas ni nombres, una pegada a la otra, como si no quedara espacio para los cadáveres que por aquellos años iban contaminando, poco a poco, el agua de Haworth, volviéndola insalubre: el cuarenta por ciento de los niños morían antes de cumplir los seis años. Quizás por esto ninguno de los Brontë se desarrolló a plenitud; nadie superaba el metro sesenta —Charlotte medía 1.45—, los seis eran enfermizos. Pero las dos mayores, Mary y Elizabeth, murieron de tuberculosis gracias a su temporada en la infame Cowan Bridge, una escuela para hijas de clérigos pobres donde sufrieron crueles castigos a manos de la señorita Scatcherd y el reverendo Carus Wilson, ambos retratados espléndidamente en Jane Eyre (1847). La manutención de cada alumna costaba catorce libras al año, menos que las escuelas ordinarias para pobres; esto le permitió a Patrick Brontë dar una educación cristiana a cuatro de sus hijas pagando sólo por dos. Gran ironía: la publicación más famosa del fanático y cruel calvinista Carus Wilson se titula: El amigo de los niños.

Calles de Haworth. (House&Garden)

Nada más delicioso para un espíritu fetichista como el mío que admirar las cartas, los diminutos libros escritos en letra microscópica —legibles sólo con lupa— durante la infancia, repletos de gestas heróicas, pasiones incestuosas, delirios de poder sucedidos en los reinos imaginarios de la saga de Glass Town, Angria y Gondal, el mundo infernal, como lo bautizaron, y que los salvó del tedio de las tardes invernales. El virtuosismo de estos escritos juveniles hizo que fueran comparados con los manuscritos de William Blake cuando se descubrieron en 1856, según la biógrafa argentina Laura Ramos. También se exhibe el sillón donde murió Emily; el comedor en el que las hermanas escribieron, en secreto, durante aquel decisivo año de 1846, sus novelas Jane Eyre, Cumbres borrascosas y Agnes Grey; el tocado de novia de Charlotte; el baúl que llevó a Bruselas y donde quizás ocultó sus cartas de amor no correspondido dirigidas a su maestro —un católico casado—, y hasta un mechón de su pelo, con el que supe que era pelirroja. Ahí estaba la cocina de leña donde Emily aprendió el francés y el alemán mientras pelaba papas y horneaba el pan.

Las paredes lucían las pinturas de Branwell y una habitación del ala nueva recreaba el caos de su vida disoluta, que tanta vergüenza y dolor trajo a toda la familia, y que acabaría por reflejarse en la genial novela de Anne, quizá la más acorde con nuestra sensibilidad contemporánea: La inquilina de Wildfell Hall (1848), obra que traza el preciso y audaz retrato de un alcohólico, pero también de un codependiente. Frente a mí estaba su querida colección de piedras, que ella formó en Scarborough, mientras trabajaba como institutriz de las niñas Robinson en Thorp Green Hall, donde Branwell también fue preceptor y se volvió amante de la señora Lydia Robinson. Esa relación tormentosa y abusiva por parte de ella precipitaría las famosas adicciones que minaron su talento; se dice que escribía en griego con la mano derecha y en latín con la izquierda y sus traducciones de las Odas de Horacio fueron elogiadas por Hartley Coleridge, que lo animó a continuar.

Las habitaciones conservan los muebles originales y uno puede imaginar a la arisca Emily en su pequeñísimo cuarto, acariciando a su fiel perro Grasper. Lo más conmovedor lo encontré en las vitrinas del piso superior, ahí se exhiben las cajas de costura de las hermanas junto a pequeñas reliquias personales: vestidos de muselina, bolsos confeccionados por ellas mismas, zapatos e incluso sus lápices de dibujo. La mayoría de estos objetos provocan una intensa melancolía al haber sobrevivido, paradójicamente, a sus dueñas. Y todo gracias al esposo de Charlotte, que aunque volvió a casarse, decidió conservarlos junto a los manuscritos y algunas cartas. Quizás lo más enternecedor fue saber que Tabitha Aykroyd, Tabby, una influencia olvidada para los estudiosos del genio de los Brontë, está enterrada en el cementerio. Ella les narraba leyendas o cuentos de fantasmas en dialecto de Yorkshire que, junto a la oscuridad de ese recóndito y bárbaro lugar que era Haworth, habrían de avivar su imaginación infantil.

Recordé que allá por noviembre de 1904 Virginia Woolf visitó Haworth. Hace 120 años ya existía el pequeño museo con el ala nueva que a finales del siglo XIX se había añadido a la casa parroquial. Ella también admiró el vestido de novia de Charlotte con ese mismo fetichismo inexplicable que ha atraído a lectores de todo el mundo. Y afirmó: «la curiosidad sólo es legítima cuando la casa de un gran escritor o el país en que se encuentra añade algo a nuestra comprensión de sus libros». Pero sus palabras no adquirieron sentido en este peregrino mexicano sino hasta toparme con los páramos, siguiendo el histórico camino que rodea el cementerio.

Letrero del Brontë Parsonage Museum. (House&Garden)

Caminé donde los senderos se difuminaban, entre ciénagas e imponentes rocas que serían la envidia de escultores contemporáneos por sus extravagantes formas. Sentí ese viento que Gabriela Mistral —otra peregrina— llamó «el viento de la landa», junto con su sonido espectral. Estaba a punto de anochecer y detuve la caminata, pues el aire traspasaba mi ropa inadecuada. De haber seguido, me habría topado con Top Whitens, la apartada granja –ahora en ruinas– que quizás inspiró la famosa casa de los Earnshaw en la novela de Emily. Antes de regresar a la posada respiré el aroma peculiar de los páramos, escuché su silencio. Y de pronto ahí estaban sus fantasmas en contemplación meditativa, junto a los de Virginia Woolf, Victoria Ocampo y otros peregrinos que también vinieron, en su tiempo, a exorcizarlos. Comprendí que aquellos páramos, más allá de inspirarlos, son una expresión de los Brontë y los Brontë son una expresión de los páramos. Los viajeros sentimentales como yo continúan recorriendo las rutas y senderos marcados con sus nombres en un homenaje siempre injusto que les llegó muy tarde.

AQ

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