Para visitar la casa de Víctor Hugo en Guernesey hay que llegar primero a Saint-Malo y tramitar una visa ante el Reino Unido para poder estar ahí por un día. Tuvimos que abordar un ferry con el auto que nos llevaba. El viaje no se improvisa.
Hugo compró a una antigua familia de la isla apellidada Tupper el casco de la casa. Era consciente de que solo siendo propietario de un bien inmueble podía gozar de una extraterritorialidad que lo pusiese fuera del alcance de la justicia francesa, después de haber sido desterrado por Napoleón III. El 9 de enero de 1852, un decreto oficial expulsa a Hugo del territorio francés. El dinero con el que compró la casa fue el de los derechos de autor de su libro Les Contemplations, suma poética donde se reúnen 25 años de escritura. El libro se concluye el 31 de octubre de 1855. El último poema “À celle qui est restée en France” está firmado el 2 de noviembre de 1855 y está dedicado a la memoria de su hija Leopoldine (1823-1843), ahogada con su marido el 4 de septiembre de 1843. Hugo y toda la familia guardaron por años la memoria de su hija. El poema mismo es una reconstrucción de los tiempos compartidos y de él se puede desprender una imagen del poeta a lo largo de los años. Una sección entera de Les Contemplations se titula “Pauca mea” y está dedicada tanto a la muerte de Leopoldine como a la de sus otros hijos.
En 1830 madame Hugo, después del nacimiento de su hija Adèle, le dice a su marido que se niega a tener más hijos. En 1833 luego del estreno de la obra teatral Lucrecia Borgia, Hugo y Juliette Drouet inician una relación que durará muchos años. Juliette es corresponsal, compañera de viaje, amanuense y amante; de hecho, se instalará en Guernesey en una casa vecina a la de Hugo. En 1853 sale de Bélgica e inicia sus experiencias espiritistas, que se prolongarán hasta 1854 y más allá.
En Hauteville House cada uno de los muebles y decoraciones fueron diseñados por el poeta, cuyo trabajo se ensancha en el del restaurador y coleccionista. Restaurar y salvar, resucitar.
En el último piso de la casa está el espacio de la recámara donde se encuentra el austero lecho del poeta que vivía como asceta. A ese espacio solo se les permitía acceder a sus nietos: George y Jeanne. Esos retoños a quienes les estaba dedicado L'Art d'être grand-père (1877). La recámara está adornada con planchas labradas y pintadas por él mismo con motivos fantásticos.
La casa del poeta sigue un diseño pautado desde lo lúdico hasta lo espiritual. La primera sala en la planta baja la ocupa una mesa de billar. En el penúltimo piso está la terraza en la que escribía de pie, mirando el horizonte; y en el último el cuarto donde dormía solo y jugaba con sus nietos. De esos juegos dan testimonio tanto el libro L'Art d'être grand-père como los dibujos y decorados de las puertas de los muebles de esa pieza donde conviven dragones, meteoros y estrellas.
El hilo conductor del arquitecto llamado Hugo fue la decoración y la conciencia simbólica e histórica. Esto no se le escapó a Xavier de Jarcy, quien escribió:
“Exiliado en Guernesey, transformó su casa, Hauteville House, en un espacio hecho a su imagen, una caverna de ogro ávido de conocimiento llena de objetos que amontona y de muebles que él mismo construye a partir de elementos dispares. Ahí hace arreglar su lookout, especie de belvedere con vitrales sobre el techo como la cima de un faro desde donde escribe frente al mar. El ambiente lo restituyen algunas fotografías contemporáneas. Hauteville House desempeña para él un papel funcional le permite trabajar en buenas condiciones y en un plano psicológico le ayuda a soportar el exilio. El proscrito sueña con un lugar para él mismo”. [1]
El horizonte se remonta a las edades bíblicas y helénicas; los nombres de Isaías, Ezequiel, Sócrates, San Pablo se encuentran inscritos y labrados en los muebles, mesas y estanterías. En la biblioteca además de diferentes ediciones de la Biblia están los robustos volúmenes de la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert, las obras de Emmanuel Swedenborg. Uno de los salones tiene una mesa en la que florece, no hay otra palabra, una lámpara que el novelista Alexandre Dumas le regaló al eminente poeta, artista, artesano, político y periodista.
La decoración de la casa de Hugo en Guernesey está, de un lado, literalmente colgada de las paredes que cubren con suntuosas y magníficas tapicerías compradas por el poeta a lo largo de los años y, del otro, labrada en los muebles por las propias manos del artista o bajo su supervisión. Una atmósfera eclesiástica o sacerdotal flotaba en el aire de este poeta laico, pero en última instancia religioso.
La vida afectiva de Hugo no está separada de su vida editorial. A poca distancia de su casa vivía su amanuense y compañera de viaje Juliette Drouet. Víctor Hugo llegó a Guernesey como exiliado. A los 49 años se desterró en la isla inglesa de Jersey y poco después en la de Guernesey. Se casó con Adèle Foucher en 1822, vivió al principio en casa de sus suegros y tuvo con ella varios hijos: Léopold (el primogénito) murió en 1823 cuando era un bebé de apenas tres meses de edad. Además está Leopoldine, quien nació en 1823 y falleció el 4 de septiembre de 1843, ahogada a los diecinueve años. Esta muerte afectó profundamente a Víctor Hugo, a su esposa Adèle y a los otros hijos: Adèle, Francois-Victor y Charles.
La presencia de los niños anima sus obras. Además de sus propios hijos, en el comedor de su casa había un espacio para recibir una vez a la semana una decena de niños. Su alegría y algarabía cruzaba el aire de sus narraciones y poemas y agitó el ambiente de esa residencia cuyas puertas estaban abiertas a los descalzos hambrientos de la calle. Los niños miserables de la calle de Guernesey, donde Hugo vivió desde 1855 hasta 1870 y donde terminó Los miserables el 30 de diciembre de 1860, conviven desdoblados en la trama de la novela, según asienta Gregory Stevens Cox en su libro guía Víctor Hugo: Promenades a Saint Pierre Port [2]. El libro está inspirado en la introducción a la novela L’Archipel de la Manche, en particular en el octavo capítulo. El libro citado da noticia de la historia de la casa que Hugo compró el 11 de mayo de 1856 con las regalías recién recibidas por la publicación de Les Contemplations por 24 mil francos. Incluye numerosas ilustraciones de la isla de Guernesey y dibujos de Víctor Hugo.
La isla de Guernesey tiene una historia relativamente reciente, Víctor Hugo se encargó de contarla en el capítulo I. Los antiguos cataclismos de Les travailleurs de la mer: “En 709 —dice Hugo— sesenta años antes del advenimiento de Carlo Magno, un golpe de mar desprendió a Jersey de Francia. Otras cimas de tierra antes sumergida bajo las aguas son ahora visibles. Esas son islas, forman lo que se llama el archipiélago normando” [3]. Guernesey es una de esas islas, una tierra misteriosa como de reciente creación.
La casa de Víctor Hugo en Guernesey fue un asilo para el refugiado político. La isla era un lugar frecuentado por contrabandistas, marineros de todas partes, apátridas y expatriados como el propio Hugo. Los trabajadores del mar no solo es una historia de Guernesey. Se alza como un faro desde el cual Hugo ilumina inteligencia profética y sentido visionario en el arco del mundo.
Desde Guernesey, en mayo de 1862, Victor Hugo escribió una carta a los habitantes de Puebla, exhortándolos a seguir combatiendo contra el Imperio. En 1867, también desde esa isla, envió a Benito Juárez una carta para interceder por la vida de Maximiliano. La misiva llegó un día después de la ejecución del Emperador. La reproduzco aquí al final.
En 1868 muere en Bruselas Adèle Foucher, la esposa de Victor Hugo, su amiga de la infancia con quien se casó en 1822, luego de haberse comprometido con ella en secreto en 1819.
Cinco años antes de morir en 1885 de una congestión pulmonar, a fines de 1880, se inicia la publicación de los 48 volúmenes que comprenden sus Obras completas. Una multitud enorme acompañó sus restos qué fueron expuestos en el Arco del Triunfo antes de ser trasladados al panteón.
Carta de Victor Hugo a Benito Juárez [4]
Hauteville House, 20 de Junio de 1867
Al Presidente de la República Mexicana:
Juárez, vos habéis igualado a John Brown.
La América actual tiene dos héroes, John Brown y vos. John Brown, por quien ha muerto la esclavitud; vos por quien ha vencido la libertad.
México se ha salvado por un principio y por un hombre. El principio es la República; el hombre sois vos.
Por otra parte, el fin de todos los atentados monárquicos es terminar en el aborto. Toda usurpación comienza por Puebla y termina en Querétaro.
Europa, en 1863, se arrojó sobre América. Dos Monarquías atacaron vuestra democracia: la una con un Príncipe, la otra con un ejército, el más aguerrido de los ejércitos de Europa, que tenía por punto de apoyo una flota tan poderosa en el mar como el mismo en la tierra; que tenía para respaldarlo todas las finanzas de Francia, recibiendo reemplazos sin cesar; bien comandado; victorioso en África, en Crimea, en Italia, en China, valientemente fanático de su bandera; que poseía en profusión caballos, artillería, provisiones, municiones formidables. Del otro lado, Juárez.
Por una parte dos imperios, por la otra un hombre. Un hombre, con solo un puñado de hombres. Un hombre arrojado de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de rancho en rancho, de bosque en bosque, amenazado por la infame fusilaría de los consejos de guerra, perseguido, errante, atacado en las cavernas como una bestia feroz, acosado en el desierto, proscrito. Por Generales, algunos desesperados; por soldados, algunos desnudos. Ni dinero, ni pan, ni pólvora, ni cañones. Los matorrales por ciudades. Aquí la usurpación llamándose legitimidad; allá el derecho, llamándosele bandido.
La usurpación con el casco en la cabeza y la espada imperial en la mano, saludada por los obispos, precedida delante de ella y arrastrando tras ella, todas las legiones de la fuerza. El derecho solo y desnudo. Vos, el derecho, habéis aceptado el combate.
La batalla de uno, contra todos, ha durado cinco años. Falto de hombres, habéis tomado por proyectiles las cosas. El clima terrible os ha socorrido; habéis tenido por auxiliar a vuestro sol. Habéis tenido por defensores a los pantanos infranqueables, los torrentes llenos de caimanes, las marismas plenas de fiebre, las vegetaciones tupidas, el vómito negro de las tierras calientes, los desiertos salados, los grandes arenales sin agua y sin hierbas, donde los caballos mueren de sed y hambre; la grande y severa meseta del Anáhuac que, como la de Castilla, se defiende por su desnudez; las barrancas siempre conmovidas por los temblores de los volcanes, desde el Colima hasta el Nevado de Toluca. Habéis llamado en vuestro auxilio a vuestras barreras naturales: lo escabroso de las cordilleras, los altos diques basálticos y las colosales rocas de pórfido. Habéis hecho la guerra del gigante y vuestros proyectiles han sido las montañas.
Y un día, después de cinco años de humo, de polvo y de ceguera, la nube se ha disipado y entonces se han visto dos imperios caídos por tierra. Nada de Monarquía, nada de ejércitos; nada más que la enormidad de la usurpación en ruina y sobre este horroroso derrumbamiento, un hombre de pie, Juárez y al lado de este hombre, la libertad.
Vos habéis hecho todo esto, Juárez, y es grande; pero lo que os resta por hacer es más grande todavía.
Escuchad, ciudadano Presidente de la República Mexicana:
Acabáis de abatir las Monarquías con la democracia. Les habéis demostrado su poder, ahora mostrad su belleza. Después del rayo mostrad la aurora. Al cesarismo que masacra, oponed la República que deja vivir. A las Monarquías que usurpan y exterminan, oponed al pueblo que reina y se modera. A los bárbaros, mostrad la civilización. A los déspotas mostrad los principios.
Humillad a los Reyes frente al pueblo, deslumbrándolos. Vencedlos, sobre todo, por la piedad.
Protegiendo al enemigo se afirman los principios. La grandeza de los principios consiste en ignorar al enemigo. Los hombres no tienen nombre frente a los principios; los hombres son el Hombre. Los principios no conocen más allá de sí mismos. El hombre en su estupidez augusta no sabe más que esto: la vida humana es inviolable.
¡Oh venerable imparcialidad de la verdad! ¡Qué bello es el derecho sin discernimiento, ocupado solo en ser el derecho!
Precisamente delante de los que han merecido legalmente la muerte, es donde debe abjurarse de las vías de hecho. La grandiosa destrucción del cadalso debe hacerse delante de los culpables.
Que el violador de los principios sea salvaguardado por un principio. Que tenga esta dicha y esta vergüenza. Que el perseguidor del derecho sea protegido por el derecho. Despojándolo de la falsa inviolabilidad, la inviolabilidad real, lo ponéis delante de la verdadera inviolabilidad humana.. Que se quede asombrado al ver que el lado por el cual es sagrado, es precisamente aquel por el cual no es Emperador. Que este Príncipe que no sabía que era un hombre, sepa que hay en él una miseria, el Rey; y una Majestad, el hombre.
Jamás se os ha presentado una ocasión más relevante. ¿Osarían golpear a Berezowski en presencia de Maximiliano sano y salvo? Uno ha querido matar a un Rey; el otro ha querido matar a una Nación.
Juárez, haced que la civilización dé este paso inmenso. Juárez, abolid sobre toda la tierra la pena de muerte.
Que el mundo vea esta cosa prodigiosa: la República tiene en su poder a su asesino, un Emperador; en el momento de aniquilarlo, descubre que es un hombre, lo deja en libertad y le dice: Eres del pueblo como los otros. ¡Vete!
Esta será, Juárez, vuestra segunda victoria. La primera, vencer la usurpación, es soberbia. La segunda, perdonar al usurpador, será sublime.
¡Si, a estos Príncipes, cuyas prisiones están repletas; cuyos patíbulos están corroídos de asesinatos; a esos Príncipes de cadalsos, de exilios, de presidios, y de Siberias; a esos que tienen Polonia, a esos que tienen Irlanda, a los que tienen La Habana, a los que tienen Creta; a estos Príncipes a quienes obedecen los jueces, a estos jueces a quienes obedecen los verdugos, a esos verdugos obedecidos por la muerte, a esos Emperadores que tan fácilmente cortan la cabeza de un hombre, mostradles cómo se perdona la cabeza de un Emperador!
Sobre todos los códigos monárquicos de donde manan las gotas de sangre, abrid la ley de la luz y, en medio de la más santa página del libro supremo, que se vea el dedo de la República señalando esta orden de Dios: Tú ya no matarás.
Estas cuatro palabras son el deber.
Vos cumpliréis con ese deber.
¡El usurpador será salvado y el libertador ay, no pudo serlo! Hace ocho años, el 2 de diciembre de 1859, sin más derecho que el que tiene cualquiera hombre, he tomado la palabra en nombre de la democracia y he pedido a los Estados Unidos la vida de John Brown. No la obtuve. Hoy pido a México la vida de Maximiliano. ¿La obtendré?
Sí y quizá a esta hora esté ya concedida.
Maximiliano deberá la vida a Juárez.
¿Y el castigo?, preguntarán.
El castigo, helo aquí:
Maximiliano vivirá "por la gracia de la República".
Víctor Hugo
[1] Reseña de Xavier de Jarcy de la exposición Hugo et l’architecture De la Pierre a la Plume Dessins Photos, publicada en Telerama Arts, número 3991 del 11 al 17 de julio de 2026, p. 63.
[2] Victor Hugo: Promenades À Saint-Pierre-Port de Gregory Steven Cox, traducido al francés por Delphine Durst, escrito en colaboración con Steven Foote, Inglaterra, Blue Ormer, 2026. El libro incluye un plano de la ciudad y parroquia de Saint-Pierre-Port dibujado por James Duquim, geometra de los estados de Guernesey.
[3] Les travailleurs de la mer, Chefs d Oeuvres de Víctor Hugo, ed. Famot, Ginebra, Suiza, sin fecha, p. 12.
[4] Para revisar la correspondencia original que Victor Hugo envió a Juárez desde Hauteville-House en 1867 solicitando el indulto de Maximiliano, ver: Ralph Roeder, Juárez y su México (México: Fondo de Cultura Económica, 1972), Vol. II.
AQ / MCB