Tal parece que Virginia Woolf, entre 1926 y 1931, se la pasó dando pláticas tanto a jovencitas de colegios particulares como a asociaciones de exitosas mujeres profesionistas. No obstante, y pese a esas charlas, en 1927 publica Al faro, en 1928 Orlando, y en 1931, año en el que se plantó “ante una sala llena de mujeres”, creo yo profesionistas y no profesionales, porque de ser así implicaría que hay mujeres amateurs, y otras que han llegado a ser totalmente certificadas en dicho rubro social, para confesar que “para escribir había tenido que matar a alguien”. Esta conferencista estaba por publicar Las olas. Esa espléndida novela que al parecer Clarice Lispector leyó sin tener conciencia de ello, ya que siempre negó conocerla. Debo aclarar que mi admiración por Clarice Lispector me hace aceptar, sin cuestionar, todo lo que ella haya dicho. Y esto me hace entrar en materia.
En 1926 Virginia Woolf ofreció una charla a las alumnas de un colegio particular que tituló “¿Cómo debería leerse un libro?”. La charla la revisó y la recogió en 1932 en su libro El lector común. Esta es la versión que yo conozco, y que es muy cercana en el tiempo —en su proceso de revisión— a la charla que ofreció en 1931 donde aseguró que para escribir debía matar a alguien. He leído en dos ocasiones “¿Cómo debería leerse un libro?”, y me ha volado la cabeza. Es una verdadera fiesta que parece honrar a la más absoluta anarquía por aquello de que el primer consejo que le da a un lector es precisamente no aceptar consejo alguno. Sin embargo, la tormenta de la libertad va estableciendo su puntillosa metodología y nos confiesa que el ejercicio del lector es complejo. Gabriel Zaid, con ese tino que lo caracteriza, nos ha dicho que todo lector cuenta con un marco referencial a la hora de leer, y que este está conformado por todas las lecturas previas que ha realizado. Virginia Woolf afirma que, una vez que la espuma del placer ha rebasado los bordes del vaso (la imagen es mía, pero la Guinness es de ella) debemos comparar la obra leída con aquellas otras que consideremos ejemplares dentro del género. Esto es controlable. El caballo galopa, y el jinete tiene pleno dominio. La rienda establece una tensión donde el jinete dirige y el caballo obedece. Pero Virginia Woolf levanta el fuete y nos arenga, sin aconsejarnos, que para una más plena lectura debemos leer el texto bajo la experiencia de la escritura, que debemos asumirnos como lectores escritores, y ahí el caballo se desboca y la rienda sale sobrando, pero solo en apariencia.
El lector deberá refrendar su contrato con el autor y apelar a lo verosímil sobre lo verdadero. Un texto literario no es reflejo de la realidad social, es realidad en sí misma. Entonces debemos desplegar las velas y navegar, o como afirmaba Ortega y Gasset, un lector es un nadador que ha atravesado la alberca y cuando llega al final de la novela, saca la cabeza fuera del agua y da una gran bocanada de aire. Se trata entonces de dos realidades que corren a la par, que por momentos se reflejan, se agrandan y se achican, se deforman una con respecto a la otra. No son la misma, pero hay vasos comunicantes, puentes que podemos, pero no debemos, interpretar. Ya que toda interpretación, asegura Pascal Quignard —que es lector y escritor—, es locura. El texto es uno y la vida es otra, y el arte es necesario, nos dice Ferreira Gullar, porque la sola vida no basta. Virginia Woolf nos plantea un abandono que bien pudiera tratarse de un ritmo de lectura que dilata la imaginación del lector, y lo hace habitar un mundo que no es de este mundo, pero que mucho se le asemeja. Doris Lessing, años más tarde, aseguró que la novela nos permite vernos como los demás nos ven y no como creemos que nos vemos. Y así corre la flecha que es "¿Cómo debería leerse un libro?" Es decir, un venablo que enamora, nos aísla, nos coloca en situación de conflicto con respecto al mundo que es ajeno a la lectura. Porque si la realidad social es del todo convencional, la realidad que da la lectura es de una intimidad tal cuyos misterios, que nunca se revelan, nos acercan a esa inmediatez, traspasada por la epifanía, que es el milagro. Ver más allá a través de una memoria que no cesa de eclosionar, de situarnos en una historia que nos narra y revela. Palabras más, palabras menos, George Perec nos advierte que la literatura es memoria y selección. Por lo tanto, a pie juntillas, la realidad del lector es única e intransferible. Podemos compartir el entusiasmo por el libro leído, pero no el imaginario, la habitación propia que ha provocado en su lector.
Sigamos con la alberca, con el bañista que bien puede ser la bañista que se seca a la orilla de la piscina envuelta en una gran toalla. Elena Garro, en plena Guerra Civil Española, encontró a un joven inglés que se exponía a los rayos del sol sobre una toalla en las playas de Valencia. ¿Es usted inglés? Le dijo. No, soy español. Le respondió. Mi esposo, como es poeta, no gusta del deporte y no me acompaña a la playa. Yo también soy poeta, le dijo ruborizado Luis Cernuda. Esto está en las memorias de Elena Garro. No sé si esto sucedió así realmente, pero así lo narra la autora de Los recuerdos del porvenir. Virginia Woolf en La verdad en tanto cuerpo, de Helga Fernández —en inglés, Professions for Women, que vendría a ser, en traducción literal, Profesiones para mujeres—, hace una disección del proceso mismo de la escritura. Primero, se rodea de una holgura económica; después, compra un gato. Más ambiciosa, piensa en un automóvil, y se hace novelista. ¿Qué sucedió? Sucedió que dejó de reseñar la novela de un autor reconocido para escribir su propia novela. Es decir, imaginar su propia habitación. Con respecto a la holgura económica me recuerda a Marguerite Yourcenar, cuyo padre, reconociendo la vocación y destreza de su hija para con la literatura, le deja una herencia para que pueda entrar en trance a voluntad. No se trata estrictamente de matar a alguien, sino de borrar un estereotipo que no te permite imaginar, fluir por un discurso que se aparta a cada frase del habla y va fundando una verdad que solo puede surgir y expresarse por medio de un determinado lenguaje literario. En este caso el de la autora. Virginia Woolf defiende no solo su derecho a imaginar, sino a expresar aquello que imagina, y la imaginación no perdona. Eso lo dijo André Breton, pero lo evidenció Virginia Woolf a través de una tradición literaria que se había bebido y la impulsaba a edificar una habitación propia; es decir, un imaginario narrativo o, en su caso, poético. Daniel Defoe, Jane Austen y Thomas Hardy no están detrás ni enfrente de su obra; fluyen como un caudal que anega cuanto encuentra a su paso. Sin olvido no hay vida, afirma la poeta Juana Bignozzi; sin asesinato, no hay proceso creativo, asegura Virginia Woolf. Pero los fantasmas están ahí revoloteando sobre Goethe al momento que escribe Las penas del joven Werther y exhibe a su círculo de amigos. Ellos se vieron reflejados en Carlota, en Wilhelm y Alberto; pero Alberto, Wilhelm y Carlota no se confundieron con ellos pues un abismo los separaba. No eran personas, sino personajes creados por el lenguaje del genio de Goethe. Los fantasmas siempre están ahí. Pueden ser terribles, pesados, sosos, aburridos, castrantes. Te jalan de los cabellos, te hacen tropezar y te distraen. Sales del trance, pierdes la concentración. Pero estos círculos —no lo dijo Virginia Woolf— también pueden ser ángeles y demonios. Rilke, ante el consejo de Lou Andreas-Salomé de someterse a una terapia psicoanalítica, en el último momento desistió argumentando que tenía miedo de que al verse liberado de sus demonios también se viera despojado de sus ángeles. Los fantasmas, me temo, son una extensa familia que el escritor, en cada texto, debe poner en su estricto lugar. Ya lo dijo Antonio Porchia: “Quien no llena su mundo de fantasmas, se queda solo”. Virginia Woolf, que tanto admiraba el Rey Lear, terminó decantándose por la Ofelia de Hamlet. “Señor, sabemos lo que somos, pero no sabemos lo que podemos llegar a ser”, dice Ofelia en un momento determinado de la obra.
En esta encrucijada el trance creativo exige un tiempo de destilación y reposo. El escritor, la escritora que es Virginia Woolf no quiere ser distraída ni alterada, no quiere salir de su trance creativo, de su habitación propia. Esta habitación no es física, sino mental, no es corporal, sino imaginaria; en todo caso, un fenómeno del lenguaje. Y ahí, en ese reducto de la inteligencia creativa puede pensar, imaginar, divagar, juzgar, condenar, perdonar, afirmar, negar, asentir, disentir y un largo, pero finito, etcétera. En esta inofensiva profesión que es la literatura, que abarca tanto la escritura como la lectura, ha encontrado una habitación propia que no depende de un statu quo, de un condicionamiento social, sino de un trance, de una onda que fluye sobre un tiempo detenido que es la estabilidad que anhela que la rodee. La escritora y la lectora no quieren que ningún accidente, por mínimo que sea, las distraiga, las interrumpa y arrebate del trance creativo que ella —Virginia Woolf— ha definido como una habitación propia, y que en el caso de esta profesionista de la literatura es su escritura, su derecho a pensar e imaginar, y a verse continuamente sorprendida por esa libertad que ha conquistado.
Virginia Woolf termina lanzando una serie de preguntas que pasan como discos y jabalinas, balas y martillos que golpean sobre el césped del campo deportivo. Han conquistado una libertad gracias al sueldo que ganan, a su independencia económica —les dice—, pero esto, que es todo un triunfo, es apenas el comienzo. Hay que construir la habitación, decorarla, decidir con quién se va a compartir y en qué términos. Están en posibilidad de decidir, a un paso de poder definir un mundo todo; pero afuera, hay otro mundo que no obedece a sus deseos y preocupaciones. La tarea apenas y comienza, concluye. Y a ella mucho le gustaría platicar y discutir al respecto con su audiencia, pero, desgraciadamente, su tiempo se ha terminado en el preciso instante —¡oh paradoja!— en que su texto se ha acabado. La persona abandona el salón, pero el personaje que ha creado, con su gato persa y su automóvil que ha conseguido con sus regalías, nos sigue acompañando. A ellas, que no se moverán más del salón, y a nosotros, que hemos terminado la lectura. La habitación se puebla, oh misterio, de fantasmas que alguna escritora o escritor tendrá que venir y matar.
Referencias:
Virginia Woolf, ¿Cómo debería leerse un libro? / Traducción Camila Ramírez Cuervo, ilustraciones Ji Hyun Yu. Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2025.
Virginia Woolf, La verdad en tanto cuerpo (Professions for Women) / Traducción Hela Fernández. Buenos Aires: En el margen, 2026.
AQ / MCB