¿Es posible hermanar la luminosidad de la poesía con la oscuridad del horror? El estadunidense Nathan Ballingrud (1970) ofrece una respuesta afirmativa al forjar un estilo único que está por encima de muchos practicantes de la llamada weird fiction o ficción extraña. Los nueve cuentos que conforman North American Lake Monsters (2013), su ópera prima traducida al lenguaje audiovisual en la fantástica teleserie antológica Monsterland (2020), opacada por la pandemia del covid-19, son otras tantas joyas del género breve que deslumbran por su eficacia y originalidad.
Luego de lanzar The Strange (2023), su debut novelístico asentado en el terreno de una ciencia ficción con toques de terror y western, Ballingrud ha acometido un proyecto excepcional compuesto por tres nouvelles que se titula Lunar Gothic Trilogy. En Crypt of the Moon Spider (2024) y Cathedral of the Drowned (2025), las dos primeras estaciones de dicho proyecto, el autor se plantea redefinir la weird fiction desde una fractura temporal: un punto donde el futuro se recuerda como si ya hubiera ocurrido y el pasado se vive con la ansiedad de lo que aún no termina de suceder. Ambientadas en 1923 y 1924, estas novelas cortas despliegan una anacronía futurista que no es mero artificio estético sino una estrategia melancólica: en Ballingrud el mañana llega demasiado pronto y demasiado tarde.
Hay algo profundamente elegiaco en esta fusión tan enloquecida como eficaz de ciencia ficción, horror cósmico y pulp mafioso que remite desde un enfoque distinto a los alcances de la portentosa tetralogía Southern Reach (2014-2024) de Jeff VanderMeer. No se trata únicamente de la luna como escenario o amenaza sino de la luna como mausoleo: un cuerpo celeste que guarda los restos de una modernidad fallida, de una violencia que aprendió a vestirse con trajes a rayas y a hablar en voz baja mientras firmaba sentencias de muerte entre vapores etílicos. En Crypt of the Moon Spider, la luna es manicomio y telaraña: un espacio donde el progreso se ha vuelto viscoso, donde la tecnología no libera sino que atrapa, y donde los avances científicos invocan una deidad primigenia, indiferente a la suerte humana.
Ballingrud escribe como quien excava. Sus frases avanzan con la paciencia de un arqueólogo que sabe que cada capa es también una tumba llena de alimañas y despojos. Heredero evidente de H. P. Lovecraft, el horror cósmico no se presenta aquí como epifanía monstruosa sino como un murmullo persistente: la certeza de que el universo no nos necesita y, peor aún, apenas nos registra. (Una certeza en la que reverbera de manera curiosa el postulado de Stanisław Lem en Solaris [1961]: “No tenemos necesidad de otros mundos. Lo que necesitamos son espejos. Un solo mundo, nuestro mundo, nos basta, pero no nos gusta como es”). Frente a esa vastedad impersonal, el crimen organizado adquiere una dimensión casi doméstica. Con sus códigos de lealtad y traición, los gángsters encabezados por la implacable Goodnight Maggie, uno de los mejores personajes femeninos de la narrativa reciente, parecen aferrarse a una ética mínima, desesperada, como si el hampa fuera el último refugio de una humanidad en retirada.
En Cathedral of the Drowned la elegía se intensifica. Si el primer volumen se mueve entre pasadizos y conspiraciones, el segundo se alza literalmente como una catedral sumergida: un templo dedicado a la pérdida en Io, una de las lunas de Júpiter, y sometido al férreo dominio kafkiano del Obispo, un ciempiés gigantesco. El agua, omnipresente, funciona como metáfora de la memoria y el olvido. Todo se hunde, todo se conserva de forma distorsionada. La violencia, que revienta en explosiones de gore extremo, ya no es solo física o criminal: es histórica. Ballingrud sugiere que desde su amanecer el siglo veinte estaba condenado a repetirse como pesadilla tecnológica.
La elección de los años en que se ubica la trama —1923, 1924 y próximamente 1925 en Kingdom of the Conqueror Worm (2026), el cierre de la saga— no es casual. Son fechas previas al gran colapso, al estallido definitivo de la modernidad. Al situar un futuro imposible en ese pasado reconocible, Ballingrud obliga a leer la trilogía como un réquiem anticipado. No lamentamos lo que se perdió sino lo que nunca tuvo oportunidad de existir de otro modo.
Así, la Lunar Gothic Trilogy se revela como una meditación sobre la ruina: la ruina de los cuerpos, de los sueños, de las utopías. Nathan Ballingrud no escribe para asustar y estremecer —aunque lo logra— sino para recordarnos que toda imaginación del futuro es en el fondo un ejercicio de duelo. Y que la luna o más bien las lunas, observadoras eternas, seguirán firmes como faros cuando ya no quede nadie para alumbrar la historia de las tinieblas que acabaron por conquistarlo todo.
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Propuestas como la del también estadunidense Michael Wehunt son las que muestran, con inteligencia y admirable músculo literario, por qué el horror continúa siendo un género digno de ser explorado pese a que se le ha intentado abaratar desde diversos flancos. Autodefinido como un ser semi-ermitaño que vive entre los árboles de Atlanta, este autor se consolida como uno de los herederos más sólidos del genio británico Robert Aickman (1914-1981) gracias a una voz que resuena con elegancia y potencia inusitadas en el paisaje de la weird fiction contemporánea.
En The October Film Haunt (2025), su fascinante primera novela, Wehunt despliega una poética del sobresalto que confirma lo que ya se insinuaba —o más bien se fermentaba como un musgo inquieto— en sus magistrales colecciones de cuentos Greener Pastures (2016) y The Inconsolables (2023), libro este último que en su momento elegí como el mejor del año. Hay en su escritura una pulsión por desmantelar la frontera entre la percepción y lo espectral, como si cada frase se formara en el instante preciso en que una sombra decide volverse consciente de sí misma. Wehunt escribe desde los bosques de Georgia pero también desde ese umbral movedizo donde el horror se transmuta en intimidad, donde el miedo es apenas la superficie visible de una emoción más profunda: la intuición de que habitamos un mundo desgarrado por hendiduras intangibles.
En The October Film Haunt, el dispositivo cinematográfico del género found footage funciona como espejo y como laceración. Atrapadas en la espesura otoñal a la que alude el título del libro, las imágenes cada vez más siniestras no solo documentan una presencia —The Pine Arch Creature, una posible tulpa— sino que la convocan, la vuelven inevitable. Esta estética de la invocación ya latía en Greener Pastures, donde la naturaleza se yergue como un organismo con memoria propia y donde se incluye el germen de la novela (“October Film Haunt: Under the House”), y se afianzaba en The Inconsolables, volumen atravesado por la idea de que nuestras pérdidas ejercen una voluntad más poderosa que la nuestra.
Wehunt parece escribir bajo un pacto secreto con sus criaturas: revelar solo aquello que late entre líneas, aquello que tiembla en el borde de lo no dicho. Así, su obra cargada de un lirismo crepuscular compone un territorio donde el horror no busca estremecer sino acompañar como un eco que se instala en el oído del lector, recordándole que la realidad al igual que el otoño siempre está a punto de desprender otra capa para permitirle vislumbrar la oscuridad que se agazapa insidiosamente al fondo de todas las cosas. En el segundo semestre de 2026 el autor publicará su segunda novela, Nightjars, donde esa oscuridad reforzará su potestad a través de un hombre que en los montes Apalaches del norte de Georgia se interna en el pantano de la memoria reprimida para explicar(se) una cadena de asesinatos en serie que le atañe como parte intrínseca de su ADN. No hay que darle demasiadas vueltas: Michael Wehunt es uno de los talentos mayores en la esfera de los cazadores de escalofríos.
AQ / MCB