Zona Maco: la escalera del deslumbramiento

Arte

Resulta indispensable contemplar en un solo espacio, como hace Zona Maco, que este año se realizó entre el 4 y 8 de febrero, la extraordinaria energía que contiene cada una de las obras en exhibición.

Multitudes asistieron a Zona Maco 2026. (Crédito: Zona Maco)
Sergio Briceño
Ciudad de México /

Los anillos de vidrio borosilicado de Sofía Díaz o los candados unidos en una curva de Rafael Lozano-Hemmer, lo mismo que el busto griego de mármol con tatuajes de Apichaya Wannakit o los ladrillos extruidos que forman el lenguaje de Héctor Zamora, en contraste con los tonos psicotrópicos de Brenda Cabrera o el monumental lápiz de color sobre lino de Ángeles Agrela representando una pareja de adolescentes, y ese olor a perfumes costosos de mujeres ascéticas circulando por los pasillos del Centro Banamex, deteniéndose en las galerías Labor, Arte Mexicano o Enrique Guerrero, forman el espíritu de Zona Maco 2026, donde destaca el Androide II de Adolfo Riestra que recuerda las esculturas en barro de los sacerdotes de Xipe Totec.

Algo parecido ocurre en Casa Sirio, en Mark Hachem o en la Pablo Goebel, donde un guardia impide aproximarse demasiado a un Frida Kahlo y en donde lucen un deslumbrante De Szyszlo, un Gerszo y un Roberto Matta, permitiendo esas mezclas entre el arte consagrado y el arte emergente, eje de Zona Maco desde que arrancó en 2002 de la mano de Zélika García, pero también dejando espacio a propuestas innovadoras de diseño, como Euclid, Nura, Harmos, Nono o los guardarropas de Carla Fernández y la bisutería extrema, con reminiscencia prehispánica, de Morena Corazón, que no desmerecen ante los plátanos negros de Cartú y los diseños ya conocidos de Heard o Felina, junto a las sedas volátiles de Orfeo Quagliata.

En este espacio hay cabida también, desde el año 2014, para anticuarios que ofrecen desde un cuaderno de grabados sobre el pulque, hasta un Alfonso Michel, con todo y certificado de autenticidad, en cerca de 2.5 millones de pesos, pero también, en rincones apartados de la vía central, pequeñas galerías como Palo, de Nueva York, que maneja a Raúl de Lara, un estupendo mexicano poco conocido en México y cuya obra, que linda en lo decorativo pero que cautiva por su esplendor y rizoma, es un homenaje al nopal y a todo lo que lleve espinas, y que, al igual que Melanie Smith, intenta transmitir la sensación renovada de ese reino presente pero ya ido que es el pasado puramente mesoamericano, antes de la llegada europea, como los morados de Smith que representa La Caja Negra, y donde vemos desde bultos sagrados mexicas hasta códices enrollados, ocultando paisaje imposibles de una antigüedad que por el solo color se vuelve actual.

Raúl de Lara, ‘19 Años Después’. (Foto: Sergio Briceño)

También, en plena discreción, el diminuto booth que ocupó la galería inglesa Gathering con un physical writing del mexicano Stephan Brüggemann o los carbones alucinantes de Manuel de Carvalho, a un costado de dos bronces de Geles Cabrera que forman parte de la oferta de la galería OMR, y claro, piezas impresionantes por su pureza pictórica, como los dos óleos de gran formato de Ariel Cabrera, que maneja la galería Duque Arango, en un mundo del arte donde cierta isla llamada Acapulco 62, que ya cambió de domicilio a uno más amplio (ahora está a un costado del Museo del Eco, sobre Sullivan), exhibe una de las piezas monumentales en madera de la serie de Tláloc dramáticamente resuelta por las gubias de Germán Venegas, y con ese sello caliginoso que le da un aspecto macabro pero votivo a la vez.

Una exuberante muestra de lo que se está haciendo en estos momentos en el mundo en materia de arte y que por su extraordinaria longitud es imposible no vagar, hipnotizado por las maravillas visuales, hasta acabar perdiéndose, con todo y que voy de la mano de la escritora y diseñadora Victoria García Jolly, quien se concentra en sus piezas y autores predilectos, mientras yo converso, por ejemplo, con la encargada de la galería Latinou, para confirmar que el autor de un homenaje a la ceiba, árbol sagrado de los mayas, es Chavis Mármol, en el mismo espacio donde se observan dos aros del juego de pelota, firmados por Andrea Sotelo, y que representan dos serpientes enroscadas.

De pronto, mientras se absorbe uno en la contemplación, suena la alarma sísmica y todos salimos a un patio interior, para un par de minutos más tarde regresar a la maravilla de Dancassab, la diseñadora peletera, descendiente de Vicky Guindi, quien participó en la confección de la chamarra de Elvis Presley, de la cual hoy ofrece réplicas en todas las tallas. Más allá un ejemplar único del fanzine que Lou Reed hizo, con historias y anécdotas sobre la banda The Velvet Underground y con fotografías donde aparece con Nico, lo mismo que un comic que relata la transformación queer de un cantante de rock.

Una de las piezas más destacadas del conjunto artístico exhibido en Zona Maco fue sin duda Vista de la Ciudad de México 1953-1960, de Mathias Goeritz, en poder de la galería La Caja Negra. Se trata de un dibujo a mano alzada cuyo extremo izquierdo muestra al Templo Mayor de Tenochitlan y enseguida, en una transición entre la alfarda mexica y el arco romano, se desenvuelve en lo que parece la antigua catedral metropolitana, construida por Martín de Sepúlveda, para enseguida resolverse en la catedral que la sustituyó: la de Claudio de Arciniega, y en un primer plano el Ángel (o Victoria alada) de la Independencia; el cuadro continúa con la reproducción de una humilde casa en las goteras de la Ciudad de México, que a su vez conecta con el monumento a la Revolución, cuyo extremo superior derecho colinda con la primera línea del Palacio de Bellas Artes, que a su vez aterriza en un conjunto de edificios, incluyendo el de Pemex, y luego a través de un par de líneas rectas se decanta en dos rascacielos que simulan las Torres de Satélite, conectados enseguida con los multifamiliares de Tlatelolco y, mediante un paraboloide, con una torre de alta tensión y una serie de tolvas y chimeneas que parecieran reproducir la refinería de Tula o la zona industrial de Vallejo.

Mathias Goeritz, ‘Vista de la Ciudad de México 1953-1960’. (Foto: Sergio Briceño)

La obra es una síntesis evolutiva de la arquitectura de la metrópolis, pero a la vez una reflexión en sordina sobre el agrupamiento caótico de edificios, una especie de colapso controlado en el que Goeritz logró contener cinco siglos de historia urbana capitalina. Por joyas como esta, y por todo el conjunto de piezas artísticas de profunda simbiosis con el carácter de lo moderno, es que resulta indispensable contemplar en un solo espacio, como hace Zona Maco, la extraordinaria energía que contiene cada una de las obras en exhibición, incluso si perderse en ese laberinto nos conduce, precisamente, a reencontrarnos.

AQ / MCB

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