Los críos del Cabaret Voltaire

El 5 de febrero de 1916, Hugo Ball fundó en Zúrich, el legendario Cabaret Voltaire, epicentro del dadaísmo; este ensayo repasa la génesis del mítico foro en el que el arte figuraba como experiencia colectiva.

El 1916 Hugo Ball fundó el legendario Cabaret Voltaire en Zúrich.
David Olguín
Ciudad de México /

Gracias al diario de Hugo Ball, el fundador, sabemos del estreno del legendario Cabaret Voltaire. En La huida del tiempo, con fecha 5 de febrero de 1916, Ball nos cuenta que el café, ubicado en el número 1 de la Spiegelgasse en la ciudad de Zürich, estuvo repleto esa noche y que todavía a las seis de la tarde, previo a la inauguración, cuando seguían martillando con esmero y colgando carteles futuristas, se presentaron “cuatro hombrecitos [...] haciendo reverencias discretas”. Eran nada menos que el poeta Tristan Tzara, los hermanos Marcel y Georges Janco —artistas plásticos que de inmediato colgaron collages de “arcángeles”— y un cuarto hombrecito rumano cuyo nombre Ball no recuerda. Se entendieron “sin muchas palabras” con Hans Arp, pintor y poeta que también acompañó a Hülsenbeck, Ball y a su esposa, Emmy Hennings, en la aventura de abrir el cabaret dadaísta.

Esa misma noche, Tzara leyó poemas “a la manera antigua”, Emmy cantó como en el Symplisimus de Berlín “con los brazos alzados en círculo sobre las caderas, plena como un arbusto en flor”, Ball acompañó en el piano la recitación de poemas fonéticos, y se bebió y se bailó y se insultó a la hipócrita cultura que permitía la masacre en nombre de principios morales elevados. Desde entonces y hasta julio de 1916, aproximadamente, los espectáculos dadaístas fueron preámbulo de discusiones y gritos cuyos ecos aún resuenan en nuestros días: “¡Guerra a la guerra! ¡Todos a la hoguerra!” “¡Que cada quien baile al son de su muy particular bumbum!” Y coros exultantes entonados al unísono con variaciones caprichosas: “¡Bum! ¡Bum! ¡Da–da! ¡Da–da! ¡Da–da–da–da!” Y a inventar lenguas porque el dadaísta aspiraba a renombrar un mundo destrozado: “Gadji beri bimba/ glandridi lauli lonna cadori/ gadjama bim beri glassala...”, siguiendo la sonoridad que proponía Ball desde su poema “Karawane”: “Tumba ba–unf”. Tum tum del corazón... y a la par de impulsos vitalistas que ansiaban un ser auténtico, el contrapunto en el gesto cínico de los seguidores del tío Tristan: “¡Yo solo vine a quemar libros!” Y a partir de aquellos días, abundarían frases como ésta en el siglo XX: “¡El arte nos salva del aburrimiento!” Desde los lemas pre y post–debordianos —“El aburrimiento es contrarrevolucionario”— hasta aquel que anuncia el tiempo de las bombas —“En una sociedad que ha aniquilado la aventura, la única aventura es aniquilar la sociedad”—. Finalmente, algo de Dadá y sus indómitos sonaría en el decir de Patti Smith: “Out of society, that’s where I want to be. Outside of society, they are waiting for me”.

Según Arp, tres días después de la inauguración del Voltaire, el 8 de febrero a las seis de la tarde, Tzara nombró la palabra “dadá” para bautizar lo que sería toda una revolución artística. Aunque Arp dijera que “solo los imbéciles pueden interesarse por los datos” y que ellos ya eran dadaístas antes del dadaísmo, atribuye a Tzara el nombre fundacional. El propio poeta rumano da cuenta de la ocurrencia que nació al buscar en el diccionario la palabra más inútil: “Dadá no significa nada. [...] Por los periódicos sabemos que los negros kru llaman dadá al rabo de la vaca sagrada. El cubo y la madre en cierta comarca de Italia reciben el nombre de dadá. Un caballo de madera en francés, la nodriza, la doble afirmación en ruso y en rumano: dadá”.

Máquina, razón y modernidad, a la luz de los dadaístas que desde el escenario invocaban la fuerza ingenua y salvaje de la infancia, aparecían como devastación y miseria moral. A pesar de insistir en el sinsentido de su propósito, a estas alturas es claro que Ball abrió las puertas de su pequeño teatro para resistir las hazañas de los caníbales de la Primera Gran Guerra. Creyó con inocencia que el arte era capaz de destrozar la maquinaria militar: “Nuestra locura voluntaria”, escribió el 14 de abril, “nuestro entusiasmo para la ilusión la destrozará”.

Rodeada de catástrofe, Suiza permanece neutral en 1916. Es una isla rodeada de muerte y destrucción. Y en medio de esa calma de encantamiento propia de relojeros, de ciudadanos que viven con miedo en una grisura donde la mayor virtud es no hacerse notar para sobrevivir, un grupo de artistas disidentes del nacionalismo alemán invoca a rumanos, rusos, franceses y hasta a un japonés y un turco, en un escenario donde se instala un tiempo sin tiempo para gritar: ¡juego, azar, infancia, primitivismo, volved con nosotros!

No en vano, años después de la aventura, Hugo Ball publicará sus memorias bajo el elocuente título de La huida del tiempo. La Historia tritura; el Arte logra que lo inútil tenga sentido. El Cabaret Voltaire nos recuerda las islas fantasma que aparecen y desaparecen en pleno horizonte totalitario: focos de resistencia, comunidades luciérnaga, utopías preservadas en la memoria que, como los jóvenes amurallados en el Decamerón de Bocaccio, se cuentan cuentos para resistir a la peste.

El desprecio al canon del arte clásico y a las miserias de la vida cotidiana dio origen a la gran frase del dadaísmo: “el arte es un producto farmacéutico para imbéciles”. Desde otra postura ideológica, Brecht también hablará de los grandes clásicos cuyos libros también murieron en las trincheras con los obuses y el gas pimienta. George Grosz, del círculo de Berlín que en 1918 firmó el Manifiesto Dadaísta con Tzara, pintaría a los pilares de la sociedad —burgueses, curas, militares, políticos— como los responsables de la catástrofe. En Alemania, un cuadro de invierno, el arte clásico solo es útil para adoctrinar: el profesor, vara en mano y Goethe en la diestra, se dispone a escarmentar a un estudiante inconforme.

Hartos de todo y plenos de entusiasmo —posesión divina—, los oficiantes del Voltaire —sacrílegos como el ilustrado que los cobija— solo saben dudar. Francis Picabia, del círculo de Harlem que viera llegar al estrellato a Marcel Duchamp en Nueva York, lo expresa con claridad: “Dadá no huele a nada; porque/ no significa nada, nada, nada, nada,/ dadá es como vuestras esperanzas:/ nada,/ como vuestro paraíso: nada,/ como vuestros ídolos: nada,/ como vuestros líderes políticos:/ nada,/ como vuestros héroes: nada,/ como vuestros artistas: nada,/ como vuestras religiones:/ nada”.

Ese nihilismo le da el tiro de gracia a Dadá pero su acta de defunción, al ser escrita con i de irrestricta defensa del individualismo, encuentra un camino fecundo hacia el futuro en la sociedad de masas del capitalismo occidental. Las ideas de Max Stirner en El único y su propiedad fascinan a Picabia y a Duchamp quienes van a pregonar, a partir de un fuerte principio del yo creador, el rechazo total de las convenciones establecidas en el arte. Es el comienzo de una larga historia anarcoindividualista: la libertad extrema como forma de resistencia a toda autoridad. Hans Arp dice que las soirées dadaístas del Voltaire terminaban con un poderoso recitado: “No más pintores, no más literatos, no más músicos, no más escultores, no más religiones, republicanos, monárquicos, imperialistas, anarquistas, socialistas, bolcheviques, políticos, proletarios, demócratas, burgueses, aristócratas, policía, patrias. En fin, basta de todas estas imbecilidades. No más nada, nada, nada”.

Richard Hülsenbeck, por su parte, cuenta que Tzara era un bárbaro dispuesto a acuchillar y quemar los valores artísticos más elevados, la esencia de Occidente. Carlos Granés afirma en El puño invisible que Tzara enseñó a los dadaístas “que Goethe, Schiller y la belleza tenían sabor a cadáver... Le importaba poco acabar con la cultura, aun sabiendo que entre sus ruinas no resurgiría nada”.

En este sentido, si Ball representa la conexión con lo sagrado y la memoria en el Voltaire; Tzara, la faceta destructiva, pero el legendario Cabaret aún encierra más sorpresas. Se sabe que Lenin —quien en 1916 vivía en el número 14 de la Spiegelgasse, domicilio donde escribió El imperialismo, fase superior del capitalismo— visitó el Voltaire. Carlos Granés ha estudiado de manera excepcional cómo en ese espacio de libertad se dieron cita dos revoluciones: una del arte y otra social y rectilínea. Una vez más, Hugo Ball es una fuente imprescindible para entender aquella trama. El 7 de junio de 1917, escribe en su diario: “Y mientras inaugurábamos la galería de la Bahnhofstrasse, los rusos viajaron a Petersburgo para poner en pie la revolución. ¿No será el dadaísmo, como símbolo y como gesto, la contra del bolchevismo? ¿No opone la cara quijotesca, inoportuna, inaprensible del mundo a la destrucción y al cálculo total?”

La larga cuenta de la historia nos ha permitido ver las consecuencias: el socialismo transformado en totalitarismo y, finalmente, su casi total desmoronamiento en nuestros días; los seguidores de Tzara y de tantos otros ismos con un gran triunfo: revolucionaron vidas y mentes, pero también, una gran derrota, pues su rebeldía se volvió banal en las sociedades del espectáculo donde la experiencia no importa, el pasado es nada, y solo se existe bajo los reflectores: “Al convertirse en industria del entretenimiento y del ocio”, escribe Granés, “la actitud rebelde fue domada por completo. [...] Los elementos cínicos y escépticos de la vanguardia —el humor, la irreverencia, la rebeldía, la zafiedad, la furia, la burla, la violencia— se adaptaron sin dificultad al formato televisivo”.

Comentando ideas de Giorgio Agamben, Didi–Huberman dice que ser contemporáneo “es oscurecer el espectáculo del siglo presente con el fin de percibir, en esa oscuridad misma, la luz que trata de alcanzarnos y no puede”. Solo así se entiende que “entre lo arcaico y lo moderno hay una cita secreta”. Octavio Paz en La hija de Rapaccini lo sintetiza así: “todo es hoy, todo está aquí, presente. Lo que pasó, está pasando todavía”.

Tras la tormenta de las soirées en la que se invocaron los dioses de la alegría, Ball terminaría por cerrar el Voltaire poco después del 23 de junio de 1916, fecha en la que habla de su último espectáculo. Ball, comparado con Tzara, es un conservador y ya desde febrero, es decir desde el comienzo de la aventura, escribe en su diario que la locura colectiva amenaza con sacar de quicio al pequeño cabaret pues “un frenesí indefinible se ha apoderado de todos”.

En su última intervención escénica de la que tenemos noticia, Ball oficia con una especie de disfraz cubista a manera de obispo, y una máscara que aspiraba a invocar los dioses del pasado pues cree que a través de las máscaras se expresa “el horror de esta época”. Habla de la tradición: máscaras japonesas; recordemos que en el Noh las máscaras son el puente para oír a los muertos. Recita el Gladji beri bimba —un poema al que Talking Heads le haría un homenaje en su disco Fear of Music— y se da cuenta que su voz adopta “la vieja cadencia del lamento sacerdotal, aquel estilo de la misa cantada que gime en las iglesias católicas de oriente y occidente... Entonces se apagó, como yo había indicado, la luz eléctrica, y me bajaron de la tarima al escotillón cubierto de sudor como un obispo mágico”.

Ball no es Tzara y, por tanto, la reconciliación con el pasado, la infancia y lo sagrado, carecerá de futuro en el siglo que se estaba abriendo. Tras cerrar el Cabaret Voltaire, Ball terminará recluido en la modestia y en una conversión religiosa. Esa opción ofrece poco ante el escándalo, la virtud más valiosa de surrealistas, letristas, situacionistas y de tantos otros movimientos que lograron una verdadera y auténtica revolución imaginativa en buena parte del siglo XX. Pero Benjamin enseña cómo el capitalismo absorbe el escándalo y se lo apropia. “La libertad absoluta”, escribe Granés, “no ha singularizado a los artistas; los ha convertido en clones, en libérrimos ejecutores de las hazañas cotidianas. [...] Solo el talento pulido singulariza. Cien años de happenings, cincuenta de body art, cuarenta de instalaciones lo demuestran. Mientras más libres y espontáneos, más iguales; mientras más transgresores y rebeldes, más conformes a la norma”.

La modestia y el cultivo de la intimidad empieza a ser una alta virtud frente a la estupidez que priva bajo el intenso wattaje de los reflectores, un mundo que algo carga de herencia dadaísta y que, de tan extravagante, es uniforme y banal. Malcolm Mclaren, el promotor de los Sex Pistols, dio la clave para el éxito en estos días de dictadura mercantil: “Compórtate como un crío. Sé irresponsable. No tengas respeto por nada. Sé todo lo que esta sociedad odia”. All you need is dynamite.

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