• Mi cava de libros. Un placer culposo que se me fue de las manos

El cronista argentino Federico Bianchini descubrió que almacenaba una cantidad exorbitante de libros. Pese a que ya no hay espacio, no dejará de comprar. Al fin que los libros no se ponen agrios.

Buenos Aires, Argentina /

DOMINGA.– Hace unas semanas, nos encontramos con amigos en una quinta con la excusa de un asado. Mientras algunos se refrescaban en la pileta y otros pateaban al arco, unos pocos esperábamos que la carne se terminara de cocinar, comíamos quesos, aceitunas, hablábamos de nimiedades. Uno descorchó un vino y nos preguntó si queríamos probarlo. Los tres que estábamos sentados negamos con la cabeza.

–Tengo que manejar –dijo el de la cabecera.
–Quizás en un rato –dije yo.
–Les va a gustar –insistió.
–Estoy con cerveza –respondió el tercero.
–No sé si entienden lo que es esto –siguió él, como hablándole a la nada–. Este vino tiene diez años de añejamiento. Es de una de las bodegas…
Hay quienes coleccionan vino, otros prefieren los libros | Especial

La vehemencia con la que hablaba, sus ganas de compartir, hicieron que los tres acercáramos las copas para que nos sirviera. No fue un gesto etílico sino social: intentábamos diluir su soledad. El vino era muy rico.

–Tengo una cava en casa. Tengo cerca de 400 vinos.

–¿400? –preguntó el que iba a manejar–. ¿No son muchísimos?

Yo iba a hacer un chiste sobre eso pero me detuve, no dije nada porque me puse a pensar en los libros: en la cantidad de libros de mi biblioteca.

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Los piojos de libros

Mi primer trabajo fue como librero en una de las librerías más grandes de Buenos Aires. Un momento bisagra en el que entendí que cruzar el trabajo con el placer puede ser peligroso. Hacer algo porque te pagan por ello (distinto a hacer algo y que te paguen por ello) implica una sensación de obligación que puede arruinar el disfrute.

Los días previos a aceptar el puesto pensaba en las ventajas: hablar sobre libros durante horas, aprender sobre autores y editoriales, llevarme ejemplares a mi casa para leer (con extremo cuidado). No me detuve en que debía trabajar siete horas de lunes a jueves, ocho los viernes y nueve los sábados. No pensé que, después de una jornada agotadora por lo aburrido, no tendría ganas de leer una sola línea.

No había tanto para hacer: recibir los paquetes nuevos, clasificarlos según editorial, ordenarlos en los estantes o llevarlos al depósito, encargarse de las ventas.

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En ocho horas, circula poca gente por una librería. Hay personas que entran como quien va a una tienda de electrodomésticos con un objetivo puntual: comprar un determinado objeto. Gente que se acerca al librero, le pregunta si tiene tal libro, espera la búsqueda, lo lleva a la caja, lo paga, lo mete en una bolsa y se va.

Hay otras personas que deciden pasar tiempo allí: estas últimas por lo general tienen ganas de hablar. A veces, en el transcurso de una charla que empezaba en una consulta y podía terminar en cualquier otro lado, surgía un título fuera de catálogo o muy viejo, y había que bajar al depósito.

Hasta ese momento, nunca había oído hablar de los psócidos. Pequeños insectos sin alas que comen moho y pequeños hongos: “piojos de los libros”. Decían mis compañeros: “no pican, no hacen nada”. Y sin embargo, cada vez que descendía por esa escalera, que buscaba entre esos ejemplares de años y años, empezaba a sentir el escozor. “No pican”, repetían. Pero cuando les mostraba mis brazos rojos, ponían cara de sorpresa. No supe si era alergia, si había otro insecto (¿chinches?, ¿pulgas?) o qué era lo que sucedía allí abajo, pero debido a mis quejas me exceptuaron del descenso.


“No queda bien que uno entre a una librería y haya un vendedor leyendo”, nos decían. Sólo podía leer el que estaba en la puerta, atento a ver si alguien se robaba un libro. En general, la vigilancia era más bien discreta. Uno de mis compañeros, supongo que aburrido como el resto, tomaba ese lugar con ánimo de gladiador y cuando veía a alguien que escondía un libro, gritaba como si el Diablo lo hubiera poseído. En una oportunidad, contaba, había perseguido a un señor durante cuatro cuadras. No sé si sería cierto o quería mostrar que, a diferencia del resto que tomábamos ese sitio como espacio de lectura, él se concentraba en el trabajo. Tratábamos de tranquilizarlo. Le explicábamos que no le pagaban como guardia de seguridad: sólo estaba ahí durante un rato para desalentar los hurtos pero no parecía hacernos caso.

Y la luz. A pesar de que en una librería la buena iluminación parece ser un punto positivo, después de horas y horas de ver focos reflejados en los mostradores uno empieza a sufrirse alumbrado.

Un punto, no menor, era que me pagaban muy poco. En esa época, en Argentina, regía una ley por la cual los primeros tres meses en un trabajo eran “de prueba”. El sueldo, menos de la mitad del correspondiente, aumentaba después de los noventa días: no los alcancé. Renuncié un par de semanas antes. Sin embargo, no dejé de ser librero. De curiosear en los lanzamientos, de revisar quién hizo la traducción, de tener motivos a la hora de elegir uno u otro libro.

Aceptó el trabajo pensando que hablaría sobre libros, autores y editoriales durante horas | Especial

De ser librero ajeno, me convertí en librero de mí mismo. La consecuencia la comprobé hace unos meses, casi 25 años después de esa renuncia, al mudarme. La cantidad de libros acumulados es exorbitante. Ahora, tengo libros en las bibliotecas (dos líneas por estante), libros abarrotando una mesa de escritorio, libros en el piso y la mesa de luz. Son libros que me interesan, libros que podría leer, libros que disfruto cuando me siento y me concentro pero son demasiados.

Hace meses pienso en desprenderme de ellos con varias excusas. La altruista: donar. La económica: vender. La de espacio: tirar. La primera es la más simple ya que conlleva un acto de bien. Las otras dos implican un problema logístico (y un precio irrisorio) o la pregunta: ¿Pero cómo vas a tirar un libro?

La disponibilidad de los libros

Unos días atrás, una periodista argentina publicó una nota diciendo que, durante décadas, los libros habían funcionado como símbolo de identidad, promesa de ascenso social. Pero ahora, que la forma de leer cambió, que a casi nadie parece importarle la escritura y la lectura, esas enormes bibliotecas aparecían como un problema. “¿Dónde van a ir a parar cuando pasan a manos de hijos que no los quieren, no los leen o no tienen dónde guardarlos?”, se preguntaba.

El hombre se convirtió en librero de sí mismo | Especial

La periodista posteó la nota en Facebook. Escribió: “La pregunta ya no es abstracta ni intelectual. Es concreta: ¿qué vamos a hacer con estas toneladas de libros?”. Los mensajes de respuesta empezaron a repetirse: “Si tus hijos no quieren tus libros, yo me ofrezco”, “¡A mí todos los libros del mundo!”, “Qué nunca dejen de llegar a mi humilde biblioteca”, “Tráemelos. No hay problema”. Fueron tantos que la mujer tuvo que salir a aclarar “No sé si no se entendió, pero no estoy hablando de un tema personal. No solamente personal, al menos”.

Quienes pedían recibir esos libros no parecían haber leído más que el título de la nota. Quizás, no sea tan extraño si de lo que hablamos no es de disfrutar un libro sino de acomodarlo junto a otro para, en algún momento, quizás, leerlo. Porque en el fondo existe el deseo intenso de leer ese libro. Por eso uno lo compra. Luego, ese deseo empieza a competir con el deseo de leer el libro contiguo y allí se enfrenta al problema del cansancio y el tiempo.

A la vez, se podría pensar que adquirir un nuevo libro es un gesto de optimismo: en principio, uno seguirá viviendo para llegar a leerlo. Luego, uno tendrá el tiempo suficiente para hacerlo.

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Bianchini fue librero librero en una de las librerías más grandes de Buenos Aires | Especial

“¿Libros agrios?”


–Sí, es cierto: 400 vinos son muchos… –se quedó pensando–. Sobre todo si uno vive solo.

–¿Cómo empezaste con eso? –pregunté.

–Mi viejo empezó. Le encantaban los vinos: ir a las bodegas, pedir una botella de cada cepa. Los tomábamos juntos. Falleció en 2020. Me quedó la costumbre.

–Como homenaje… –completé.

–Algo así.

–Este vino es delicioso –dijo el que iba a manejar.

–Una cosecha muy especial.

–¿Y cómo se te ocurrió traerlo acá? –preguntó el que había estado tomando cerveza.

–Desde que él murió, los comparto con amigos. Es otra forma de disfrutar la compañía.

–Iba a decirte que tener 400 botellas en la casa es una locura –dije y acerqué la copa, para que me volviera a servir–. Luego pensé que, al final, es como si las coleccionaras. Una especie de hobby… Yo hago algo parecido con los libros.

–Con una diferencia no menor –dijo él y sonrió–: los libros no se ponen agrios.

GSC


  • Federico Bianchini
  • Periodista. Trabajó como redactor en los diarios argentinos 'Clarín' y 'La Razón', y como editor en la revista 'Anfibia'. Colaborador de medios internacionales como 'Gatopardo', 'El País Semanal' y 'The New York Times', entre otros.

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