Para Constanza y Esteban
Damiana tiene un amigo al que le dicen el Dele. Hace ciencia sobre el devenir del cosmos o algo parecido. Algún día le dijo que lo más triste del mundo era saber que nunca más pasarás tus cumpleaños con todos los amigos que quisieras. Cuando me lo contó pensé que esa idea era una forma de ponerse en el centro del universo, pero hoy entiendo que en dos años (otra vez la vanidad) cumpliré la edad que tenía Nacho Padilla y que en treinta (no estoy aprendiendo la lección) me será imposible hacer las caminatas que mi padre y el suyo suelen hacer con frecuencia para recorrer su infancia. Porque mi papá y Paco, el papá de Nacho, crecieron en el mismo edificio de la calle de Medellín en la colonia Roma. Nos enteramos de eso el día que nos graduamos de la preparatoria, cuando ellos se fundieron en un abrazo que recuperaba los años que pasaron sin verse.
Estoy viviendo en Madrid. Hace quince días llegué a México de vacaciones y no quedé en citarme con Nacho porque debía visitar al médico y, además, esperaríamos la vuelta del viaje que estaba haciendo Jorge con Rocío para encontrarnos a cenar en parejas. Olivia, mi hija, visitaba a los primos, y Damiana y yo nos regalábamos unos días solos, por primera vez desde que nos conocemos. Al final la cosa se complicó con todo y aviones cruzados. Sin embargo, justo hace una semana, a punto de volver a Madrid y por coincidencia, nos encontramos por aquella zona de la ciudad que mi padre y el suyo se saben de memoria. Lo vi venir a lo lejos, de la mano de Ix. Nos abrazamos igual que nuestros padres en la graduación de prepa, me dijo que viniera al Cervantino, que estaba preparando un curso sobre el tema de las barbas en Cervantes, me dijo que de cualquier forma teníamos diciembre. Yo le conté cosas del trabajo y mi reciente exploración a las cuevas de Puente Viesgo, en Cantabria. No sabía que se trataba de una despedida y esta era la última huella. Mi padre le preguntó por el suyo y él contestó: donde siempre, don Ricardo, llámele que el tiempo pasa (me estaba diciendo una indirecta). Ya caminando hacia donde iban, Ix se giró y gesticuló con la boca diciendo: No tienes madre. Te extrañamos.
Si sumamos la preocupación que Nacho traía sobre las barbas, las canas y el devenir del tiempo, si a esto agregamos su interés por los encendedores como forma moderna de nuestra antorcha primitiva e incluimos el reciente homenaje que le hicieron en Bellas Artes, donde declaró que le faltaría tiempo para escribir todo lo que deseaba, resulta visible sobre la pared que la premonición dibujaba el universo como el último de los hados que privilegiaron su imaginación sin límites. Una imaginación de demiurgo capaz de convertir al mundo en cueva, con todo y fogata. Uno de sus objetos literarios favoritos eran las antorchas, esas con que, por ejemplo, iluminó la Gruta del Toscano con todo y zarigüeyas fosforescentes.
En 1987 filmamos un cortometraje que se llamaba originalmente La descendencia, pero que presentamos a un concurso escolar como La Marca de Caín. Junto con Jorge Villalobos (un abrazo hasta tu casa, querido Onder) nos lanzamos a la laguna seca de Sayula para filmar la historia de un grupo de cavernícolas que vagaba en el desierto y luego esa historia se replicaba en un grupo de soldados extraviados que erraban por el mismo lugar. Caín mataba a Abel dos veces y en universos paralelos y nuestro amigo Gerardo Piña lo encarnó por peludo y barbado y también porque el actor principal se quemó la cara (cejas, bigotes y barba cervantina) cuando intentamos encender la fogata para los cavernícolas. Otra vez las antorchas.
Durante las últimas horas, cada que el llanto empieza a desbordarse, recurro a la imagen del juego que hicimos aquella vez para matar el tiempo que nos sobraba. Mientras unos se llevaron al quemado al hospital, otros, vestidos de cavernícolas, nos escondíamos en las piedras disfrazados con pieles de peluche, para atravesar en manada y de costado a costado esa recta infinita que lleva hasta Comala. Los automovilistas, impávidos, se detenían para buscar a los seres prehistóricos que habían visto (el día que nos despedimos quedé en enviarle la fotografía de la mano roja de 40 mil años que tanto me fascinó de Puente Viesgo). La carcajada nasal de Nacho con las manos bañadas en ocre y recargado en las piedras aún me retumba en la cabeza. Se trata de la misma carcajada imparable cuando, unos años después, lo visité en Edimburgo y reímos hasta el desmayo, por un chiste que le gustaba contar como si fuera una anécdota científica y que se trataba de un niño que había nacido con un tornillo en el ombligo ¿Sabes qué pasó el día que por fin logró desatornillar de su tuerca a esa pieza larga? No. Pues, se le cayeron las nalgas, reía Nacho con los ojos pequeñitos y la mano en la espalda. Intento calmarme: no vale la pena tomarse en serio la pérdida del universo. No vale la pena tomarse en serio la pérdida del universo. Me repito para no repetir: Nacho está muerto. Nacho está muerto.
Esta mañana a las cuatro treinta de la madrugada me llamó Lili y me dijo la noticia, y nos vi amontonados en aquel chambre de bonne en París, donde llegué una noche después de dormir en un cine porno de Pigalle porque a Nacho se le olvidó darme la clave de su edificio o porque yo la perdí. Era 1999. A eso de las ocho de la mañana, ya rescatado, pasamos las horas muy divertidos escuchando los pleitos de sus vecinos los Kukurtu (o algo así) mientras desayunábamos pan dulce y café.
Esta mañana desperté a Ricardo, mi hermano, con síndrome de hermano menor y nos recordé cayendo en una cueva del Desierto de los Leones.
Esta mañana hablé con Jorge Volpi (su hermano vital, mi amado amigo por quien en estas horas detesto al mar) y nos vi en el patio del CUM con Fernando Álvarez del Castillo, y en casa de Jorge con Rocío y el mes que entra en Guanajuato escuchando a Nacho hablar sobre el tema de las barbas en Cervantes y compañía. Esta mañana lloré con César por escrito y pensé en Dudi Sapiens quien se enteró gracias a una televisión muda que por momentos le hizo creer que anunciaban una buena noticia. Esta tarde lloré con Charlie Dada y el Onder en las antípodas y al teléfono, compartiendo el peso del luto a larga distancia, que resulta doble, torpe y quizás aún más solitario. Esta mañana conversé con mi amigo Diego Celorio de nuestra última cena en Segovia donde hablamos del treinta aniversario del terremoto de 1985 y el año que se destruyó la Roma y la infancia de nuestros padres. Mientras tanto, Gonzalo, su padre, comprende desde su silla el vacío de la pregunta que se producirá todos los jueves en la comisión de la Academia de la Lengua, que curiosamente se llama “de dudas”. ¿Por qué?
Esta mañana el Crack reventó con ese ruido. Los abrazo.
Esta mañana hablé con Ix Nic y se me deshizo el alma mientras la fuente de la Ibero y la historia más bonita de amor y perdón que conozco me ahogan en estos minutos que no parecen tener fin. La felicidad siempre tiene una bomba en su seno y ellos se merecían cincuenta años sin que estallase.
Esta mañana te escribí al teléfono por última vez diciendo: Querido Nachoplan, sabiendo que nunca contestarás: ¿Qué pasó, Pablotas?
Nada de que nos vemos pronto y que donde estés sea un lugar mejor o que el cielo te depare un sitio donde nos bendigas a todos. Que alguien me convenza de lo contrario porque el destino es una mierda y espero que la barba te siga creciendo hasta que te mueras. Aquí nos dejas, huérfanos de universo y de la cisterna de sol que aún eres. La misma cisterna de sol que, tras la carambola de vehículos, utilizaste como antorcha para iluminar la lluvia, dejar la huella de tu mano sucia en el cristal del coche, llamar a tu hija con la mano zurda tan tuya y decir que no llegabas. Como siempre, todavía te diste el tiempo para lo más importante. Segundos después, en medio de los vehículos, un putazo cayó del cielo, la tierra se abrió en grieta, un bólido salió de la nada y apagó la antorcha.
Ya nadie nos contará esa historia ¿Qué caso tiene escupirle a la fogata?
Barcelona, 20 de agosto de 2016.