No toques para borrachos

Eusebio Ruvalcaba
Ignacio Trejo Fuentes
Ciudad de México /

Don Higinio Ruvalcaba, considerado por los que saben uno de los mejores violinistas del mundo, le dio un consejo a su pequeño hijo Eusebio, que estaba tocando el piano: “Jamás toques para borrachos”.

La mamá de Eusebio fue concertista de piano, de manera que el niño mamó música. Sabía analizar a los clásicos (colaboró mucho tiempo en Laberinto) que el lector pueda imaginar, y por eso me asombraba cuando me decía: “Ven, te invito un trago”, y me llevaba a cantinas de a de veras, de esas que huelen a aserrín y orines y pecado. Antes de entrar cambiaba un billete de 100 o 200 pesos por monedas, y tras ordenar nuestros tragos iba a la sinfonola o rockola o como se diga para poner pura música de José José, a quien llamaba Maestro.

Sí, como muchos de nuestros amigos y como yo, Eusebio era borracho de cinco estrellas y con vista al mar, pero trabajaba más que un ejército de sobrios: escribía cuento, novela, poesía, ensayos (hizo una biografía sobre su padre, don Higinio) y hacía periodismo especializado. Una vez alguien le dijo que parecía “vaca lechera”, porque publicaba un libro cada tercer día. Respondió: “Escribo por una necesidad insoslayable. Todo lo demás parece superfluo. […] Los editores son exigentes —y en su mayoría de mal gusto, por eso me publican a mí—. Por cierto, y hablando de publicar, un crítico me sugirió intercalar cinco o siete años entre un libro y el siguiente ¡porque eso afirman los cánones y para que sea yo un autor serio! Seguramente, pero a mí los cánones me tienen sin cuidado, y la seriedad, menos. Simplemente, publico los libros que escribo. Esto es lógico, y si no pregúntenselo a cualquier autor con obra. Tal vez escribo y publico porque no me avergüenzo de hacerlo —ni tampoco me envanezco—, y cómo habría de avergonzarme. Por Dios, si nada en la vida es tan importante, ni siquiera la literatura”.

En Eusebio Ruvalcaba, por el puro morbo, antología de cuentos hecha y prologada por David Magaña, pone una dedicatoria más que ilustrativa: “Para mi esposa Coral, de cuyo amor he nutrido mi rebeldía”. Sí, Eusebio era un rebelde con causa: su libertad. Dijo y mostró que no se suscribía a grupos o sectas literarias. Ganó muchos (merecidos) premios, su novela Un hilito de sangre se hizo película, tenía centenares de admiradores, sobre todo jóvenes; y un “pegue” extraordinario con las mujeres (y con varones que se sienten mujeres), y sin embargo mantuvo eso en secreto, porque respetaba muchísimo a Coral y a sus hijos. Prefería, ya lo dije, embriagarse en lugares sórdidos antes que pavonearse entre los círculos selectos de la intelectualidad.

Una vez, cuando ambos éramos tutores de la camada de jóvenes creadores del entonces Conaculta, y por eso debíamos hacer innumerables viajes, notamos que Eusebio no comía en las multitudinarias reuniones: lo hacía aparte, y una vez, en Mérida, me conminó: “Ven, no te juntes con esa bola de ignorantes, porque te pueden contaminar”. Y nos fuimos a comer en lugares que conocía a la perfección. En el rinconcito donde hacen su nido las olas del mar tenía sesiones con sus alumnos en su propia habitación de hotel. Yo, en cambio, jamás vi a mis tutorados, se iban a bailar y al desmadre. ¿A quién se le ocurre ir a “estudiar” a Veracruz? El método de alejamiento le resultó muy bien a Ruvalcaba, y muchos de sus ex pupilos pueden sostenerlo.

Eusebio tenía un don: no despreciaba en ningún orden. Sus libros fueron requeridos por importantes editoriales nacionales y extranjeras, y sin embargo no desdeñaba a las entonces llamadas “editoriales marginales”, y así publicó en Ficticia, Daga, y universidades como la de Chapingo, de la que era gran amigo gracias a Rolando y Georgina, Moisés, Arturo y tantos otros carnavales (de seguro le harán allá un homenaje, y espero que me inviten).

Diré algo que siempre he callado: Eusebio era cleptómano, se robaba de las casas y lugares a donde iba las cosas más inverosímiles, como cajetillas de cigarros (no fumaba), latas de crema para las manos, libros… Una vez, en Chapingo, Rolando nos invitó a su casa luego de la conferencia, y en el ínter un grabador local dijo que tenía una obra y quería obsequiarla a alguno de los escritores visitantes; se hizo una rifa y la ganó el anfitrión. El artista fue por otro grabado a su auto y volvió a rifarlo; esta vez la ganadora fue Georgina, la anfitriona. “No se vale”, dijimos en coro, “es trampa”, y seguimos charlando y bebiendo (qué bonitos gerundios). A medias de la noche, Ruvalcaba dijo que debía regresar a su casa, en el entonces Defe, y un chofer de la Universidad se acomidió a llevarlo. Más tarde, Rolando preguntó por el grabado que había sacado en la rifa: ni el suyo ni el de su adorable mujer halló el propio; habían desaparecido. Adivínese quién se hizo de ellos. Otra noche, tras una lectura de textos en una famosa librería, Ruvalcaba fue detenido por los vigilantes: se había expropiado unos libros, y fue liberado gracias a la intervención de Angélica, la organizadora.

Señalé que Eusebio Ruvalcaba era cariñoso en extremo, lo que se manifiesta en las dedicatorias (impresas y manuscritas) de sus libros. En la primera edición de Las cuarentonas, libro dedicado a hablar de las mujeres de todas las edades, hay una dedicatoria impresa que me conmovió: “Para Ignacio Trejo Fuentes. Para María Rojo”. Se lo agradecí, e inocente le pregunté por qué para ambos. Dijo que para mí porque me quería mucho, y para la actriz porque estaba buenísima y quería cogérsela. “¿No será que también me quieres coger?”, le dije, y nos echamos a reír y a emborracharnos.

Ese era Eusebio Ruvalcaba: notable escritor, erotómano, celebrador del vino y los amigos, generoso a más no poder pese a sus arrebatos cleptómanos. Y su literatura cargada de sexo es uno de los claros ejemplos de lo que se lee con una sola mano.

Compartimos la admiración casi idolátrica por las canciones de José Alfredo Jiménez, y él, Eusebio, hubiera firmado sin rubores y sí con regocijo, frases como éstas: “Tómate esta botella conmigo y en el último trago nos vamos”; “Estoy en el rincón de una cantina, oyendo la canción que yo pedí” (seguramente cantada por José José). Y sobre todo la que me parece su testamento (de Eusebio): “La última y nos vamos”. Salud, Eusebio, y me guardas un rincón cerca del cielo.

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