“La libertad es la evasión de la tiranía de un sistema mental único: pensamiento incompleto, abierto, antidogmático, la incertidumbre, la nebulosa de las probabilidades”, dice Norman Manea en su gran novela sobre la aventura, drama, condena o “refugio mágico” y simbólico del exilio que es La Guarida (2009; Tusquets, 2012). Exilios generadores ocasionalmente de la más grande literatura de nuestra época, que aunarán para siempre dos condiciones paralelas: ser al mismo tiempo una liberación y “una amputación”. Una condición, la de exiliado, la de emigrante forzoso de una patria ausente de libertad, con un sistema tiránico de “felicidad obligatoria” en los días siniestros de la Rumania comunista de Ceausescu, que en toda la obra de este autor, y a lo largo de su existencia, se convertiría en metáfora de la condición humana.
Observador de unos continuos “paralelismos más que incestuosos”, que se dan con las dictaduras del signo que sean, y creador literario tristemente privilegiado por su doble condición de perseguido, durante el nazismo y la guerra mundial, como judío, como opositor durante el régimen comunista, la figura de Norman Manea (Suceava, Bucovina, Rumania, 1936) ha ido agigantándose más y más a lo largo de los últimos años. Se ha convertido en una presencia se podría decir que “familiar” en muchos países europeos y en Estados Unidos, donde actualmente reside. Un pequeño país el suyo, Rumania, situado en “el meridiano en que Oriente se encuentra con Occidente” —como él mismo suele decir— de apenas 20 millones de habitantes, poseedor de una brillante tradición cultural que se alterna con un tormentoso pasado sobre todo en la etapa de entreguerras y la Segunda Guerra Mundial. Propuesto varias veces para el Premio Nobel de Literatura, Manea es hoy el autor rumano más traducido y la figura literaria más reconocida internacionalmente. A él se tienen que añadir otros excelentes escritores en lengua rumana de la actualidad como Gabriela Adamesteanu y Mircea Cartarescu (los más traducidos junto a Manea) o Dan Lungu y Florina Ilis.
Amargo, a ratos pesimista, incisivo, de un devastador y en ocasiones corrosivo humor negro que saca a la superficie contradicciones, perversos lazos y coincidencias en el ejercicio despótico del poder de cualquier época, Manea se convertiría también en un espléndido analista de la relación de los intelectuales, y artistas en general, en cada momento, con un Poder con mayúsculas. En especial durante las dictaduras o en las fases de la historia con la libertad amenazada y puesta en cuarentena. A este tema le dedicaría su importante ensayo Payasos. El dictador y el artista (1997; Tusquets, 2006). En él retrata la figura del artista, un artista obligado a representar, en la tragicómica escena de los regímenes totalitarios —que acaban siempre igualándose, a derecha e izquierda—, el papel del payaso, del bufón que sufre las acometidas constantes del déspota de cada momento. En ese funesto circo totalitario, frente al poder incontestable del dictador, frente a los temibles y tortuosos medios de persuasión, manipulación y deformación utilizados por las tiranías, el artista se siente aterradoramente solo en el momento de revelar o rehabilitar la verdad. La única salida si quiere sobrevivir, y no ser expulsado de la escena de su tiempo, es inventar astucias —como hace el Payaso Augusto— utilizando bien la opacidad o la duplicidad.
Opositor al comunismo, con unas dificultades cada vez mayores para publicar en su país, Manea sería descubierto en Europa por Heinrich Böll, Premio Nobel de Literatura de 1972. En 1988, tras haber estado en Berlín gracias a una beca, Manea decidiría exiliarse y no volver más. En su obra El regreso del húligan (2003; Tusquets, 2005) daría cuenta precisamente de esos dos exilios que tuvo que atravesar a lo largo de su vida. Uno, cuando solo tenía 5 años y fue deportado por los nazis junto a su familia a un campo de concentración por ser judío, y otro, durante la dictadura comunista de Ceausescu, a los 50 años, por ser un opositor al régimen. Algo que él definió como un hecho en su vida de diabólica y “simbólica simetría”. Unos fatídicos paralelismos que establecerían de forma criminal, intercambiándose y copiándose sin cesar, los dos grandes totalitarismos, el nazi y el comunista, durante el siglo XX. Sistemas que designaron como indeseables y víctimas a eliminar, o depurar, a una gran cantidad de enemigos políticos, razas enteras e individuos que se convirtieron en parias e “inadaptados” para la construcción de aquellos sistemas de Partido único. Partidos de un poder omnipresente, basados en un envilecido clientelismo y “un lenguaje patológico y estratificado”, intraducible para los de fuera. Un poder que se hallaba construido sobre la base de una densa red de funcionarios arribistas, de informadores y delatores, entrenados para ese tipo de suprarrealidades. También de una plúmbea red de “enchufes, mordidas y apaños”. Así lo expresaba Manea en su relato “Biografía robot” (del libro Felicidad obligatoria de 1999; aparecido en Tusquets en 2007): “Cada secuencia banal contenía la biografía de toda una época”.
Como otros grandes escritores centroeuropeos de nuestro tiempo —los húngaros Imre Kertész, Premio Nobel de Literatura de 2002, y György Konrád, o el serbio Danilo Kis, también judíos—, Norman Manea estaría marcado por el peso de un pasado y de una doble tiranía sufrida, en su propia carne, de forma sucesiva: la nazi y la comunista. Todos ellos se convertirán con el tiempo en unos maestros inigualables a la hora de describir a través de un elevado y exigente lenguaje literario esta devastadora experiencia. Una experiencia que, en ocasiones, se traduce en una magnífica y perturbadora amalgama de géneros que no renuncia a ninguna vía o recurso en el relato: ni al ensayo, ni a la reflexión filosófica, histórica y política, ni a la memoria y autobiografía, ni por supuesto a un sutil y brillante ejercicio de ficción irónica, paródica, defensora de un individuo fragmentado, multiplicado, enfrentado sin cesar al absurdo del mundo, así como ferozmente inadaptado, características de los más grandes maestros del siglo XX desde Musil, Joyce, Canetti, Svevo y Nabokov hasta Kundera.
“El desarraigo obliga a vivir en las grietas de la realidad”, dirá este autor en su excelente ensayo La quinta imposibilidad (Galaxia Gutenberg, 2015). Y así lo manifestará también con sarcasmo un personaje de su novela La guarida, que durante años ha habitado en los mundos paralelos que propician tanto las tiranías políticas como esa vida sin cesar “desdoblada”, dividida, escindida, propia del exiliado: “Yo creo en los mundos paralelos. Mundos múltiples. Multiplicidad. Por tanto, también en la duplicidad. No siempre negativa. El hombre no es un ser unívoco. Tiene fisuras y secretos. Oscuras potencialidades”. Mundos paralelos en los que, ya para siempre, “víctimas y asesinos —como se dice también en esta obra— son prisioneros de la lógica de un mismo pasado tenebroso y codificado”. Todo forma parte de un mismo y opresivo laberinto (“el mundo es un laberinto del que es imposible huir”, dirá Manea citando a Borges), lo mismo que los héroes de Kafka están atrapados en una negra pesadilla de imposible escapatoria, sintiéndose a la vez inocentes y culpables.
Una ficción fantasmagórica —como la que se daba en estremecedores libros de relatos de Norman Manea como Felicidad obligatoria—, habitante de un submundo gris, donde prima, como ley o perversión patológica de la vida cotidiana, la miseria moral y material, la sospecha, el miedo y un cierto grado de complicidad generalizada. Un mundo subterráneo y distorsionado propio de las dictaduras, de “felicidad legislada”, como igualmente se le llama en estos relatos. La moral, la solidaridad y las esperanzas si no se hallan totalmente desaparecidas están monstruosamente vueltas del revés. En ese inframundo ausente de libertad, cualquier señal puede ser interpretada como un mísero descuento en la condena kafkiana de por vida a la que todos sin excepción han sido sentenciados de antemano: “En el subterráneo mundo socialista los esclavos forzados a amar la esclavitud se alegran de recibir hasta el más mínimo guiño”.
En obras mestizas como el magnífico libro autobiográfico El regreso del húligan; en insustituibles ensayos sobre los sistemas totalitarios, de los mejores aparecidos en nuestra época, como los presentes en el volumen Payasos. El dictador y el artista, o en sus cuentos reunidos en El té de Proust (Tusquets, 2010), Norman Manea se convierte en un clarividente descodificador de las tiranías, sean las que sean. Se convierte en un afiladísimo y cáustico ojo crítico necesario antes y después de la pesadilla, una vez llegada la democracia y cuando supuestamente se ha decretado el olvido y la liberación de culpas de todo tipo. Todo ello es narrado con una prodigiosa escritura que oscila entre el sobrecogedor y agridulce realismo elegíaco de los cuentos relativos a sus recuerdos del Holocausto cuando era niño —pertenecientes al volumen Octubre a las ocho, de 1981—, otros de raíz más netamente kafkiana y de un absurdo grotesco a lo Gógol, presentes en el no menos magnífico libro Felicidad obligatoria, o en estructuras narrativas intelectualmente más complejas, metafísicas y paródicas, de laberínticas intrigas, como las que aborda en sus novelas El sobre negro, de 1986 —su última obra aparecida en su país, Rumania, antes de emprender el camino del exilio—, y La guarida, la última de su producción.
Incómodo para esos escasamente amigos de la áspera y dura tarea de revelar pasados borrascosos nacionales (como se demostró al denunciar el pasado fascista, nunca desmentido, de glorias intocables de la patria rumana como Mircea Eliade, en un artículo, “Felix culpa”, aparecido en 1992 en The New Republic, que causó un sonoro escándalo y polémica), Norman Manea representa hoy, como pocos en nuestros días, la figura del escritor comprometido con su conciencia y su tiempo. El tiempo de ahora y el de hace años. Un escritor comprometido con los más espinosos tabúes y cuestiones impronunciables para muchos. El escritor italiano Claudio Magris, gran amigo suyo, en repetidas ocasiones lo ha presentado como la figura del “escritor resistente”. Un escritor que si bien escogió un “refugio”, una guarida, para seguir escribiendo, enseñando (como Professor of European Culture en el Bard College de Nueva York) y leyendo en un país que no era el suyo —Estados Unidos— y con una lengua, el inglés, que nunca llegó a hacer suya como lengua de creación, nunca ha dejado de estar por otro lado ligado e implicado en los grandes debates de su época. Ya sea a través de la denuncia de un antisemitismo nunca cancelado o de las nuevas formas cada vez “más globalizadas” del odio y de la manipulación, así como de una incesante y cada vez mayor presencia de unos intransigentes y xenófobos nacionalismos surgidos no solo en la Rumania post–comunista, sino en toda la zona antes perteneciente al Telón de Acero, como son las actuales Hungría y Polonia. Unos ultranacionalismos, cercanos a los movimientos fascistas de los años previos a la última guerra mundial, cuyos fantasmas y fetiches recorren por igual tanto políticas extremistas como mitos culturales e históricos cada vez más descaradamente recuperados.
En toda esa ardua, lúcida e incisiva labor emprendida, que ajusta tanto cuentas con el pasado como con el presente más inmediato, Manea es y ha sido siempre el más sutil y penetrante diseccionador de mundos invisibles y subterráneos, de apestosas y a la vez tranquilas e inmóviles aguas estancadas. En todo ello, un intelectual como Manea es el más cualificado dedo acusador, la más implacable mente alerta para interpretar a la luz del día, y sobre todo a la luz del día de las jóvenes democracias, aquellas opacas y a veces casi indescifrables maniobras con las que los poderes despóticos, no democráticos, buscaron un día perpetuarse a través de bárbaras y brutales megalomanías.
A esta tarea se une también el deber de la memoria de Manea como uno de los últimos sobrevivientes y guardianes de las tristes enseñanzas del Holocausto. Alguien que tiene que advertir a las jóvenes generaciones para que ese u otros genocidios puestos en marcha en nuestros días, o en cualquier momento, se reemprendan. Para que no se reinicien en ese inquietante “eterno retorno” o “tiempo cíclico” que ya anunció el gran filósofo rumano e historiador de las religiones Mircea Eliade (Cosmin Dima en la novela La guarida de Manea): un intelectual de “aura mítica” que en su juventud, y a través de numerosos y feroces escritos antisemitas y pronazis, militó ardorosamente en la temible organización fascista de los Guardias de Hierro rumanos, paralelos a los Camisas negras mussolinianos o a la Falange española. Tiempos de barbarie “huligánica” —como es el título del libro más conocido y traducido de Manea, El regreso del húligan— que igualmente serían recordados y sacados a la luz tras la publicación en 1996 del impresionante Diario del escritor rumano–judío Mihail Sebastian. Gracias a esos espléndidos y terribles apuntes escritos entre 1935 y 1944 se conoció internacionalmente la relación de aquellos grupos de venerados intelectuales rumanos con el fascismo. Más tarde llegarían otras obras que ahondarían en el tema como el estudio de la historiadora francesa Alexandra Laignel–Lavastine (Cioran, Eliade, Ionesco. L’oublie du fascisme: trois intellectuels roumains dans la tourmente du siècle, PUF, París, 2002).
Un deber, el del recuerdo, que, pasado aquel sombrío y vergonzoso periodo de la Historia, nos atañe a todos por igual. Así lo expresaría el inapreciable testigo involuntario que es Manea en su libro La quinta imposibilidad (judaísmo y literatura): “La vergüenza alemana no solo es alemana, es de toda la Humanidad. Quien no vea en el Holocausto el cuestionamiento de lo humano en sí, no tiene posibilidad alguna de percibir sus verdaderas dimensiones y su auténtico significado. […] A pesar de ser ante todo la tragedia de los judíos, el Holocausto no es una tragedia exclusivamente judía”.