El 26 de agosto se confirmó la muerte de Yayoi Kusama, la legendaria artista japonesa que falleció a los 97 años en el hospital psiquiátrico de Tokio donde vivió por decisión propia desde la década de 1970. Su estudio y la Fundación Yayoi Kusama dieron a conocer la noticia, conmocionando al mundo del arte.
Conocida como la “reina de los lunares”, Kusama convirtió sus coloridos puntos en uno de los lenguajes visuales más reconocibles del arte contemporáneo. Sin embargo, detrás de esa estética había una historia profundamente personal marcada por un trauma de la infancia.
En MILENIO te contamos cuál es el verdadero origen de los icónicos lunares de Yayoi Kusama y por qué conocer el trasfondo de su historia cambia por completo la forma de entender su arte.
¿Por qué Yayoi Kasuma pintaba lunares de colores?
En el documental Kusama: Infinity y en distintas entrevistas, Yayoi Kusama habló abiertamente sobre la infancia traumática que marcó su vida.
La artista relató que creció con una madre estricta, quien la obligaba a espiar las relaciones extramaritales de su padre, una experiencia que la acompañó durante décadas y que influyó profundamente en su obra en donde expresaba su rechazo por la sexualidad que esta situación le provocó.
Kusama también explicó que desde niña comenzó a sufrir alucinaciones visuales en las que puntos, redes y flores cubrían todo lo que veía pues nació en la zona montañosa de Matsumoto rodeada de campos de peonias, mismas que no paraba de ver incluso al dormir.
"Los puntos caen desde el cielo y vienen a mí, caen sobre mi vestido y mi cabello" decía
Lejos de ser una consecuencia comprobada de aquel episodio, la propia artista describió la pintura como el medio con el que logró dar forma a esas visiones y convertir el dolor de su infancia en un lenguaje artístico único.
Su obsesión por los patrones
Mientras crecía, cuanto más su madre le prohibía pintar, mayor era su necesidad de crear. El dibujo se convirtió en un refugio y, con el paso de los años, esa dedicación absoluta dio origen a una obra marcada por la repetición obsesiva de lunares, redes infinitas y patrones que buscaban representar las visiones que la acompañaban desde niña.
Ya en la adultez, Yayoi Kusama decidió internarse voluntariamente en un hospital psiquiátrico en Tokio, donde vivió desde 1977 hasta el final de su vida. Desde allí mantenía una rutina diaria: caminaba a su estudio para pintar y regresaba al hospital, mientras convivía con sus alucinaciones y con un trastorno obsesivo-compulsivo que nunca ocultó.
Más que un símbolo de locura, los icónicos lunares de Kusama fueron la prueba de cómo el arte puede transformar el sufrimiento en belleza. Su legado no solo cambió el arte contemporáneo, sino que también abrió la conversación sobre la salud mental, demostrando que incluso en medio del dolor es posible crear un universo infinito.