Mi forma de trabajar tiene algo de minimalista: siempre parto de dibujar la naturaleza y todo el tiempo voy buscando una síntesis. Trato de decir mucho con pocos elementos, hacer algo no tan descriptivo pero mucho más evocador”, detalla la artista plástica Sandra Pani respecto a su participación en el poemario El libro de las plantas (FCE), del poeta Alberto Blanco.
Pani explica que en su participación como ilustradora del volumen, que reúne 70 poemas breves del también ensayista, “hace una interpretación metafórica sobre la visión naturalista y la relación del ‘yo’ entre los humanos y las plantas”, no se limitó a simplemente crear las imágenes, sino a que hubo una retroalimentación entre ambos.
“Fui haciendo muchos dibujos, se los mostraba a Alberto y nos juntábamos para imaginarnos cómo querríamos que resultara el libro para que fueran importantes tanto las palabras como las imágenes”, comenta.
La artista, quien participa en El Mural del MILENIO, dice que crear las ilustraciones fue un reto, porque no fue “tan específica, como si para hacer una flor pintara un clavel”, además de que se encontró ante la compleja disyuntiva de que el volumen hablara acerca de plantas en específico, “como cualquier otro libro de botánica”.
Por ello la artista se dio a la tarea de idear una forma de cómo crear las imágenes sin que fueran estas meras representaciones visuales de la planta sobre la cual versaba el poema, a la vez que estas no fueran una ilustración literal del texto.
“Fue un ejercicio creativo muy interesante: cómo no pasar el límite de hacer algo demasiado representativo, lo que, a mí parecer, es algo muy narrativo y aburrido, pero a la vez ilustrar una gladiola como es. Una de las maneras en las que empecé a trabajar fue tomar la idea de la planta y hacer anotaciones de lo que para mí era ésta y después leía el poema. Es curioso porque varias veces ciertas cosas que a mí me evocaban las imágenes estaban presentes en el texto, y tenía que haber para mí un vínculo emotivo con la imagen”.
Pani asegura que ella y Blanco habían pensado en los libros de botánica e incluir los nombres científicos de las plantas, pero ello fue descartado pues la intención con el libro no es hacer una descripción meticulosa, sino que evocara en los lectores un deseo de acercarse al mundo natural “desde las imágenes y la palabra”.
“Por eso me sentí identificada con esa forma de ver de Alberto, esa capacidad de asombro ante las bellezas que nos ofrece el mundo vegetal, mismo que está repleto de elementos llenos de simbolismo, como el trigo, y de cosas tan pequeñas pero grandiosamente hermosas como la lágrima de niño o el diente de león”, concluye.