Hace dos años, empaqueté varios cuadros expresionistas abstractos de mi padre y los dejé con un puñado de artistas plásticos para que pintaran sobre ellos. Esta fue mi solución a un problema que me había acechado toda la vida.
Nací en Manhattan en 1976. Antes de cumplir dos años, mi madre nos abandonó a mi padre y a mí para ser mánager de giras de una popular banda de folk, y nunca volvió de tiempo completo. En su ausencia, me crió mi padre, un artista con un acento de Brooklyn tan marcado como su barba.
Vivíamos en su estudio de pintura de Carroll Gardens con un espíritu de “todo se vale”. Patinábamos sobre los tablones desiguales del suelo mientras una bola de discoteca proyectaba su magia sobre las paredes del desván. Mis hermanastros del primer matrimonio de mi padre a veces se colaban con nosotros cuando empezaban su vida adulta, pero la mayoría de las veces éramos solo mi padre y yo. Las risas y el alcohol eran abundantes; mezclada con la música, los frecuentes invitados y todas las figuras de Star Wars que pudiera desear, estaba la presencia secreta de la mano de mi padre entre mis piernas.
Aunque murió en 2011 a los 76 años, he tardado décadas en aceptar las cosas menos artísticas que ocurrieron en aquella casa. Durante la mayor parte de mi vida adulta, había elegido vivir como si, por la noche en su cama, no me hubiera tratado como trataría a una esposa, mucho antes de pasar por la pubertad o de comprender que algo de eso estaba mal. Cuando empecé a admitir la verdad, me asaltó una repulsión tan fuerte que amenazaba con derribar los muros de mi vida de fantasía cuidadosamente construida.
Hace unos años, a finales de mis 40, decidí que no podía seguir viviendo mi vida como si nada de esto hubiera ocurrido. Cuando investigué los síntomas comunes de un sobreviviente de incesto —neurosis traumática crónica, desequilibrios en las relaciones interpersonales y mayor riesgo intergeneracional de sufrir abusos— me di cuenta de por qué no quería aceptar que esa era yo.
Fingir que los abusos no habían ocurrido era una vía más fácil; el incesto era demasiado tabú, demasiado estigmatizante. Incluso de niña era consciente de esta vergüenza. Mi padre se refería a nuestro vínculo como algo tan precioso y privado que nadie lo entendería jamás.
Cuando pasaba tiempo con mi madre, ella ignoraba de algún modo mis señales evidentes de angustia: pesadillas, ansiedad, sangre en la ropa interior.
Todos los que me rodeaban actuaban como si esto no estuviera ocurriendo, así que yo también lo hice: me esforcé por llevar una vida normal, me gradué como la mejor alumna de mi clase, obtuve mi maestría en Bellas Artes cinematográficas y me convertí en una académica como mi padre antes de cumplir los 25 años.
Al mismo tiempo, intenté formar una familia con alguien cuyo origen era opuesto al mío: un hombre de una gran familia religiosa de los suburbios. Esperaba que me mostrara el camino hacia una vida sana; sin embargo, incluso después de tener tres hijos juntos, nos mantuvimos distantes y desapegados, y nos divorciamos cuando nuestro hijo menor tenía dos años. Después tuve dos relaciones importantes, pero ninguna duró.
Mis constantes luchas en el amor me obligaron a enfrentarme a mi soledad e incapacidad para sentirme cercana a una pareja romántica. Me di cuenta de que tenía que intentar curarme de este trauma si quería experimentar el amor de verdad.
Curarme a través de otro arte
El primer paso: vivir como si mis recuerdos fueran verdaderos, dejar de promover el mito de mi infancia feliz. Eliminar el recuerdo constante de mi padre en forma de sus cuadros era un punto de partida obvio, pero duro como arrancarle su mantita favorita a un bebé dormido.
Nunca había conocido una época en la que el arte de mi padre no me hubiera rodeado con sus líneas irregulares y sus formas geométricas superpuestas. Su estilo de abstracción, un vestigio de los años cincuenta, se había disipado en los setenta.
Incluso cuando hacía las maletas para ir a la universidad, elegí cinco de sus cuadros para colgarlos en mi residencia como prueba de mi educación creativa y bohemia. Cuando conocía a gente nueva, me enorgullecía de mi narrativa infantil preferida: me las había arreglado sin una madre constante y cariñosa porque había tenido a mi padre chiflado y artístico. A mi padre le encantaba señalar que dedicó su vida a mí y a su trabajo, en ese orden, y a mí me encantaba repetirlo.
Nuestra vida estaba llena de otros artistas, algunos de los cuales se convirtieron en mentores para toda la vida. Yo creía en su talento con la fe ciega de un niño. Cuando me convertí en cineasta experimental, esperaba ser como él, rodeada de gente inspiradora mientras creaba y enseñaba para ganarme la vida.
Esta narrativa me tranquilizaba. Sin embargo, una vez que admití los abusos, las decenas de obras de arte que había llevado conmigo durante años se convirtieron en algo nuevo: la prueba evidente de la negación. No podía soportar seguir mirándolas. Pero, ¿qué debía hacer? ¿Quemarlas? ¿Pintarlas de negro?
El primer cuadro que quité fue un lienzo del tamaño de una ventana con marcas pastosas en tonos rosas, grises y verdes; era una de las favoritas que había colgado en un lugar destacado.
Se la dejé a una amiga artista y le dije “adiós” al entregársela; le pedí que me la devolviera como una nueva obra de arte. Su estudio era exuberante y vibrante, lo opuesto al escaso desván de mi padre, lo cual me pareció bien. Aceptó con satisfacción el encargo.
No todos los artistas se mostraron tan entusiastas. Curiosamente, los que expresaron su malestar eran hombres preocupados por cómo se sentirían si alguien pintara sobre su arte.
Para que quede claro, no se trataba de pintar sobre un Rauschenberg. Mi padre había sido un artista en activo toda su vida, pero no uno de éxito. Su obra no se exponía mucho ni se vendía en galerías.
Mientras los artistas trabajaban en los cuadros, yo trabajaba en mí misma, y comencé una terapia con un especialista en traumas, escribí un diario, hice trabajo somático y meditación guiada. Probé todos los tratamientos y terapias alternativas que encontré para sobrevivientes de incesto. El esfuerzo me resultó más duro y agotador que cualquiera de mis tres embarazos.
Poco a poco empecé a recobrar el equilibrio, a tiempo para recibir el arte que ha ido volviendo a mi casa, a menudo irreconocible y siempre para mejor.
Estaba nerviosa por la expectativa, temerosa de haber creado una ilusión imposible. Al recoger un lienzo de mi amigo Chris Nau, descubrí que lo que antes era un rectángulo minimalista de pintura negra con una línea azul se había transformado en un estallido de color en forma de óvalo.
Chris no lo había conseguido pintando sobre la obra de mi padre; la había desenterrado picando las capas de pintura, doblando y arrugando el lienzo para revelar brillantes naranjas y amarillos. Luego puso el lienzo en un bastidor redondo, sin bordes, y lo tituló “Niña valiente”. El proceso me recordó al arte japonés del “kintsugi”, en el que a menudo se repara la cerámica rota para resaltar el daño.
Dos años después, mis paredes y armarios rebosan de estas nuevas obras de arte. Cuando empecé este proceso, me preocupaba estar destruyendo lo que, en mi opinión, era el único legado de mi padre que valía la pena. Ahora, tras repetir mi historia en decenas de estudios de artistas, por fin puedo afirmar la verdad sobre mi pasado mientras vivo en el presente, aunque incómoda la mayor parte del tiempo.
Quería hacer añicos las mentiras sobre mi infancia y dar la bienvenida a una nueva historia, una en la que dos cosas pudieran ser ciertas: quizá mi padre me ayudó a convertirme en la artista que llegué a ser, pero ya no necesito que su arte me lo recuerde. Necesito un arte nuevo, hecho con amor, que me muestre lo que es posible.
AH