En siglos pasados, a muchos pensadores les horrorizaba la idea de que un Estado proporcionara educación para todos. Era la ruta más corta para matar la individualidad. Uno de estos abanderados fue John Stuart Mill. En su ensayo Sobre la libertad, habla de que el Estado debe hacer obligatoria la educación, pero no debe proporcionarla sino por excepción.
“Una educación establecida y controlada por el Estado solo debe existir, si acaso ha de existir, como una entre diversos experimentos competitivos, realizada con el propósito de servir de ejemplo y estímulo, para obligar a otros a cierto estándar de excelencia”.
El papel del Estado sería ofrecer becas para los pobres. La educación de un niño sería obligación de los padres y el gobierno podría castigar a los padres que no cumplieran. Esto me hace recordar novelas e historietas antiguas en las que la policía arrestaba a chamacos en edad escolar que estuvieran en la calle a la hora de clases; aunque creo que en países como Estados Unidos estas historias no son viejas sino muy contemporáneas, sobre todo si se tiene piel oscura.
Supongo que a John Stuart Mill le hubiesen horrorizado los libros de texto gratuitos, los programas uniformizados para todo un país, los sindicatos de maestros. En sus palabras: “Una educación general ofrecida por el Estado es una estratagema para moldear a la gente de modo que sean exactamente iguales unos a otros; y el molde será aquel que convenga a la clase predominante en el gobierno, ya sea un monarca, el clero o una aristocracia”.
Pero las ideas de Mill no triunfaron. Todo lo contrario. Ya no le tememos a la uniformidad; la deseamos, la exigimos. Hoy se reconoce como obligación de cualquier gobierno dar a todos sus ciudadanos la misma educación: las mismas ciencias naturales, la misma formación cívica y ética, la misma historia, el mismo español, la misma geografía, la misma educación artística, con sus asegunes regionales. Todos avanzando al mismo ritmo como niños cantores en la escalera de seis, nueve o doce años.
En el mundo de John Stuart Mill, el modelo educativo ideal sería enseñar habilidades de lectura y de escritura, así como proporcionar una adecuada biblioteca y tiempo para pensar. Pero esto requeriría que el alumno tuviese hambre de saber, cosa casi inexistente en el ser humano. Por eso para la mayoría la educación no es un derecho sino una obligación. Los padres le dicen a sus hijos: “Estudia para que no te mueras de hambre”, y la escuela se convierte en un proceso para sacar el certificado de primaria, secundaria o preparatoria, y así responder a los llamados de empleo que exigen primaria, secundaria o preparatoria terminada; en vez de decirles: “Estudia para que dejes tu estado simiesco y crezca tu espíritu hasta alcanzar una humanidad que sepa apreciar los clásicos literarios, conozca los secretos del cosmos, establezca un diálogo con los grandes filósofos, sepa lo que es la ética y la tolerancia, pueda expresarse correctamente, tenga ideas propias, conozca el pasado del hombre y encuentre en los libros una fuente de gran satisfacción. Estudia, mijo, pa que seas hombre, pa que seas libre”.
Pero no, el mensaje de un padre, dicho en buen español es: “Estudia para ganarte el derecho de que te esclavice un patrón”. Y es que la educación ya no está de moda; por eso pronto también pasará de moda la libertad.