M+.- Bajo millones de metros cúbicos de agua permanece sepultado un pueblo donde ocurrió uno de los episodios más importantes de la historia de México. Un lugar que fue escenario del fusilamiento de Agustín de Iturbide, consumador de la Independencia, y también uno de los espacios donde comenzó a delinearse el nuevo orden político de la nación independiente.
El agua no solo cubrió sus calles, su plaza principal y sus edificios; también fue borrando lentamente su presencia de la memoria nacional.
La imagen, vista por MILENIO, es intermitente. Solo cuando la sequía obliga a la presa Vicente Guerrero a retroceder, el pasado vuelve a emerger.
Entonces, entre el lodo y la tierra agrietada, reaparecen los restos de la antigua Villa de Padilla: muros de piedra, fragmentos del trazado urbano, tumbas del antiguo cementerio y vestigios de la iglesia de San Antonio de Padua.
Es una aparición fragmentaria, como si la historia solo pudiera mostrarse por partes.
Entonces aparece su nombre: la antigua Villa de Padilla, en Tamaulipas, primera capital del estado y uno de los escenarios más relevantes del México independiente.
El fusilamiento de Agustín de Iturbide
Ahí ocurrió el hecho que marcó su destino histórico. El 19 de julio de 1824 fue fusilado Agustín de Iturbide tras regresar al país sin saber que el Congreso General lo había declarado fuera de la ley si pisaba territorio mexicano.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), su regreso se dio por Soto la Marina, donde fue detenido y trasladado a Padilla para enfrentar la sentencia.
El INAH ha documentado que Iturbide fue una figura central en la consumación de la Independencia, el 27 de septiembre de 1821, cuando el Ejército Trigarante entró a la Ciudad de México.
Poco después fue proclamado emperador, en un contexto político complejo que derivó en tensiones con el Congreso Constituyente. La ruptura institucional lo llevó a abdicar el 20 de marzo de 1823 y salir del país.
El Gobierno de México, a través de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), señala que el 3 de abril de 1824 el Congreso lo declaró fuera de la ley.
Meses después, su retorno a territorio mexicano terminó con su detención inmediata y posterior ejecución en Tamaulipas.
Colegio de Tamaulipas reconstruye el hecho
El fusilamiento en Padilla ha sido reconstruido por distintas fuentes históricas. Los investigadores José Luis Aguilar Guajardo y Joaquín Espinosa Aguirre, en su obra para el Colegio de Tamaulipas titulada “Bicentenario del Fusilamiento de Agustín de Iturbide”, describen el momento final del emperador con base en documentos de la época.
“A las seis de la tarde del 19 de julio de 1824 se escuchó en la Villa de Padilla aquella metralla que acabó con la vida de Agustín de Iturbide”. Y añaden: “Su cuerpo fue amortajado con el hábito de San Francisco y sepultado junto a la iglesia de San Antonio de Padua”.
También señalan que posteriormente sus restos serían exhumados y trasladados a la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, donde reposan desde 1838.
Este trabajo reúne manuscritos, testimonios y documentos históricos que permiten reconstruir el episodio sin pretender cerrar la interpretación histórica del personaje, sino abrir el acceso a las fuentes originales.
Padilla, primera capital del estado
El Gobierno de Tamaulipas reconoce en su información institucional que la antigua Villa de Padilla fue “la primera capital del estado y escenario de uno de los acontecimientos políticos más importantes del México independiente”.
Esta afirmación sitúa al poblado no sólo como un punto geográfico, sino como un nodo central en la historia política temprana del país.
Arturo Rodríguez Castrejón, director de Patrimonio Histórico y Cultural del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes (ITCA), sintetiza su relevancia histórica en una frase contundente:
“La ejecución de Iturbide marcó el fin del Primer Imperio Mexicano y simbolizó el triunfo de la naciente República”.
Pero Padilla no fue únicamente el escenario del último día del emperador. También fue un espacio donde se definieron estructuras políticas fundamentales para el estado.
Ahí sesionó el primer Congreso Constituyente de Tamaulipas y se promulgó la primera Constitución estatal, en un momento en el que México aún delineaba su organización como nación independiente.
En ese contexto, el pequeño poblado del noreste mexicano adquirió una relevancia que hoy contrasta con su condición actual: un sitio invisible bajo el agua.
La presa que sepultó la historia
El cambio ocurrió en 1970 con la construcción de la presa Vicente Guerrero, una de las más importantes del país, con capacidad aproximada de 3 mil 910 millones de metros cúbicos de agua.
La obra tuvo como objetivo el abastecimiento de agua potable, la agricultura y el impulso económico de la región centro de Tamaulipas.
La construcción de la presa implicó la reubicación de los habitantes de la antigua Villa de Padilla, quienes fueron trasladados a un nuevo asentamiento.
El poblado original quedó dentro de la zona de inundación y comenzó un proceso gradual de desaparición hasta quedar completamente sumergido.
Desde entonces, el antiguo pueblo solo reaparece en condiciones excepcionales, cuando el nivel del embalse desciende por periodos prolongados de sequía.
En esos momentos, el paisaje cambia: la superficie del agua se retira y deja expuestas las ruinas del pasado.
La presa, sin embargo, no es solo un cuerpo de agua. Es también una pieza clave de infraestructura regional. Sostiene el consumo humano, la actividad agrícola y el desarrollo económico del centro de Tamaulipas. Paradójicamente, bajo esa función moderna y vital permanece oculto uno de los escenarios más significativos del México independiente.
Historiador llama a pedir perdón por fusilamiento
La memoria del lugar ha sido objeto de debate entre especialistas. El historiador tampiqueño Federico Juárez Andonaegui sostiene una postura crítica sobre el papel del Estado en este episodio. En sus palabras, “el Congreso de Tamaulipas cometió un crimen al haber ordenado el asesinato del padre de la patria”.
Y agrega: “En un acto de justicia es necesario pedir ese perdón por parte de la Legislatura actual”.
Estas afirmaciones forman parte de una lectura que interpreta el fusilamiento de Iturbide como una injusticia histórica que debería ser revisada desde el presente. Sin embargo, otras corrientes académicas advierten que el proceso político de la época fue complejo y que la caída del emperador respondió a las tensiones propias de la construcción del Estado mexicano.
En ese sentido, la figura de Iturbide sigue siendo objeto de interpretaciones encontradas. Para algunos, el consumador de la Independencia; para otros, un gobernante cuya experiencia imperial fue incompatible con el proyecto republicano.
Mientras el debate continúa, la antigua Villa de Padilla permanece en silencio bajo el agua. Solo en temporadas de sequía extrema, el embalse retrocede lo suficiente para permitir que emerjan fragmentos del antiguo poblado.
El nuevo poblado, la nueva historia
Los habitantes originales fueron reubicados en lo que hoy se conoce como Nueva Villa de Padilla.
El traslado marcó el fin del antiguo asentamiento y el inicio de una comunidad que tuvo que reconstruirse lejos del lugar donde había crecido por generaciones.
Las calles, las casas y la vida cotidiana quedaron atrás, bajo el agua, mientras la nueva población comenzó a desarrollarse en terrenos más altos.
En la actualidad, ahí se mantienen escuelas, servicios y actividades económicas básicas, en contraste con el antiguo poblado, que solo existe como recuerdo y como vestigio arqueológico cuando el nivel de la presa lo permite.
La mayoría de sus habitantes actuales creció escuchando historias del pueblo que quedó sumergido, convirtiendo la memoria en parte de la identidad local.
A poco más de dos siglos del fusilamiento de Agustín de Iturbide, Padilla es hoy uno de los municipios menos poblados de Tamaulipas, con apenas 13 mil 618 habitantes, de acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2020, del Inegi.
Pese a su relevancia histórica, el antiguo sitio no es uno de los destinos turísticos más visitados del estado.
Su presencia depende del comportamiento del agua y de las temporadas de sequía, cuando las ruinas vuelven a emerger como una especie de recordatorio físico de lo que fue una de las primeras capitales de Tamaulipas.
Así, bajo las aguas de la presa Vicente Guerrero no solo yace un antiguo pueblo. Permanece también un capítulo esencial de la historia de México que el tiempo no ha logrado borrar por completo.
JETL