Viskin sabe divertirse

[Reportaje]

Lo que se aprecia en el trabajo de Viskin es placer e idea, como en el óleo con gomas sobre madera
Miriam Mabel Martínez
Ciudad de México /

La pintura está más viva que nunca. Para prueba basta recorrer la exposicion Boris Viskin. La belleza llegará después, que reúne poco más de 90 piezas. Esta exhibición no es una retrospectiva —tan gustadas por algunos artistas— y tampoco se trata de “obra reciente” sino de una lectura del trabajo realizado durante los últimos 15 años por este artista nacido en 1960, y en los que se aprecia la consolidación de una propuesta, de un ojo y, sobre todo, de una búsqueda que no se cansa ni de buscar ni de continuar.

Boris Viskin no solo hace gala de técnica sino de un sentido del humor inteligente y nos demuestra que el arte conceptual no es exclusivo de los conceptualistas y que la pintura también puede tener un tratamiento conceptual. Pero él va más allá: además de explorar la escultura y la instalación desde un enfoque pictórico evidencia que su planteamiento formal viene de un gusto por el hacer y también integra al pensamiento. Lo que vemos no solo es gesto, sus piezas también hacen guiños a la historia del arte, esa que abarca la literatura, el cine, la arquitectura. Más que pastiches o relecturas, sus obras son divertidas reinvenciones de una narrativa plástica histórica que lo cobija y simultáneamente le abre la puerta a esos mundos ya explorados pero desde una perspectiva más que original, auténtica.

El espectador sonríe por los títulos divertidos; por la anécdota de la vida cotidiana y la confesión de la obra; las divertidas soluciones plásticas–semánticas; la calidad de la factura; el sentido de composición; los juegos de palabras; la relación entre estética e idea; las notas a pie que nos conectan con artistas como Robert Rauscheberg, Sol Lewitt hasta escritores como Julio Cortázar y Jakob Wassermann, autor de la novela Caspar Hauser o la inercia del corazón, a la que evoca el título de esta muestra.

Lo que se aprecia en el trabajo de Viskin es placer e idea, como en el óleo con gomas sobre madera, Cementerio de dibujos (2015), un deleite visual y un juego de significantes. El humor crece al leer la ficha técnica: “Mira papá como la goma se come al dibujo”; en Esperando a los tártaros (2010), cuadro en el que la pintura se sale de la pintura y cobra volumen en objetos que, además, nos conectan a una época, como los soldaditos de metal —y luego de plástico— muy codiciados en los sesenta o en Silla mirando sus partes (2008), una sensación deconstructivista que se repite al ver el cuadro Blanco constructivista (2011).

Pero ese sentido del humor no es un “chiste” ni ocurrencias, son planteamientos que conectan lecturas, búsquedas más personales que incluyen a la pintura como problemática, su contemplación e historia, así como al guiño a la biografía como en Mi abuelita de Klimt (2015) o a la instalación Serie de tesoros del Rijkmuseum (2011–2015), un juego de intervenciones divertidas en el que participan 38 piezas que reciclan imágenes y materiales que evidencian esta capacidad por transformar en pintura —como idea— todo lo que toca, así sean sus guacales, librero y petates (todos de 2000) en el que evoca geometrías, materidad al hacer pintura con volumen.

La curaduría es de Iñaki Herranz, a quien hay que agradecerle que en la exposición se sienta al artista sobre el curador. Más que una pretensión de “explicar” quién es Boris Viskin o por qué él, la museografía nos invita a deambular por la obra, a sentirla y detenernos para observar, no para tratar de entender, y en ese acto, de pronto, plácidamente reconectarnos con lo pictórico.

Una exposición para expertos, inexpertos, profesionales, amateurs, creyentes y escépticos de la pintura.

La belleza llegará después se exhibe, hasta el 14 de agosto, en el Museo de Arte Moderno, en Chapultepec.

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