Wilber Mendoza, una danza hecha de memoria, territorio y ancestralidad: "Oaxaca existe porque resiste"

Entrevista

Con una visión que define como “danza artesanal”, Wilber Mendoza habla con MILENIO sobre identidad, memoria y las tradiciones de Oaxaca mientras busca nuevas formas de llevarlas al escenario.

“Todo mi trabajo tiende a tocar temáticas sociales que me atraviesan". | Foto: Ximena Fargas
Ciudad de México /
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Wilber Mendoza tenía ocho años cuando vio a Oaxaca, su ciudad natal, “en guerra”. Era 2006 y el conflicto magisterial llegó a uno de sus momentos más álgidos con el desalojo del plantón que mantenían los maestros en el Zócalo de la capital; la madrugada del 14 de junio, policías intervinieron por orden del entonces gobernador Ulises Ruiz.

“Ver a tu familia herida, lastimada por el Estado, ver tu ciudad destruida y después ver a toda esa gente desplazada... Creo que ahí empieza lo escénico: al ver el potencial que el cuerpo tiene individual y colectivamente”, recuerda el coreógrafo sobre ese episodio que “me cambió la vida”.

En entrevista con MILENIO, a dos décadas de aquel conflicto, Mendoza vuelve la mirada hacia ahí como una de las semillas de todo lo que lleva al escenario: “Oaxaca existe porque resiste. Todo mi trabajo, todo el repertorio coreográfico que tengo, tiende a tocar temáticas sociales que me atraviesan, que me afectan y que, por supuesto, afectan a muchísimas más personas”.

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GASA

Entendiendo lo coreográfico como una forma de “memoria del territorio”, Mendoza encuentra en el escenario un espacio para dejar "registro".

“Algo muy importante es no nada más bailar, sino sí dejar un registro de que nuestras caras, nuestros cuerpos, nuestras voces, nuestra ropa pueden estar en un escenario, pueden ser iluminadas, pueden ser el spotlight de la noche”, explica.

Esa búsqueda de memoria, territorio e identidad permea GASA, obra con la que el artista oaxaqueño fue semifinalista del Premio Nacional de Danza Guillermo Arriaga.

La pieza parte de un largo proceso de reflexión y reconstrucción para llevar al escenario, a través de cuatro bailarines, referentes de las mitologías ancestrales: aparecen Quetzalcóatl, Coatlicue y Mictlantecuhtli, pero también las lenguas y voces zapotecas y mixtecas. Incluso suena Si no te hubieras ido, canción de Marco Antonio Solís 'El Buki'.

Una memoria que no se queda solo en las figuras mitológicas, sino que incorpora uno de los episodios de violencia más graves de las últimas décadas: la desaparición forzada de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, ocurrida en septiembre de 2014.

"Me parece muy abrumador cuando vamos a ver obras y sentimos, como audiencia, que somos culpables de todos los problemas sociales... Quería transformar eso: compartir una obra en la que podamos vivir y sentir ese dolor, el impacto de la violencia que hay en el país, pero que también sentir cómo eso se transforma en unión, en apoyo, en solidaridad. Cómo el dolor nos transforma", detalla.

El dolor transforma

Mendoza comenzó a explorar la relación entre el cuerpo, la sensibilidad y el dolor en la universidad, a través de una clase sobre estudios somáticos: "Una de las actividades era hacer una bitácora para la que tenías que pasar una hora solo, sin nadie, sin nada, haciendo nada, solamente tú y tu cuerpo en un lugar, y sintiéndote, pensándote, moviéndote. Pero solo tú y tu cuerpo”.

Así aprendió a prestar atención a detalles que normalmente pasan desapercibidos: desde la tensión de un músculo hasta la dirección de la mirada o el movimiento de los dedos. “Siempre estamos sintiendo dolor; siempre nos duele algo, estamos incómodos, siempre hay una parte que está tensa”, apunta. 

Ese ejercicio terminó convirtiéndose en materia para su trabajo coreográfico: cuando piensa en Ayotzinapa, lee sobre las madres buscadoras o se enfrenta a algún tema social difícil, está atento a cómo responde su propio cuerpo, y de ahí busca imágenes para llevar al movimiento.

El dolor me ha ayudado a entender el dolor de las otras personas. También la sensibilidad, porque aplica para felicidad, tristeza... para muchas cosas que sentimos”.

'GASA' | Foto: Lluvia Lazo

La formación de un artista


La formación artística de Wilber comenzó a los siete años, cuando empezó a estudiar violín y piano en Oaxaca. Después ingresó a la Casa de la Cultura local, donde halló el vínculo entre arte, cuerpo e identidad: “Los espacios artísticos para mí eran espacios de cuestionamiento, de diversidad , de mucho respeto. Ahí fui encontrándome”.

Para la preparatoria ingresó al Centro de Educación Artística Miguel Cabrera, escuela del INBAL en Oaxaca, donde descubrió disciplinas escénicas que hasta entonces no había podido estudiar “por cuestiones económicas”. Se especializó en teatro, pero durante los últimos años comenzó a sentir el llamado de la danza.

Con esa iluminación, consiguió una beca para estudiar en la Universidad de las Américas Puebla, donde cursó entre 2016 y 2020: “Ahí es donde realmente empieza todo el trabajo de consolidación a través de la danza”.

En su recorrido, Wilber ha tenido como respaldo permanente a sus padres, quienes al principio pensaban que los suyo sería un hobbie, pero pronto entendieron su vocación. Y aunque la familia no tenía los recursos para sostener una formación artística, encontró maneras de hacerlo posible.

No teníamos dinero, pero ellos conseguían becas para que yo pudiera estudiar”, rememora, y confiesa que así adquirió una responsabilidad que ha convertido en manda: “Ese sacrificio de mis papás tiene que valer absolutamente la pena y tiene que ser un trabajo de excelencia”.

Con el tiempo, además de interpretar, Wilber comenzó a desarrollar sus propias piezas y, por ende, a consolidar un lenguaje coreográfico que dejó de ver como un proyecto personal.

“Me di cuenta que esto podría ser más que un proyecto individual, porque había personas que querían aprender, que querían compartir y que necesitaban también apoyo”, comenta sobre el surgimiento de la Compañía WM, donde "nos une la pasión, el compromiso y la disciplina".

Desde entonces, ha desarrollado obras como Angelito, Sol azul, Otras maneras de decir te quiero, No bichere, Ave y GASA, y se ha presentado en escenarios como el Palacio de Bellas Artes, el Teatro de la Danza Guillermina Bravo y el Pabellón Escénico, además de distintos espacios de Oaxaca y programas internacionales.

"Yo soy una persona muy exigente conmigo mismo, tengo ese rigor. Pero erramos siempre.... Que me parece lo más irónico de esta exigencia, pero también lo más divertido: si no nos equivocamos, entonces nunca podemos aspirar a ese éxito, a esa resolución, a esos resultados; si siempre fuéramos perfectos y todo saliera al 100, como que ya no tendríamos nada más que buscar".

Foto: Santiago Bolaños

Danza artesanal y próximas búsquedas

'Danza artesanal', así es como Mendoza define conceptualmente su visión creativa, que apela a lo manual, lo minucioso y la memoria: la familiar, la ancestral, la lingüística y la estética.

“Me parece muy importante que se llame esto danza artesanal, porque de ahí venimos, porque es lo que hacemos, porque son nuestros procesos, no producimos en masa”, explica. 

Desde esa mirada alista una próxima exploración escénica: la historia de una princesa zapoteca entregada a los mixtecos como parte de una alianza de guerra, sacrificada y cuyo cuerpo habría sido encontrado en el río Atoyac. 

A partir de ese relato quiere revisar la historia de las princesas de México y ahondar en el papel de las mujeres en los procesos de mestizaje y en la construcción de nuevas identidades: "Ellas son un puente cultural".

Otra línea parte de su relación con la belleza y el género, particularmente de las formas en que las personas construyen su identidad. Ahí aparece el travestismo como una posibilidad cotidiana: “Siempre nos estamos travistiendo de algo, pero muy pocas veces nos damos cuenta”.

El arte que sigue vivo

Uno de los sueños de Mendoza es alcanzar, desde la danza, un impacto como el de Juan Gabriel: "Era popular porque le hablaba al pueblo, y cuando nos vamos a una cosa de expresión corporal... creo que ahorita mi estrategia para alcanzar esa popularidad, ese alcance del pueblo, es el catolicismo".

"Creer que solo se queda en las iglesias es un error; está ahí, todos lo sentimos, todos lo conocemos, es un punto de encuentro y es un punto que atraviesa", explica antes de contar que en su pueblo, durante una fiesta patronal, puede sonar Dragon Ball Z o Linkin Park frente a la iglesia, después una banda, Las Mañanitas o el Ave María. 

Con ese ejemplo resume la manera en que una tradición permanece viva, transformándose conforme cambia la sociedad: "El arte interesante es ese que sigue vivo, que se sigue transformando, que se sigue preguntando y que sigue respondiendo a lo que está viviendo en ese momento".

Ese principio lo lleva de vuelta a Oaxaca, que reconoce como una cuna de talento y de referentes como Lukas Avendaño, Ángeles Cruz y Francisco Toledo, pero también como un lugar donde “hacen falta muchas plataformas para desarrollarlo y que realmente llegue a consolidarse y a expandirse a donde tiene que llegar”.

Yo me siento muy orgulloso de ser de Oaxaca. Yo siempre digo que soy del país de las nubes. Estoy muy contento de compartir eso con el público, yo estoy muy contento también de trabajar de cerca con las personas que hacen eso, con personas que hacen los vestuarios de manera artesanal, con teñidos naturales, con maestras talabarteras, pero también con técnicas más actuales. Que siguen, como yo, reflejando esa ancestralidad”.

hc

  • Yair Hernández
  • juan.hernandez@milenio.com
  • Es periodista especializado en temas de cultura y entretenimiento. Actualmente trabaja como reportero para Milenio.

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