“Si quieres que algo nuevo llegue a tu vida, tienes que ser suficientemente valiente para dejar ir las cosas”.
Álvaro Ortiz no habla de golf cuando pronuncia estas palabras. Habla de las dudas, de la frustración y de la batalla que libró consigo mismo durante una temporada que terminó por cambiar su carrera. Después de años de trabajo, dos victorias en el Korn Ferry Tour y la tarjeta asegurada para el PGA Tour en 2027, el mexicano llega al VidantaWorld Mexico Open 2026 con una certeza distinta: ya no necesita controlar cada resultado para confiar en su camino.
El éxito no le ahorró los momentos difíciles. Hubo semanas en las que cuestionó su preparación, a su equipo y hasta su capacidad para hacer las cosas bien. El golf, reconoce, puede llevar a un jugador al límite emocional.
“Este deporte creo que las personas normales no lo jugamos. Estamos medio tocados, ¿verdad? Bien locos. Te lleva al borde del delirio”, dice entre risas.
Detrás de los triunfos hubo un proceso menos visible: aprender a confiar en el trabajo realizado y desprenderse de las expectativas que terminaban por pesarle.
“Tuve muchos encuentros personales, emocionales. Mucha parte del reto era creer que el trabajo que estaba haciendo era el correcto, que el equipo que tenía alrededor era el correcto y que estaba listo”.
La transformación no ocurrió de la noche a la mañana. Ortiz tuvo que cambiar su relación con el resultado, aceptar la incertidumbre y concentrarse en lo único que realmente depende de él: dar su mejor esfuerzo.
“Hubo muchas semanas donde llegas medio a odiar el deporte. Entiendo que esto es parte del trabajo”, admite.
Hoy procura jugar con menos apego a lo que desea que suceda. No significa que haya perdido ambición, sino que ha aprendido a distinguir entre prepararse para ganar y pretender controlar el desenlace.
“Al final de cuentas, es lo único que uno tiene que hacer: entregar el 100 por ciento. No tienes que querer controlar resultados, no tienes que querer controlar nada”.
Para Ortiz, el VidantaWorld Mexico Open tiene un significado especial. Conoce estos campos desde los cuatro o cinco años, cuando el golf apenas comenzaba a formar parte de sus sueños. Regresar ahora, con un lugar asegurado en el máximo circuito para la siguiente temporada, le permite mirar el camino recorrido sin la urgencia de resolver su futuro en cuatro días.
“Es más un gozo, más un disfrute. Es increíble poder jugar acá en casa. No tengo tantas oportunidades de venir a jugar este tipo de torneo”, explica.
La presión existe: quiere jugar bien frente a su gente y representar a México en un torneo del PGA Tour. Pero esta vez no compite con la necesidad de conseguir su tarjeta.
“Sé que mi trabajo está en hacer el mejor esfuerzo, hacer lo mejor que puedo y que lo demás se dará por añadidura”.
También agradece a Vidanta por abrirle las puertas a lo largo de los años y reconoce el esfuerzo que implica organizar un campeonato de esta magnitud en México. Para él, la semana representa una oportunidad de disfrutar el presente y compartir el campo con otros mexicanos que también construyen su camino en el golf profesional.
En ese recorrido, su familia ha sido fundamental. Su hermano Carlos, quien también ha desarrollado una carrera destacada, le permitió aprender de sus decisiones y aprovechar oportunidades que facilitaron su propia formación.
“Creo que, en cierta forma, yo no estaría aquí sin mi hermano. Él me ha ayudado mucho, me ha abierto mucho el camino”.
La relación entre ambos ha crecido con los años, alimentada por el respeto y la experiencia compartida. Sus padres, dice Álvaro, celebran que los dos compitan a un alto nivel, aunque tienen una prioridad más importante que los resultados.
“Lo que más les importa es que estemos felices”.
El golfista también reconoce el respaldo de su pareja y de su familia durante los momentos emocionalmente más complicados. Entender las exigencias de su profesión y acompañarlo en sus batallas ha sido parte esencial de su estabilidad.
Cuando se le pregunta qué mensaje dejaría a los jóvenes que buscan abrirse paso en el deporte, Ortiz vuelve a las enseñanzas de sus padres y a una convicción construida a lo largo de su carrera: trabajar, creer y tener paciencia.
“Tuve un gran ejemplo con mi padre, con mi madre, con mis hermanos, en donde me di cuenta de que el trabajo rinde sus frutos en algún punto. Incluso cuando no se da después de tantos años, si uno le sigue terqueando, al final de cuentas siempre hay luz al final del túnel”.
Su trayectoria respalda esa idea. Después de abrirse paso en el Korn Ferry Tour, en 2026 consiguió las victorias que le aseguraron el ascenso al PGA Tour. No fue un camino inmediato, pero sí uno que terminó por darle frutos.
Ahora llega a Vidanta preparado, respaldado por su equipo y consciente del momento que vive. No promete resultados ni necesita anticiparlos.
“Voy a hacer mi mejor esfuerzo y ver qué es lo que pasa. Lo demás no está en mis manos”.
El niño que conoció estos campos hace más de dos décadas vuelve convertido en un profesional que está por dar el siguiente paso de su carrera. El sueño no termina con la tarjeta del PGA Tour: cambia de dimensión.
Esta semana, sin embargo, Ortiz quiere permitirse algo que durante mucho tiempo le costó: disfrutar el camino sin convertir cada golpe en un examen sobre su futuro.
Porque perseguir un sueño exige disciplina y perseverancia. Aprender a vivirlo, una vez que comienza a cumplirse, también requiere valentía.
MGC