Cuando boxeo no glorifica el silencio: programa 'KO al Bullying' inspira a jóvenes a no quedarse callados

Las campeonas como Gabriela Sánchez y Lupita Martínez comparten historias personales con el bullyng y la violencia

Programa 'KO al Bullying' inspira a jóvenes a no quedarse callados (CMB)
Olga Hirata
Ciudad de México /

En México, el bullying no necesita presentación, necesita memoria. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía estima que cerca del 28 por ciento de los estudiantes entre 12 y 17 años ha sufrido acoso escolar; la Secretaría de Educación Pública empuja aún más el dato hasta volverlo incómodo: siete de cada 10 han vivido algún tipo de violencia dentro de la escuela. Las cifras están ahí, frías, repetidas, casi domesticadas. Lo que no aparece en ningún reporte es el momento exacto en que alguien decide no decir nada, cuando el golpe deja de ser físico y se vuelve interno, cuando el silencio empieza a hacer más daño que la agresión misma.

En ese punto, en ese terreno invisible, el boxeo, un deporte que durante décadas enseñó a resistir sin preguntar, empieza apenas a asomarse.

Este sábado, en el Magnífico Boxing Gym de Puebla, el programa WBC Cares reunió a poco más de 70 niños, niñas y jóvenes. En papel, era una activación social: campeonas, embajadores, mensajes contra el bullying. En la práctica, fue otra cosa. Fue un espacio donde, por un momento, el boxeo dejó de hablar de fuerza y se permitió hablar de lo que la rompe.

Ahí estaba Gabriela Sánchez Saavedra, la Bonita, campeona interina del Consejo Mundial de Boxeo. Pero lo que llevó no fue un cinturón, fue el origen. No construyó su intervención desde la victoria, sino desde una escena que todavía la sostiene por dentro:

"Empecé muy pequeña por una casualidad; después de un incidente donde me agredieron, encontré la motivación para entrenar".

No lo adornó. No lo volvió heroico. Lo dejó en su forma más cruda: el boxeo como consecuencia, no como sueño. Hay algo profundamente incómodo en aceptar que muchas trayectorias deportivas nacen ahí, en un intento por recuperar control cuando alguien ya te lo quitó. Por eso, cuando más adelante dijo que "lo principal es nunca quedarnos callados" y que hay que “comentárselo a alguien de confianza… nunca permitir que esta gente abusiva siga con esto”, no sonaba a discurso institucional, sonaba a corrección tardía, a una especie de advertencia que viaja hacia atrás en el tiempo, como si hablara con la versión de sí misma que no tuvo a quién decirle.

A unos metros, Lupita Martínez escuchaba con esa quietud que solo tienen quienes ya entendieron que no todo se explica. Su historia es distinta, pero no ajena. Campeona mundial, sí, pero también producto de un camino que no tiene nada de lineal, donde la cima y la caída conviven más de lo que se admite en los resúmenes oficiales. Cuando tomó la palabra no necesitó detallar demasiado; su lenguaje corporal hacía el resto, ese ligero desfase entre lo que se dice y lo que se carga. Y entonces soltó una frase breve, casi seca:

"Tengo mucha hambre de regresar".

Podría parecer deportiva, pero no lo es del todo. Hay en esa frase algo más visceral, una necesidad de volver a un lugar donde las reglas son claras, donde el golpe viene de frente y no desde la sombra, donde el dolor, al menos, tiene lógica. Porque fuera del ring hay otra clase de desgaste, uno que no se entrena y que tampoco se aplaude.

Entre ambas historias, el ambiente se volvió más denso, no por lo que se dijo, sino por lo que empezó a sentirse. Fue ahí donde apareció Joséjas, no para cerrar ideas ni para ordenar el discurso, sino para hacer algo que en este entorno todavía resulta extraño: escuchar.

"Más que querer decirle a la gente, quiero escucharla", dijo, sin levantar la voz, casi como quien sabe que la frase no necesita volumen para incomodar.

En un deporte que históricamente ha premiado el aguante emocional como si fuera virtud, detenerse a escuchar es casi una ruptura. Joséjas no maquilló el problema ni lo redujo a una etapa:

"El bullying está en absolutamente todos lados".

Y luego puso sobre la mesa algo que durante años fue visto como debilidad. "La salud mental va de la mano de la preparación física".

No como tendencia, no como campaña, sino como una base que simplemente no se había querido mirar. Su presencia, lejos de la épica del nocaut, se movía en otro registro: el de quien entiende que el boxeo no solo forma cuerpos resistentes, sino también silencios prolongados si nadie interviene a tiempo.

Desde el programa KO al Bullying, impulsado por el Consejo Mundial de Boxeo a través de WBC Cares, la intención es clara: utilizar el deporte como vehículo de prevención, acercar referentes, abrir conversación. La presencia de figuras como Gabriela Sánchez, Lupita Martínez y Joséjas no es casual, responde a una lógica que busca resignificar el concepto de fuerza, moverlo de la imposición al respeto, de la intimidación al límite. Es un intento válido y necesario de intervenir desde el simbolismo, desde lo que los jóvenes ven y replican.

Pero incluso en ese esfuerzo hay una verdad que no se puede suavizar: una charla no desactiva un sistema. El bullying sigue ocurriendo fuera de ese gimnasio, en aulas, en casas, en espacios donde nadie está mediando la conversación. Por eso, lo verdaderamente relevante de ese día no fue el evento en sí, sino lo que dejó flotando.

Un grupo de jóvenes escuchó a una campeona admitir que su historia comenzó con una agresión. Escuchó a otra dejar ver que el pasado no desaparece, solo cambia de forma. Escuchó a alguien decir que antes de hablar hay que aprender a oír. Y en medio de todo eso, por un instante, el silencio dejó de ser la única estrategia disponible.

Ahí está el punto de quiebre. No en el discurso, no en la foto, no en la agenda institucional. Está en ese momento casi imperceptible en el que alguien entiende que lo que le pasa tiene nombre, que no es el único, que decirlo no lo hace débil.

El boxeo, con toda su historia de resistencia y dureza, empieza apenas a aceptar que no todos los golpes se esquivan con guardia alta. Algunos se quedan, se incrustan, se convierten en voz interna. Y esos no se resuelven aguantando. Se resuelven cuando alguien los nombra… y cuando del otro lado hay alguien dispuesto, de verdad, a escuchar.

Porque al final, en un país donde el silencio ha sido tantas veces una forma de sobrevivir, romperlo no es un acto menor. Es, quizá, el primer golpe que realmente cambia algo.


RGS

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