• De Mussolini a Trump: cuando el Mundial es propaganda y control del poder

Villoro y Sacheri hablan de futbol y de Mussolini, Pinochet, Trump. Esta crónica explora cómo, en el pasado, dejó de ser sólo un juego para convertirse en relato, propaganda y control.

Ciudad de México /

DOMINGA.– Es diciembre de 1914. En algún punto impreciso entre las trincheras de los soldados de Inglaterra y Alemania, donde el frío calaba los huesos, el lodo era la única patria posible y la muerte, rutina habitual, los disparos se detuvieron. Alguien pateó una pelota improvisada –una granada estallada, quizás un casco perdido– y, durante algunos minutos, los enemigos se volvieron a enfrentar. En un juego de futbol. No había árbitro, no había reglas claras, no había espectadores. Sólo una tregua improbable en medio del absurdo.

Un siglo después, la escena se repite con otras coordenadas y otras violencias. Desde la invasión rusa, la selección nacional de Ucrania se convirtió en un equipo errante. Sin estadio, sin casa, sin país en calma. Jugó “de local” la eliminatoria para el Mundial 2026 en Varsovia, en Praga y donde se pudiera. Cada partido fue un acto de resistencia simbólica: once hombres intentando que la normalidad existiera, aunque fuera solamente durante noventa minutos.

Ucrania perdió su lugar en el Mundial 2026 tras perder 3-1 ante la selección de Suecia | Especial


El futbol es más que un deporte profesional. Es territorio, relato y propaganda. Es refugio, identidad y tribu. Y también es poder. Porque si en plena trinchera se pudo suspender la guerra por un instante, también desde palcos y cúpulas se podría legitimar por décadas. El futbol perdió su inocencia cuando los gobiernos, los liderazgos políticos y los magnates entendieron su potencia emocional. Descubrieron que no hay discurso más eficaz que un gol en último minuto, ni bandera más convincente que un estadio lleno coreando al unísono. Ahí empezó otra historia: la del balompié como herramienta política. 

La futbocracia –esa mezcla de futbol, poder y control– no es una excepción a las reglas globales, es parte del mismo sistema político que domina al planeta. Su regla principal es simple: quien controla el espectáculo, controla el relato.

Te recomendamos
Los mundiales se pactan, se venden, se compran. La red de poder detrás de la FIFA

Francisco Franco, el tirano español que disfrutaba las glorias deportivas

Desde el fascismo de Mussolini en 1934 hasta las monarquías petroleras del siglo XXI, pasando por dictaduras militares, democracias oportunistas y corporaciones globales, el balón ha sido utilizado para algo más que ganar un partido. Se usa para convencer, para distraer, para lavarse la cara y controlar la narrativa. Este juego entre 22 personas no cancela el poder, sólo lo maquilla. Y cuando creemos que estamos viendo un partido, muchas veces estamos frente a una operación política perfectamente coreografiada.

El futbol aglomera eso que la política divide. “Es algo tan importante para congregar la pasión de la gente que, de manera inevitable, ha tratado de ser manipulado por numerosos gobernantes”, asegura el periodista y escritor mexicano Juan Villoro. Y lo sintetiza con precisión metafórica: “el problema no está en la cancha, está en los palcos. Es ahí donde se toman decisiones que no se ven, pero se sienten; ahí donde el juego deja de serlo y se convierte en instrumento, ahí está el poder”, me dice en entrevista para DOMINGA.

“Las dictaduras han querido tener siempre a los equipos de su parte, pero esto no exime a las democracias”, sostiene Juan Villoro. “Basta recordar al candidato presidencial italiano, Silvio Berlusconi, un empresario que entró a la política y que llegó al poder utilizando recursos del fútbol”. El magnate de las telecomunicaciones era el dueño del equipo Milán, el más poderoso de Europa, en la década de los noventa del siglo pasado, “incluso, utilizó el lema de la propia selección italiana ‘Forza Italia’ como lema de campaña electoral”, remata Villoro, autor de los títulos futbolísticos Dios es redondo y Los héroes numerados.

“Esa manipulación no es aceptable pero sucede hasta en las democracias modernas. Así sucedió, por ejemplo, en México durante la elección presidencial del año 2006”, recuerda Villoro. Cómo olvidar a Felipe Calderón (candidato del PAN) o a Patricia Mercado (aspirante de Democracia Social), asistiendo al Centro de Alto Rendimiento para tomarse la foto con la selección mexicana, poniéndose la playera verde y lanzando mensajes de aliento para los jugadores.

En todos los órdenes políticos el futbol ha caído en las garras de los intereses políticos y partidistas. Juan Villoro, de memoria, hace una breve lista de varios de ellos: “[Slobodan] Milosevic en la exYugoslavia favoreció al club Estrella Roja y se vio favorecido utilizando a gente de sus barras bravas como integrantes de grupos de choque. En fin, esto ha sido una y otra vez utilizado, recordemos a Francisco Franco en España y su debilidad por el Real Madrid. No existe prácticamente ningún tirano que no haya disfrutado de las glorias deportivas como si fueran propias”. Y concluye con su elegante sátira: “Podríamos hacer una auténtica enciclopedia de usos políticos abusivos del poder, relacionados con el fútbol, y si extendemos esto a los usos económicos… esa enciclopedia sería mucho más extensa que la Britannica”.

Felipe Calderón con la Selección Mexicana en el Centro Pegaso: mayo 2006 | Miriam Sánchez

La presión política de Mussolini para ganar el Mundial

Italia, 1934. Era apenas la segunda edición de la Copa Mundial de Futbol. El dictador Benito Mussolini convirtió el evento deportivo en una puesta en escena para validar su régimen fascista: orden, disciplina, grandeza. No sólo se trataba de ganar; se trataba de mostrarle al mundo que la italiana era una nación “funcional” y el futbol fue su escaparate ideal para ese propósito.

El equipo local hacía el saludo fascista (levantando el brazo derecho a 45 grados) antes de que empezara cada uno de sus partidos. El país estaba bajo el poder absolutista del Partido Nazionale Fascista (PNF) de extrema derecha. Para Mussolini ganar el Mundial era fundamental. Y la presión política no sólo se manifestó en discursos y estrategias, la mano extradeportiva se asomó impune desde la etapa de cuartos de final del torneo.

Italia y España se jugaban su pase a semifinales. El encuentro registró una de las actuaciones arbitrales más polémicas. El juez suizo (sí, de la supuestamente neutral Suiza), René Mercet, anuló dos goles a los españoles y dio por válida la anotación del emblemático jugador Giuseppe Meazza, tras una aparente falta contra el arquero rival. Y la cosa no paró ahí. En la antesala de la final, los italianos enfrentaron a Austria y, nuevamente, el arbitraje fue definitorio en favor de los locales. Lo sorpresivo fue que ese mismo árbitro de la semifinal, el sueco Ivan Eklind, fue el encargado de impartir justicia en la final ante Checoslovaquia.

El partido por el Campeonato Mundial se jugó el 10 de junio de 1934 en Roma, en el viejo Estadio Nacional del PNF (sí el partido en el poder tenía su estadio). Los visitantes comenzaron arriba en el marcador pero luego Orsi marcó el empate para equilibrar el trámite. El partido se fue al alargue y, en ese momento, retumbó el vestuario de la squadra azzurri. Benito Mussolini le advirtió al entrenador Vittorio Pozzo: “si gana, el éxito es suyo; pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”.

El técnico y sus jugadores sabían que en caso de una derrota podrían ser fusilados por el dictador, ultraderechista y aliado del mismísimo Adolfo Hitler. De un juego vital en lo deportivo, los italianos pasaron a encarar uno de vida o muerte. Literal. Afortunadamente para ellos, el futbol les salvó la vida. Italia derrotó 2-1 al cuadro checoslovaco. Benito Mussolini estuvo 23 años en el poder: de 1925 a 1943. Durante su dictadura, Italia ganó dos Mundiales: el de 1934, jugado en casa, y el de 1938 que se celebró en Francia.

Foto de Hitler y Mussolini en Munich, Alemania, en 1940 | Shutterstock

Videla lavó la cara a la dictadura argentina con el Mundial del ‘78

Cuarenta y cuatro años después, la experiencia en Argentina mostró un rostro similar al italiano: un Mundial de futbol desarrollado en pleno gobierno de una Junta Militar que arrebató el poder a través de un golpe de Estado en 1976. La cobertura de la prensa oficialista y la puesta en escena del evento, comandada por la dictadura, fueron parte de una estrategia deliberada para neutralizar críticas y presentar una imagen de unidad nacional. El Mundial no borró la represión pero ayudó a domesticar la mirada externa durante semanas decisivas.

El fútbol en Argentina es religión, es cultura y es pasión. Este deporte es un reflejo de las tensiones y conflictos de la sociedad, pero al mismo tiempo logra ser un mecanismo social mediante el cual se pueden controlar las emociones, volviéndose parte de una distracción de los problemas de la vida diaria. “En aquel momento la sociedad se sumó fervorosamente a la organización del Mundial”, me dice en entrevista Eduardo Sacheri, escritor argentino y autor de las novelas El secreto de sus ojos y Demasiado lejos.

La estrategia de la Junta Militar era la desacreditación de las denuncias ciudadanas. Sobre todo las que realizaban argentinos exiliados en países como México. “Son campañas de odio contra el país”, repetían una y otra vez las huestes de Jorge Rafael Videla. La dictadura logró que buena parte de la sociedad creyera en ese discurso. Sacheri resume así la paradoja del Mundial de 1978:

“La dictadura hizo mucho hincapié en ‘vamos a demostrarle al mundo que aquí no pasa nada’. Esa consigna fue el eje del relato oficial. Las denuncias de exiliados y organizaciones de derechos humanos circulaban fuera del país, pero dentro de Argentina la narrativa oficial las presentó como campañas de desinformación o ataques externos”, reflexiona en entrevista para DOMINGA.
Te recomendamos
Sus padres huyeron de la dictadura: la memoria rota de los hijos del exilio argentino en México


Si bien la designación del país sudamericano como sede ocurrió 12 años antes de que el general Videla tomara el control de la nación, la celebración futbolística fue utilizada por su dictadura militar para intentar legitimar su proyecto político y para lavarle la cara a las violaciones sistemáticas que se vivían en esa Argentina.

Mientras los estadios se llenaban de banderas y cánticos, a pocos kilómetros del estadio Monumental de River Plate, la Escuela de Mecánica de la Armada operaba como centro clandestino de detención. Testimonios de sobrevivientes recuerdan cómo el ruido de los partidos llegaba hasta ahí. La manipulación llegó hasta lo deportivo. Se sospechó de la influencia política militar para arreglar partidos, resultados y controlar las designaciones arbitrales en favor de la selección argentina.

El caso más descarado sucedió en el juego que, a la postre, le dio a Argentina su pase a la gran final del Mundial. Frente al seleccionado de Perú, la albiceleste necesitaba ganar por diferencia de cuatro goles –o más– para eliminar a Brasil y llegar al ansiado partido. Como sucedió en Italia 1934, la dictadura llegó hasta los vestidores del estadio sede. El general Videla visitó el camerino de los peruanos acompañado por Henry Kissinger, número dos del gobierno de Estados Unidos, en lo que fue considerado como un acto de intimidación psicológica y política contra los rivales.

Argentina ganó ese encuentro con un estrepitoso marcador: 6 a 0. Por supuesto que hubo sospechas de un presunto soborno económico. Incluso de un “premio político” a través del conocido Plan Cóndor, una estrategia de apoyos para Perú que incluía el descuento generoso en la compra de granos argentinos desde la nación inca, después de la derrota en el campo. Más allá del mito, las suspicacias fueron alimentadas por varios jugadores peruanos, como Juan Carlos Oblitas, quienes describieron el partido como “raro” o “vergonzoso”. Varios de sus compañeros cuestionaron el desempeño de su propio portero, Ramón Quiroga (un argentino nacionalizado peruano), y del defensor Rodulfo Manzo. Nunca hubo evidencia sólida de algún acto de corrupción deportiva. Sin embargo, ese partido sigue siendo considerado un símbolo oscuro del uso del deporte con fines políticos.

Al final del día, Argentina se coronó campeona. La victoria deportiva reforzó la idea de un país que funcionaba, y esa percepción ayudó a sostener al régimen en un momento en que la oposición aún no se había consolidado plenamente. Cuatro años después, durante la Guerra de las Malvinas, se mostró otra cara de la instrumentalización: la movilización nacionalista buscó nuevamente legitimar al poder, pero la derrota militar precipitó el colapso del régimen.

“¿Qué habría pasado si la guerra hubiera tenido otro resultado?”, se pregunta Eduardo Sacheri. “La historia no permite respuestas seguras, pero la hipótesis subraya la relación entre relatos colectivos y estabilidad política. En Argentina sólo hay dos temas que unen a la gente: la selección nacional y las Malvinas. El Mundial de 1978 sigue siendo un episodio incómodo en la memoria argentina: la gloria deportiva y la mancha política conviven en la misma imagen”, concluye.

“Ese Mundial fue una cortina de humo para desaparecer a los desaparecidos”, cierra la pinza Juan Villoro.

Jorge Videla y Emilio Massera, dos de los tres militares que encabezaron el golpe de Estado de 1976 |EFE/STF/AA/ARCHIVO

El partido fantasma contra la URSS durante la dictadura chilena

Carlos Caszely nació en Santiago en 1950. Considerado el mejor futbolista de la historia de Chile, (el tercer mejor goleador en la historia de su selección nacional, múltiple campeón con el club Colo-Colo y el mejor jugador de la Copa América en 1979) fue un ferviente admirador de Salvador Allende y lo apoyó públicamente cuando se lanzó por cuarta y definitiva vez a la presidencia de su país en 1969.

Apenas tenía tres años en el poder, cuando la Junta Militar chilena encabezada por el general Augusto Pinochet, protagonizó un golpe de Estado que terminó con el asesinato de Allende el 11 de septiembre de 1973. Fue un duro golpe para el astro del balompié chileno.

Setenta y un días después de su muerte, Caszely protagonizó, junto con la selección chilena de futbol, el episodio más vergonzoso de ese deporte en la nación austral. Conocido como el “partido fantasma”, el 21 de noviembre de 1973 en el Estadio Nacional de Santiago se realizó el juego de vuelta del repechaje intercontinental para lograr el pase al Mundial de Alemania 1974.

Chile se enfrentaría a la URSS, con quien había empatado a cero goles en Moscú el 26 de septiembre anterior. Pero el equipo soviético no se presentó al encuentro en la capital chilena porque su gobierno rechazó jugar en un recinto que se había utilizado como centro de tortura tras el violento derrocamiento de Allende. Incluso, solicitó a la FIFA cambiar la sede del partido pero el organismo lo rechazó.

Lo peor y más bochornoso fue que, al no presentarse el equipo de la URSS –por razones de seguridad y de protesta política–, la propia FIFA ordenó que el partido se jugara… ¡sin equipo rival! Los chilenos saltaron a la cancha sin contrincantes enfrente. El árbitro dio el silbatazo inicial. Los jugadores de “La Roja” avanzaron y marcaron un gol en el arco rival a los 30 segundos. El partido terminó inmediatamente después del gol con un resultado administrativo en favor de Chile, logrando su clasificación a la Copa del Mundo.

Unos días antes de que el equipo austral partiera rumbo a Europa, la madre de Carlos Caszely fue detenida por agentes de seguridad de la dictadura pinochetista, acusada de pertenecer al Partido Comunista. Fue brutalmente torturada y, luego, dejada en libertad. Augusto Pinochet fue a despedir al equipo antes del viaje a Alemania y quiso saludar de mano a todos los jugadores, uno a uno. Cuando el general llegó hasta el lugar de Caszely, este le negó el saludo.

Años después, el deportista dijo: “Fui el único jugador que no saludó al dictador. Tenía miedo pero era lo que tenía que hacer.”


​La dictadura brasileña y el futbol

Sócrates no sólo jugaba futbol. Pensaba. Médico de profesión, fue capitán de la selección brasileña durante los Mundiales de España 1982 y México 1986. Fue líder de la defensa carioca y, al mismo tiempo, líder de la defensa del pueblo carioca. En plena dictadura militar, encabezó el movimiento de la llamada “Democracia Corinthiana”. Se trató de una estrategia de decisiones colectivas dentro del equipo de sus amores: el Sport Club Corinthians Paulista. Ahí, entendió antes que muchos de sus colegas que la cancha también podía ser tribuna política.

Brasil vivía bajo una régimen autoritario, de ultraderecha, surgido de un golpe de Estado que se extendió por más de dos décadas. Represión, censura, desapariciones forzadas eran temas del día a día. En ese contexto y de manera poco ortodoxa, el Corinthians decidió hacer algo impensable: democratizar el vestidor.

Jugadores, cuerpo técnico, utileros, médicos: todos votaban cada decisión en lo interno. Todo se decidía en colectivo. Fue una especie de experimento político dentro de un equipo de futbol inserto en un país en donde la tradición electoral había sido sepultada bajo el yugo de la bota castrense.

Además de su talento, elegancia y sofisticación en la media cancha, Sócrates llevaba un mensaje político y social al estadio, al vestidor y a los entrenamientos. A veces, escrito en la banda con la que detenía su larga cabellera. Otras, en el discurso previo a los partidos, o de medio tiempo o al final. Y algunas tantas, con su propio ejemplo de vida. El futbol como laboratorio democrático y con el costo que podía significar. No era un gesto menor.

Te recomendamos
Futbol y política: la ética selectiva de la FIFA ante conflictos geopolíticos


En un país donde opinar podía costar la vida o la libertad, Corinthians convirtió cada partido en una declaración política. La reacción, por supuesto, fue inmediata: los llamaron comunistas, anarquistas y revoltosos de peligro.

El deseo de terminar con una dictadura desde las canchas no pasó de noche para el publicista Washington Olivetto, vicepresidente de marketing del club, quien tuvo una idea irreverente: quitar el nombre del jugador y la publicidad de la parte superior del dorsal de la playera y, en su lugar, colocar la frase “Democracia Corinthiana” en tipografía negra y roja simulando sangre. La camiseta dejó de ser uniforme para convertirse en pancarta. ¿Qué mejor manera de luchar contra los medios? ¿Quién podía censurar el futbol?

Dieciocho años después del arrebato militar, su cúpula no podía contener el malestar que se replicaba en cada territorio del país, por lo que promulgó una ley electoral para que regresaran las votaciones democráticas para elegir a gobernadores regionales. Entonces, los corinthianos modificaron el mensaje impreso en el reverso de sus camisetas por el eslogan “Vota el día 15”, refiriéndose al día de los comicios: 15 de noviembre de 1984. Sócrates y colegas anotaron el gol más importante de sus carreras: los resultados favorecieron a la oposición, 7 de cada 10 personas votaron contra la dictadura.

Messi en la Casa Blanca de Donald Trump

Para el Mundial 2026, el poder ya no necesita uniformes militares. Hoy, el tirano viste a la moda. Traje azul marino, camisa blanca, corbata roja y –sobre todo– un micrófono presidencial. Donald Trump recibirá la Copa del Mundo en Norteamérica. Sí, ese torneo que llega a la región en su momento geopolítico más tenso de las últimas décadas. Ese evento del que Estados Unidos será el gran anfitrión y Canadá y México los comparsas.

El emperador de Washington, el líder global que ha estresado al mundo con guerras comerciales; persiguiendo, encerrando y deportando a los migrantes dentro de su propio territorio; declarando terroristas a los narcos que comercian su producto en sus suburbios y ciudades; y que puso bajo la mira militar a Palestina, Venezuela, Irán y a quien que se acumule esta semana; ese mismo líder, será quien reciba el mayor espectáculo futbolístico del planeta.

Justo en este contexto ocurrió una escena reveladora. El 6 de marzo pasado, Lionel Messi –el futbolista más influyente del mundo– llegó a la Casa Blanca. A un metro suyo, Trump hablaba de aranceles, de enemigos, de intervenciones y de bombardear adversarios. Nada que ver con futbol.

Donald Trump recibe a Lionel Messi y al Inter Miami en la Casa Blanca | Reuters


Messi aplaudía. Sonreía tímidamente. En silencio. Inerte. Quizá arrepentido de no haber aprendido el idioma inglés. Tal vez por eso no entendía la verborrea trumpista. O, peor aún, aceptaba para sus adentros la culpa de haber rechazado la invitación que le hizo Joe Biden, expresidente de Estados Unidos, catorce meses atrás para asistir a la misma Casa Blanca para recibir la “Medalla Presidencial de la Libertad”.

Lionel Andrés Messi Cuccittini rechazó acudir a la entrega de la máxima condecoración civil que otorga la nación más poderosa del orbe. Y ni siquiera envió a un representante para recoger la distinción. Se perdió la fotografía histórica con los grandes personajes galardonados en 2025: Michael J. Fox, Hillary Clinton, Bono, Magic Johnson y Jane Goodall, la reconocida conservacionista que murió nueve meses después de la ceremonia.

Callar o desaparecer de la escena son estrategias que suelen jugar del lado correcto… de los poderosos. “No se le puede pedir a un futbolista que tenga el sentido histórico de Simón Bolívar o de un gran prócer, aunque creo que valdría la pena que hubiera una mejor conciencia cívica y que se dijera yo no acepto esto, no juego en un país que viola los derechos humanos”, apunta de rabona Juan Villoro.

Antes eran dictadores con uniforme. Hoy son líderes con narrativa validados por los ídolos que hacen magia con el balón. El mecanismo de poder no es muy distinto a los de 1934 ó 1978: un estadio lleno siempre hará menos ruido que una protesta social.

Te recomendamos
“Nos gentrificaron el Mundial”: Santa Úrsula Coapa se resigna a festejar los goles desde la azotea

Y sin embargo, rueda el balón

La futbocracia opera así: no niega la realidad, la sustituye. No elimina el conflicto, lo eclipsa. Y no es un fenómeno del pasado. Hoy, los mundiales y megaeventos son plataformas de soft power. Arabia Saudita invierte miles de millones en clubes europeos; Qatar organizó un Mundial para posicionarse globalmente; Estados Unidos, México y Canadá preparan una Copa del Mundo atravesada por intereses económicos y geopolíticos.

Quizá por ello, el célebre Eduardo Galeano –periodista y escritor uruguayo, considerado uno de los más influyentes entre la izquierda latinoamericana–, autor de Las venas abiertas de América Latina, hablaba de construir una doble mirada en el mundo futbolístico: una para disfrutar del juego y otra paralela para criticar los abusos que lo rodean. Es decir, separar la belleza del fútbol, su capacidad para generar comunidad, emoción y sentido de pertenencia, de la instrumentalización que lo convierte en mercancía o en herramienta de propaganda.

Eduardo Sacheri parte de una observación contundente: el fútbol tiene un lugar cultural, social e identitario muy fuerte. Por eso, “exhibe las pasiones, las lealtades, las contradicciones; y lo hace de forma muy marcada: por un lado permite ver con nitidez cómo se construyen identidades colectivas; y, por otro, lo convierte en un terreno propicio para quienes buscan narrativas que unan y movilicen”.

El Mundial –ese presunto ritual colectivo– comienza a parecerse más a una feria corporativa que a una fiesta popular. Ahí aparece otra dimensión de la futbocracia: la económica. Porque el poder no sólo quiere el relato. También quiere el negocio. Y aunque la afición ya ha dado señales de su poder (abucheos, protestas, boicots), casi siempre se diluye en el consumo.

Dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en espectadores y eso, justo eso, es lo que necesita esta industria deportiva: espectadores pasivos. Pero el futbol, en su esencia, no lo es. Es barrio, es calle, es comunidad. Es esa cascarita imposible en medio de la guerra. Es Ucrania jugando sin casa. Es el niño que patea un balón en una cancha improvisada mientras el mundo se desmorona. Ahí sigue existiendo el futbol que no le pertenece al poder. El que no cabe en los palcos. El que no se vende en paquetes VIP. El que todavía puede ser nuestro.

GSC/ASG

  • Enrique Hernández Alcázar
  • Periodista, columnista y conductor de noticiarios con más de 25 años de trayectoria en medios de comunicación. Desde el 2005 conduce el informativo vespertino en W Radio

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite