Alfonso Sosa lleva más de veinte años preparando equipos para una puerta que el futbol mexicano decidió cerrar. Tres veces consiguió abrirla desde la cancha. Tres veces llevó a un club hasta Primera División, y sin embargo, la puerta que nunca terminó de abrirse fue la suya.
Quizá por eso ayer, sentado en el Senado de la República, hablando del ascenso y el descenso, no parecía estar defendiendo únicamente el derecho de una categoría.
Hablaba de una vida, la de los jugadores que entrenan sin saber qué hay después de un campeonato, de los clubes que pueden ser los mejores de su división y aun así no tener la posibilidad de subir. De los entrenadores que construyen proyectos, ganan partidos, levantan trofeos y siguen esperando que alguien, desde Primera División, decida confiar en ellos.
Sosa conoce demasiado bien esa espera. Ha ascendido a Leones Negros, Necaxa y Atlético de San Luis. En 2019, cuando consiguió con San Luis el tercero de esos ascensos, acumulaba además cuatro campeonatos del entonces Ascenso MX, registro que lo convirtió en el entrenador con más títulos y ascensos de aquella categoría.
Pero el futbol mexicano tiene una memoria peculiar, a veces recuerda al campeón durante la celebración y olvida al hombre cuando se apagan las luces.
Sosa regresó a trabajar y volvió a hacerlo en la sombra. Pero hoy alza la voz porque anhela que regrese esa oportunidad para volver deportivamente a la primera división. “Esperemos que sí, esa es la intención, pero al menos ya externamos nuestro pensamiento, nuestro sentir. La pelota ya no está de nuestro lado, ya pasa a otro campo”.
Lo dice sin estridencia, no parece una amenaza, ni un reclamo. Es la aceptación de alguien que sabe perfectamente hasta dónde puede llegar el trabajo y dónde comienza la voluntad de otros. “Lo único que pedimos es que haya justicia, que los que aspiramos, llámense entrenadores, jugadores, propietarios de equipos y, lo más importante, la afición, tengamos la posibilidad, la oportunidad de pertenecer a un equipo en Primera División”.
Trabajo, la clave en su carrera
Su primera gran historia ocurrió con los Leones Negros. En el Apertura 2013 ganó el campeonato y, seis meses después, consiguió el ascenso a Primera División frente a Estudiantes Tecos. Después vino Necaxa: campeón del Clausura 2016 y nuevamente ascendido al máximo circuito. Tres años después, en San Luis, volvió a conseguirlo tras ganar los campeonatos del Apertura 2018 y Clausura 2019. Tres instituciones, tres caminos y tres veces la misma fórmula: trabajo.
Y entonces aparece la paradoja que todavía acompaña su carrera: Sosa ha demostrado repetidamente que sabe llevar un equipo a Primera, pero no ha conseguido que ahí le concedan una permanencia equivalente a sus méritos.
Tuvo oportunidades en el máximo circuito. Dirigió a Necaxa después de ascenderlo y alcanzó las semifinales en su primer torneo. Regresó posteriormente al club para el Clausura 2020 y también dirigió al Atlético de San Luis en Primera.
Pero ninguna de esas etapas terminó convirtiéndose en la continuidad que parecía lógica después de sus resultados.
“Tal vez mi personalidad no me ayude. Tal vez yo no me sepa vender como lo hacen otros”. Lo dice él con la mirada, un poco triste, a sabiendas de qué es verdad. No hace falta que alguien más lo explique.
Sosa sabe que en el futbol también existe el mercado de los nombres, de las relaciones, de la exposición, de la capacidad para colocarse frente a quien toma decisiones.
Él eligió otro camino. “Mi mejor forma de venderme es a través del trabajo”.
Y el currículum está ahí. Pero para muchos, y en todas las profesiones, eso no siempre alcanza. “Los resultados son contundentes y, sin embargo, eso no ha sido suficiente como para que me puedan llamar a dirigir en Primera División”.
No hay enojo en la frase. Hay algo más difícil de ocultar: cansancio. La frustración de quien sabe que hizo su parte y, aun así, no controla la siguiente llamada. “Buscarán otras características, buscarán entrenadores sudamericanos, europeos o lo que sea. Al final de cuentas, los mexicanos sabemos que tenemos capacidad. Lo que necesitamos es gente que confíe en nosotros y, lastimosamente, no hay mucha gente que lo haga”. Ese “lastimosamente” dice bastante porque Alfonso Sosa no está hablando de una oportunidad perdida.
Está hablando de una oportunidad que todavía espera. No es el entrenador que fracasó en Primera y desapareció, es el entrenador que consiguió llegar varias veces y después tuvo que volver a construir desde abajo.
Volvió a UdeG. Ahí, donde comenzó su historia profesional como técnico y donde también está una parte esencial de su identidad. Sosa se formó en la Universidad de Guadalajara desde los 12 años y ahí construyó buena parte de su vínculo con la institución. Con Leones Negros volvió a quedarse durante años. El proyecto sobrevivió al cambio de entrenadores que suele caracterizar al futbol mexicano. Sosa permaneció al frente y volvió a llevar al equipo a los primeros planos de la categoría. En 2025 conquistó con UdeG el Clausura, una nueva confirmación de una relación que se ha convertido en una de las más largas de su carrera.
Y mientras otros entrenadores buscaban el siguiente escaparate, él seguía en la misma cancha intentando hacer competitivo al mismo club. Eso también tiene un costo; la ausencia de ascenso y descenso no solamente modifica una tabla de posiciones. Cambia la naturaleza del deseo. “Justo eso, la competitividad. No es lo mismo estar en una categoría donde se pierde, no pasa nada. Y tampoco es lo mismo estar en una categoría donde, cuando ganas, tampoco pasa nada”.
La frase tiene una crudeza particular porque Sosa sabe exactamente qué significaba ganar antes. “Para mí, como entrenador, me ha tocado ascender tres veces, y el mayor argumento, la mayor motivación era justo esa: ganas prestigio, ganas posibilidad de llegar a Primera División, económicamente te va mucho mejor”.
Eso era el premio, también era el motor. “Y a través de ese estímulo es como el jugador puede mejorar su rendimiento y ahora no lo tienes”.
Después llega una consecuencia que quizá pocas veces se cuenta desde el vestidor: salarios, necesidades, vida cotidiana. “Con los bajos sueldos, con la menor cantidad, con la mayor competitividad dentro de la categoría, muchos jugadores lo que buscan es ir a jugar al barrio y donde les pagan un poco más”.
La entrevista se vuelve casi una conversación de vestidor. “Ser talacheros” le dije. “Exactamente”. Confirma. Y detrás de la expresión coloquial hay una realidad bastante menos amable: si el futbol profesional deja de ofrecer un horizonte deportivo y económico suficientemente atractivo, algunos jugadores buscarán otro lugar donde su esfuerzo tenga una recompensa inmediata.
Sosa no tiene una solución mágica, en cambio tiene una filosofía. “Yo me habitué a competir en lo que fuera”. Por eso, aun sin ascenso, intenta sostener el hambre. “Lo ideal sería que cuando tú ganas obtuvieras el beneficio máximo, ascender. Al no tenerlo, bueno, pues al menos buscar ser el mejor”. Es una frase que explica también su propia carrera.
Buscar ser el mejor incluso cuando nadie garantiza que serlo vaya a cambiarte la vida, quizá por eso admite algo que durante años ha quedado escondido detrás de sus resultados. Sí, se ha frustrado, ha dolido, le ha enojado no sentirse valorado.
“En algún momento, sí… para mí lo más importante es hacer que los equipos donde estoy trabajando sean altamente competitivos y busquen ser los mejores”. Ahí está su mecanismo de defensa, no espera reconocimiento. El se dedica a producir resultados, no reclamar una oportunidad, construye las condiciones para merecerla otra vez. “Estamos en una etapa donde para mí lo más importante es estructurar bien los equipos y que funcionen como queremos, y que sean los mejores y que sean campeones cuando se pueda ser campeones”. Es una manera serena de convivir con una frustración que no desaparece, la canaliza.
Y entonces llega la pregunta que quizá más revela quién es Alfonso Sosa cuando se apagan las estadísticas. ¿Dónde está su sueño? No dice un club europeo, ni menciona a los grandes de la Liga MX, no habla de una banca específica de Primera División, dice UdeG.
“Yo soy de aquí, de UdeG. Desde los 12 años empecé por acá, acá me formé académicamente”. Y entonces la respuesta deja de ser profesional, se vuelve íntima. “Regresar a UdeG, por ejemplo, en algún momento dado que todo cambie, regresar a Primera División sería mi máximo sueño”. Quizá ese sea el detalle que mejor explica a Alfonso Sosa.
Después de tres ascensos, cuatro campeonatos y años suficientes para haber aprendido que el futbol rara vez cumple las promesas que hace, su sueño sigue estando en el mismo lugar donde comenzó.
No quiere que le regalen la Primera División, quiere volver a ganársela. Eso fue lo que defendió ayer en el Senado, la posibilidad de que el mérito vuelva a tener una consecuencia, que un jugador pueda mirar una tabla y saber que detrás del campeonato existe una puerta, que un entrenador pueda pasar años construyendo un proyecto y tener la certeza de que, si lo hace bien, habrá un camino, que una afición pueda volver a creer que su equipo no tiene un techo impuesto desde una oficina. Sosa sabe de lo que habla porque ya recorrió ese camino tres veces y después de todo eso, el futbol mexicano todavía no le ha entregado aquello que quizá más ha perseguido durante su carrera: la oportunidad de demostrar que también puede quedarse en Primera.
Por eso ayer, cuando agradeció a quienes han acompañado al movimiento por el ascenso y descenso, no terminó hablando de sí mismo. “Que nos siga acompañando”. Porque quizá ahí está la última batalla de Alfonso Sosa, no por su nombre, por todos los que todavía quieren que ganar vuelva a significar algo.
No con resignación, con esa paciencia incómoda de quien sabe que ya hizo méritos suficientes y todavía necesita que alguien, finalmente, mire hacia donde está.
FCM