Hijo del Santo rinde homenaje a su padre desde la iglesia de San Hipólito en su aniversario luctuoso

El Santo fue recordado no desde el ruido, sino desde la fe. Su hijo le rindió homenaje en Tepito y, en un acto íntimo, agradeció en la iglesia de San Hipólito.

Hijo del Santo rinde homenaje a su padre desde la iglesia de San Hipólito en su aniversario luctuoso (Olga Hirata)
Olga Hirata
Ciudad de México /

5 de febrero de 1984. El día que México perdió a El Santo no terminó nunca. Se quedó suspendido en la memoria colectiva, como una campana que sigue sonando bajito. Este miércoles, a 42 años de su partida, su hijo volvió a recorrer el camino del recuerdo con la misma sobriedad con la que se honra a los hombres grandes: sin estridencias, sin máscaras ajenas, con fe.

El Hijo del Santo comenzó la jornada frente a la estatua que él mismo impulsó en Tepito, el barrio que adoptó a Rodolfo Guzmán Huerta cuando llegó desde Tulancingo y que jamás dejó de sentirlo como propio. Ahí, entre aplausos contenidos y miradas agradecidas, la figura del Enmascarado de Plata volvió a estar de pie. No como ídolo intocable, sino como símbolo de una identidad que resiste.

Más tarde, lejos de cámaras y discursos, ocurrió lo verdaderamente profundo. En un gesto de intimidad absoluta, compartido de manera exclusiva con Grupo Multimedios, el Hijo del Santo entró a la iglesia de San Hipólito. No para pedir. Para agradecer. Primero, una pausa silenciosa frente a la Virgen de Guadalupe; después, el cierre natural del trayecto: el atrio de San Judas Tadeo, el santo de la fe imposible, el mismo que acompañó a sus padres durante toda su vida.

Mis padres eran profundamente creyentes”, dijo con voz serena. En cada casa donde vivieron —recordó— había una capilla. Jesucristo, la Virgen, San Judas, San Martín de Porres, San Francisco de Asís. La fe no era ornamento: era rutina. “Vine a dar gracias porque es un año más sin mi papá, pero también porque es muy bonito sentir cómo la gente lo quiere, cómo lo recuerda. Todo esto no es porque yo pida favores; viene del cielo”.

El momento fue tan sencillo como poderoso. De rodillas, persignado, sin prisa. Un hombre entero frente a sus creencias. “Doy gracias todos los días —explicó— no por lo que tengo, sino por estar vivo, por tener salud, por haberme retirado sin lesiones graves, por tener un hogar, una familia, amigos. Hay mucho que agradecer”. Y, por encima de todo, el cariño del público: ese aplauso invisible que nunca se apaga.

A casi dos meses de su retiro, el Hijo del Santo admite que extraña el ritual del vestidor, el camino al ring, el rugido de la arena. Pero encontró otra forma de estar cerca. “Esto me alimenta —dijo— estar con la gente, aunque ya no sea luchando”. Quizá porque la lucha, como la fe, no siempre ocurre entre cuerdas.

Cuarenta y dos años después, El Santo sigue presente. En una estatua que se cuida, en una iglesia que escucha, en un hijo que agradece. Y en un país que, cuando baja la voz, sigue creyendo.

CIG

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