A los tres años, Mauricio Figueroa ya quería jugar golf. Los maestros consideraban que era demasiado pequeño, hasta que uno de ellos vio potencial y decidió entrenarlo. A los cinco años comenzó a entrar al campo. Su abuela, Claudina Rubalcaba, conserva esos primeros recuerdos mientras hoy lo acompaña en el VidantaWorld Mexico Open 2026, el torneo en el que su nieto consiguió un lugar después de superar un clasificatorio.
"Muy orgullosa de mi nieto", dice cuando le preguntan cómo se siente al verlo competir.
El orgullo tiene una historia detrás. Claudina ha visto crecer a Mauricio desde que el golf era una ilusión infantil hasta convertirse en el deporte al que ha dedicado su vida. En junio pasado, el mexicano aseguró su participación en el torneo del PGA Tour al imponerse a Alejandro Alonso en un hoyo de desempate durante el Mexico Open Qualifier, disputado en Puerto Peñasco. Fue uno de los dos jugadores que obtuvieron su lugar por esa vía.
Para su abuela, sin embargo, la historia no se reduce a una clasificación. Lo que más admira de él es la manera en que ha sostenido su sueño desde pequeño.
"Su tranquilidad, su ánimo y el esfuerzo que, desde chiquito, se ha mantenido firme", cuenta.
También recuerda al estudiante dedicado y responsable que fue Mauricio, aunque su verdadera pasión estaba en el golf. Cuando le preguntan qué cree que le ha aportado a su nieto durante todos estos años, responde con la sencillez de quien sabe que el cariño no necesita grandes discursos.
"Su apoyo, primeramente, y el amor que le tengo", dice. Y agrega que siempre ha buscado animarlo, echarle porras, estar presente.
Pero hasta las abuelas tienen que aprender nuevas maneras de acompañar a sus nietos cuando crecen. Antes de este torneo, Claudina le preguntó a Mauricio si quería que lo animara durante la competencia. Él se quedó callado.
"Le dije 'me quedo callada, pues'", relata entre risas.
No sabe si las porras lo ponen nervioso porque nunca se lo ha preguntado. Prefiere respetar su espacio y observar cómo avanza la ronda antes de decidir cuánto entusiasmo dejar salir. "Me encanta echarle porras", admite. Esta vez, sin embargo, está dispuesta a moderarse si eso le ayuda a concentrarse.
La memoria familiar también guarda episodios menos solemnes. Cuando Mauricio tenía alrededor de cinco años, Claudina le regaló una guitarra. El pequeño se acercó a la sala, donde ella estaba sentada, y terminó rompiéndosela en la cabeza.
La guitarra rota quedó como una anécdota familiar; el golf, en cambio, se convirtió en el camino de Mauricio. Ahora, el niño que insistía en entrar al campo compite en un escenario del PGA Tour y su abuela está ahí para acompañarlo.
Claudina no puede hacer los golpes por él ni decidir el resultado. Puede ofrecerle su apoyo, guardar silencio cuando hace falta y recordar cuánto ha cambiado todo desde aquellos primeros años.
Cuando el público ve a Mauricio Figueroa competir en el VidantaWorld Mexico Open, observa al golfista que busca aprovechar una oportunidad ganada en el campo. Claudina ve también al niño que quería jugar a los tres años, al pequeño que comenzó a entrenar a los cinco y al nieto al que todavía le pregunta si quiere porras y aunque ahora tenga que contenerlas, sigue sintiendo lo mismo que cuando todo comenzó: está orgullosa de él.
RGS