• Merlín, el pato que le metió un gol a las mascotas oficiales del Mundial

Nació en un puesto de agua embotellada y terminó conquistando a millones. La historia de Merlín es el relato de cómo un símbolo viral abrió una inesperada discusión sobre la identidad y el poder.

Ciudad de México /
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DOMINGA.– Mientras la FIFA pasaba años diseñando una identidad visual para el Mundial 2026, afinando manuales de marca y aprobando mascotas capaces de representar a México, Estados Unidos y Canadá ante el planeta, un pato blanco caminaba entre los aficionados con una playera verde de la Selección Mexicana sin imaginar que terminaría robándose el torneo.

No era Zayu, el jaguar mexicano. Tampoco Clutch, el águila estadounidense. Mucho menos Maple, el alce canadiense. Los tres habían sido concebidos por equipos de creativos, ilustradores y estrategas de mercadotecnia para convertirse en los rostros oficiales de la Copa del Mundo. Merlín, en cambio, no nació en un estudio de diseño ni en una sala de juntas. Nació en la banqueta.

El Pato Merlín adquirió mucha más popularidad que las mascotas cuidadosamente planeadas para el Mundial 2026 | Graciela López/ Cuartoscuro


​Primero apareció en unos videos en TikTok. Después comenzaron a circular fotografías del pato caminando entre miles de aficionados con absoluta naturalidad, posando para selfies, saludando niños y dejando que cualquiera lo acariciara como si entendiera perfectamente el papel que estaba desempeñando. Más tarde llegaron los memes, las entrevistas, las invitaciones a programas de televisión, los contratos comerciales, las aerolíneas que comenzaron a utilizar su imagen, las casas de apuestas que querían asociarse con él y, finalmente, la invitación para asistir como embajador no oficial a actividades con la FIFA y hasta una visita a Palacio Nacional.

Todo ocurrió demasiado rápido. Ni siquiera la familia que lo crió alcanzó a comprender en qué momento dejó de ser simplemente un pato. “Sí, claro, en el momento que empezaron a llegar todos los likes y los reporteros empezaron a bombardearme por medio de la escuela de mi hijo, ahí fue donde me di cuenta que esto ya estaba en otro nivel. La directora me marcó al celular para decirme que varias empresas me querían entrevistar. Ahí fue cuando pensé: algo está pasando”, dice Karla Ivette Gómez, comerciante ambulante y dueña de Merlín, todavía con el mismo tono de sorpresa con el que recuerda aquellos primeros días de la viralidad.

La historia del pato más famoso de México, sin embargo, comenzó mucho antes. Hace poco más de dos años, Karla vendía agua embotellada en las calles de la Ciudad de México junto a su hijo José Cristian. Habían perdido a Waffle, otra patita que se había convertido en compañera inseparable del negocio familiar y que, según recuerda, murió envenenada frente al local donde trabajaban. La muerte del animal dejó a Cristian sumido en una tristeza de la que parecía imposible sacarlo.

“Una clienta le había prometido regalarle un patito. El 8 de marzo, cuando íbamos rumbo a vender agua en la marcha feminista, sacó una cubeta donde venía Merlín. Cristian lo vio y fue algo muy especial. Entre los dos hubo una conexión inmediata. Pensábamos que se iba a espantar con tanta gente, pero fue todo lo contrario. Caminó tranquilo entre miles de personas, como si siempre hubiera estado acostumbrado a eso”, recuerda Karla para DOMINGA.
Nunca ha sido un pato cualquiera. “Es un integrante más de la casa. Es un bebé que duerme con nosotros, que ve caricaturas, que juega videojuegos con mi hijo y que siempre está tratando de hacer lo mismo que nosotros. Si nos ve usando el celular, él llega y empieza a picotear la pantalla. Es un pato fuera de serie”, dice entre risas, mientras intenta describir la convivencia.

Quizá ahí radique una parte del fenómeno. Merlín nunca fue construido como un personaje. Nunca aprendió un papel. Nunca respondió a un guion. Lo que terminó enamorando a la gente fue la sensación de estar viendo a una familia auténtica, de comerciantes, que seguía levantándose todos los días para vender agua embotellada mientras el país entero comenzaba a apropiarse de una mascota que no pertenecía al catálogo oficial del Mundial. Con el paso de las semanas, los mexicanos empezaron a hablar de “nuestro pato”. Ya no era únicamente de Karla y Cristian. Era una suerte de patrimonio sentimental.

Karla y Cristian, familia comerciante y dueños del Pato Merlín | Graciela López/ Cuartoscuro

​La mascota viral del Mundial de futbol

Durante semanas el fenómeno pareció conservar la inocencia con la que había nacido. Merlín seguía caminando entre aficionados, posando para fotografías y regresando al puesto de agua embotellada –en el Centro Histórico– donde los Gómez trabajan. Pero la viralidad rara vez permanece mucho tiempo en el terreno de la simpatía. Cuando un personaje consigue millones de reproducciones y comienza a instalarse en la conversación pública, tarde o temprano alguien descubre que también puede convertirse en negocio.

Las primeras señales aparecieron en redes sociales. Empresas comenzaron a utilizar la imagen del pato para promocionar productos sin pedir autorización. Después llegaron propuestas comerciales, campañas publicitarias, diseños de camisetas, souvenirs y publicaciones patrocinadas que aprovechaban el fenómeno sin que la familia recibiera un solo peso. Merlín ya no era únicamente una mascota. Se había convertido en una marca potencial.

“Nos dimos cuenta cuando empezaron a usar su imagen como si fuera de cualquiera. Había empresas que hacían publicidad con él, personas que vendían productos y páginas que utilizaban su nombre para generar contenido. Tal vez pensaron que, como somos comerciantes ambulantes, no iba a pasar nada. Nunca imaginaron todo lo que iba a provocar esto”, dice Karla.


Hasta ese momento, la familia jamás había pensado en propiedad intelectual. Su preocupación cotidiana seguía siendo la misma de cualquier pequeño comerciante: vender suficiente agua para terminar el día. El lenguaje de las clases internacionales, las solicitudes de registro, las oposiciones y los títulos marcarios pertenecía a un mundo completamente ajeno. Fue la velocidad con la que otros comenzaron a apropiarse de Merlín la que los obligó a entrar, casi de golpe, en el universo jurídico. La sorpresa llegó cuando decidieron hacer lo correcto.

Asesorados por abogados especializados, acudieron al Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI) para registrar la marca “Pato Merlín”. Lo que esperaban encontrar era un procedimiento administrativo relativamente sencillo. Pero lo que encontraron fue que varias personas ya habían intentado adelantarse.

“Nos dijeron que ya existían otras solicitudes con el nombre de Merlín. Ahí fue cuando entendimos que el problema era mucho más grande de lo que pensábamos. Ya no era solamente cuidar al pato. Era proteger toda una historia que otras personas querían aprovechar para hacer negocio”, explica Karla.
El IMPI había recibido diversas solicitudes para registrar la marca de Pato Merlín | Araceli López/ Milenio Diario


La escena resume un fenómeno cada vez más frecuente en la economía digital. Internet convirtió la viralidad en un activo económico. Lo que antes era sólo una fotografía compartida entre amigos hoy puede transformarse en contratos publicitarios, licencias de uso, mercancía oficial y campañas millonarias. La velocidad con la que circula una imagen suele ser muy superior a la velocidad con la que el derecho alcanza a protegerla. En ese desfase aparecen los oportunistas.

Pero el caso de Merlín también exhibió otra tensión. La FIFA desplegaba uno de los esquemas de protección comercial más rigurosos del deporte mundial. El organismo registró cientos de marcas vinculadas con la Copa del Mundo, restringió el uso de expresiones relacionadas con el torneo y reforzó la vigilancia sobre cualquier explotación comercial no autorizada. En paralelo, comerciantes, restauranteros y pequeños negocios recibían advertencias sobre el uso de nombres, logotipos o referencias que pudieran asociarse indebidamente con el Mundial.

La batalla por Merlín, en realidad, formaba parte de una guerra mucho más amplia: la disputa por los símbolos.

No era el único caso. El enorme ajolote cerca del Estadio Azteca también se convirtió en motivo de confusión cuando comenzó a difundirse que la FIFA había exigido retirarlo por no formar parte de la identidad oficial del torneo. Más tarde, el Gobierno de la Ciudad de México y el propio IMPI aclararon que la escultura permanecía en su sitio y que las restricciones se referían exclusivamente a usos comerciales no autorizados. Al mismo tiempo, el organismo internacional impulsaba el registro en México de personajes históricos como Juanito, la entrañable mascota de México ‘70, y Pique, el chile jalapeño con sombrero de México ‘86, decisiones que abrieron diferencias con los autores originales de aquellos diseños.

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Detrás de todas esas controversias aparecía la misma pregunta: ¿quién puede reclamar la propiedad de un símbolo cuando éste deja de pertenecer únicamente a su creador y empieza a formar parte de la memoria colectiva? La respuesta jurídica parecía relativamente clara. La respuesta emocional era mucho más compleja.

Porque Merlín seguía siendo el mismo pato que dormía junto a Cristian, veía caricaturas y caminaba detrás del puesto de agua de su familia. Pero, al mismo tiempo, ya era una figura reconocible para millones de personas que jamás habían hablado con Karla Gómez. Entre esos dos mundos –el de los afectos y el de los derechos– comenzó una disputa que terminaría involucrando al propio Estado mexicano. Ahí fue donde la historia dejó definitivamente de ser la de una mascota viral para convertirse en un caso que pondría a prueba la función de la institución encargada de proteger la propiedad intelectual en México.

Yo soy la dueña del pato Merlín

La popularida del Pato Merlín creció de manera exponencial tras viralizarse | Graciela López/Cuartoscuro

Cuando Karla Gómez presentó la solicitud para registrar el nombre de “Pato Merlín”, hizo lo que cualquier creador haría al descubrir que su trabajo comenzaba a adquirir valor económico. La lógica parecía sencilla: si la historia había nacido dentro de su familia y la imagen del ave ya era utilizada por empresas, marcas y particulares para beneficios comerciales, lo razonable era protegerla jurídicamente. Pero el derecho tiene un ritmo distinto al de las redes sociales.

Mientras un video puede hacerse viral en cuestión de horas, el reconocimiento legal de una marca exige recorrer un camino mucho más largo. Hay exámenes de forma, revisiones de fondo, publicaciones, periodos de oposición y análisis para determinar si el signo cumple con los requisitos que exige la ley. Entre una cosa y otra existe un tiempo que el entusiasmo digital suele ignorar.

Paulina Fernández del Castillo lleva años moviéndose en ese terreno donde las emociones terminan convertidas en expedientes. Como abogada especializada en propiedad intelectual, observa el fenómeno con una doble mirada: entiende el enorme valor simbólico del personaje, pero también los límites jurídicos del sistema.

“Cuando presentas una solicitud, eso es solamente una pretensión de un derecho. El derecho no existe hasta que tienes el título. Es imposible que una marca quede registrada el mismo día en que se presenta porque antes tiene que pasar publicaciones, oposiciones, exámenes de forma y de fondo. Todo eso toma tiempo y precisamente existe para darle certeza a todas las partes involucradas”, explica. El registro, insiste, no nace con la solicitud, sino con la resolución de la autoridad.

Su explicación ayuda a entender por qué el caso generó confusión. Mientras la opinión pública celebraba que el IMPI anunciara la protección de Merlín y utilizara incluso la imagen del pato para promover el registro de marcas con el lema “¡No te hagas pato!”, el procedimiento administrativo seguía avanzando conforme a los tiempos que marca la ley. Fue precisamente esa diferencia entre el mensaje y la percepción pública la que abrió un debate inesperado.

La discusión, entonces, deja de ser exclusivamente jurídica. Merlín nunca fue únicamente una marca. Antes de convertirse en un expediente administrativo ya era una historia compartida por millones de personas. Ahí aparece una de las paradojas más interesantes de la propiedad intelectual: el derecho protege signos distintivos, nombres, logotipos o personajes; pero el afecto colectivo no puede registrarse en ninguna oficina pública. La ley puede reconocer quién tiene derecho a explotar comercialmente un símbolo, pero no puede decidir quién termina apropiándose emocionalmente de él. Quizá por eso el caso despertó tanta atención.

Millones de personas hablaban y compartían la imagen del Pato Merlín | Graciela López/ Cuartoscuro


​No se trataba sólo de un trámite administrativo. Lo que estaba en juego era la historia de una familia de comerciantes que había visto cómo el país entero adoptaba a su pato como propio. En medio de esa apropiación afectiva apareció el derecho para fijar límites, reconocer titulares y ofrecer certeza. Esa es, al menos, la función para la que fue creado el IMPI. Cuando busqué a Vidal Llerenas, director general del IMPI, le planteé precisamente esa tensión entre la velocidad con la que había crecido el fenómeno y la percepción pública de que el registro ya estaba concluido. Su respuesta no eludió el punto. “Sí, estamos todavía en el proceso. Lo que comunicamos es que ya determinamos el sentido en que se va a resolver porque no existe controversia sobre el origen de la marca. Nuestra responsabilidad es proteger a quien realmente creó ese signo distintivo y evitar que terceros intenten aprovecharse de un trabajo que claramente no les pertenece”, me dijo en conversación para DOMINGA.

La afirmación ayuda a comprender la posición institucional, pero también revela la naturaleza excepcional del caso. No todos los días una autoridad de propiedad industrial tiene que resolver el expediente de un personaje que dejó de ser una mascota familiar para convertirse, casi sin proponérselo, en uno de los símbolos más entrañables del Mundial. Ahí, en ese punto donde el derecho intenta alcanzar la realidad, es donde comenzó la parte más compleja de la historia de Merlín.

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“Merlín nunca cambió. Los que cambiaron fueron los demás”

Hay una imagen que Karla Gómez recuerda con especial claridad. Ocurrió una tarde cualquiera, cuando Merlín caminaba entre cientos de personas que esperaban el inicio de un partido del Mundial. De pronto comenzaron a acercarse familias enteras para pedir una fotografía. Primero fueron unos cuantos niños. Después adolescentes. Más tarde adultos mayores. En cuestión de minutos se había formado una fila improvisada.

Había personas que lloraban cuando lo veían. Nos abrazaban y nos daban las gracias por llevarlo. Ahí entendí que esto ya no era solamente una mascota. Merlín le estaba despertando algo muy bonito a la gente”, recuerda.

Con el paso de los días, esas escenas comenzaron a repetirse en distintos puntos de la Ciudad de México. Turistas preguntaban dónde podían encontrar al pato. Niños llegaban vestidos con playeras verdes esperando conocerlo. Personas viajaban desde otros estados únicamente para tomarse una foto con él. Mientras las mascotas oficiales aparecían en ceremonias protocolarias y eventos patrocinados, Merlín seguía recorriendo banquetas, parques, estaciones del Metro y explanadas públicas como cualquier otro integrante de la familia Gómez.

Quizá esa fue la diferencia. Nunca dejó de ser accesible. Nunca hubo vallas. Nunca existieron boletos VIP para acercarse a él. Nunca hizo falta una acreditación para tocarlo. Su popularidad creció igual que había comenzado: entre la gente.

“No planeamos nada de esto. Seguimos trabajando igual que antes. Seguimos vendiendo agua. Seguimos levantándonos temprano. La única diferencia es que ahora muchas personas llegan primero a saludar a Merlín y después nos compran una botella”, dice Karla entre risas. Mientras conversamos, insiste en una idea que explican el fenómeno mejor que cualquier teoría de mercadotecnia. “Merlín nunca cambió. Los que cambiaron fueron los demás”.

La frase parece sencilla pero, en realidad, resume buena parte de la historia. Porque el pato nunca dejó de hacer lo mismo que hacía antes de la viralidad: caminar detrás de su familia, dormir junto a Cristian, jugar dentro de la casa, subirse a la cama y perseguir cualquier objeto brillante que encontrara a su paso. Lo que cambió fue la mirada colectiva. Millones de personas empezaron a proyectar sobre él algo que iba mucho más allá de un ave doméstica. Vieron cercanía, espontaneidad y una autenticidad que difícilmente puede fabricarse desde una campaña institucional.

Tal vez por eso ninguna controversia jurídica ha logrado desplazar el afecto que la gente construyó alrededor del personaje. Ni las solicitudes presentadas por terceros. Ni los debates sobre propiedad intelectual. Ni las aclaraciones del IMPI. Ni las discusiones sobre los tiempos del procedimiento administrativo. La historia principal sigue ocurriendo cada vez que Merlín aparece en la calle y alguien interrumpe su camino para pedir una foto.

El Pato Merlín se convirtió en el embajador oficial de la CdMx para la Copa del Mundo 2026 | Graciela López/ Cuartoscuro


Antes de despedirnos le pregunto a Karla qué espera que ocurra cuando termine el Mundial. Si imagina que la fama desaparecerá igual de rápido que llegó o si cree que el fenómeno logrará sobrevivir al torneo. No responde de inmediato. Mira a Merlín caminar unos metros detrás de Cristian y sonríe. “Quiero que dentro de veinte años la gente no recuerde solamente un pato. Quiero que recuerde que detrás de él había una familia trabajadora. Que recuerde que empezamos vendiendo agua en la calle y que nunca dejamos de hacerlo. Si esa historia inspira a alguien, entonces todo esto ya habrá valido la pena”.

Cuando el Mundial termine, los estadios volverán a quedarse vacíos. Las campañas publicitarias cambiarán de protagonistas. Las mascotas oficiales desaparecerán de los anuncios y los patrocinadores comenzarán a preparar el siguiente gran torneo. Es la lógica inevitable de la industria deportiva.

Merlín, en cambio, probablemente volverá a caminar detrás del puesto de agua donde comenzó todo. Dormirá junto a Cristian, seguirá viendo caricaturas en la sala de la casa y continuará haciendo exactamente lo mismo que hacía antes de convertirse en un fenómeno nacional. La diferencia es que, desde hace tiempo, dejó de pertenecer únicamente a esa familia. Los expedientes podrán determinar quién posee sus derechos comerciales. Los registros decidirán quién puede explotar su nombre. Pero hay otra clase de propiedad que nadie puede conceder ni retirar. La de los símbolos que, sin pedir permiso, terminan encontrando un lugar en la memoria de la gente. Ahí fue donde el pato Merlín quedó verdaderamente inscrito.

GSC/ASG

  • Enrique Hernández Alcázar
  • Periodista, columnista y conductor de noticiarios con más de 25 años de trayectoria en medios de comunicación. Desde el 2005 conduce el informativo vespertino en W Radio

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