Miguel Hernández volvió a ver el mundo a través de los kilómetros y conquistó el Maratón de la CdMx

Hay corredores que necesitan un reloj para saber cómo va su carrera, pero Miguel Hernández solo necesita confiar.

Miguel Hernández volvió a ver el mundo a través de los kilómetros (Olga Hirata)
Ciudad de México /
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Hay corredores que necesitan un reloj para saber cómo va su carrera. Miguel Hernández necesita solo confiar. Confía en una voz, en un brazo, en unos pasos que deben sincronizarse con los suyos y sobre todo, en dos personas que durante meses se prepararon para acompañarlo por los 42 kilómetros del Maratón de la Ciudad de México.

Miguel es invidente. Y este domingo no corrió solo, lo hizo con Gabriel Hernández en la primera mitad del recorrido y, a partir del kilómetro 21, tomó la batuta otro de sus guías para completar juntos la segunda parte. El año pasado habían terminado en segundo lugar. Esta vez llegaron primeros.

La diferencia entre una carrera y otra comenzó mucho antes de la salida. “Nos preparamos hace cuatro meses, alrededor”, cuenta Miguel.

En esta ocasión, además, decidieron dividir el recorrido entre dos guías. No es un capricho ni una cuestión de comodidad. Es una necesidad física. La tensión que se acumula en el brazo durante tantos kilómetros puede terminar afectando tanto al guía como al corredor. Por eso hay que encontrar la forma de repartir el esfuerzo sin romper el ritmo.

Gabriel lo explica: “Es mucha la tensión del brazo”.

La solución fue entrenar juntos. Durante meses tuvieron que aprender a coordinarse, a encontrar el ritmo adecuado y a entenderse prácticamente sin palabras.

No se trata solamente de correr al mismo paso

Un corredor ciego depende de sus guías para desplazarse dentro de una competencia. Ellos deben anticipar movimientos, advertir obstáculos, mantener el ritmo y transmitirle información sobre lo que ocurre alrededor. Miguel tiene que confiar en que quienes van a su lado están viendo aquello que él no puede ver. Por eso la preparación no es únicamente suya.

“Un corredor ciego depende de sus guías. Entonces, además de que los guías nos llevan dentro de una competencia, también tienen que entrenar con nosotros para poder acoplarlos”, explica Miguel.

Y ahí aparece una parte que pocas veces se ve cuando una carrera termina y sólo quedan las fotografías de los ganadores. Los guías también tienen trabajo, familia, responsabilidades, y aun así tienen que encontrar tiempo para entrenar con Miguel.

“Disponer del tiempo de ellos día tras día, además de que ellos tienen su trabajo, sus familias, comparten su tiempo conmigo para entrenarme”, cuenta.

La confianza no aparece de la nada. Se construye corriendo juntos una y otra vez, hasta que el movimiento del otro se vuelve predecible, hasta que una indicación basta, hasta que los tres pueden avanzar como si fueran un solo corredor.

Esta vez, además, tuvieron un pequeño sobresalto en el recorrido. Al entrar a Chapultepec, Gabriel sufrió un tirón y un pequeño resbalón. Nada grave. Lo suficiente, sin embargo, para recordar que incluso quienes tienen perfectamente ensayada una carrera están expuestos a lo inesperado.

Y ahí vuelve a entrar la confianza. Miguel no puede mirar hacia atrás para saber qué ocurrió, tiene que continuar. 

Su historia no comenzó con el deporte.

Hace nueve años perdió la vista como consecuencia de una complicación médica. Después de una cirugía respiratoria dejó de llegar oxígeno a su cerebro y una región cerebral encargada de procesar la visión quedó afectada. La pérdida fue rápida.

“Fue en cuestión de tres semanas que perdí la vista”.

Tres semanas para aprender a vivir en un mundo que de pronto se había vuelto completamente distinto. Miguel reconoce que atravesó un periodo de depresión, donde incluso, "no quería salir”.

La familia fue fundamental para sacarlo de ahí. También lo fueron dos cosas que ya estaban dentro de él: el arte y el deporte. Porque Miguel no solamente corre; es músico, toca la guitarra clásica y compone para piano, también pinta.

Antes de perder la vista ya practicaba deporte: futbol, senderismo y bicicleta de montaña. El deporte, entonces, no llegó a rescatarlo desde cero. Ya formaba parte de su vida. Lo que cambió fue la manera de relacionarse con él.

Y correr terminó convirtiéndose en una nueva posibilidad. Ahora quiere más. Quiere mejorar sus tiempos, quiere probarse en otras distancias. Habla incluso de competir próximamente en pista, en pruebas de cinco y diez kilómetros.

Pero antes de pensar en la siguiente carrera hay algo que Miguel no olvida: para llegar hasta aquí ha tenido que hacerlo prácticamente todo por su cuenta.

Él y su equipo viajaron desde San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Primero tuvieron que trasladarse durante alrededor de una hora y media hasta el aeropuerto en la capital del estado. Después tomaron un avión rumbo a la Ciudad de México. Es un viaje largo para cualquiera.

Mucho más cuando detrás hay meses de preparación y toda una logística para que un corredor invidente pueda competir. Y todo ese esfuerzo, dice Miguel, ha sido particular. No hay patrocinio institucional detrás de esta victoria, hay familia, amigos, gente que creyó.

Venimos desde Chiapas, hacemos un viaje largo y, pues, no nos apoyan las autoridades. Simplemente es un esfuerzo particular, y agradezco muchísimo de corazón a toda la gente que cree en nosotros”.

Quizá por eso, cuando llega la parte final del maratón, cuando quedan los últimos diez kilómetros y el cuerpo empieza a cobrar cada kilómetro de entrenamiento, Miguel no piensa solamente en la meta, piensa en quienes hicieron posible que pudiera estar ahí.

Gabriel habla de mantener el ritmo y de una satisfacción enorme. También de agradecer a las familias de cada uno. Porque ganar una carrera de esta manera nunca es un esfuerzo individual, hay alguien que corre, alguien que guía, alguien que entrena, alguien que acompaña y hay muchas personas que, desde lejos, hacen posible el viaje.

Miguel perdió la vista hace nueve años. Durante un tiempo no quería salir de casa, hoy atraviesa una ciudad entera corriendo. No puede ver los edificios, las calles ni a la gente que se agolpa alrededor del recorrido. Pero escucha. Siente. Confía. Avanza.

Y quizá ahí está la parte más poderosa de su historia. Cuando perdió la vista tuvo que aprender a orientarse nuevamente en el mundo, ahora son sus guías quienes le ayudan a atravesarlo a toda velocidad. Un brazo, una voz, un paso, otro y otro, hasta llegar a la meta, esta vez, en primer lugar.

Pero la victoria de Miguel Hernández no comenzó cuando cruzó la línea de llegada. Comenzó nueve años atrás, cuando perdió la vista y tuvo que encontrar una razón para volver a salir. La encontró en el arte, en el deporte y terminó encontrándola también en las personas que decidieron correr a su lado.

Por eso, cuando Miguel habla de esta victoria, no habla solamente de un primer lugar, habla de un sueño y de todos los que decidieron verlo posible, incluso cuando él dejó de poder verlo.

FCM

  • Olga Hirata
  • Olga Hirata no cubre historias: las desnuda. Periodista deportiva incisiva, ve más allá del marcador y escribe desde la grieta humana. No busca agradar, busca verdad—y la dice sin anestesia.

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