• Los ídolos del futbol también se rompen. La salud mental en la cancha de la Liga MX

Mientras los clubes perfeccionan la recuperación física de sus jugadores, la depresión, la ansiedad y las adicciones se disputan en silencio. Batallas que también definen el destino de los futbolistas.

Ciudad de México /
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Nota del editor: el siguiente texto aborda la importancia de la salud mental. Si tú o alguien que conoces necesita apoyo profesional, La Línea de la Vida es un espacio de orientación especializado y gratuito las 24 horas del día. Llama al 800-911-2000.

DOMINGA .- Jorge ‘Chatón’ Enríquez jugaba con la camiseta de Chivas y con la Selección Mexicana de futbol, impulsado por la ilusión de una generación que lo vio brillar en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, donde El Tri conquistó el máximo logro de su historia: la medalla de oro. Mediocampista de gran proyección, parecía destinado a consolidarse como figura de la Liga MX y dar el salto a algún club de Europa. Sin embargo, fuera de la cancha comenzó a librar un partido mucho más difícil.

Nacido en 1991, Enríquez confesó que la frustración por no lograr contratos internacionales y la presión lo llevaron a refugiarse en el alcohol, las drogas y las mujeres. “Creí que merecía mejores cosas, un mejor salario, ir a Europa. Me frustré demasiado, no tenía las herramientas para manejar la depresión y el enojo. Tomé las peores decisiones, me refugié en el alcohol y caí en las redes más oscuras del futbol”, relató entonces.

La depresión lo golpeó con la fuerza de una entrada dura en medio campo. Enríquez reveló que intentó quitarse la vida en tres ocasiones. “Entré en depresiones que me llevaron casi a la muerte, sin ganas de vivir. Tuve tres procesos de rehabilitación”, confesó. El jugador que había levantado la medalla de oro con México se encontraba, de pronto, sin ganas de levantarse de la cama. Y nadie podía imaginarlo.

Pese al triunfar junto a 'El Tri' en los olímpicos del 2012, 'Chatón' Enríquez intentó quitarse la vida en tres ocasiones | Imago7


Su carrera comenzó a desmoronarse poco a poco. Perdió protagonismo en Chivas, pasó por Santos Laguna, León y Puebla sin lograr consolidarse, y terminó jugando en ligas menores. El crack olímpico se encontró errante, atrapado en un círculo de adicciones y tristeza. Hoy en día, asegura que lleva más de un año limpio y que valora más que nunca haber recuperado su salud emocional y la relación con su familia.

El caso del ‘Chatón’ expone lo que el fútbol mexicano suele dejar en fuera de lugar: la salud mental de sus jugadores. Durante décadas, los clubes han sabido diagnosticar una rotura de ligamentos en minutos, pero aún cuesta reconocer cuándo un futbolista empieza a romperse por dentro. Las lesiones emocionales no aparecen en radiografías ni obligan a usar muletas; se esconden detrás de una sonrisa en la foto oficial

La presión de la tribuna, las expectativas de la prensa y la falta de acompañamiento psicológico pueden llegar a cobrarles una alta factura a los jugadores. Lo vimos recientemente en la Copa del Mundo con el mediocampista Jayden Adams.

Hace apenas unas semanas, Adams corría sobre el césped del Estadio Azteca con la camiseta amarilla de Sudáfrica pegada al cuerpo por el sudor. Tenía veinticinco años, disputaba el primer Mundial de su carrera y cargaba la ilusión de una generación que soñaba con ver a los ‘Bafana Bafana’ entre las mejores selecciones. En la inauguración de la Copa del Mundo jugó frente a más de ochenta mil espectadores.

Ese día perdieron 2-0 frente a la Selección Mexicana. Tras empatar con Chequia y ganar a Corea del Sur, los sudafricanos lograron clasificar a una ronda de eliminación directa por primera vez en su historia. Sin embargo, Canadá los derrotó 1-0 en dieciseisavos de final. Hasta ahí llegó el sueño sudafricano. Adams regresó a casa para reincorporarse al Mamelodi Sundowns, el club con el que empezaba a consolidarse en la élite del futbol africano. Nada hacía pensar que el Mundial habría sido el último torneo

Jayden Adams en el juego de Sudáfrica contra México.


​​El sábado 11 de julio, el futbol despertó con otra noticia. Jayden Adams había muerto. El ministerio de deportes de Sudáfrica, el sindicato sudafricano de futbolistas y su propio equipo confirmaron su fallecimiento con mensajes de despedida. Ninguno informó públicamente las causas. En cuestión de horas, las imágenes del mediocampista comenzaron a recorrer otra vez por las redes sociales. Ya no celebraba ni disputaba un balón dividido. Las mismas fotografías que días antes acompañaban la crónica de un Mundial se convirtieron en una especie de obituario anticipado.

Chesney, novia de Adams, reveló en sus redes sociales que el jugador disputó el encuentro con Canadá en medio de un luto personal. Tres días después de ganarle a Corea, recibió la noticia de la muerte de su abuela. “Dejó de alimentarse con normalidad, luchaba contra la depresión y ya no sonaba como él mismo en las llamadas telefónicas que teníamos”, declaró a la prensa local. Con todo y ese peso, decidió quedarse con la selección para cumplir con su compromiso profesional.

La muerte de Jayden Adams obliga a detenerse frente a una conversación que el futbol profesional ha preferido dejar en fuera de lugar durante demasiado tiempo: la salud mental de quienes viven bajo la presión permanente de competir, rendir y sostener una identidad construida casi exclusivamente alrededor del balón. Y está más cerca de lo que pensamos… sí, en el futbol profesional mexicano.

El joven futbolista había atravesado momentos emocionalmente fuertes antes de, presuntamente, quitarse la vida | Agencia AP

La salud mental en Primera y Segunda División

Busqué al Dr. Alejandro Molina, psicólogo clínico y especialista en liderazgo. Trabajó con la selección mexicana de futbol en el Mundial de 2006 y lo ha hecho con una decena de clubes de la Liga Mx. Esperaba una conversación sobre depresión, ansiedad o adicciones. Pero el arrancó la jugada por otro lado. Puso al centro de la conversación una palabra que rara vez aparece en las conferencias de prensa, en las narraciones televisivas o en los vestidores de la Liga MX: integralidad.

“La salud mental me preocupa, claro, pero me preocupa todavía más que muchos futbolistas construyen toda su vida alrededor de una sola identidad”, me dice en entrevista para DOMINGA. Durante más de dos décadas ha acompañado a deportistas de alto rendimiento. Fue parte del cuerpo de apoyo de la Selección Mexicana rumbo al Mundial 2006, trabajó con la selección Sub-17 campeona del mundo en 2011, asesoró a seis clubes de la Liga MX y aún hoy sigue metiéndose en esos camerinos donde las victorias duran lo que un gol en tiempo agregado y las derrotas se quedan clavadas.

Después de tantos años, su diagnóstico no comienza con una enfermedad. Comienza con una ausencia. Para Molina, el problema aparece mucho antes de que un jugador caiga en depresión, ansiedad o adicciones. Empieza cuando toda su existencia gira alrededor del futbol. “Una persona integral desarrolla muchas dimensiones de su vida: la intelectual, la física, la afectiva, la económica, la social, la espiritual. Cuando eso no ocurre, termina la carrera y es como si los hubieran expulsado de su propio mundo. Lo único que saben hacer es jugar futbol”.

Varios jugadores giran su identidad y su vida en torno al fútbol | Mexsport/ Isaac Ortiz


Muchos futbolistas mexicanos viven como si estuvieran jugando un torneo sin banca ni plan alternativo. Su identidad está tan amarrada al uniforme y al césped que, cuando llega el retiro, sienten que los sacaron del partido sin darles chance de volver a entrar. Mientras habla, resulta inevitable pensar en la velocidad con la que vive un futbolista profesional. Entrenamientos dobles, concentraciones, viajes, recuperación física, análisis de video, compromisos comerciales, cambios constantes de ciudad y una competencia feroz por conservar el puesto.

Desde fuera parece una vida privilegiada pero desde dentro, explica Molina, el tiempo personal prácticamente desaparece. “El alto rendimiento es demandante. Lo que le sigue. Hay jugadores que pasan dos años sin vacaciones porque terminan un torneo y enseguida se incorporan a la Selección. Nosotros los vemos salir sonriendo del estadio, pero esa no siempre es la realidad”.

Molina recuerda que, cuando regresó de trabajar con la Selección Mexicana y volvió a convivir con equipos de categorías inferiores, el contraste fue como pasar de un estadio lleno a una cancha llanera. “La diferencia entre Primera División y las categorías de abajo es abismal. En Segunda muchos ganaban apenas para sobrevivir, viajaban en camión y seguían persiguiendo un sueño que quizá nunca iba a llegar”.

En ese terreno incierto, donde los reflectores no llegan y los sueldos apenas alcanzan, aparecen la frustración, apuestas, deudas, consumo de alcohol o drogas y la sensación de haber jugado toda la juventud a una sola carta. Es como disputar un torneo sin banca. Si el sueño de Primera se desvanece, no hay plan alternativo.

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Desde hace décadas existe una creencia errónea: creer que el mayor reto del futbolista consiste únicamente en soportar la presión de un estadio lleno. “No me preocupa solamente la salud mental. Me preocupa que no aprendan a imaginar el día después. Que no sepan quiénes son cuando se acaba el futbol”. La frase cambia el eje de la conversación. Ya no se trata únicamente de prevenir una enfermedad, sino de construir una identidad capaz de sobrevivir cuando el silbatazo final llegue para siempre. El retiro no es sólo el final de un partido, para muchos jugadores es como recibir una expulsión definitiva del mundo que los definió.

En los últimos veinte años, reconoce, algo cambió en la cancha. Cuando comenzó a trabajar con selecciones nacionales todavía había jugadores que veían al psicólogo como una tarjeta amarilla, un signo de debilidad. Hoy las nuevas generaciones acuden con mayor naturalidad a terapia, los clubes incorporan especialistas y hablar de salud mental ya no provoca el mismo rechazo en el vestidor y fuera de él. El avance existe, pero Molina cree que aún es insuficiente. “El desarrollo integral del jugador tendría que ser un compromiso de todas las instituciones. Si no garantizamos eso, aumentan las probabilidades de que aparezcan problemas de salud mental porque sus herramientas para vivir fuera del futbol son muy limitadas”.

Por eso insiste en mirar más allá de los diagnósticos. Ansiedad, depresión, adicciones, aislamiento… los síntomas cambian de nombre, pero casi siempre aparecen sobre el mismo terreno: el de un jugador que aprendió a definirse sólo por lo que hacía con una pelota. Cuando ese mundo desaparece, también se esfuma la certeza de quién es.

Las segundas divisiones enfrentan retos que van más allá de la cancha: deudas, incertidumbre y condiciones precarias | Mexsport/ Noe García Sánchez

Los ídolos también se rompen

Durante demasiado tiempo el futbol confundió fortaleza con silencio. Aprender a competir significaba también aprender a callar. El dolor físico se soportaba porque “ya habrá tiempo para recuperarse”. El emocional ni siquiera se nombraba. En los vestidores todavía sobreviven frases que funcionan como un reglamento no escrito: “No seas débil”. “Aguanta”. “No puedes quebrarte”. “Los hombres no lloran”.

En un deporte donde el liderazgo suele medirse por la capacidad de resistir, admitir miedo, ansiedad o tristeza puede ser más peligroso que disputar un balón dividido en la media cancha. Durante décadas estas historias se minimizaron, se ocultaron o simplemente aparecieron demasiado tarde.

Robert Enke, portero de la selección alemana, llevaba años luchando contra una depresión severa mientras seguía jugando frente a estadios repletos. Su esposa, Teresa, y un pequeño grupo de médicos conocían el diagnóstico. El resto del mundo seguía viendo únicamente al arquero confiable, al profesional disciplinado, al líder silencioso. En noviembre de 2009 decidió quitarse la vida arrojándose al paso de un tren. Tenía 32 años. Su muerte abrió una conversación que el futbol europeo llevaba demasiado tiempo evitando: la de los jugadores que parecen invencibles hasta el día en que dejan de serlo.

Robert Enke libró una lucha silenciosa contra la depresión antes de quitarse la vida en 2009 | REUTERS


Andrés Iniesta
, la exestrella de la selección española, eligió otro camino. Esperó varios años antes de contar públicamente que, después de la muerte de su amigo Dani Jarque, comenzó a convivir con depresión. “Había días en los que no encontraba sentido a nada”, escribiría más tarde. El héroe de aquel gol que le dio a España su primera copa mundial –en Sudáfrica 2010– confesó que hubo mañanas en las que levantarse de la cama le parecía un esfuerzo descomunal. Para millones seguía siendo el cerebro del Barcelona. Para él mismo, durante un tiempo, apenas alcanzaba a reconocerse.

Algo parecido ocurrió con el italiano Gianluigi Buffon. Por años era considerado el mejor portero del planeta. Ganó títulos, levantó copas y defendió el arco de la Juventus y de la selección azzurra bajo una presión que parecía no alterarlo. Hasta que un día decidió contar que había sufrido ataques de ansiedad y episodios de depresión cuando estaba en la cima. Nadie lo había visto venir. “Sentía que había perdido el interés por todo”, dijo. El mejor arquero del mundo descubrió que también podía sentirse vacío.

Hay ejemplos aún más devastadores. Adriano Leite Ribeiro, el delantero brasileño al que Europa bautizó como ‘El Emperador’, parecía destinado a dominar el futbol mundial. La muerte de su padre cambió el rumbo de su vida. El duelo, la depresión y el alcohol terminaron alejándolo del nivel que alguna vez alcanzó en el Inter de Milán. Décadas antes, George Best convirtió el talento en leyenda y el alcohol en condena. Garrincha, quizá el mejor extremo derecho de todos los tiempos, terminó atrapado por las adicciones, las lesiones y la pobreza después de haber hecho campeón del mundo a Brasil. Separan a Garrincha de George Best varias décadas, dos continentes y trayectorias muy distintas. Los une, sin embargo, una caída parecida.

Leonel Lolo Miranda pertenece a otra generación, una que ya habla con mayor libertad sobre lo que ocurre fuera de la cancha. Después de romperse los ligamentos de la rodilla, confesó haber caído en el consumo de alcohol y drogas. También reveló que pensó tres veces en quitarse la vida. Su historia tuvo un desenlace distinto porque encontró ayuda antes de que fuera demasiado tarde. No todos llegan a tiempo.

Ginaluigi Buffon experimentó ansiedad y depresión cuando estaba en la cima de su carrera | Reuters


En México, un exfutbolista acepta hablar conmigo bajo condición de anonimato. No quiere que aparezca su nombre porque sigue trabajando dentro del futbol. “Aquí puedes jugar infiltrado, puedes jugar con dolor, puedes jugar lesionado... pero no puedes decir que estás deprimido”, me confiesa en conversación telefónica para DOMINGA. Hace una pausa larga y se le entrecorta la voz. “Eso sí sería visto como una debilidad”.

Un preparador físico de un club de Primera División coincide. Tampoco quiere revelar públicamente su identidad. Me explica que las nuevas generaciones son más abiertas para acudir al psicólogo, pero reconoce que todavía existe una cultura profundamente masculina alrededor del rendimiento. “Si un jugador dice que está agotado emocionalmente, muchos siguen creyendo que le falta carácter, pero si juega con el tobillo roto, entonces dicen que tiene muchos huevos”.

La contradicción resulta evidente. El futbol presume haber modernizado sus sistemas de entrenamiento, sus metodologías de recuperación y hasta el análisis de datos para mejorar el rendimiento. Sin embargo, en demasiados vestidores sigue sobreviviendo una idea más antigua: la de que el hombre que llora pierde autoridad. Que el que pide ayuda compite en desventaja. Que la vulnerabilidad es incompatible con el alto rendimiento. El doctor Molina insiste en que el verdadero problema nunca ha sido la salud mental, sino que empieza cuando un niño escucha, desde las fuerzas básicas, que vale por los goles que mete, por los minutos que juega o por los contratos que firma. Aprende que primero debe ser futbolista y después, si queda tiempo, a ser persona.

El fútbol mexicano necesita dejar de jugar a la defensiva con la salud mental, no basta con tapar huecos cuando el problema explota, hay que trabajar la integralidad como si fuera táctica fija, para que los jugadores tengan un proyecto más allá del silbatazo final. Porque los cracks también se rompen, y cuando eso pasa, no hay vendaje ni kinesiólogo que alcance si no existe un plan de vida fuera del césped.

El silbatazo final

Hay una fecha que ningún futbolista conoce. No aparece en el calendario de la Liga MX, ni en el contrato del debut, ni en la foto levantando un campeonato. Puede llegar después de una lesión, tras una mala temporada, por una decisión técnica, por la edad o, simplemente, porque un club decide que ya no entra en planes. Lo único seguro es que ese silbatazo final llegará. Cuando ese día aparece, el futbol deja de preguntar cuántos goles anotaste o cuántos títulos levantaste y empieza a hacer una pregunta mucho más difícil: ¿quién eres cuando ya no eres futbolista?

Alejandro Molina asegura que esa transición suele ser uno de los momentos más delicados en la vida de un deportista de alto rendimiento. Durante años, explica, todo gira alrededor de un calendario perfectamente estructurado: entrenamientos, concentraciones, viajes, alimentación, recuperación, competencia. La identidad termina organizándose alrededor de esa rutina. Cuando desaparece, también desaparecen muchas de las certezas que sostenían su vida cotidiana.

“El retiro no es solamente dejar de jugar. Es reconstruir una vida completa. Hay quienes encuentran rápidamente otro proyecto. Otros sienten que perdieron el único lugar donde sabían quiénes eran”. No siempre ocurre al final de una carrera.

Una lesión grave puede cambiar el rumbo de una vida en cuestión de segundos. Un desgarre, una rodilla destrozada o un golpe en la cabeza obligan al futbolista a convivir con algo que casi nunca había conocido: el tiempo. Horas sin entrenar. Semanas sin competir. Meses lejos del vestidor. El futbol mexicano necesita preparar a sus jugadores no sólo para los noventa minutos, sino para el tiempo extra de la vida.

Algunos encuentran refugio en la familia, otros en la fe, incluso algunos descubren nuevas profesiones. También están quienes buscan anestesiar el vacío en el alcohol, las apuestas o las drogas. No existe una sola manera de jugar ese partido, cada quien enfrenta el duelo con su propia estrategia.

El futbol mexicano también conoce esas historias. Basta recordar a Pablo Larios. Uno de los grandes porteros de la década de los ochenta, mundialista en México ‘86 y figura del Cruz Azul, terminó enfrentando dificultades económicas y problemas de salud, muy lejos de los reflectores que alguna vez iluminaron sus atajadas en el Estadio Azteca. El retiro rara vez ocupa las portadas con la misma intensidad que el debut, es como pasar de la final a un amistoso sin público.

Los futbolistas viven un intenso duelo cuando pasan del éxito al retiro | Juan Luis Díaz


Mientras conversamos, Alejandro Molina ve de reojo una libreta de tapas negras. No contiene esquemas tácticos ni ejercicios físicos. Durante años ha ido llenando esas páginas con apuntes de sesiones, frases de jugadores, silencios, dudas y pequeños hallazgos que le ha dejado el trabajo dentro de los vestidores. La cierra con cuidado cuando la entrevista termina.

Antes de despedirnos le hago una última pregunta. Después de tantos años trabajando con futbolistas de alto rendimiento, ¿qué es lo primero que cambiaría del futbol? No responde enseguida. Mira durante unos segundos la cancha vacía que alcanza a verse desde la ventana de su oficina.

–Que entendiera que pedir ayuda no es una señal de debilidad.

Hace una breve pausa.

–Es una señal de inteligencia.

Cuando salgo del club en el que platiqué con un preparador físico, varios niños esperan el inicio de su entrenamiento. Corren detrás de una pelota con esa mezcla de torpeza y entusiasmo que solo existe en la infancia. Se caen, se empujan, vuelven a levantarse y persiguen el balón como si no existiera nada más importante en el mundo. Ninguno imagina todavía la presión, los sacrificios, las lesiones o los silencios que también forman parte del oficio con el que sueñan. Y quizá sea mejor así. Los sueños necesitan una dosis de inocencia para empezar a construirse.

GSC/ASG


  • Enrique Hernández Alcázar
  • Periodista, columnista y conductor de noticiarios con más de 25 años de trayectoria en medios de comunicación. Desde el 2005 conduce el informativo vespertino en W Radio

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